Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Entonces empezó a hablar. No se lo contó todo con detalle, porque no hacía falta.

No le habló de cada documento, de cada sello alterado, de cada nombre falso ni de todas las ciudades por las que Rupert había pasado dejando deudas, denuncias retiradas y mujeres que quizá habían preferido callar.

Pero le explicó lo esencial: que Rupert Clayne no era quien decía ser, que el título que usaba podía no pertenecerle, que había pruebas de falsificación, de engaños y de dinero obtenido bajo falsas pretensiones.

Le contó que Thomas había confirmado varios alias y que Bow Street prepararía una orden.

Caroline escuchó sin interrumpir. Eso fue lo que más le dolió a Jake, ya que la vio cambiar mientras hablaba.

La alegría de hacía unos minutos se retiró de su rostro como la luz cuando una nube cubre el sol.

Se quedó pálida; aun así no tembló, no lloró, no desvió la mirada.

Pero la tristeza del pasado apareció en sus ojos, no por Rupert, comprendió Jake, sino por la confirmación final de que todo, absolutamente todo de ese hombre había sido una mentira desde el principio.

El nombre. El título. Las promesas. La forma en que la había mirado.

Jake se detuvo.

—Caroline...

Ella bajó la vista hacia sus manos unidas.

—Sigue.

—Ya sabes lo suficiente.

—Quiero oírlo de ti.

Él apretó los dedos alrededor de los suyos.

—Lo vamos a detener.

Caroline cerró los ojos.

—¿Cuándo?

—Pronto, antes de que venza el plazo que nos dio para pagar su chantaje. Quería que lo supieras antes que nadie.

Ella abrió los ojos y lo miró. Esa frase pareció alcanzarla de una forma que él no había previsto.

—Antes que nadie —repitió.

—Sí.

—Podrías haberlo hecho sin decírmelo.

—No podía.

—Otros lo habrían hecho.

—Yo no soy otros.

No lo dijo con orgullo, solo como una verdad. Caroline respiró hondo; y durante un instante, Jake vio pasar por su rostro varias emociones: alivio, dolor, vergüenza, rabia. Después, algo más firme.

—Haz lo que tengas que hacer.

Él la observó con cuidado.

—No quiero que te sientas apartada de esto.

—No me siento apartada.

—Ni usada como excusa.

—No.

Caroline giró un poco más hacia él.

—Quiero que lo detengas, Jake. No por venganza, no por mí solamente. Merece que lo detengas por todas las mentiras que ha contado, por todas las personas a las que haya usado. Y por lo más importante: por nuestro hijo, para que su nacimiento no esté marcado por un hombre que solo sabe destruir.

Jake levantó una mano y le rozó la mejilla.

—La justicia hará su trabajo.

—¿Y tú?

—Yo también.

Ella lo miró con una mezcla de ternura y advertencia.

—Jake, sabes a lo que me refiero.

—Con pruebas —dijo él—. Con testigos, con una orden y sin darle una grieta por la que escapar.

Caroline asintió.

—Es lo correcto.

—Pagará por lo que ha hecho.

Ella bajó la mirada.

—Durante mucho tiempo pensé que quería oír eso.

—¿Y ahora?

Caroline tardó en responder. La habitación estaba tranquila. La cuna permanecía junto a la ventana, blanca y nueva, ajena a los nombres que aún dolían. El fuego de la chimenea crepitaba con suavidad. Fuera, la tarde terminaba de apagarse.

—Ahora quiero que termine —mencionó ella—. Quiero que deje de ocupar un lugar entre nosotros.

Jake sintió que esas palabras eran más importantes que cualquier declaración de odio y venganza.

—Lo hará.

—No quiero que su recuerdo entre en esta habitación, ni en la biblioteca ni en el cuarto donde duerma nuestro hijo cuando sea mayor. No quiero que su nombre tenga más peso que lo que estamos construyendo.

La voz le tembló al final, pero no se rompió. Jake dejó la carpeta a un lado y tomó sus dos manos entre las suyas.

—Mírame.

Caroline obedeció.

—Rupert no tiene nada aquí.

Ella soltó el aire despacio.

—No.

—Nada.

Los ojos de Caroline se llenaron de lágrimas, aunque esta vez no parecían de miedo y sufrimiento.

—¿Sabes qué es lo extraño? —susurró.

—Qué.

—Escuchar su nombre ya no me duele igual.

—Suspiró y continuó—: Antes me devolvía al río, a la vergüenza, a la sensación de haber sido tan tonta que no merecía ni siquiera compasión.

Pero ahora no. Ahora escucho su nombre y me entristece; me enfurece, incluso.

Pero ya no me devuelve a aquel pretil, Jake.

Una lágrima le resbaló por la mejilla.

—Estoy aquí.

Él cerró los ojos un instante, la emoción le estaba golpeando con más fuerza que la rabia.

Cuando volvió a mirarla, Caroline seguía allí, sentada a su lado, con la mano sobre el vientre, la cuna junto a la ventana y el futuro de ambos respirando en silencio entre ellos.

Ella se inclinó hacia él con la confianza de saber que su esposo siempre estaría allí, a su lado.

Jake la recibió de inmediato. La rodeó con los brazos y la atrajo contra su pecho, con cuidado de no apretarla demasiado. Caroline escondió el rostro en su cuello, y él sintió su respiración temblar una vez antes de calmarse.

—Gracias por decírmelo primero —murmuró ella.

Jake apoyó la mejilla en su cabello.

—Siempre serás lo primero para mí.

Caroline se quedó quieta entre sus brazos.

—¿Siempre?

Jake bajó un poco la cabeza, lo suficiente para hablar cerca de su oído.

—Siempre que algo afecte a tu vida, a nuestro hijo o a esta casa, lo sabrás de mí antes que de nadie.

Ella se apartó apenas para mirarlo.

—Eres muy peligroso cuando haces promesas, Jake Nerby.

—¿Peligroso?

—Porque las cumples.

Él le rozó la mejilla con el pulgar.

—Entonces conviene que tengas cuidado con las que me pides.

Caroline sonrió entre lágrimas, fue una sonrisa pequeña, cansada pero verdadera.

En ese momento, el bebé se movió bajo su mano. Ella bajó la mirada, sorprendida, y luego tomó la mano de Jake para llevarla hasta su vientre. Él sintió el movimiento apenas un segundo después: leve, firme, vivo.

La cuna seguía vacía junto a la ventana, con la certeza de que pronto estaría ocupada. Jake apoyó la otra mano en la espalda de Caroline y la sostuvo mientras el niño se movía otra vez.

—Creo que está de acuerdo —susurró él.

—¿Con qué?

—Con que Rupert no tiene nada aquí. —Miró la cuna, después a Caroline—. Es un niño sensato.

Ella soltó una risa suave contra su pecho. Y por primera vez desde que había salido de Bow Street con la carpeta bajo el brazo, Jake sintió que la rabia dejaba de ocupar su corazón. Rupert solo era un expediente que Jake llevaba entre las manos para sacarlo, por fin, de sus vidas.

Porque allí estaban Caroline, la cuna y el bebé que se movía bajo su palma. Eso era lo real. Eso era lo que iba a proteger.

Siempre.