Rescatada por el feroz hombre de la montaña (Calor de verano en Silver Ridge nº 3) Hallie
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Hallie

tres

Llevamos aquí una semana y ya tenemos una rutina.

Juniper's cada mañana, el mismo reservado de la esquina.

Theo se sienta junto a la ventana y sigue con sus negociaciones con la urraca, que aparece todos los días a posarse en el alféizar para juzgarnos.

Yo pido café. Los dos estamos mejor que hace siete días y procuro no darle muchas vueltas porque cada vez que pienso quizás esto, algo en mí responde no.

Por las tardes caminamos. Solo senderos principales.

Reviso el mapa en cada inicio de sendero, en voz alta, para que Theo me vea hacerlo, porque al parecer los dos seguimos aprendiendo.

Ha recogido once piñas, dos piedras y una pluma de arrendajo azul que tiene alineadas en el alféizar.

Una vez le pregunté cuál era el sistema.

Me miró como si le hubiera preguntado por qué el cielo es azul.

Vale. Hay cosas que simplemente se saben.

Una mañana vuelvo del baño y hay un camión de juguete junto al plato de Theo en el restaurante.

Viejo, de metal fundido, con la mayor parte de la pintura desgastada, una abolladura en un costado como si se hubiera caído de algún sitio. Las ruedas todavía giran. Theo lo sostiene con las dos manos y tiene una expresión que solo puedo describir como por fin.

—¿De dónde ha salido eso?

Darlene me rellena el café sin mirarme.

—Lo dejaron en el mostrador.

—¿Quién?

—Mm —dice, y se va a atender otra mesa.

Theo hace rodar el camión de un lado a otro entre el salero y su zumo de naranja durante el resto del desayuno. Cuando digo que es hora de irnos, se lo guarda en el bolsillo y se queda ahí parado con la mano encima, quieta, comprobando que sigue siendo real.

Pienso en ello de camino de vuelta. Un viejo camión abollado, dejado en el mostrador. Pienso en el hombre grande y callado con el que no paro de cruzarme en la calle principal, que siempre parece venir de algún sitio normal y dirigirse a otro igual de normal.

Debería darle las gracias sin más. Lo normal.

Paso el resto de la tarde decidiendo que lo haré, buscando razones para no hacerlo y enfadándome conmigo misma por ello. Es en lo que más energía mental he invertido en una semana sin que tuviera que ver con la supervivencia, lo cual o es sano o es un problema.

Está en la barra del restaurante cuando entramos a la mañana siguiente.

Theo lo ve primero, cosa que tiene su lógica.

—El hombre alto —anuncia a todo el restaurante, y saluda como si fueran viejos amigos separados por años y circunstancias.

Ronan mira hacia nosotros. Levanta la barbilla hacia Theo. Luego hacia mí.

Theo ya ha salido del reservado.

—Theo.

Me ignora. Cruza el restaurante y se sube al taburete junto a Ronan, camión en mano, completamente a sus anchas de un modo en que yo, una adulta de treinta años, no lo estoy.

—Tengo un camión —le dice.

—¡Qué bien! —Ronan no necesita tanto entusiasmo a las siete de la mañana, pero parece sincero.

—Tiene ruedas.

—Sí.

—¿Buenas ruedas?

Ronan mira las ruedas.

—Buenas ruedas.

Theo está completamente satisfecho. Hace rodar el camión por la barra y Ronan aparta la taza de café sin que se lo pidan, sin levantar la vista, despejando la pista. Me acerco y me siento a su lado, al otro lado de Theo, y tampoco estoy del todo segura de cuándo decidí hacerlo.

Acabamos teniendo una conversación bastante seria sobre si un pájaro podría conducir un camión, si el camión tendría que ser del tamaño del pájaro o si el pájaro sería simplemente un conductor pequeño en una cabina normal.

Ronan opina que el pájaro querría un camión normal.

Theo cree que debería ser a escala pájaro para que quepa sitio en la parte de atrás para los gusanos. Yo me mantengo al margen.

Al final, Theo se aburre, se baja del taburete y vuelve a nuestro reservado de siempre. Debería seguirlo, pero me quedo aquí sentada.

Ronan hace girar la taza entre las manos.

—¿Cuánto tiempo vas a quedarte? —pregunta para romper el repentino silencio que se ha asentado entre nosotros.

—Aún no lo sé.

Asiente, solo eso, y mira el café un momento.

—El pueblo está bien en verano —dice, como ofreciendo algo sin darle importancia.

—¿Entonces debería quedarme hasta agosto?

—Tú verás.

Al otro lado de la ventana, la calle principal sigue con su mañana: dos tipos delante de la ferretería, una mujer con un perro, las montañas preciosas de fondo. Intento no fijarme en Ronan, en su tamaño, en lo guapo que es, incluso con ese aire hosco que tiene.

—El camión —digo—. Gracias.

Levanta la taza.

—No sé de qué me hablas.

—Ya.

Miro a Theo en el reservado, que hace rodar el camión en círculos alrededor del sirope, y pienso en un hombre que ocupa mucho espacio y aun así deja sitio.

Luego cojo el café y vuelvo con mi hijo.

Se marcha un rato después. No lo veo irse. O lo miro un poco y luego vuelvo la vista a la ventana, donde la urraca ha reaparecido y contempla los restos de la tortita de Theo con evidente desprecio.

—Sigue siendo que no —le digo.