Rescátame por Navidad 4
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La jornada de grabación terminó bastante más tarde de lo que Olivia había previsto.

Habían conseguido muchísimo material y, aunque todavía necesitaban revisar las entrevistas y decidir qué partes utilizarían en el montaje final, estaba satisfecha con el resultado.

Sergio guardó la cámara mientras Paula terminaba de recoger el equipo de sonido.

—Creo que por hoy podemos darlo por terminado —dijo Olivia.

—Por fin —respondió Sergio—. Mis brazos están empezando a pedir la jubilación.

Paula lo miró.

—Llevas tres años diciendo lo mismo.

—Porque sigue siendo verdad.

Olivia sonrió y guardó sus notas.

—Mañana quiero volver a grabar algunas cosas de la base, pero podemos centrarnos en el entrenamiento.

—Perfecto —dijo Paula—. ¿A qué hora?

—A las nueve —respondió.

Sergio levantó una ceja.

—Eso significa que tengo que madrugar.

—Sí.

Uno de los agentes pasó junto a ellos.

—Hasta mañana, documentalista.

Olivia lo miró divertida.

—Hasta mañana —canturreó.

El hombre sonrió.

Cogieron todo el material y se dirigieron hacia la puerta de la base. Marcos se encontraba en una de las mesas del fondo, revisando unos documentos con otro de los agentes.

Cuando terminaron, el otro agente se alejó y Marcos levantó la mirada.

—¿Todo bien?

—Sí, quería preguntarte por mañana. —Él la miró atento—. Me gustaría grabar parte del entrenamiento, sobre todo la preparación y algunos ejercicios, pero no quiero interferir.

Él asintió.

—No vais a interferir.

—¿Seguro?

—Seguro.

Ella le sonrió, agradecida.

—¿A qué hora empezáis?

—A las nueve.

—Nosotros llegaremos un poco antes —dijo rápidamente.

—De acuerdo, no hay problema.

Olivia apuntó la información.

—¿Hay algo que debamos llevar?

—Ropa de abrigo, botas y guantes. —Ella apuntó la información—. ¿Apuntas eso? —Olivia lo miró—. Estamos en diciembre, en los Pirineos es lo más lógico —bromeó.

—Muy gracioso. —Olivia guardó la libreta en el maletín—. ¿Y mañana podría grabar también cómo hacéis una simulación de rescate?

—Si el ejercicio lo permite, sí.

—Genial —contestó ella, animada.

Hubo un breve silencio y Olivia pensó que debía marcharse, pero, en lugar de hacerlo, se quedó allí, removiéndose nerviosa sobre sus pies.

—Por cierto… gracias por lo de hoy.

Él la miró sin comprender.

—¿Por qué?

—Por explicarme todo.

Marcos la miró.

—Preguntas bien.

Aquello la pilló completamente desprevenida y acabó sonriendo.

—Es mi trabajo —se encogió de hombros.

—También el mío.

Ella se mordió sutilmente el labio y acabó asintiendo mientras él bajaba su cabeza de nuevo hacia los documentos que revisaba.

—Hasta mañana, Marcos.

—Hasta mañana, Olivia.

Ella se detuvo un instante al escuchar su nombre y después continuó caminando hasta la salida de la base, donde Sergio y Paula ya estaban guardando en el vehículo el equipo de grabación y sonido.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Sergio mientras cogía de las manos de Olivia la pequeña cámara de grabación que esta siempre llevaba consigo.

—Que mañana podemos grabar el entrenamiento.

—Eso está genial.

—¿Podemos ir al hotel? —intervino Paula, dando saltitos sobre sus pies por el frío—. Me voy a quedar congelada como un Calippo.

—Sí —dijo Sergio rápidamente, cerrando el maletero.

Paula entró en la parte trasera y Olivia rodeó el vehículo para sentarse en el asiento del copiloto, pero no pudo evitar mirar una última vez hacia la base.

Marcos seguía dentro, hablando con uno de sus compañeros. En ese momento, levantó la cabeza hacia la puerta y sus ojos se encontraron con los de Olivia durante un instante.

Marcos hizo un pequeño gesto con la cabeza y Olivia sonrió antes de meterse en el coche.

Aquella noche, después de cenar, Olivia se sentó en la pequeña mesa de su habitación para revisar parte del material. Tenía delante varias páginas de notas y el portátil abierto. Había decidido trabajar un rato antes de dormir.

Sin embargo, después de casi veinte minutos, se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo mirando la misma imagen.

Marcos aparecía en la pantalla explicando cómo preparar el material de montaña.

Olivia pulsó pausa.

“Nooo, ¿por qué está tan bueno?” .

Volvió a reproducir una parte donde Marcos hablaba directamente a cámara.

“Concéntrate. Es un documental. Es un hombre. Un hombre muy guapo” .

Olivia suspiró.

—Esto no puede estar pasando.

Volvió a mirar las notas donde había escrito: «Explicación del material: muy buena». Debajo había añadido: «Marcos explica bien». Y, después de aquella frase, sin darse cuenta, había escrito: «Y sonríe mejor de lo que debería».

Olivia abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

Cogió el bolígrafo y tachó la frase.

“No” .

La tachó otra vez.

“Definitivamente no” .

Incluso su mano la traicionaba. No sabía lo que hacía cuando estaba delante de él, perdía totalmente la cabeza.

Resopló y cerró la libreta.

Se levantó y se acercó a la ventana. Fuera seguía nevando. Las luces del pueblo brillaban entre los copos y, a lo lejos, las montañas apenas podían distinguirse bajo la oscuridad.

Olivia apoyó una mano en el cristal.

“Solo es atracción física” .

Se quedó pensando.

“Eso es todo. Mañana voy a trabajar y ya” .

Volvió hacia el escritorio y se sentó delante del portátil.

“Profesionalmente. Sin pensar en él” .

Marcos apareció de nuevo en la pantalla y Olivia se quedó mirándolo sin pestañear.

“Bueno… intentaré no pensar demasiado en él”.

A las ocho y cuarenta y cinco de la mañana, Olivia ya estaba convencida de que había cometido un error al aceptar aquel trabajo. No por el documental, ni por la montaña, ni siquiera por tener que levantarse antes de las ocho. El problema era el frío.

Un frío que parecía haberse propuesto congelarle hasta los pensamientos y que hacía que, cada vez que respiraba, tuviera la sensación de estar inhalando pequeños cristales de hielo.

—¿Por qué acepté venir aquí? —murmuró mientras bajaba del coche.

Sergio cerró la puerta del conductor.

—Porque te pagan.

—Ah, sí… es verdad —ironizó Olivia mientras se ajustaba la bufanda hasta casi cubrirse la nariz.

—Cierto.

Paula soltó una carcajada desde el otro lado del vehículo.

—Ese argumento suele funcionar.

—En este momento no me parece suficiente —bromeó Olivia.

Sergio se colgó la cámara al hombro y avanzó hacia la base.

—¿Entramos?

—Sí.

Los tres caminaron hacia la base.

La nieve había vuelto a caer durante la noche y cubría prácticamente todo el terreno que rodeaba el edificio. Las montañas del fondo estaban parcialmente ocultas por una capa de niebla y el cielo tenía ese tono gris azulado que anunciaba que todavía quedaban muchos días de invierno por delante.

Olivia levantó la segunda cámara.

—Esto va a quedar precioso.

—Tú siempre dices eso hasta que tienes que editarlo —respondió Sergio.

Nada más entrar, Olivia notó el cambio de temperatura.

Dentro había movimiento. Los rescatistas ya estaban preparando el entrenamiento. Habían colocado parte del material sobre varias mesas y en el exterior se veía una zona preparada para realizar diferentes ejercicios.

Olivia comenzó a quitarse los guantes.

—¿A qué hora empezamos?

—Ya —respondió una voz.

Olivia levantó la mirada. Marcos estaba al otro lado de la sala y llevaba el uniforme. El uniforme de montaña.

La chaqueta técnica, las botas, el pantalón preparado para trabajar en la nieve… Todo perfectamente ajustado.

Olivia se quedó mirándolo durante un segundo.

“Ahí está otra vez. El uniforme. El maldito uniforme. Olivia, recuerda que has venido a trabajar” .

Marcos se acercó.

—Buenos días —la saludó.

—Buenos días.

—¿Preparada?

—Sí.

Él miró la cámara que llevaba Sergio.

—Hoy vamos a hacer varios ejercicios. Podéis grabar desde las zonas que os indiquemos.

—Perfecto —respondió Olivia.

Uno de los agentes pasó junto a ellos.

—Buenos días, documentalista.

Olivia sonrió.

—Buenos días.

—¿Preparada para pasar un frío del carajo? —le preguntó el agente.

—Creo que sí.

El guardia civil se marchó y Olivia miró a Marcos.

El entrenamiento comenzó poco después. Olivia se colocó junto a Sergio mientras los rescatistas empezaban a preparar el material.

Primero, grabaron la organización del equipo. Después, varios ejercicios de desplazamiento sobre nieve y, por último, una simulación de localización y evacuación.

Olivia observaba atentamente.

Marcos se movía con una seguridad que le resultaba casi hipnótica.

No había nada espectacular en sus movimientos y, precisamente por eso, resultaban aún más impresionantes.

No hacía nada innecesario; cada paso parecía calculado, cada indicación llegaba en el momento adecuado y, cuando uno de sus compañeros necesitaba ayuda, Marcos estaba allí.

Cuando había que revisar algo, lo comprobaba, y cuando otro rescatista terminaba un ejercicio, le decía algo que Olivia no alcanzaba a escuchar.

Todo ocurría con una naturalidad que dejaba claro que aquello no era improvisación; era entrenamiento. Mucho entrenamiento.

Olivia acercó un poco la cámara.

“Vale. Además de estar como para ponerle una vela, sabe perfectamente lo que hace. Fenomenal. Porque una cosa es pensar que un hombre está bueno y otra mucho peor es descubrir que también es competente” .

Bajó ligeramente la cámara.

“Esto se está complicando” .

Continuaron grabando y, en un momento determinado, uno de los rescatistas pasó junto a Olivia.

—Documentalista, ponte un poco más hacia allí para que puedas grabar el ejercicio.

—Vale —aceptó gustosa. Ella se desplazó unos metros—. ¿Aquí?

—Perfecto.

Olivia levantó la cámara y siguió grabando.

Marcos estaba al otro lado de la zona de entrenamiento. La miró brevemente y después volvió a concentrarse en el ejercicio.

Olivia intentó hacer lo mismo. Lo intentó, bien lo sabe Dios, pero no tuvo demasiado éxito.

“No mires” .

Miró.

“Muy bien. Toda una profesional. Una profesional mirando el culo de un rescatista mientras trabaja” .

Apartó la vista inmediatamente.

“Magnífico, Olivia. El Pulitzer te espera” .

Sacudió ligeramente la cabeza y volvió a mirar por el visor hasta que dio un paso hacia atrás y su bota pisó una zona de nieve compactada.

—¡Ah! —dijo al notar que se desestabilizaba.

Todo ocurrió en menos de un segundo.

Olivia perdió el equilibrio, la cámara se inclinó y, antes de que pudiera caer, unos brazos la sujetaron.

Marcos había reaccionado por puro reflejo, situando una mano en su brazo y la otra alrededor de su cintura, estabilizándola antes de que llegara a caer al suelo.

Olivia se quedó completamente quieta y, durante un segundo, no supo qué hacer. Ni siquiera respirar le parecía una actividad especialmente sencilla.

Marcos la sostuvo apenas unos instantes más.

—¿Estás bien?

Olivia asintió.

—Sí.

Él la soltó inmediatamente.

—Cuidado, está resbaladizo —dijo, señalando el suelo.

—Sí.

Olivia bajó la mirada hacia sus botas.

“Me ha agarrado. Marcos Aranda me acaba de agarrar. Por la cintura. No pasa nada. No te pongas roja. Por supuesto que no pasa nada. Es un rescatista. Es literalmente su trabajo evitar que la gente se rompa la cabeza” .

Levantó la mirada y Marcos seguía observándola.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí.

—Se te está poniendo la cara roja del frío. Ten cuidado.

Olivia abrió la boca.

—Sí... hace bastante frío.

“Sí, del frío. Del frío y de que acabas de poner tus manos encima de mí, pero eso es un pequeño detalle que podemos omitir” .

Intentó respirar con normalidad.

“Muy bien. Compórtate. Acabas de resbalar delante de un hombre guapísimo y él ha tenido que impedir que aterrizaras de culo delante de todo el equipo. Tu dignidad está en el suelo. Literalmente” .

Marcos seguía mirándola y Olivia sonrió demasiado.

—Estoy perfectamente.

Él frunció ligeramente el ceño.

—Vale. —Señaló el suelo—. Ve con cuidado —repitió.

—Sí.

Marcos volvió con sus compañeros y Olivia se quedó quieta.

“Para él ha sido agarrar a una persona antes de que se caiga. Para mí ha sido una experiencia religiosa” .

Se llevó una mano a la cara y Sergio apareció a su lado.

—¿Estás bien?

Olivia se giró.

—Perfectamente.

Miró de reojo hacia Marcos. Él estaba hablando con uno de sus compañeros y parecía completamente concentrado en el entrenamiento. Ni siquiera parecía recordar lo que acababa de ocurrir.

Respiró profundamente y levantó la cámara.

—Seguimos —zanjó Olivia antes de volver a grabar.

Durante los siguientes minutos tuvo que hacer un esfuerzo considerable para no mirar demasiado a cierto rescatista.

Porque ahora, además de los ojos, la sonrisa, los hombros, el uniforme y el trasero, tenía otro pequeño problema: sabía exactamente cómo se sentían sus brazos alrededor de ella, y eso sí que iba a ser difícil de olvidar.