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Cuando Olivia volvió a mirar hacia la plaza, tuvo que reconocer que Valdemora parecía otro pueblo.
Durante todo el día habían estado preparando el encendido de las luces de Navidad y, ahora que empezaba a oscurecer, las primeras bombillas comenzaban a iluminar las calles, dibujando líneas de luz sobre las fachadas de piedra y los balcones cubiertos de nieve.
La plaza estaba llena de gente.
Habían colocado un gran árbol de Navidad en el centro, decorado con luces blancas, pequeños adornos de madera y grandes lazos rojos, y alrededor se extendían las casetas del mercado navideño, cada una decorada de una manera diferente.
De una salía el olor a canela, de otra, a chocolate caliente, más allá, alguien estaba asando castañas y el humo se mezclaba con el aire helado.
Los niños corrían de un lado a otro con gorros de lana y guantes demasiado grandes, mientras algunos padres intentaban convencerlos de que dejaran de tirarse bolas de nieve antes de que alguien acabara con un ojo morado.
Un grupo de músicos tocaba villancicos cerca de la iglesia y, frente a una de las casetas, varias personas se habían reunido alrededor de una pequeña estufa exterior para calentarse las manos.
Olivia bajó la cámara durante unos segundos.
—Esto es precioso.
Sergio, que estaba ajustando el objetivo de la suya, levantó la mirada.
—Sí.
—Quiero grabar la plaza entera desde allí —señaló una pequeña escalinata situada junto a la iglesia—. Desde arriba tendremos una vista perfecta.
Paula comprobó el sonido.
—¿Quieres ambiente?
—Mucho, quiero que se escuche la música, la gente, los niños... todo.
Sergio sonrió.
—Vamos a tener trabajo.
—Para eso hemos venido.
Olivia levantó su cámara y empezó a grabar.
Primero hizo un plano general de la plaza, después enfocó las luces que atravesaban la calle y luego a una familia que compraba dulces en uno de los puestos, a un anciano que colocaba unas pequeñas figuras de madera en su caseta y, por último, a una niña que llevaba un gorro con dos pompones enormes y que parecía mucho más interesada en su chocolate caliente que en cualquier otra cosa que estuviera ocurriendo a su alrededor.
—Eso ha quedado genial —dijo Paula.
—Sí, me encanta —respondió Olivia, entusiasmada con el ambiente navideño que se respiraba. Cambió el encuadre y se lo mostró a Sergio para que él lo grabase con la cámara principal—. Voy a hacer unas entrevistas —dijo a Paula.
Se acercó a una pareja que acababa de salir de una de las casetas y, después de presentarse, les hizo unas preguntas sobre la Navidad en Valdemora, después habló con una mujer que vendía productos artesanales, luego con un hombre que llevaba toda la vida viviendo en el pueblo…
Cada conversación era diferente y disfrutaba de cada una de ellas.
Era precisamente aquello lo que más le gustaba de su trabajo. No sabía qué iba a encontrar antes de empezar, no sabía qué iba a responder cada persona y, sin embargo, siempre terminaba descubriendo algo.
Cuando terminó la última entrevista, guardó la libreta y miró hacia la plaza.
Las luces se habían encendido completamente.
El reflejo de las bombillas se proyectaba sobre la nieve y todo parecía sacado de una postal navideña.
—Tenemos que grabar esto desde otro ángulo —dijo Olivia.
—¿Ahora? —preguntó Sergio.
—Ahora.
—Hace un frío terrible —se quejó Paula.
—Ya, pero hay que hacerlo.
—No quiero perder sensibilidad en los dedos —pronunció Sergio—. Los necesito para manejar la cámara.
Paula soltó una carcajada.
—Vamos, Sergio —lo animó Olivia.
—Si es que no me pagan lo suficiente.
Olivia sonrió y comenzó a caminar hacia la otra parte de la plaza.
—Venga. Cinco minutos más —lo animó.
—Eso dijiste hace media hora.
—Ahora son cinco minutos de verdad —dijo, más seria.
—Eso dijiste hace veinte minutos —ironizó él.
Olivia se rio.
—Deja de quejarte.
Sergio resopló.
—Solo estoy expresando una opinión.
Olivia giró la cabeza y negó.
Continuaron grabando y pasaron casi una hora más entre imágenes, entrevistas, pequeños planos de recurso y Sergio protestando.
Olivia estaba concentrada en el trabajo cuando escuchó una voz conocida a su espalda.
—¿Habéis terminado por hoy?
Se giró y, durante un instante, olvidó por completo lo que estaba haciendo.
Marcos estaba a poca distancia, a su espalda, acompañado por varios compañeros del equipo de rescate.
Habían terminado su jornada y, por primera vez, Olivia lo veía completamente fuera del contexto de la base y del trabajo.
Ya lo había visto el día del café con ropa más normal, pero encontrárselo sin uniforme, sin casco ni material de rescate, simplemente vestido con unos pantalones oscuros, botas de montaña y una gruesa chaqueta de invierno, le hizo contener la respiración.
Olivia parpadeó.
“Ah. Vale. Confirmado. El problema nunca fue el uniforme” .
Marcos se acercó con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.
—Hola.
Olivia sonrió.
—Hola.
Uno de sus compañeros la reconoció.
—Hola, documentalista.
Olivia soltó una carcajada.
—Hola.
—¿Todavía trabajando? —preguntó Marcos.
—Todavía.
—¿No os cansáis?
—Bastante —reconoció. Luego le hizo un gesto gracioso.
Sergio se acercó y los saludó.
—Eh, ¿qué tal? —luego miró a Olivia—. Voy a grabar unas imágenes y nos vamos ya, por favor —suplicó.
Olivia rio y asintió.
—Vale.
Paula lo siguió.
—Yo voy contigo a controlar el sonido.
Olivia se quedó unos segundos junto a Marcos.
—¿Habéis acabado vuestra jornada por hoy?
—Sí.
—¿Y habéis venido a ver las luces?
—Algunos, otros están de guardia.
Marcos miró hacia el árbol de Navidad y Olivia siguió su mirada.
—Son muy bonitas —dijo ella.
—Sí.
Ambos miraron hacia la plaza y durante unos segundos no dijeron nada.
Uno de los compañeros de Marcos levantó la mano desde el otro lado de la plaza.
—¡Aranda!
Marcos se giró.
—¡¿Qué?!
—¡Vamos a por algo caliente!
—¡Ahora voy!
El hombre se alejó con el resto del grupo y Olivia miró hacia las casetas.
—Creo que tienen buenas ideas con este frío.
Marcos sonrió.
—Aquí tienen chocolate caliente —señaló hacia una caseta—. ¿Lo has probado?
—Todavía no.
Marcos se quedó mirándola un instante.
—¿Te apetece?
Olivia tardó apenas un segundo en responder y asintió.
—Sí.
—Pues vamos —dijo Marcos con un movimiento de cabeza.
Comenzaron a caminar hacia el puesto de chocolate y Olivia se dio cuenta de que Marcos caminaba más despacio de lo habitual, probablemente adaptándose a su paso, aunque no comentó nada.
—¿Siempre está así el pueblo por Navidad? —preguntó ella.
—No tanto. Hoy viene gente de los pueblos de alrededor por el encendido de las luces —explicó.
Miró a su alrededor mientras la gente paseaba por la plaza, contemplando los adornos navideños.
Llegaron al puesto y la mujer que atendía les sonrió.
—¿Qué os pongo?
Marcos miró a Olivia.
—¿Un chocolate?
—Sí.
—Dos —le indicó Marcos.
—¿Con nata?
Olivia abrió mucho los ojos.
—¿Lo hay con nata?
Marcos sonrió.
—Ahora ya no puedes decir que no.
—Con nata —confirmó Olivia.
—Dos con nata, por favor —repitió él.
La mujer empezó a prepararlos y Olivia se frotó las manos.
—Esto sí que es vida.
—Y espera a probar el chocolate —rio Marcos.
Cuando recibió los vasos, le tendió uno.
—Toma.
—Gracias.
Olivia lo sostuvo entre las manos y respiró el aroma del chocolate caliente.
—Es perfecto.
—Este chocolate merece la pena —dijo él, sonriendo.
Ella dio un pequeño sorbo.
—Está buenísimo.
—Sí.
—¿Siempre vienes aquí? —preguntó ella mientras se calentaba las manos con el chocolate y se apartaban de la tiendecita.
—Cuando estoy en el pueblo.
—Tendrás que recomendarme sitios para el documental.
Marcos sonrió.
—Claro.
Caminaron unos metros hasta apartarse de la zona más concurrida de la plaza y Olivia dio otro sorbo al chocolate.
—Algunas imágenes de la grabación han quedado muy bien.
Marcos la miró.
—Entonces espero que me saques bien —dijo, ladeando su cuello.
Olivia soltó una carcajada.
—Claro, aunque eso se lo deberías decir a Sergio que es el que hace las tomas principales, yo solo hago encuadres.
“Bueno, que salgas bien no es precisamente difícil” .
—De todos modos, haré lo que pueda —continuó Olivia.
Marcos sonrió.
—Te lo agradecería. Luego verá el reportaje todo el pueblo y mi familia…
Ella sonrió.
—Aspiro a que lo vea mucha más gente —rio ella—. Eso sí que no te lo puedo garantizar, pero tranquilo, lo haces bien.
Dio otro sorbo a su chocolate y lo miró de reojo.
“Vale. Esto ya no parece una conversación entre una documentalista y un rescatista. Esto empieza a parecerse peligrosamente a una cita” .
Olivia frunció el ceño.
“No. No es una cita” .
Miró el vaso de chocolate.
“Es chocolate” .
Volvió a mirar a Marcos.
“Con un hombre guapísimo” .
Bebió otro sorbo.
“Pero chocolate, al fin y al cabo” .
Durante unos minutos se quedaron allí, apartados del bullicio de la plaza, viendo cómo la nieve seguía cayendo sobre las luces navideñas.
Olivia sostuvo el vaso entre las manos, agradeciendo el calor que desprendía.
—¿Vuelves a casa por Navidad o estarás más tiempo aquí? —preguntó Marcos.
Ella levantó la mirada.
—Sí. Bueno, la idea es regresar antes de Navidad.
Él asintió.
—¿Dónde vives?
—En Madrid.
—¿Y tu familia está allí?
—Mis padres viven allí. Mi hermano también, aunque dice que este año quizá se escape unos días con sus amigos. —Marcos sonrió—. ¿Y tú? ¿Vuelves a casa?
Marcos asintió.
—Sí.
—¿Dónde?
—En Santander.
Olivia lo miró con sorpresa.
—¿Eres de Santander?
—Sí.
—No me lo imaginaba —dijo, pensativa.
—¿No? ¿Y de dónde imaginabas que era?
—No sé —se encogió de hombros—. De algún sitio más... montañoso.
—Santander tiene montaña.
—Sí, pero yo estaba pensando en un pueblo perdido en mitad de los Pirineos.
—Pues no.
—¿Has vivido siempre allí?
—Hasta que entré en la Guardia Civil.
Olivia asintió.
—¿Y tu familia?
—Mis padres siguen allí. Tengo una hermana pequeña con la que me llevo muy bien y también vivo allí.
Olivia lo observó unos segundos. Le gustaba escucharlo hablar de su familia. Había algo diferente en su expresión cuando lo hacía, una calidez que no mostraba cuando hablaba de trabajo.