Rescátame por Navidad
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“Es el uniforme... El uniforme... ¡Dichoso uniforme! Olivia, aguanta la compostura. Tú puedes... Respira, sonríe como una profesional y, por lo que más quieras, que no se te note que estás babeando” .
—¿Qué es lo primero que hacéis cuando recibís un aviso de rescate?
Marcos Aranda la miró directamente a través del objetivo de la cámara.
Olivia tuvo que hacer un esfuerzo considerable para recordar que aquello era una entrevista y no una oportunidad concedida por el Universo para quedarse mirando a un hombre absurdamente atractivo durante el tiempo que tardase en contestar.
—Lo primero es valorar la situación —respondió él con una voz grave y tranquila—.
Necesitamos saber cuántas personas están implicadas, dónde se encuentran, qué condiciones meteorológicas hay y qué tipo de terreno vamos a encontrar.
A partir de ahí decidimos el equipo necesario y la forma más segura de acceder hasta ellos.
Olivia asintió lentamente.
Era tan… perfecto, profesional, impecable… exactamente el tipo de respuesta que necesitaba para el documental y, por supuesto, ella no estaba pensando en que aquel hombre tenía una voz que debería estar regulada por alguna autoridad competente.
“Concéntrate. Has venido a grabar un documental. ¡Un documental! No un anuncio de ropa masculina” .
Marcos permanecía frente a la cámara con una tranquilidad que a Olivia le resultaba casi ofensiva.
Llevaba el uniforme de servicio de la Guardia Civil, impecablemente colocado, y la ropa parecía haber sido diseñada específicamente para poner a prueba la capacidad de concentración de cualquier mujer que tuviera que entrevistarlo.
El verde oscuro resaltaba todavía más sus ojos marrón claro y contrastaba con su pelo castaño oscuro, corto y ligeramente despeinado, como si acabara de salir de una jornada de trabajo en la montaña y no hubiera tenido tiempo ni intención de preocuparse demasiado por su aspecto, aunque no lo necesitaba.
Era alto, mucho… lo había visto levantarse unos minutos antes y todavía no había decidido si los casi veinte centímetros que le sacaba eran una característica perfectamente normal o una especie de provocación personal.
Además, tenía los hombros anchos, el cuerpo atlético y esa clase de físico que no parecía construido en un gimnasio por vanidad, sino por años de entrenamiento y trabajo.
“Vale. Muy bien, tiene unos hombros estupendos, magníficos en realidad, y absolutamente innecesarios para una entrevista sobre rescates de montaña… pero magníficos” .
—¿Cuánto tiempo puede pasar desde que recibís un aviso hasta que estáis preparados para salir?
—Depende del tipo de emergencia y de las condiciones —contestó él—. Si estamos de servicio y el aviso requiere una intervención inmediata, la respuesta es muy rápida.
Olivia bajó la mirada hacia sus notas durante apenas un instante. Solo un instante, porque, si seguía mirándolo directamente, corría el riesgo de olvidar por completo la siguiente pregunta. Y eso sería poco profesional. Muy poco profesional, sobre todo porque ella era la responsable del documental.
Olivia Rivas tenía veintiséis años y era documentalista y directora de campo especializada en naturaleza y montaña para Norte Salvaje Producciones.
Llevaba casi tres semanas trabajando en aquel proyecto, aunque había dedicado los últimos seis meses a preparar Guardianes de la montaña , el documental con el que pretendía mostrar cómo era la vida en los Pirineos durante el invierno y, especialmente, cómo trabajaban las personas encargadas de ayudar a quienes se encontraban en dificultades en uno de los entornos más impredecibles de España.
Había entrevistado a montañeros, habitantes de pequeños pueblos, guardas forestales, responsables de refugios, trabajadores de estaciones de esquí y hasta al dueño de una tienda especializada en material de montaña que había conseguido explicarle durante cuarenta y cinco minutos la diferencia entre tres tipos de crampones sin pestañear.
Ninguna de aquellas entrevistas había supuesto un problema para su concentración… hasta ese momento.
Ninguno de los anteriores entrevistados tenía la mala costumbre de ser tan alto, tan atractivo y de llevar un uniforme que le sentaba de aquella manera.
“Es culpa del uniforme. Completamente. Sin el uniforme seguramente no sería para tanto” .
Olivia lo observó durante un segundo más.
“Mentira. Sí sería para tanto, probablemente más” .
Apretó los labios para contener una sonrisa temblorosa.
—¿Y qué diferencia un rescate en verano de uno en invierno?
—La montaña cambia completamente. —Marcos respondió sin vacilar, mirando hacia la cámara—.
La nieve modifica el terreno, reduce la visibilidad y puede hacer que una ruta sencilla se convierta en peligrosa en muy poco tiempo.
También hay que tener en cuenta el viento, la temperatura, el riesgo de aludes y el estado de las personas que estamos buscando.
En invierno, cualquier error puede tener consecuencias graves.
Olivia levantó ligeramente la mirada. Aquello sí era interesante y, por un momento, consiguió concentrarse de verdad en su trabajo.
La base del GREIM se encontraba a las afueras de Valdemora, un pequeño pueblo del Pirineo aragonés rodeado de montañas que en aquellas fechas estaban cubiertas de nieve.
No era una instalación especialmente grande, pero sí estaba perfectamente preparada para la actividad del grupo.
Había vehículos todoterreno aparcados en el exterior, material de montaña organizado en una zona específica y un espacio destinado a preparar los equipos antes de salir a un operativo.
Aquel era el tercer día que Olivia acudía a la base.
Había llegado a Valdemora con Sergio, el cámara de la productora, y Paula, encargada de sonido, y los tres se habían instalado en el Hotel El Mirador de Valdemora, donde tenían reservadas habitaciones durante todo el periodo previsto de rodaje.
La productora había obtenido los permisos necesarios para documentar parte del trabajo del GREIM y, aunque Olivia sabía perfectamente que no podían acompañarlos a cualquier intervención, tenían autorización para grabar entrenamientos, entrevistas, preparativos y determinados operativos cuando el responsable considerase que la presencia del equipo de grabación no suponía un riesgo ni interfería con el trabajo de los rescatistas.
Marcos Aranda era uno de los especialistas con los que tenían previsto trabajar durante el rodaje y, desde luego, Olivia ya sabía que iba a convertirse en uno de los protagonistas involuntarios de bastantes minutos del documental.
Lo que no había imaginado era que acabaría convirtiéndose también en una de las mayores distracciones de su carrera.
—¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo? —preguntó.
Marcos tardó un segundo en responder.
—Ayudar a la gente.
Olivia parpadeó.
—¿Así de sencillo?
—Sí.
—¿No hay nada más?
Él se encogió ligeramente de hombros.
—Eso es suficiente —acabó con una sonrisa que casi provocó un infarto a Olivia.
Aquella respuesta la sorprendió.
Había esperado algo más elaborado. Una frase bonita, una historia de esas que justifican un plano sostenido y encuentran su sitio perfecto en el montaje. Pero Marcos parecía satisfecho con aquellas cuatro palabras: “Ayudar a la gente”.
Olivia lo observó unos segundos.
Por primera vez desde que había empezado la entrevista, dejó de fijarse en el uniforme y se concentró realmente en él.
Tenía una mirada tranquila, pero intensa. No parecía un hombre que necesitara demostrar nada, ni siquiera delante de una cámara, y eso, inesperadamente, le resultó aún más atractivo.
“Genial. Además de guapo, tiene principios. Esto se está poniendo cada vez peor” .
—¿Y nunca tienes miedo?
—Claro, pero el miedo es útil.
—¿Por qué?
—Porque te mantiene atento —acabó mirándola fijamente.
Olivia asintió y tragó saliva.
—¿Y qué haces cuando tienes miedo?
Marcos la miró durante un instante.
—Sigo trabajando.
Olivia se quedó callada. No porque no tuviera nada que decir, sino porque, de repente, aquella respuesta había conseguido que le pareciera todavía más atractivo.
“No. ¡Basta! Se acabó. Este hombre no puede seguir hablando. Cada vez que abre la boca me parece más guapo” .
Detrás de la cámara, Sergio cambió ligeramente el encuadre y Olivia lo vio por el monitor.
—Una última pregunta —dijo ella—. ¿Crees que la gente que practica actividades de montaña es realmente consciente del riesgo?
Marcos respiró con calma antes de responder.
—Algunos sí, otros creen que si algo les sale mal, alguien vendrá a buscarlos.
Olivia levantó una ceja.
—¿Y eso te molesta?
—No.
—¿No?
—Nos da trabajo —acabó sonriendo otra vez.
“No. No, no, no… eso no se hace” .
Olivia tragó saliva.
“¿Por qué sonríes así? ¿No sabes que deberían cobrarte impuestos por tener una sonrisa como esa?” .
—Perfecto —dijo finalmente, intentando recuperar la compostura—. Creo que con esto tenemos suficiente.
Marcos asintió.
—Bien.
La cámara dejó de grabar y, durante un segundo, nadie dijo nada.
Marcos la miró y suspiró. Luego, su sonrisa desapareció poco a poco y volvió a adoptar aquella expresión seria y tranquila que parecía ser su estado natural.
Olivia se quedó mirándolo.
“Ah” .
Él recogió unos guantes que había dejado sobre una mesa.
—¿Necesitáis algo más?
Olivia tardó un instante en contestar.
—No. De momento, no.
—Bien.
Se volvió para marcharse y Olivia apretó los labios.
“¿Ya se va? ¿Así? ¿Sin más?” .
Igualmente, Olivia sonrió.
—Aunque esperamos que nos aviséis si surge algún rescate que podamos documentar.
Marcos se detuvo y la miró por encima del hombro.
—Ya veremos.
Olivia pestañeó varias veres y mantuvo la sonrisa igualmente.
—Por supuesto —respondió ella con dulzura.
Marcos la observó unos segundos y asintió sin decir nada más.
Aquel cambio de actitud la descolocó bastante y durante un instante se quedó mirándolo sin decir nada.
—¿Qué? —preguntó él finalmente.
Olivia sonrió un poco más.
—Nada —respondió ella rápidamente y se giró.
—Vale —respondió Marcos.
—Vale.
—Bien —continuó él.