Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 12
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Capítulo 12

C uando regresaron a Montagu Square, la casa estaba en silencio.

Mrs. Barrow no apareció de inmediato, aunque Caroline sospechó que no debía de andar lejos.

Había luz en el hall , un fuego discreto preparado en la biblioteca y, sobre la mesa baja junto a los sillones, una bandeja con té recién hecho y un plato de galletas de mantequilla.

Bess, sin duda. O quizá Nell, fingiendo que Bess había tenido la idea.

Caroline se quedó un instante en el umbral de la biblioteca, con la capa aún sobre los hombros y los guantes puestos.

Después del brillo excesivo de Retliden House, esa estancia le pareció casi irreal: el fuego tranquilo, las cortinas nuevas que había elegido semanas atrás, el olor a té y a leña.

No había música, ni ojos pendientes de ella, ni sonrisas calculadas ni preguntas escondidas bajo frases amables.

Solo Jake y ella. De pronto tuvo la sensación de estar en el paraíso.

Su marido cerró la puerta con suavidad tras ellos. La ayudó a quitarse la capa, que dejó en el respaldo de una silla.

—Siéntate —pidió.

No era una orden, porque en el tono de su voz había preocupación, aunque intentara disimularla bajo un ligero carraspeo.

Caroline hizo lo que le pedía, después se quitó los guantes despacio. El brazo izquierdo conservaba aún los dedos de Rupert. Los ojos de él se detuvieron allí un segundo, y la dureza regresó a su mandíbula.

Caroline dejó el guante sobre la mesa.

—No me ha hecho daño.

—No me gusta que digas eso.

Ella alzó la vista.

—¿Qué?

Jake se acercó a la bandeja y sirvió el té con una concentración excesiva.

—Es evidente que te ha hecho daño, negarlo no hará que duela menos.

Caroline no supo qué responder. Él le tendió una taza, luego tomó la suya y se sentó frente a ella, en el sillón que, poco a poco, se había amoldado a su cuerpo durante todas las tardes compartidas.

La casaca azul medianoche seguía haciéndolo parecer distinto, no menos severo, no menos Jake, pero sí de algún modo más cercano al hombre que existía fuera de Bow Street.

Caroline rodeó la taza con ambas manos. El calor alivió la rigidez de los dedos.

Durante un rato no hablaron. El silencio, esa noche, no era tan cómodo como otras veces.

Tenía demasiado dentro: Rupert, el pasillo, las diez mil libras, la amenaza, la forma en que Jake había contenido la violencia por ella.

Caroline miró el plato de galletas.

—Bess habrá esperado despierta.

—Y Nell habrá fingido que no se lo permitía.

Caroline casi sonrió. Casi. Pero la emoción no llegó a formarse del todo en sus labios, ya que se quedó atrapada bajo algo más pesado.

—Debes de pensar que fui una estúpida.

Jake levantó la vista.

—No.

La respuesta llegó sin pausa. Caroline apretó los dedos alrededor de la taza.

—Ni siquiera has preguntado a qué me refiero.

—No hacía falta.

Ella miró el fuego.

—Me dejé engañar por él.

—Él te engañó.

—No es lo mismo.

—Sí, lo es.

—Jake...

—No.

La firmeza de su voz la obligó a callar.

Jake dejó la taza sobre la mesa y se inclinó un poco hacia ella.

No parecía enfadado, eso era lo peor y lo mejor al mismo tiempo, porque Caroline habría sabido qué hacer con el reproche y con la compasión también.

Pero esa certeza tranquila que mostraba su mirada azul turquesa la desarmaba.

—El estúpido es él, no tú —sentenció.

Caroline soltó una risa breve, sin alegría.

—No parece un hombre estúpido.

—Lo es.

—Rupert sabe exactamente qué decir, cuándo sonreír, cómo mirar a una mujer para que crea que es especial.

Jake la miró con una dureza que no iba dirigida a ella.

—Eso lo convierte en hábil, no en inteligente.

Caroline sintió que los ojos se le llenaban de una emoción absurda.

—¿Cuál es la diferencia?

—Que un hombre inteligente habría sabido lo que tenía delante.

Ella dejó de respirar un instante, Jake bajó un poco la voz.

—Y no lo habría perdido.

Caroline parpadeó, una lágrima cayó antes de que pudiera evitarlo.

No era la primera vez que lloraba en presencia de Jake, pero esa lágrima le dio vergüenza, no porque él la viera, sino porque había nacido de una ternura demasiado inesperada.

Rupert la había hecho sentirse deseada, especial, elegida.

Jake, en cambio, acababa de hacerla sentir valiosa.

Y no era lo mismo, ni siquiera se parecía.

—No digas eso si solo intentas consolarme —murmuró.

—No soy tan bueno haciéndolo.

—Eso es cierto —susurró con un deje de humor.

Él arqueó apenas una ceja. Caroline se limpió la mejilla con la punta de los dedos.

—Perdóname.

—No te disculpes por llorar.

Ella bajó la mirada a su taza, se dio cuenta de que necesitaba vaciar su interior.

—Lo conocí en una cena.

Caroline no había planeado confesar, pero esa noche las palabras empezaron a salir solas, porque estaba cansada de que Rupert siguiera ocupando lugares oscuros dentro de su memoria. Y Jake merecía saber toda la historia.

—Yo llevaba tres temporadas sin que ningún partido serio se materializara —continuó—, y mis padres tenían esa expresión de cuando algo no va según el plan, y empezaron a invitarlo a menudo.

Al principio creí que era una coincidencia.

Rupert estaba en todas partes: cenas, veladas, paseos, conciertos.

Mi madre decía que era natural, que Londres era pequeño para ciertas familias.

Después comprendí que no había nada natural en ello.

Jake permanecía quieto, atento. Esa era otra cosa que hacía bien: escuchar sin interrumpir, sin la necesidad de llenar cada silencio para aliviar su propia incomodidad.

Caroline apreciaba ese rasgo más de lo que él imaginaba, sobre todo después de tanto tiempo rodeada de personas que hacían exactamente lo contrario.

—Era un buen partido —dijo Caroline, con una amargura suave—.

O eso creían todos. Es un conde, soltero, elegante, aparentemente rico.

Mi madre hablaba de él con esa indiferencia suya que escondía un motivo.

Mi padre lo encontraba adecuado. Decían su nombre sin decir nada, pero yo sabía lo que esperaban.

—Querían unirlo a ti.

Ella asintió.

—Sí.

El fuego crujió en la chimenea. Caroline observó cómo una llama se curvaba sobre un tronco antes de seguir hablando.

—Rupert empezó a prestarme atención de una forma que me resultaba...

nueva. No como los caballeros que hacían cumplidos porque tocaba hacerlos.

Él parecía recordar lo que yo decía. Si mencionaba un libro, días después lo citaba.

Si me aburría en una cena, encontraba la manera de hacerme reír sin que nadie más lo notara.

Me miraba como si hubiese descubierto algo en mí que los demás pasaban por alto.

Le dolió admitirlo, más que los dedos marcados en su brazo. Era la parte que aún la avergonzaba: no el engaño, sino la necesidad que él había sabido encontrar.

—Me hacía sentir importante —confesó.

Jake no dijo nada y Caroline tragó saliva antes de seguir.

—En Retliden House todos me querían correcta, conveniente, agradable. Rupert me buscaba y me hacía sentir... singular. Como si no estuviera esperando que yo ocupara un lugar, sino que me veía a mí.

La palabra se quebró un poco al final. Jake se levantó y Caroline pensó que iba a caminar por la estancia; tal vez porque la furia necesitaba algún sitio por donde escapar.

En lugar de eso, se acercó a la chimenea, tomó el atizador y removió las brasas con cuidado, no con la violencia que ella esperaba.

Después volvió a dejarlo en su sitio y se sentó.

—Ese fue su primer delito —dijo él.

Ella alzó la vista.

—¿Hacerme cumplidos?

—Averiguar dónde estabas sola y usarlo contra ti.

Caroline sintió que esa frase le tocaba una herida que no sabía nombrar.

—Yo acepté escucharlo.

—Porque querías ser escuchada.

—Me dejé halagar.

—Porque llevabas años siendo tratada como una pieza de ajedrez.

Ella cerró los ojos un momento.

—No puedes absolverme de todo.

—No intento absolverte. No has cometido un crimen.

—Cometí un error.

—Sí, cierto.

La sinceridad de Jake la hizo mirarlo. Él no suavizó las palabras, tal vez por eso pudo creer lo que dijo después.

—Pero un error no convierte a una mujer en culpable de la mentira de un hombre.

Caroline apretó los labios.

—Después me pidió que nos viéramos a escondidas.

Jake se tensó.

—¿Dónde?

La pregunta salió demasiado rápida, demasiado de Bow Street. Caroline lo notó, pero no se ofendió.

—En el jardín de una casa donde se celebraba una velada. Después en paseos, a horas en que no debía estar sola. Una vez en una sala de música. Otra, en una biblioteca. Siempre lugares donde podía parecer casualidad si alguien nos encontraba, pero no lo bastante públicos para que lo fueran.

La mandíbula de Jake se endureció.

—Y él organizaba esos encuentros.

—Sí.

—No tú.

Caroline dudó.

—Yo iba.

—Porque él te convencía.

—Porque yo quería creerlo.

Jake la miró, esa era la verdad más difícil. No que Rupert hubiera mentido, sino que Caroline había deseado tanto que la mentira fuera cierta que empezó a colaborar con ella.

—Ese fue mi error —mencionó—. Pensar que algo secreto podía ser hermoso solo porque él lo llamaba amor.

Hubo un silencio, el fuego crepitó con intensidad.

—Decía que mis padres no entenderían la profundidad de lo que sentíamos.

—Bajó la vista a sus manos—. Que arruinarían algo puro con contratos, acuerdos y conveniencias.

Que necesitábamos un tiempo para estar solos antes de permitir que el mundo decidiera por nosotros.

—Sonrió apenas, con una tristeza que le dolió en la boca—. Qué frases tan bonitas, ¿verdad?

—Frases útiles.

—Sí, muy útiles y convincentes —susurró.

El silencio se extendió. Jake se quedó callado para dejar que ella llegara hasta donde pudiera. Caroline respiró hondo.

—La primera vez que me besó, me dijo que nunca había conocido a una mujer como yo.

La mano de Jake se cerró sobre el brazo del sillón. Caroline lo vio de reojo, pero también fue consciente del esfuerzo que hizo por no decir nada.