Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 14
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Capítulo 14

J ake llegó a Montagu Square más temprano de lo habitual.

La tarde aún no había terminado de oscurecer, y una luz gris y fría se filtraba entre la niebla que empezaba a caer sobre la calle.

El carruaje se detuvo frente a la casa con un crujido de ruedas húmedas.

Jake descendió con la carpeta bajo el brazo, los guantes en una mano y el peso de lo descubierto en Bow Street instalado en el pecho.

Al entrar, no encontró a Caroline en la biblioteca, de hecho era lo normal, pues nunca volvía tan pronto.

Durante las últimas semanas, esa estancia se había convertido en su lugar de regreso.

Lo esperaba allí siempre: sentada junto al fuego, con un libro en el regazo, una taza de té preparada y un plato de galletas de mantequilla en la mesa baja.

El solo pensamiento de esa rutina solía bastar para deshacerle una parte del cansancio.

Pero esa tarde la biblioteca estaba vacía.

Entonces oyó voces en el piso superior, una era de Caroline; otra, de Hetty; y la tercera, mucho más rápida y nerviosa, de Bess.

No parecían alarmadas, al contrario, había en esas voces una alegría contenida, un murmullo de entusiasmo femenino que llenaba la casa de una calidez acogedora.

Jake dejó el sombrero y los guantes sobre la consola del hall , conservó la carpeta bajo el brazo y subió las escaleras.

Las voces procedían de la alcoba de Caroline, bueno, también la suya, pues había empezado a pertenecerles a ambos de una forma nueva, silenciosa e intensa, muy intensa. La puerta estaba abierta y Jake se detuvo en el umbral.

Caroline, Hetty y Bess estaban de pie frente a una cuna.

No se trataba de una pieza ostentosa, de esas que los aristócratas encargaban para impresionar a otras mujeres antes incluso de que naciera el niño.

Era de madera clara, bien pulida, con balancines suaves, barrotes torneados y un pequeño dosel de muselina recogido en la cabecera.

Una manta blanca, doblada con cuidado, descansaba en el interior.

A un lado, sobre una silla, había telas suaves, cintas, pequeños lienzos y una pila de prendas diminutas todavía sin terminar.

Bess sostenía una de ellas entre los dedos con la solemnidad de alguien que había recibido una reliquia.

—Es tan pequeño que casi da miedo tocarlo —dijo.

—Los bebés suelen ser pequeños, Bess —respondió Hetty.

—Sí, pero una cosa es saberlo y otra verlo en forma de camisita.

Caroline se rio y Jake se quedó inmóvil. Esa risa lo alcanzó antes de que pudiera prepararse. Era ligera, verdadera, sin la sombra de Retliden House ni el peso de Rupert Clayne. La risa de una mujer que, por un instante, no estaba sobreviviendo al pasado, sino imaginando el futuro.

—Buenas tardes —saludó él.

Las tres mujeres giraron la cabeza a la vez.

Bess dio un respingo tan acusado que casi dejó caer la camisita.

Hetty reaccionó con más compostura, aunque se apresuró a hacer una reverencia.

Caroline, en cambio, se iluminó, y Jake sintió que la tensión en el pecho por lo que había descubierto se le aflojaba de golpe.

—Has vuelto temprano —dijo ella.

—Eso parece.

Bess hizo otra reverencia, esta vez demasiado profunda.

—Señor, nosotros..., es decir, nosotras... estábamos mirando la cuna, señor. No de una forma indebida. Solo mirándola, bueno, milady la miraba, yo sostenía cosas.

Hetty cerró los ojos un instante.

—Bess...

—Sí, lo sé, estoy mejor callada.

Jake casi sonrió.

—No parecía una actividad delictiva —mencionó con un matiz gracioso.

Bess lo miró con una mezcla de alivio y adoración.

—No, señor, nada delictiva.

Hetty tomó a Bess del brazo con discreción.

—Creo que deberíamos bajar a comprobar si Mrs. Barrow necesita ayuda.

—¿Ahora?

Hetty la miró.

—Ahora.

Bess abrió la boca, miró a Caroline, luego a Jake, después a la cuna, y por fin pareció comprender algo.

—Oh, sí, desde luego. Mrs. Barrow necesita mucha ayuda.

Al intentar retroceder, tropezó con la silla donde estaban las telas, logró sujetarlas en el último segundo y salió de la habitación con una reverencia torpe. Hetty la siguió, no sin dedicar antes a Caroline una mirada cargada de discreta complicidad.

El matrimonio se quedó solo. Ella se acercó a él y, sin decir nada, le tomó la mano. Sus dedos eran cálidos, Jake bajó la vista hacia ellos antes de dejarse arrastrar hasta la cuna.

—Ha llegado esta mañana —explicó Caroline—. No esperaba que la trajeran tan pronto.

Jake miró la pieza con atención. Durante toda su vida había sabido interpretar documentos, mentiras, rostros, escenas del crimen, pero no estaba preparado para la fuerza silenciosa de una cuna vacía, no por mucho tiempo.

El niño pronto estaría allí, sería su hijo, no de sangre, no de origen, pero suyo de una forma que cada día le parecía menos discutible.

—¿Te gusta? —preguntó Caroline.

Jake tardó en responder.

—Sí.

Ella lo miró, buscando más en la expresión del rostro de su esposo.

—¿De verdad?

Él rozó con la mano uno de los barrotes torneados.

—Es perfecta.

El rostro de Caroline se suavizó con una felicidad tan clara que Jake habría firmado cualquier documento del mundo con tal de conservarla allí un poco más.

—No quería algo demasiado grandioso —dijo ella—. Mi madre habría elegido una cuna con más dorados, más encaje, para que las visitas la admiraran.

—Esta parece hecha para un niño, no para las visitas.

Caroline sonrió.

—Eso pensé.

Jake dejó la carpeta sobre una cómoda cercana, aunque no apartó del todo su conciencia de ella. Rupert seguía allí, dentro del cuero oscuro, esperando entrar en la conversación. Pero por un momento Jake quiso demorarlo.

Caroline se inclinó sobre la cuna y alisó la manta con la palma.

—He pensado que podríamos ponerla aquí.

Jake la miró.

—¿Aquí?

—En nuestra alcoba.

La palabra «nuestra» le produjo una emoción breve, intensa y difícil de ocultar.

—¿Durante el día?

Caroline negó despacio.

—También por la noche. Al menos los primeros meses.

Jake guardó silencio, no porque la idea le disgustara, sino porque no era lo que habría esperado de una mujer criada como Caroline.

Las damas de su posición solían tener una nursery preparada, una niñera contratada y toda una estructura doméstica destinada a mantener al niño cuidado, limpio, alimentado y convenientemente apartado de la vida adulta hasta la hora establecida.

Caroline leyó la sorpresa en su rostro.

—Sé que no es lo habitual.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Jake no lo negó. Ella apoyó una mano sobre el borde de la cuna.

—Tendremos niñera si es necesario. Y Hetty y Bess ayudarán. Mrs. Barrow ya ha decidido, aunque no lo haya dicho en voz alta, que supervisará cada manta, cada fuego y cada cucharada de caldo que entre en esta habitación.

—No esperaba menos de ella.

—Pero no quiero que nuestro hijo crezca en una habitación lejana, atendido por mujeres que le hablarán de sus padres como si fuéramos visitas importantes.

Jake se quedó muy quieto y Caroline bajó la mirada hacia la manta.

—Yo crecí así. Rodeada de institutrices, niñeras y normas.

Tenía que pedir permiso para ver a mis padres.

Recuerdo esperar en pasillos, con el vestido bien colocado y las manos quietas, hasta que alguien decidía si era un momento conveniente para que mi madre me recibiera.

—Su voz no se quebró, eso lo hizo peor—. No quiero eso para nuestro bebé, Jake.

Él la miró. La luz gris de la ventana le rozaba el perfil y la dotaba de un halo vulnerable. Pero no había fragilidad en la forma en que sostenía esa decisión. Había una ternura firme, una voluntad nueva que no pedía disculpas por amar demasiado pronto a un niño que todavía no había nacido.

—No quiero que tenga que pedir permiso para que esté con nosotros —manifestó ella.

Jake sintió que la garganta se le cerraba.

Había conocido mujeres hermosas, mujeres inteligentes, mujeres valientes.

Pero Caroline tenía una forma de ser que lo dejaba sin defensa.

No una bondad dócil ni decorativa, no esa dulzura educada que la aristocracia aprobaba porque no incomodaba a nadie.

La suya era otra cosa, era una bondad que recordaba el dolor y decidía no repetirlo.

Una bondad que elegía con plena conciencia construir algo distinto, algo mucho mejor.

—Entonces dormirá aquí —sentenció Jake.

Caroline levantó la vista.

—¿No te molesta?

—No.

—Te recuerdo que los bebés lloran.

—Es lo que tienen que hacer.

—Y también nos despertará.

—Tú ya me despiertas a veces.

Ella abrió los ojos con sorpresa. Jake comprendió demasiado tarde lo que había dicho.

Un rubor suave subió al rostro de Caroline; sin embargo, no fue vergüenza.

En su mirada había una calidez íntima que le recordó el lecho compartido, sus cuerpos unidos y la dificultad creciente de Jake de abandonarla cada mañana.

—Jake Nerby —murmuró ella—, ¿acaso no quieres que te despierte?

—No me estoy quejando. Si de algo pudiera quejarme sería de que me despiertas demasiado poco.

Caroline soltó una risa baja y él habría querido pintar ese instante: la cuna todavía vacía entre ellos y la certeza de que, por una vez, el futuro ya no era una amenaza.

Pero la carpeta seguía sobre la cómoda y Caroline la vio. Entonces su sonrisa se apagó poco a poco.

—Has vuelto temprano —manifestó—. ¿Ha pasado algo?

Jake no respondió de inmediato. Caroline miró su rostro y él vio cómo la felicidad que acababa de iluminarla cedía espacio a una preocupación serena.

—Tengo que hablar contigo —expuso Jake tomando la carpeta de la cómoda.

Caroline palideció un poco, aunque no preguntó nada. Se sentó en el borde de la cama con cuidado y una palma sobre el vientre. Jake hizo lo mismo, no demasiado cerca al principio, hasta que ella extendió la mano y buscó la suya, él se la dio.