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—Marcos, además, siempre está pendiente de los demás. Si algún vecino necesita ayuda con algo, allí está. Si alguien tiene un problema con el coche en invierno, aparece enseguida. El año pasado cayó una nevada tremenda y se pasaron prácticamente dos días despejando accesos.
Olivia bajó la mirada hacia la carta de nuevo.
“Claro. Perfecto. Así que, además de estar como un pecado, resulta que es buena persona” .
Aquello empezaba a ser preocupante.
—Pues tendremos que preguntarle por todo eso —comentó Olivia con un tic en el ojo.
—Hazlo. Aunque ya te aviso de que no habla demasiado. Pero es un hombre estupendo —acabó bromeando Carmen.
Olivia sonrió.
—No lo dudo.
Carmen apoyó una mano sobre la mesa.
—Bueno, os dejo que cenéis. Si necesitáis cualquier cosa, me llamáis.
—Gracias, Carmen —dijo Olivia.
—Y lo de la entrevista queda pendiente —la señaló, emocionada.
—Por supuesto.
—Perfecto.
La mujer se alejó hacia otra mesa y Olivia la siguió con la mirada durante un instante.
Después volvió a mirar a Sergio. Él tenía una expresión sospechosamente divertida.
—No digas nada —lo señaló.
—No iba a decir nada —dijo, situando sus manos por delante como si fuese a defenderse de alguien peligroso.
—Tu cara dice lo contrario.
—Solo estaba pensando.
Olivia suspiró.
—¿En qué? —preguntó.
Sergio sonrió.
—En que parece que Aranda tiene un club de fans.
Paula intervino.
—Y no me extraña, tiene pinta de ser buen profesional —respondió mientras repasaba la carta.
Olivia asintió.
—Sí.
Olivia cerró la carta intentando apartar la imagen de Marcos de su cabeza.
—Bueno, ¿qué vais a pedir?
Sergio sonrió.
—Yo ya sé lo que voy a pedir.
—¿Qué? —preguntó Olivia.
—Lo mismo que tú —respondió Sergio cerrando la carta.
Olivia negó con la cabeza y volvió a mirar la carta.
Fuera, la nieve empezaba a caer con más fuerza sobre el pueblo, mientras las luces del hotel se reflejaban en los cristales del comedor.
A la mañana siguiente, Olivia descubrió que el invierno en Valdemora tenía una forma bastante particular de recordarle a cualquiera que la montaña no estaba allí para hacer de decorado bonito en un documental.
Hacía frío. Mucho frío. A las ocho y media de la mañana, el termómetro junto a la entrada del hotel marcaba cuatro grados bajo cero, aunque la sensación térmica era todavía peor por culpa del viento que bajaba de las montañas y atravesaba las calles del pueblo como si tuviera algo personal contra cualquiera que se atreviera a salir de casa.
Había nevado durante buena parte de la noche y Valdemora había amanecido completamente cubierto de blanco.
Los tejados de las casas parecían cubiertos de azúcar glas; las ramas de los abetos se inclinaban bajo el peso de la nieve y, de las chimeneas, escapaban columnas de humo que se perdían lentamente entre las montañas.
La plaza principal era todavía más bonita de lo que Olivia había imaginado el día anterior.
En el centro habían colocado un enorme árbol de Navidad natural, decorado con luces blancas y bolas rojas, y alrededor de la plaza habían instalado pequeñas casetas de madera que todavía estaban cerradas, aunque algunas personas ya estaban trabajando en ellas para preparar el mercado navideño que comenzaría el fin de semana.
Las fachadas de piedra tenían balcones de madera adornados con guirnaldas, coronas de ramas de pino y pequeños lazos rojos, y algunas ventanas estaban iluminadas a pesar de que todavía era temprano.
Era exactamente la clase de escenario que cualquier documental navideño querría tener, y Olivia estaba decidida a aprovecharlo.
—¿Preparados? —preguntó, girándose hacia Sergio y Paula.
Sergio levantó la cámara.
—Cuando quieras.
Paula comprobó los niveles de sonido.
—Todo listo.
Olivia se colocó los guantes y miró hacia la plaza.
—Vamos a empezar con planos generales. Quiero el pueblo, la plaza, las montañas y después hacemos algunas tomas de la gente preparando el mercado.
—¿Y la entrevista con el alcalde? —preguntó Paula.
—A las once —respondió Olivia.
—Perfecto.
Olivia se colocó la cámara pequeña que utilizaba para hacer algunas tomas de apoyo y comenzó a caminar.
Durante las siguientes horas estuvieron completamente concentrados en el rodaje.
Grabaron las calles principales, la iglesia de piedra que dominaba una de las esquinas de la plaza, los comercios abriendo sus puertas, una panadería sacando bandejas de dulces recién hechos y a un hombre mayor retirando la nieve de la entrada de su tienda con una pala, mientras su perro lo observaba sentado bajo un pequeño tejadillo.
Olivia entrevistó a una mujer que llevaba toda la vida viviendo en Valdemora y que le explicó cómo había cambiado el pueblo durante las últimas décadas.
También grabó a dos niños construyendo un muñeco de nieve junto a sus padres y consiguió varias imágenes del valle desde un mirador situado por encima de las últimas casas.
Aquello era precisamente lo que quería para Guardianes de la montaña .
No quería limitarse a enseñar rescates espectaculares, helicópteros y hombres descendiendo por paredes de roca.
Quería enseñar el lugar, la gente, la montaña, la vida cotidiana, el invierno y, sobre todo, conseguir que el espectador entendiera que quienes trabajaban allí no eran únicamente rescatistas que aparecían cuando alguien tenía un problema, sino personas que formaban parte de aquella comunidad y conocían la montaña mucho mejor que quienes llegaban de fuera durante un fin de semana.
Cuando terminaron la entrevista con el alcalde, Olivia revisó rápidamente las imágenes.
—¿Qué tal? —preguntó Sergio.
—Muy bien.
—¿Y la entrevista?
—También —respondió Olivia—, pero quiero volver a grabar la plaza esta tarde, cuando enciendan las luces.
—Eso quedará muy bien —le dio la razón Sergio.
Paula se frotó las manos.
—¿Podemos ir a algún sitio donde no me esté congelando?
Olivia se rio.
—Sí, creo que nos hemos ganado un café.
—Eso llevo diciéndolo desde las nueve —dijo Paula, apretando los dientes.
Sergio guardó la cámara en su mochila.
—Yo voto por el café, pero tengo que descargar primero las tarjetas —les recordó.
—Entonces nosotros nos vamos adelantando al hotel —comentó Paula.
—Perfecto, yo voy después. Os voy pidiendo los cafés —dijo Olivia mientras se dirigía a una cafetería cercana.
Sergio y Paula se marcharon por una de las calles que conducían hacia el hotel mientras Olivia revisaba durante unos minutos más las últimas grabaciones. Cuando terminó, guardó el equipo y se dio cuenta de que tenía las manos heladas a pesar de los guantes.
Miró hacia la plaza. Las luces navideñas todavía estaban apagadas, pero algunas de las casetas ya comenzaban a llenarse de cajas.
Le encantaba aquel lugar. Era tranquilo, bonito y tenía algo que no encontraba en Madrid, ni en Barcelona, ni en ninguna de las ciudades donde solía trabajar.
Allí parecía que el tiempo avanzaba más despacio.
Guardó la cámara y miró hacia la cafetería.
Y entonces recordó el frío que hacía.
—Café —murmuró—. Café, café, café, café…
Caminó hasta una pequeña cafetería situada en una de las calles que salían de la plaza. El establecimiento tenía un escaparate lleno de tartas, bollería y panes. Sobre la puerta colgaba un pequeño cartel de madera en el que podía leerse La Esquina de Nora .
Entró rápidamente, agradeciendo el cambio de temperatura, y el calor del interior le golpeó el rostro. Se quitó el gorro y miró las mesas de al lado. Había bastante gente allí.
—Buenos días —dijo, acercándose.
—Buenos días —respondió la mujer que estaba detrás del mostrador—. ¿Qué te pongo?
—Cuatro cafés. Tres con leche y uno solo.
El solo se lo tomaría ella mientras llegaban sus compañeros. Los otros podían esperar. No creía que tardasen más de diez minutos en llegar y descargar las tarjetas no les llevaría más de un par de minutos.
Mientras la mujer preparaba los cafés, Olivia se frotó las manos y miró por el escaparate.
La nieve seguía cayendo. Era una nevada fina, casi delicada, que cubría lentamente las calles sin llegar todavía a dificultar el tránsito.
Sacó el móvil para revisar unos mensajes.
Había uno de Sergio.
“¿Dónde estás? Pásame la ubicación” .
Olivia escribió:
“Comprando café. Venid, se está calentito” .
Le pasó la ubicación y guardó el teléfono.
La puerta de la cafetería se abrió y una ráfaga de aire frío entró en el local.
Olivia levantó la mirada y se quedó inmóvil.
No, no podía ser. Marcos Aranda acababa de entrar.
No llevaba uniforme ni la chaqueta de servicio, ni siquiera las botas técnicas o el equipo de montaña. Vestía unos vaqueros oscuros, un jersey gris y una chaqueta de invierno negra. Tenía el pelo ligeramente revuelto por el viento.
Olivia tardó aproximadamente medio segundo en comprender que aquello era mucho peor, muchísimo peor, porque hasta ese momento había podido atribuir una parte considerable de su problema al uniforme.
“Nooo” .
Marcos la vio, se detuvo un instante y después sonrió ligeramente.
—Hola.
Olivia consiguió reaccionar.
—Hola.
“Perfecto. Muy bien, Olivia. Respira. Es un hombre. Un hombre absurdamente guapo, pero un hombre” .
Marcos se acercó al mostrador.
—¿También has venido a por café?
Olivia miró los cuatro vasos que la camarera estaba colocando sobre la barra.
—Sí.
—Veo que no eres la única que necesita sobrevivir al frío —pronunció Marcos.
Ella sonrió.
—No, parece que no. Somos los tres.
—El café ayuda bastante —acabó medio sonriente—, pero si vais a grabar todo el día con este frío, quizá tengáis que llevaros una cafetera en la mochila.
“Ha hecho una broma. Ha hecho una broma y además se ha reído. Cálmate” .
Marcos miró hacia la calle.
—Hoy habéis tenido suerte con el tiempo.
Olivia arqueó una ceja.
—¿Esto es tener suerte? —preguntó, sorprendida.
—Podría ser peor, créeme.
—¿Mucho peor?
—Muchísimo peor.