Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 13
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Capítulo 13

Q uedaban tres días para el viernes y Jake todavía no tenía nada sólido contra Rupert. Reconocía que estaba nervioso, no por miedo al chantaje, sino porque sabía con certeza que Clayne cumpliría su amenaza si no obtenía lo que quería. Aun así, él estaba decidido a no ceder.

Conocía demasiado bien a los hombres de esa calaña.

Daba igual que vistieran paño caro, llevaran un título delante del nombre o se movieran entre arañas de cristal y copas de champán; todos estaban tallados por el mismo patrón.

Si les entregabas dinero una vez, regresarían a por más en cuanto se les terminara.

Y entonces Caroline, el niño y él quedarían atrapados en una red que Rupert tensaría cada vez que necesitara otra libra.

Esa mañana, como las dos anteriores, a Jake le había costado marcharse de casa.

Dormía junto a Caroline, despertaba con ella cerca, con el calor de su cuerpo al otro lado de las sábanas, con la certeza todavía nueva de que eran marido y mujer de una forma íntima que le arrancaba un gemido cada vez que recordaba sus cuerpos unidos.

Abandonar el lecho, la alcoba y una paz que le inundaba el alma le exigía una disciplina que ningún caso de Bow Street le había pedido jamás.

Pero era un hombre con demasiadas responsabilidades; y la felicidad, por extraña que le resultara aún, no lo eximía de cumplir con ellas.

Así que se vistió, bajó las escaleras y fue a Bow Street.

Allí, en su despacho, para mantener la mente ocupada, intentó sumergirse en un caso de fraude relacionado con seguros marítimos.

Necesitaba apartar a Caroline, a Rupert y a las diez mil libras de sus pensamientos, aunque fuera durante unas horas.

El caso, al menos, le permitió abandonar el despacho y dejar que el aire frío de noviembre le despejara la cabeza.

Fue primero a la Custom House, cerca del río, para verificar la titularidad de dos barcos cuya documentación presentaba inconsistencias menores.

Nada evidente, nada que un hombre descuidado hubiera notado, pero eran el tipo de errores que los defraudadores sofisticados introducían deliberadamente para que parecieran simples descuidos administrativos, hasta que alguien los miraba con suficiente atención.

El funcionario que lo atendió, un hombre pequeño y meticuloso llamado Hobbs, llevaba treinta años custodiando registros con la devoción de un sacerdote hacia sus reliquias.

Sacó los libros y copias que Jake había pedido, y aprovechó, como siempre, para mencionar otros documentos que podían ser de interés.

—Me alegra verlo, señor Nerby —dijo Hobbs, depositando una carpeta adicional sobre la mesa—. Llevo meses intentando que alguien de Bow Street eche un vistazo a esto.

Jake alzó la mirada.

—¿A qué?

—A un memorial presentado para acreditar una pretensión a una dignidad escocesa, supuestamente. —El hombre bajó la voz, aunque estaban solos—. Hay algo que no cuadra.

Jake abrió la carpeta. No era un expediente de barcos; de hecho, no pertenecía a esa mesa, y precisamente por eso Hobbs lo había apartado.

Contenía copias de partidas, extractos genealógicos, sellos, una carta de recomendación y referencias a registros heráldicos escoceses.

El solicitante alegaba haber heredado por línea directa un antiguo condado del siglo XVI.

Los papeles tenían el aspecto correcto; demasiado correcto, de hecho.

El sello parecía adecuado, la caligrafía era formal, las fórmulas legales estaban donde debían estar y las referencias históricas parecían elegidas por alguien que sabía qué nombres debía pronunciar para impresionar a un funcionario cansado.

Pero Jake llevaba doce años mirando documentos falsos, testimonios falsos y hombres falsos.

Había desarrollado un sentido especial para detectar cuándo algo se esforzaba demasiado en parecer auténtico.

Leyó el nombre del solicitante: Rupert Clayne.

Durante un instante, el frío no llegó de la calle y le subió por la espalda.

Jake cerró la carpeta despacio y se obligó a no mostrar emoción alguna.

—Necesitaré una copia certificada de esto —pidió.

Hobbs lo miró con atención.

—¿Cree que es importante?

—Creo que puede llegar a serlo.

—Haré preparar la copia. Y dejaré constancia de que queda bajo consulta de Bow Street.

—Hágalo.

Hobbs asintió, complacido de que al fin alguien hubiera visto lo que él llevaba meses señalando en silencio.

Una hora después, Jake salió a la calle con los documentos bajo el brazo.

El aire frío de noviembre le golpeó la cara, pero apenas lo sintió.

Se detuvo un momento en la acera, reorganizando lo que sabía.

Rupert Clayne no era quien decía ser. O, al menos, estaba intentando hacer pasar por legítimo algo que no lo era.

A decir verdad Jake ya lo sospechaba. Porque había visto el miedo en sus ojos la noche del baile, cuando le habló de investigar hechos. Durante un segundo, el conde había dejado de parecer un hombre indignado y se había convertido en algo mucho más revelador: un impostor que temía ser descubierto.

Jake aceleró el paso. Cuando llegó a Bow Street, encontró a Thomas Briggs sentado en una de las sillas frente al escritorio. El agente se quitó la gorra y se levantó de inmediato al oír la puerta.

—Señor, he descubierto algo que puede destruir al conde de Clayne.

Jake dejó los documentos sobre la mesa con un gesto brusco.

—Siéntese, Briggs. Y hable.

Thomas obedeció, dejó la gorra en la otra silla. El agente tenía una red de contactos que se extendía por los estratos de Londres como las raíces profundas de un árbol viejo: criados, cocheros, porteros, empleados de clubes, acreedores discretos, antiguas víctimas...

—Clayne mueve dinero por los clubes —explicó—. Mucho. Y nadie sabe de dónde sale.

Jake se sentó en su butaca.

—¿Por qué clubes?

—White’s, principalmente. También Brooks’s y Ferrell’s. Son los lugares donde va quien quiere parecer que pertenece a la aristocracia incluso antes de que nadie le pregunte si realmente pertenece a ella.

Thomas extendió sus notas sobre el escritorio.

—Pero no se llama Rupert Clayne.

Jake se quedó inmóvil.

—Continúe.

—Se llama Alfred Bramond —narró Thomas—.

Nacido en Bristol en 1782. Padre: comerciante textil arruinado, ya fallecido.

Madre: costurera, también fallecida. Recibió una educación irregular, pagada durante un tiempo por un tío que murió sin dejarle nada.

No posee título, renta conocida ni conexión aristocrática real.

Jake sintió cómo la rabia se le asentaba en el estómago, era fría y pesada.

—¿Alias?

—Al menos cuatro en los últimos diez años. Dos en Bath, uno en Edimburgo y otro en Londres antes de convertirse en Rupert Clayne.

—¿Cargos previos?

—Nada que llegara a juicio. Dos denuncias retiradas: una por fraude matrimonial en Bath, en 1809, y otra por deudas contraídas bajo nombre falso en Edimburgo, en 1811. En ambos casos, la denuncia desapareció antes de la vista.

Thomas lo miró.

—Es bueno haciendo desaparecer cosas.

Jake tomó las notas de Briggs. Tenía los dedos agarrotados, pero no por el frío.

—Llegó a Londres hace dos años buscando nuevas oportunidades —dijo el magistrado.

—Sí, y las encontró. Ha convencido a varios caballeros para invertir en empresas que no existen, ha obtenido crédito en tiendas con un nombre que no es suyo y ha usado su supuesta dignidad para abrir puertas que de otro modo nunca lo habrían hecho.

Jake apretó la mandíbula, nadie en la aristocracia lo había cuestionado.

Y, en parte, eso lo enfurecía tanto como lo demás.

Rupert tenía esa clase de presencia que llevaba a la gente a asumir que alguien, en algún lugar, ya había verificado lo necesario.

Un buen corte de casaca, una sonrisa segura y un título pronunciado con naturalidad bastaban para silenciar la prudencia.

Jake empujó la carpeta hacia Thomas.

—Mire esto.

El agente abrió el expediente. Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez.

Jake sabía que Thomas era uno de los mejores hombres analizando documentos.

No se dejaba impresionar por sellos ni por fórmulas elegantes.

Miraba el papel, la tinta, las fechas, los espacios, la presión de la pluma, y encontraba la mentira antes de que otros hubieran terminado de admirar la caligrafía.

—Es falso, señor —sentenció sin levantar los ojos.

—Yo he llegado a la misma conclusión.

Thomas pasó otra página.

—Partida alterada, esta firma está imitada. El sello parece bueno a primera vista, pero el borde no coincide con el original. Y aquí... —se inclinó un poco más— han envejecido el papel de forma artificial, y además, mal.

Jake sintió que algo oscuro y preciso se ordenaba dentro de él.

—Lo tenemos.

Thomas alzó la cabeza. La comisura de sus labios se movió apenas.

—Sí, señor, lo tenemos.

Jake cerró la carpeta.

—No por el título.

—No solo por el título.

—Por falsificación documental, uso de documentos falsos, obtención de crédito bajo falsas pretensiones. Y si conseguimos que alguno de esos nobles admita haberle entregado dinero por creerlo conde de Clayne, fraude.

—Cuando salga la verdad, hablarán —dijo Thomas—. Tal vez no por honor, pero sí por miedo a parecer idiotas.

—El orgullo es un testigo muy útil cuando se le hiere en el lugar adecuado.

Thomas asintió.

—Necesitamos una orden.

Jake miró la carpeta un momento. Durante semanas había imaginado muchas formas de destruir a Rupert Clayne. Algunas eran rápidas, otras brutales; sin embargo, ninguna le habría permitido volver a casa con la conciencia limpia.

Pero lo que tenía frente a él era mejor, mucho mejor, y definitivo. Se aseguraría de que ese farsante no levantara cabeza nunca más; desde luego que no le destrozaría la vida a ninguna otra mujer. Caroline había sido la última.

—Prepararemos las declaraciones —manifestó Jake—. Hobbs certificará la documentación. Usted conseguirá a uno de los acreedores y al menos a un comerciante que le haya concedido crédito por su falso título. Después llevaremos todo ante otro magistrado.

Thomas arqueó una ceja.

—¿Otro magistrado?

Jake sostuvo su mirada.

—Clayne no tendrá ni una grieta por la que escapar. No dirá que lo perseguí por un asunto doméstico ni que usé Bow Street para vengar a mi esposa.

Thomas lo observó durante un segundo. Luego inclinó la cabeza.

—Buena decisión.

—Quiero la orden antes del viernes.

—La tendrá.

—Y hasta entonces, ningún movimiento brusco. Que siga creyendo que estamos contra la pared.

—¿Quiere que piense que pagará el chantaje?

La mirada de Jake se enfrió.

—Quiero que piense lo que le resulte más cómodo. Los hombres como Clayne cometen errores cuando se sienten así.

Thomas recogió sus notas.

—Entendido.

Jake apoyó la mano sobre la carpeta.

—Antes necesito hablar con Caroline.

El agente se detuvo.

—¿Antes de actuar?

—Sí.

—Señor...

—Quiero que ella sea la primera en saberlo.

Thomas no dijo nada durante un momento. Después guardó las notas dentro de su carpeta con la eficiencia de siempre.

—Entonces vaya a casa.

Jake alzó la vista.

—¿Eso es una orden?

—Un consejo.

—Los consejos de mis subordinados empiezan a ser una costumbre irritante —soltó con una sombra de humor.

—Solo cuando tiene usted tendencia a necesitarlos.

Jake le dirigió una mirada amistosa. Thomas se colocó el sombrero bajo el brazo, ya en la puerta, dijo:

—Señor.

—¿Qué?

El agente dudó apenas.

—Lady Caroline es lo mejor que le ha pasado en la vida.

Jake se quedó inmóvil. Thomas abrió la puerta antes de que pudiera responder, pero se detuvo un instante en el umbral.

—Y, señor..., que aquella noche estuviera usted cerca del río no fue casualidad. No sé qué fue exactamente, pero algunos lo llamarían «destino».

Salió antes de que Jake pudiera replicar; aun así permaneció quieto, con la mirada fija en la puerta cerrada.

«Destino».

Repitió la palabra en silencio, casi con desconfianza.

Nunca había sido un hombre dado a creer en esa clase de cosas.

Creía en hechos, pruebas, decisiones y consecuencias.

Sin embargo, aquella noche junto al río había cambiado el curso de su vida de una forma que ninguna lógica terminaba de explicar.

Quizá Thomas tuviera razón. Quizá el destino no siempre llegaba como una revelación solemne.

Quizá, a veces, era solo un hombre caminando en la dirección equivocada en el momento exacto.

Una mujer al borde del agua. Una mano que alcanzaba a sujetarla antes de que fuera demasiado tarde.

Y Caroline.

Ella, que había llegado a su vida como una responsabilidad y se había convertido en la razón por la que deseaba volver a casa.

Jake no pensó más en ello, al menos intentó no hacerlo.

Permaneció sentado en el despacho, con la carpeta de Clayne delante y los pensamientos ordenados de una forma que ya no era solo profesional.

Rupert no era un conde, no era un caballero, ni tan siquiera era Rupert Clayne.

Era Alfred Bramond, un falsificador, un estafador y un cobarde que había elegido a Caroline porque sabía reconocer la bondad y la inocencia.

Ella fue una presa fácil; él la sedujo para satisfacer su deseo, sin importarle que al hacerlo la destrozaría.

Jake cerró la carpeta, después se levantó, tomó la chaqueta, los guantes y el sombrero, y salió de Bow Street.

Iba a casa.