Capítulo 12 #2
—Yo le creí, porque quería ser esa mujer, la distinta, la elegida, la que conseguía que un hombre como él olvidara a todas las demás.
La vergüenza subió, caliente, por su garganta y se instaló en sus mejillas.
—Y luego, cuando consiguió lo que buscaba y empecé a pedirle que diéramos el paso, aparecía y desaparecía según le convenía.
Lo peor de todo era que yo misma encontraba explicaciones: está ocupado, no se encuentra bien, tiene compromisos...
—Soltó el aire con un temblor—. Qué fácil resulta fabricar excusas cuando la alternativa es admitir que alguien a quien has entregado tu confianza no merece ni una parte de ella.
Jake se levantó, se puso en cuclillas frente a ella, apartó la taza de sus manos y la dejó sobre la mesita auxiliar. Después tomó sus dedos entre los suyos, con una delicadeza que no tenía nada que ver con la ira de hacía un momento.
Caroline sintió la calidez en su piel. La cercanía de su cuerpo y la suavidad con la que la miraba la hicieron sentir segura.
—No tienes que seguir —dijo él, estrechando un poco más sus manos entre las suyas.
—Sí, tengo que hacerlo.
—Esta noche no.
—Esta noche sí. Quiero que lo sepas todo.
Caroline alzó la barbilla, un gesto que evidenciaba su fortaleza interior.
—Porque hoy lo he visto y no me he roto.
Jake guardó silencio.
—Me ha dado miedo —admitió ella—. Lo he odiado y he querido desaparecer durante un segundo. Pero no me he roto.
Su voz ganó una firmeza pequeña, frágil pero real.
—Y quiero recordar eso más que lo otro.
Jake bajó la mirada hacia sus manos y Caroline entrelazó los dedos con los de él con más fuerza antes de perder valor.
—Cuando supe que estaba embarazada —continuó—, fui a buscarlo. No para exigirle amor, en el fondo ya sabía que no debía esperarlo. Pero pensé que, al menos, habría alguna decencia y que aceptaría cumplir con su responsabilidad.
La respiración de Jake cambió, se volvió más intensa.
—Y él negó al niño —agregó entre dientes.
—Dijo que podía ser de cualquiera.
La mano de Jake se cerró alrededor de la suya, no con fuerza suficiente para hacerle daño, solo lo bastante para revelar la violencia que contenía.
—Cuánto debiste sufrir en ese instante.
A Caroline le temblaron los labios.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si quisieras regresar al salón de Retliden House y matarlo.
Jake no respondió de inmediato, lo hizo después de exhalar con fuerza.
—Ya no está allí.
—Sospecho que sabes dónde encontrarlo.
—Sí, sé dónde está a cada momento.
—Jake...
Él cerró los ojos un instante.
—No temas, no voy a hacerlo. Pero no me pidas que lamente querer hacerlo.
—No te lo pediré.
El silencio que siguió fue distinto: más honesto, menos pesado. Caroline bajó la vista a sus manos unidas.
—Esa noche pensé que yo no valía nada.
Jake se levantó sin soltarla, instándola a que ella hiciera lo mismo.
—Eso no es cierto, y no quiero que lo pienses más.
—Lo pensé —insistió ella—. Sobre todo cuando le conté a mis padres que estaba embarazada.
Me dijeron que no me podía quedar con el bebé, que me iría a vivir lejos y cuando lo tuviera lo darían en adopción.
Después me llevarían a un convento, era un destino digno para una joven como yo que había perdido la virginidad antes del matrimonio.
—Tus padres se equivocaron. En vez de juzgarte y sentenciarte deberían haberte ayudado.
Ella bajó la mirada al tiempo que sus manos se soltaban.
—No quisieron escucharme, estaba desesperada, así que acudí de nuevo a Rupert a suplicarle ayuda... —su voz empezó a temblar—, se rio de mí y me echó de su hogar como si fuera alguien insignificante que no merecía nada.
—Mírame.
Ella tardó un segundo en obedecer. Cuando lo hizo, encontró sus ojos turquesa fijos en ella.
—Rupert Clayne eligió mentirte porque sabía que eras capaz de confiar. Eso no es estupidez.
Caroline sintió que la garganta se le cerraba mientras él seguía hablando.
—Se escondió porque sabía que tú eras capaz de amar con honestidad. Eso no es debilidad.
La primera lágrima cayó, Jake hizo una pausa antes de continuar, levantó la mano y la recogió con el pulgar.
—Te abandonó porque sabía que no tenía nada digno que ofrecer cuando la mentira dejara de servirle. Eso no habla de ti, Caroline, habla de él.
Ella cerró los ojos, y otra lágrima le resbaló por la mejilla.
—Me avergüenza haberlo querido —confesó.
—No creo que lo quisieras a él.
Caroline abrió los ojos y Jake sostuvo su mirada.
—Creo que quisiste lo que fingía ser.
La frase la alcanzó con una precisión dolorosa. Durante mucho tiempo no había sabido separar una cosa de la otra. Rupert y la promesa. Rupert y la ilusión. Rupert y la versión de sí misma que se sentía querida por primera vez. Pero Jake acababa de nombrarlo con una claridad que la dejó sin defensa.
—Sí —susurró—. Creo que sí.
Jake bajó la mano, pero no se apartó.
—Entonces no le entregues también la vergüenza. Ya se llevó demasiado. Él es pasado.
Caroline respiró hondo. Tomó la mano de Jake y la colocó en su vientre.
—Y nosotros tres somos el futuro.
El fuego crepitó con suavidad. En algún lugar de la casa, una puerta crujió y luego volvió el silencio.
Ella miró la bandeja, las galletas intactas, el té que empezaba a enfriarse.
Pensó en Retliden House, en los salones, en Rupert, en el río.
Y luego en esa biblioteca. En la mano de Jake sobre su vientre.
En la forma en que él la miraba, como una mujer valiosa que merecía ser feliz.
Caroline se acercó más a él antes de pensarlo. No fue un gesto calculado, solo necesitaba sentirlo. Jake la recibió con una quietud cuidadosa, no se atrevía ni a respirar porque temía romper el momento.
Ella apoyó la frente contra su hombro, y durante un segundo, él no se movió. Después la rodeó con el brazo y Caroline sintió bajo la mano la fuerza contenida de su cuerpo y recordó, con un calor súbito, el beso de antes del baile. Jake bajó la mejilla hasta rozarle el cabello.
—No eres una estúpida —murmuró.
Caroline cerró los ojos.
—Estoy intentando creerte.
—Bien. Porque te lo repetiré cada vez que necesites escucharlo.
Ella soltó una risa pequeña, quebrada por las lágrimas.
—Eres un buen hombre, Jake Nerby. Y me siento más cerca de ti de lo que jamás estuve de Rupert. Nunca imaginé que eso pudiera ocurrir.
—Me alegro.
Caroline se apartó lo justo para mirarlo.
—Yo también.
Las palabras quedaron entre ambos, más íntima que una explicación.
Jake bajó la mirada a su boca. Caroline se dio cuenta, esta vez fue ella quien levantó una mano y tocó su mejilla.
—No quiero dormir sola esta noche —susurró.
Los ojos de Jake se clavaron en los suyos y su respiración se volvió más lenta, más difícil.
—Caroline, ¿sabes lo que me estás pidiendo?
Ella nunca había estado más segura de nada en toda su vida, porque desde que Rupert Clayne había vuelto a aparecer ante ella esa noche, no pensaba en lo que él podía destruir, sino en lo que Jake y ella estaban construyendo.
—Sí, y no quiero que te contengas.
Entonces Jake la besó. No como el primer beso antes del baile, con la duda cuidadosa del cruce inicial de una frontera. Esta vez el beso tuvo la ternura de antes y algo más profundo debajo, algo que los dos sintieron y ninguno quiso nombrar todavía.
Caroline respondió sin miedo. Sus dedos se deslizaron hasta la solapa azul de la casaca que ella había elegido para él y se aferró a la tela con intención de no soltarlo nunca.
Después del beso, se tomaron de la mano y subieron las escaleras en silencio, uno al lado del otro.
No había prisa en sus pasos, pero sí una conciencia nueva entre ambos.
Cada roce de sus dedos parecía decir algo que ninguno se atrevía aún a pronunciar en voz alta.
La casa dormía a su alrededor, solo crujía la madera bajo sus pies; en el exterior, una ligera lluvia de otoño empezó a caer.
Jake abrió la puerta de la alcoba de Caroline y se apartó para dejarla pasar.
Ella entró primero, él la siguió y cerró la batiente con cuidado.
Durante un instante, no hicieron nada más que mirarse.
La chimenea había caldeado la estancia. Las llamas se movían despacio, proyectaban reflejos dorados sobre los muebles, sobre las cortinas del lecho, sobre el vestido marfil que Caroline aún llevaba puesto.
La luz del fuego prendía también en los ojos de Jake, volvía más intenso el azul de su mirada y marcaba las líneas firmes de su rostro con una suavidad que rara vez se permitía durante el día.
Caroline sintió que el corazón le latía con fuerza; no era miedo, era una emoción nueva que recorría su cuerpo y la sorprendió más que cualquier otra cosa.
Se puso nerviosa, que se reflejó en el temblor de sus manos y en una respiración algo más rápida.
Tomó conciencia absoluta de la puerta cerrada, del silencio, de la cercanía de Jake, su esposo, aquel que se lo estaba dando todo sin pedir nada a cambio.
Solo esperaba no decepcionarlo. La idea le resultó tan dolorosa que dio un paso atrás.
Jake pareció leer el temor en su rostro, porque se quedó quieto en el lugar.
—Caroline —dijo con la voz baja—. Podemos detenernos aquí.
Ella tragó saliva, la delicadeza de esa frase le apretó el pecho. Otro hombre no le habría permitido que diera un paso atrás. Jake sí. Jake seguía facilitándole espacio incluso entonces, incluso cuando sus ojos decían con claridad que contenerse le costaba más de lo que quería admitir.
Caroline se acercó a él.
—No quiero detenerme.
La respiración de Jake cambió.
—Tienes que estar segura.
—Lo estoy.
Él la miró como si esa certeza fuera un regalo que no sabía si merecía recibir.
Caroline levantó una mano y tocó la solapa de la casaca azul, la tela era suave bajo sus dedos.
Recordó el momento en que se la había entregado, su temor a que él creyera que intentaba cambiarlo, la forma en que Jake había distinguido de inmediato la diferencia entre imponer y cuidar.
—Esta noche —susurró— he vuelto a ver a Rupert.