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El Hotel El Mirador de Valdemora no era especialmente grande, pero tenía exactamente el tipo de aspecto que Olivia esperaba encontrar en un pueblo de montaña a mediados de diciembre.
La fachada de piedra gris estaba cubierta parcialmente por hiedra y las ventanas, enmarcadas en madera oscura, tenían pequeños balcones de hierro forjado desde los que se podía contemplar prácticamente todo el valle.
Sobre la entrada había un letrero de madera con el nombre del hotel y, alrededor, varias guirnaldas de ramas de pino, pequeñas luces cálidas y un enorme lazo rojo que alguien había colocado con tanto entusiasmo que ocupaba casi media fachada.
El edificio estaba situado en una elevación a las afueras del pueblo, justo al comienzo de la carretera que ascendía hacia las zonas de montaña, y desde allí se veía Valdemora extendido en el valle, con sus tejados cubiertos de nieve y las montañas al fondo.
Era uno de esos lugares que parecían sacados de una postal navideña y, por si aquello fuera poco, el hotel tenía una ventaja que para el equipo de Olivia resultaba especialmente importante: la base del GREIM estaba a menos de diez minutos en coche.
En realidad, en condiciones normales podían llegar en unos siete u ocho minutos.
Olivia lo había comprobado la primera mañana, cuando Sergio había insistido en cronometrar el trayecto.
—Siete minutos y cuarenta y dos segundos —había anunciado al aparcar.
—¿Por qué has cronometrado eso?
—Porque soy un hombre de datos —había respondido orgulloso.
—Eres camarógrafo.
—Un camarógrafo al que le pirran los datos.
Aquello había hecho reír a Paula y a Olivia le había parecido una buena noticia. Si recibían permiso para acompañar a los rescatistas en alguna intervención, podían estar en la base prácticamente en cuestión de minutos, algo que facilitaba muchísimo la logística del rodaje.
Además, la carretera que comunicaba el hotel con el pueblo y la base solía mantenerse despejada incluso cuando nevaba, aunque nadie en Valdemora se atrevía a prometer nada cuando el tiempo decidía ponerse serio.
Olivia bajó las escaleras con Sergio detrás y se encontró con Paula esperándolos en el vestíbulo.
Paula tenía veintisiete años, el pelo negro cortado a la altura de los hombros y unos ojos oscuros que parecían divertirse constantemente con todo lo que ocurría a su alrededor.
Era la responsable de sonido del equipo y tenía una paciencia extraordinaria, algo que resultaba imprescindible cuando se trabajaba con Olivia y Sergio.
Sergio, en cambio, tenía treinta años, era alto, delgado y llevaba el pelo castaño siempre un poco despeinado, aunque nadie tenía claro si aquello era deliberado o si simplemente había renunciado hacía años a intentar dominarlo.
Era camarógrafo, fotógrafo ocasional y, según él mismo, experto en detectar cuándo sus compañeros estaban a punto de enamorarse de alguien.
Los tres se conocían desde hacía casi cinco años y habían trabajado juntos en cuatro proyectos anteriores, entre ellos un documental sobre parques naturales y otro sobre pueblos de montaña que habían grabado el invierno anterior en Asturias.
Se entendían bien, muy bien. Sabían cuándo el otro necesitaba silencio, cuándo una toma había salido mal y cuándo era mejor no discutir. Y también sabían cuándo alguien estaba mintiendo.
—Qué hambre tengo —pronunció Paula—. ¿Podemos cenar ya?
Olivia llegó hasta ella, seguida de Sergio.
—Claro —respondieron casi al unísono.
El comedor del hotel estaba en la planta baja, al fondo de un pasillo que desembocaba en una estancia amplia y acogedora, con paredes de piedra vista, vigas de madera oscura y grandes ventanales desde los que se veía la montaña.
Había unas quince mesas distribuidas por la sala, aunque aquella noche solo estaban ocupadas unas siete.
Una pareja mayor cenaba junto a la ventana, dos familias con niños ocupaban unas mesas cercanas a la chimenea, en otra había tres hombres con ropa de montaña que hablaban en voz baja mientras consultaban algo en sus teléfonos y, al fondo, un grupo de jóvenes reía alrededor de una mesa llena de platos.
La chimenea era el centro de la estancia.
Ardía con fuerza y proyectaba una luz cálida sobre los sillones y las paredes.
Sobre la repisa había ramas de abeto, velas, piñas y pequeñas figuras de madera; del techo colgaban varias guirnaldas de luces y, en una esquina, se alzaba un árbol de Navidad de casi dos metros, decorado con bolas rojas y doradas.
Olivia se detuvo un instante.
—Esto es precioso.
—Te dije que te iba a gustar —respondió Sergio.
—No me dijiste nada.
—Pero lo pensé —continuó Sergio con una sonrisa.
Paula se adelantó hacia una mesa libre.
—Vamos a sentarnos antes de que alguien nos la quite.
Olivia dejó el bolso en una silla y se quitó el abrigo.
—¿Qué hacemos mañana? —preguntó Olivia.
Paula tomó asiento y abrió la carta.
—Según el plan, por la mañana tenemos que grabar el pueblo, después la entrevista con el alcalde y por la tarde volvemos a la base.
—Sí —dijo Olivia—. Y quiero aprovechar para hacer más planos del equipo preparándose. Las mochilas, el material técnico, las cuerdas…
—¿Y a Aranda? —preguntó Sergio.
Olivia levantó lentamente la mirada y apretó los labios.
—No —lo señaló como si se tratase de un ultimátum.
Olivia cogió la carta del menú y la miró sin hacerle más caso a Sergio.
—Después de la base tenemos que volver aquí, descargar todo y revisar las entrevistas.
—¿Y pasado mañana? —preguntó Paula.
—Si nos dan permiso, me gustaría acompañarlos durante un entrenamiento en la montaña. Quiero grabar el proceso completo: desde que reciben el aviso hasta que preparan el equipo.
—¿Y el rescate real?
Olivia negó con la cabeza.
—Eso depende de ellos. No podemos pedir que ocurra algo para nosotros.
—Menos mal —dijo Sergio—, sería bastante mala publicidad para el documental.
Olivia sonrió.
—Además, nos han dicho que si reciben un aviso y consideran que podemos acompañarlos sin interferir, nos avisarán.
—Tendremos que estar preparados —dijo Paula.
—Exactamente.
En ese momento, una mujer apareció por una puerta situada junto a la barra.
Debía de rondar los sesenta años, aunque conservaba una energía que hacía difícil calcular su edad exacta. Tenía el pelo gris recogido en un moño bajo, los ojos verdes y una sonrisa espontánea que se dibujaba en su rostro incluso antes de que empezara a hablar.
Llevaba un jersey granate sobre una camisa blanca y un delantal oscuro.
—Buenas noches —saludó—. ¿Todo bien?
—Muy bien —respondió Olivia.
—¿Son los del documental?
Olivia asintió.
—Sí, soy Olivia —se presentó, tendiéndole la mano.
—Ya sé quién eres. Soy Carmen —respondió, estrechándosela—. Carmen Salvatierra. El hotel es mío.
—Encantada —dijo Olivia con una gran sonrisa.
—Lo mismo digo. Lleváis varios días aquí y todavía no habíamos coincidido tranquilamente.
Carmen miró a Sergio y a Paula.
—¿Y vosotros sois?
—Sergio.
—Paula.
Se presentaron los dos, estrechándole la mano también.
—Encantada.
Carmen apoyó una mano en el respaldo de una silla.
—Cualquier cosa que necesitéis, me la pedís. Si necesitáis cambiar horarios, un espacio para trabajar, guardar material, imprimir algo, lo que sea. Aquí estamos para ayudar.
—Muchas gracias —dijo Olivia—. La verdad es que estamos muy cómodos.
—Me alegra mucho escuchar eso.
Carmen miró alrededor del comedor y después volvió a fijarse en Olivia.
—¿Y qué tal está yendo el proyecto?
Los ojos de Olivia se iluminaron.
Aquella era una pregunta que podía contestar durante horas.
—Muy bien. Estamos haciendo un documental sobre el trabajo de los equipos de rescate de montaña y cómo es vivir en esta zona durante el invierno. Queremos enseñar también la parte que normalmente no se ve, no solo los rescates, sino la preparación, el entrenamiento, el material, cómo trabajan…
Carmen sonrió.
—Pues habéis elegido bien el sitio.
—Eso parece.
—Aquí tenemos historias para llenar diez documentales —rio Carmen.
Olivia sonrió.
—Entonces quizá tenga que hacerle una entrevista.
Carmen soltó una carcajada.
—¿A mí?
—Claro. Usted lleva años viviendo aquí. Seguro que conoce muchísimas historias.
—Tengo unas cuantas —rio divertida.
—Pues uno de estos días podemos grabarla.
—Oh, yo encantada, cuando quieras —respondió animada. Carmen parecía encantada—. Y si quieres saber cosas de la gente de aquí, pregunta. Aunque algunas historias no sé si te las podré contar delante de una cámara —susurró.
—Eso suena todavía mejor.
—Entonces ya tenemos trato.
Olivia sacó rápidamente el móvil.
—Voy a apuntarlo —dijo, tecleando en la pantalla táctil del móvil.
Carmen se inclinó ligeramente hacia ella.
—Oh, y si vais a grabar a los chicos del GREIM —dijo animada—, pregunta por Marcos.
Es de los mejores —comentó entusiasmada.
Olivia levantó la mirada. Carmen continuó hablando con absoluta naturalidad, como quien comenta que el pan de la panadería de la esquina es especialmente bueno—.
Es muy buen chico, muy responsable y trabaja fenomenal.
Es un encanto —añadió, parpadeando de forma deliberada—. Aquí lo conoce todo el mundo.
Olivia sonrió.
—Sí, ya he podido comprobar que sabe mucho de su trabajo —respondió Olivia bajando la mirada hacia el móvil, aunque de reojo pudo ver cómo su compañero Sergio subía sus cejas repetidas veces.
—Muchísimo, además es muy tranquilo. Cuando hay un problema, de esos que hacen que todos los demás se pongan nerviosos, él mantiene la cabeza fría.
Paula escuchaba mientras revisaba la carta.
—Parece que tiene buena fama —pronunció.
—¿Buena? —Carmen soltó una risita—. Aquí lo adoramos todos.
Olivia levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
—¡Claro! Lleva años viniendo por aquí. Él y los demás compañeros. Cuando tienen algún día libre, pasan a tomar algo. Y son estupendos. Educados, atentos… ya sabes cómo son estos chicos.
Olivia asintió.
“Sí. Sé exactamente cómo es uno de ellos” .
Carmen siguió hablando sin la menor intención de insinuar nada.