Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

La mandíbula de Jake se tensó. Ella negó con la cabeza antes de que la rabia pudiera instalarse entre los dos.

—Y he comprendido algo. Él me hizo sentir elegida cuando en realidad solo me estaba utilizando. Me hizo creer que el secreto era amor cuando solo era vergüenza disfrazada. Pero contigo... —la voz le temblaba, deslizó los dedos hasta apoyar la palma sobre su pecho—, contigo no tengo que esconderme.

Algo se quebró en la expresión de Jake. No era dolor, era una emoción contenida, profunda, que cubrió su mirada.

—No —dijo él—. Nunca conmigo.

La promesa, sencilla y absoluta, terminó de deshacer la última resistencia de Caroline.

Jake lo percibió y alzó la mano despacio, le rozó la mejilla con los nudillos.

Ese contacto tan leve la estremeció más que cualquier gesto impaciente.

Ella cerró los ojos un instante y volvió el rostro hacia su mano, aceptando la caricia.

Entonces él la besó. No fue un beso brusco, tampoco tímido, fue un beso lleno de todo lo que habían callado durante semanas: las tazas de té en la biblioteca, las noches en vela, el bebé moviéndose bajo su mano, la rabia contenida en un pasillo de Retliden House, la certeza de que algo entre ellos había dejado de ser solo protección.

Caroline le rodeó el cuello con los brazos, Jake la sostuvo por la cintura con una delicadeza que no lograba ocultar la fuerza de sus manos. La besó como si aún le preguntara, una y otra vez, si podía, si debía, si ella seguía allí porque quería.

Y Caroline respondió acercándose más. No sabía cómo explicarle con palabras que lo elegía.

Que cada gesto suyo, cada espera, cada renuncia a reclamarle nada la había llevado hasta allí con más eficacia que cualquier promesa hermosa.

Que no era gratitud lo que la hacía temblar entre sus brazos.

Era deseo. Era confianza. Era algo más hondo, más intenso, más parecido a la felicidad de lo que se atrevía a nombrar.

Jake se apartó apenas, con la frente apoyada contra la suya.

—Dímelo otra vez —murmuró.

Caroline abrió los ojos.

—¿El qué?

—Que estás segura.

La emoción le llenó los ojos.

—Estoy segura.

Él cerró los párpados un instante, como si esas dos palabras le exigieran más dominio que cualquier amenaza. Después la besó en la frente, en la sien, en la mejilla... Y por último volvió a su boca, más despacio, con una ternura que hizo que Caroline sintiera el pecho demasiado lleno.

Las manos de Jake buscaron los lazos de su vestido, pero se detuvieron antes de tocarlos.

—¿Puedo?

Caroline asintió.

—Sí.

La palabra salió baja pero firme. Jake deshizo el primer lazo con cuidado, luego otro, y otro...

No había prisa en sus dedos, no había torpeza, pero sí una reverencia silenciosa que la conmovió más de lo que esperaba.

Caroline sintió que no la desvestía para poseerla, se acercaba a ella sin romper nada de lo que aún estaba aprendiendo a sanar.

La tela cedió poco a poco y el vestido resbaló por sus hombros con un susurro suave.

Jake la miró, no como Rupert la habría mirado, con hambre disfrazada de adoración y mentiras dichas al oído.

Jake la contemplaba con asombro, con deseo, pero también con una especie de respeto feroz, como si tuviera delante algo valioso y no acabara de entender por qué se le permitía tocarlo.

Caroline sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—No me mires así —susurró—. Como si fuera algo hermoso.

Jake rozó su mejilla con el pulgar y la miró con una seriedad que le robó el aliento.

—Lo eres...

Una lágrima escapó de su mirada y Jake la besó antes de que llegara a su barbilla.

—Eres hermosa, más de lo que merezco —murmuró contra su piel.

Caroline cerró los ojos.

—Jake...

Se inclinó hacia él, lo abrazó con fuerza y escondió el rostro contra su cuello.

Él la rodeó de inmediato, una mano en su espalda y la otra en su cabello, la sostenía sin pedirle que dejara de sentir.

Durante un largo momento solo estuvieron así, de pie frente al fuego, con el vestido de Caroline caído a sus pies, la respiración de Jake junto a su oído y la noche entera detenida al otro lado de la puerta.

Cuando Caroline se apartó, fue ella quien buscó los botones de la casaca de Jake, él bajó la vista hacia sus manos.

—No tienes que...

—Quiero.

La frase lo silenció y Caroline desabrochó un botón, otro y otro...

Sus dedos temblaban, pero no se detuvo. Jake la dejó hacer, quieto bajo su tacto, con una emoción contenida en la mirada que la hizo sentirse poderosa de una forma nueva.

No poderosa sobre él, sino con él, porque por primera vez podía desear sin que eso la convirtiera en culpable.

La casaca cayó sobre una silla, después el chaleco. Jake seguía observándola, cada gesto le arrancaba un suspiro. Su esposa apoyó una mano sobre su pecho, allí donde el lino de la camisa dejaba sentir el calor de su cuerpo y el latido firme de su corazón.

—Eres real —dijo, casi para sí, incapaz de creerse que ese hombre le hubiera resucitado un corazón que habían lastimado.

Él cubrió su mano con la suya.

—Sí.

—A veces todavía me cuesta creerlo.

Jake inclinó la cabeza y rozó sus labios con los de ella.

—Entonces tendrás toda una vida para comprobarlo.

Caroline lo miró. «Toda una vida». La frase quedó suspendida entre ambos, más íntima que cualquier caricia.

Entonces el bebé se movió, leve pero claro, bajo la capa fina de la camisola que aún la cubría. Caroline soltó una pequeña exhalación y bajó la mirada. Jake también lo hizo. La tensión cambió, se volvió ternura, una emoción compartida que los dejó a los dos en silencio.

Jake apoyó la mano en su vientre solo cuando ella lo guio hasta allí.

El niño se movió otra vez. Él cerró los ojos un instante y Caroline apoyó la frente contra su pecho.

Él la sostuvo con más cuidado todavía, era consciente de que en sus brazos tenía dos vidas que pensaba cuidar hasta su último aliento.

Después la condujo hacia el lecho, no hubo brusquedad, no hubo palabras innecesarias. Solo el fuego, las sombras moviéndose sobre las paredes, el roce de sus manos y la forma en que Jake se detenía cada vez que Caroline respiraba de manera distinta, buscándole los ojos, esperando siempre una señal.

Y Caroline se la dio. Una y otra vez con sus manos, con su boca, con la confianza creciente con la que se acercó a él hasta que ya no hubo espacio entre ambos para el miedo.

Esa noche, Jake la amó con su cuerpo, con delicadeza y pasión. Y Caroline, que durante demasiado tiempo había creído que el deseo podía ser una trampa y la ternura una mentira, descubrió entre sus brazos algo que no se parecía a nada de lo que había conocido antes.

No hubo vergüenza, ni sombras ni culpa. Solo Jake, su calor, su cuidado, su voz baja pronunciando su nombre como si fuera algo precioso.

Y cuando la noche los envolvió por completo, Caroline comprendió que no estaba entregando una parte rota de sí misma, estaba regresando a ella junto a él. Entonces supo que eso era amor.

Amor...