Rescátame por Navidad 1 #2
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—Bien —respondió ella directamente.

Él se marchó y Olivia esperó a que desapareciera por la puerta. Ahí fue cuando soltó el aire que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

Sergio bajó la cámara y se acercó a ella.

—¿Has terminado?

Olivia se volvió hacia él.

—Sí.

—¿Seguro?

—Completamente.

Sergio sonrió.

—Pues has estado muy concentrada.

Olivia lo miró.

—Soy profesional.

—Claro.

—¿Qué significa ese “claro”?

—Nada.

—Sergio…

—Nada.

Olivia recogió sus notas.

—Tenemos que revisar el material antes de irnos y después quiero grabar la zona exterior de la base.

—Perfecto.

Olivia se colgó la acreditación al cuello y salió detrás de él.

Antes de cruzar la puerta, miró una última vez hacia el lugar por donde había desaparecido Marcos.

“El uniforme” . Suspiró. “Definitivamente es el uniforme” .

Salió de la base intentando convencerse de que aquel hombre no iba a convertirse en una distracción. Tenía muchas cosas que hacer, pero por otro lado… ¡Menudo hombre!

Olivia llevaba casi veinte minutos revisando la entrevista y empezaba a sospechar que aquello no era exactamente lo que se entendía por trabajo eficiente.

Tenía el portátil abierto sobre la pequeña mesa de la habitación del Hotel El Mirador de Valdemora, una libreta llena de anotaciones a su derecha y los auriculares puestos, mientras en la pantalla volvía a aparecer la imagen de Marcos Aranda respondiendo a una de sus preguntas.

—La montaña cambia completamente —decía él.

Olivia pulsó pausa y escribió una nota.

“Buena frase. Utilizarla en el montaje” .

Volvió a darle al play .

—La nieve modifica el terreno, reduce la visibilidad...

Volvió a darle a la pausa y tomó otra nota.

“Habla muy bien delante de la cámara” .

Le dio otra vez al play .

—El miedo es útil.

Pausó de nuevo y se quedó mirando la pantalla.

—¿Útil?

Retrocedió unos segundos.

—El miedo es útil.

Volvió a escucharlo y después escribió: “Frase interesante. Mantener” .

—Muy bien, Aranda. Vamos a ver qué más tienes.

Volvió a reproducir la entrevista.

“Aunque podrías colaborar un poquito más, míster uniforme peligro” .

Olivia sonrió para sí misma. No sabía exactamente cuándo había decidido ponerle aquel apodo, pero le parecía bastante apropiado.

Marcos Aranda, veintiocho años, guardia civil, especialista del GREIM, alto, atlético, con una sonrisa de infarto y bastante más serio de lo que parecía al principio… y con una capacidad preocupante para conseguir que ella olvidase las preguntas que llevaba preparadas.

Pulsó pausa otra vez y dejó la imagen de Marcos congelada en la pantalla.

Olivia inclinó ligeramente la cabeza.

—A ver…

Movió el cursor y amplió la imagen un poco, después un poco más hasta que la cara de Marcos ocupó prácticamente toda la pantalla.

Sus ojos marrón claro parecían todavía más claros con la luz que entraba por una de las ventanas de la base, y aquella expresión seria, concentrada, le daba un aspecto que Olivia consideró, desde el punto de vista estrictamente documental, muy interesante.

Desde el punto de vista profesional, por supuesto.

“Sí” .

Se acercó un poco más a la pantalla.

“Muy interesante” .

Hizo otro zum.

“Muchísimo” .

Se quedó mirándolo.

La mandíbula marcada, la nariz recta, la barba corta de un par de días que le daba todavía un aspecto más masculino, el pelo castaño oscuro, los ojos… y luego estaba el uniforme, el condenado uniforme.

—Madre mía. —Olivia apoyó la barbilla en una mano—. Qué bueno está. —Se quedó unos segundos completamente quieta—. Pero bueno de verdad.

Pulsó de nuevo el vídeo.

Marcos aparecía en la pantalla hablando con aquella voz grave y tranquila. Olivia se quedó mirándolo.

“¿Cómo puede un hombre estar así de bueno y además dedicarse a rescatar gente? ¿No podía haber elegido ser contable? Un contable guapísimo y aburrido habría sido mucho más fácil de gestionar” .

Detuvo la grabación.

“Y esos hombros...” .

Amplió un poco más.

“Olivia” . —Se reprendió mentalmente—. “Eres una profesional” . —Volvió a mirar la pantalla—. “Una profesional con ojos en la cara” .

—Qué bueno está —susurró sin poder evitarlo.

—Sí, es verdad.

Olivia pegó un grito y saltó de la silla al escuchar esa afirmación a su espalda.

—¡Aaah! —Se giró de golpe y se llevó la mano al corazón. Sergio estaba detrás de ella, apoyado tranquilamente en el marco de la puerta, con una sonrisa enorme en la cara—. ¡Joder! —gritó—. ¡Sergio!

Él soltó una carcajada.

—¿Qué?

Ella lo miró de la cabeza a los pies, ya más seria.

—¡¿Cuánto tiempo llevas ahí?!

—El suficiente —dijo, encogiéndose de hombros.

Olivia resopló.

—¡Casi me matas del susto!

—Yo diría que el que casi te mata es Aranda.

Ella enarcó una ceja en su dirección.

—No sé de qué hablas.

Sergio señaló la pantalla donde Marcos seguía congelado en primer plano.

—Claro que no.

Olivia cerró rápidamente el vídeo.

—Estaba revisando la entrevista.

—Ya.

—Y tomando notas.

—Sí.

—Para el documental…

—Claro, por supuesto —le dio la razón Sergio.

—¿Puedes dejar de mirarme así?

—No.

Olivia entornó los ojos mientras él se acercaba y la miraba con una sonrisa pícara.

—Hasta yo, que soy hetero, entiendo perfectamente el problema.

—¡¿Qué problema?!

—Ese. —Señaló de nuevo la pantalla—. Ese hombre —enfatizó—. No está nada mal.

Olivia abrió la boca y directamente la cerró.

Luego suspiró y se pasó la mano por su cabello castaño, apartándolo de la cara bastante nerviosa, aunque intentando disimular para quitarle importancia a lo que había sucedido.

—Bueno, ¿qué querías? —preguntó ella, adoptando una pose seria.

Sergio la observó, riéndose.

—Te traigo esto antes de que decidas asesinarme. —Le tendió una pequeña bolsa y Olivia la abrió—. Las baterías.

—Las baterías —confirmó ella—. Gracias.

—De nada. —Luego ladeó su cuello—. Paula y yo ya estamos preparados para ir a cenar.

Olivia abrió la bolsa.

—¿Ya?

—Sí. Y, antes de que preguntes, no: no voy a volver a mencionar a Aranda.

Ella lo escudriñó con la mirada y, finalmente, suspiró como si se rindiese.

—Gracias.

—Aunque…

Olivia lo señaló con un dedo.

—Ni una palabra.

—Vale.

Sergio sonrió.

—Te espero abajo.

—Ahora voy.

Cerró la puerta y se quedó unos segundos apoyada contra ella. Después, miró el portátil.

“Castañito Peligroso” .

Negó con la cabeza.

“Definitivamente, necesito dejar de mirarlo” .

Cogió su chaqueta.

“Y, sobre todo, necesito dejar de pensar que está bueno” .

Abrió la puerta.

“Porque no está bueno... está buenísimo” .

Apagó el ordenador y salió de la habitación. Bajó las escaleras hacia el comedor, donde la esperaban sus dos compañeros y una cena tranquila.