Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—Muy bien. Diré que un amigo, un caballero discreto, por supuesto, me confesó que lady Caroline tenía ciertas inclinaciones poco prudentes antes de su matrimonio.

Que le gustaba atraer atenciones masculinas.

Que hubo más de un hombre. Que cuando se supo encinta, su familia buscó con urgencia un marido dispuesto a aceptar el apellido que correspondía a otro.

Caroline se puso aún más pálida y Jake no se movió. El pasillo pareció estrecharse.

Ella no bajó la cabeza; aun así, sintió el golpe por ella.

—Eso no es verdad —matizó Jake con un tono furioso.

—Lo sé, Nerby, la verdad solo la conocemos nosotros tres —repuso Rupert con voz casi amable—, pero no necesito que me crean a mí, necesito que duden de ella, y será fácil.

La mandíbula de Jake se endureció, en sus ojos brillaba un fuego peligroso; sin embargo, Rupert continuó con comodidad. En realidad disfrutaba del momento.

—Y cuando el niño nazca demasiado pronto, todos serán lo bastante inteligentes para contar los meses y lo bastante crueles para disfrutar haciéndolo.

Caroline soltó el brazo de Jake; durante un segundo, él temió que se desmayara y estuvo pendiente. Pero no lo hizo, su rostro seguía pálido, aunque en su mirada color avellana había una fortaleza capaz de derribar muros altos y gruesos.

Entonces Jake dio un paso hacia Rupert.

—Hazlo —repuso firme.

Rupert, en ese instante, no sentía que su plan fuera seguro, parpadeó.

—¿Está seguro?

—Habla. Miente. Propaga cuanto quieras —soltó ella recuperando la entereza.

—Caroline... —musitó Jake.

Ella no lo miró; sus ojos, afilados como dagas, estaban fijos en los de Rupert.

—Ya viví aterrada por lo que podían decir de mí. Ya permití que la vergüenza me llevara hasta un río. No pienso volver allí porque tú hayas descubierto que no tienes otra cosa con la que amenazarme.

El conde perdió un poco la sonrisa, y Caroline apoyó una mano sobre su vientre mientras seguía hablando.

—Di lo que quieras. Mi esposo y yo sabemos la verdad. Y mi hijo crecerá sin que yo le enseñe a esconder la cabeza por los pecados de otro.

Jake no supo qué lo conmovió más: la firmeza de su voz o la palabra «mi esposo» pronunciada sin duda alguna.

Rupert, en cambio, se recompuso con rapidez.

—Muy noble y muy emocionante, querida. Pero a la sociedad le encantan los cotilleos, se alimenta de todas las versiones.

Jake avanzó hasta quedar a un paso de él, esta vez Caroline no lo detuvo.

—Entonces escuche mi versión, Clayne.

Rupert alzó la barbilla.

—Si una sola palabra sobre mi esposa o mi hijo sale de su boca —continuó en voz baja—, no responderé con rumores. Responderé con hechos, y los hechos, cuando se investigan bien, tienen la desagradable costumbre de sobrevivir a las mentiras.

La mirada de Rupert cambió, muy poco, pero Jake lo vio. Ahí estaba el miedo, no mucho todavía, pero lo suficiente para que él fuera consciente de lo que se jugaba si continuaba con su chantaje.

—No sé a qué se refiere —mencionó Rupert.

—Sí, lo sabe. Si tiene más secretos yo los descubriré.

Jake advirtió cómo tragaba saliva, no necesitó más confirmación.

—Tenga cuidado, Nerby. Los magistrados también pueden caer en desgracia si se dejan arrastrar por asuntos domésticos.

—Y los caballeros mentirosos pueden descubrir que Londres es mucho más pequeño cuando alguien empieza a hacer preguntas.

El silencio se tensó. Caroline volvió la cabeza hacia Jake. Rupert lo miró durante un segundo demasiado largo. Su sonrisa intentó regresar, pero ya no alcanzó la misma naturalidad.

—Diez mil libras —exigió—. Antes del viernes. Después, quizá todos podamos seguir fingiendo que somos personas respetables.

Jake sintió un desprecio frío asentarse en su interior.

—Ya le adelanto que no recibirá un penique.

—Entonces aténganse a las consecuencias.

—No —respondió Jake—. Aténgase usted.

La voz de Caroline sonó junto a él, suave pero firme.

—Vete, Rupert.

El nombre hizo que Jake apretara la mandíbula.

—Hubo un tiempo en que pronunciabas mi nombre con la suavidad de un pétalo, querida.

—Ya no. Solo siento desprecio por ti... y mucha lástima.

Sus palabras lo desarmaron más que cualquier insulto.

Rupert la contempló con irritación real por primera vez.

Quizá hasta entonces había creído que aún existía una parte de ella que podía manipular.

La joven que lo había escuchado, que había creído sus promesas, que se había quedado sola frente al horror de su rechazo no existía.

Frente a él había otra Caroline. Estaba pálida y temblaba, pero se mantenía de pie con una entereza que solo otorgaba una fuerza interior nacida del corazón. Además, no estaba sola.

Rupert se apartó con una inclinación exagerada.

—Disfruten del baile.

Pasó junto al magistrado con la intención de rozarle el hombro, pero le faltó valor, porque Jake giró apenas la cabeza y lo miró de una forma que detuvo el gesto antes de nacer. El conde siguió adelante por el pasillo y desapareció hacia una puerta lateral.

Durante varios segundos, ninguno de los dos habló. La música del salón regresó poco a poco, junto a risas, pasos, el eco de un violín, una voz femenina al otro lado de las puertas.

Caroline seguía inmóvil, su musculatura estaba rígida y no recuperaría la normalidad hasta recobrar el temple. Jake se volvió hacia ella.

—¿Te ha hecho daño?

—No...

Él miró su brazo.

—Yo creo que sí.

Ella bajó la vista hacia la marca en el guante, en ese instante notó su piel palpitar de dolor.

—No es nada.

Jake sintió que la rabia volvía a encenderse, alargó la mano y bajó el guante. Ahí estaban unas huellas rojizas, acarició el lugar con intención de borrar todo mal.

Ella alzó la mirada.

—Es verdad, no es nada comparado con lo que habría sido si lo hubieras golpeado, imagina el escándalo.

Jake se quedó callado y Caroline respiró hondo. La firmeza empezó a agrietarse ahora que Rupert ya no estaba delante.

—Gracias por no hacerlo.

—He estado cerca. No lo hice por ti.

Ella dio un paso hacia él.

—Lo sé.

Jake miró hacia la puerta por la que Rupert había desaparecido. Ella acarició con su mano enguantada la mejilla de su esposo. Caroline tenía los ojos brillantes, pero no eran lágrimas, sino una resolución que lo desarmó.

—Él no tendrá mi miedo —dijo ella—. Mi vida eres tú y nuestro hijo.

Jake sintió que algo se le cerraba en la garganta.

—No voy a permitir que utilice la vergüenza como arma contra ti.

—¿Qué vas a hacer?

Jake pensó en las investigaciones sobre Rupert que ya estaban en marcha. Estaba seguro de que pronto tendrían resultados.

—Lo que sé hacer —respondió.

—Jake...

—No voy a golpearlo en un pasillo. No voy a arruinarte la noche ni a darle la satisfacción de convertirme en un escándalo más.

Caroline soltó el aire con suavidad.

—Gracias.

—Voy a destruirlo correctamente.

Ella arrugó el entrecejo, había algo casi terrible en la calma con que lo dijo.

Jake sostuvo su mirada y se dispuso a darle una explicación.

—Sé que guarda más secretos y lo destruiré con pruebas, con testigos, con todo aquello que hombres como él siempre creen que pueden comprar.

Caroline cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había en ellos cansancio, pero también una confianza que a Jake le resultó balsámica. Su esposa creía en él y eso era suficiente.

—Entonces volvamos al salón —sugirió ella.

Él frunció el ceño.

—No tienes que hacerlo.

—Si no vuelvo, él gana algo.

Jake quiso discutir, pero no pudo, porque tenía razón. Ella enderezó los hombros, se alisó la falda con una mano y levantó la barbilla. Luego miró a Jake.

—¿Estoy presentable?

Estaba pálida, tenía los ojos demasiado brillantes y una marca en la piel que el guante ocultaba.

Ojalá pudiera arrancarle de la memoria los últimos minutos vividos.

Aun así, también estaba hermosa de una forma que ningún salón podía entender.

Hermosa no por el vestido, ni las perlas ni la juventud. Hermosa porque seguía en pie.

—Estás magnífica —afirmó.

Caroline parpadeó, sorprendida por la naturalidad con que lo había dicho. Le ofreció la mano y Jake la tomó. No la apoyó en su brazo de inmediato, primero la sostuvo entre la suya.

—Siempre estaremos juntos, no lo olvides —repuso en voz baja él.

Ella asintió, en esta ocasión sus ojos brillaron de lágrimas.

—Juntos.

Él asintió, y entonces regresaron al salón. La música seguía sonando, las velas ardían y nadie parecía saber aún que, en un pasillo de Retliden House, algo acababa de romperse de forma definitiva.

Pero Cecily, que vigilaba desde la distancia, los vio entrar; también Reginald, su rostro era de preocupación, ya que su esposa le había contado todo lo sucedido. Jake se dio cuenta, pues el duque desvió la mirada hacia Rupert con los labios apretados de pura rabia.

Mientras avanzaban por el salón, Jake advirtió la presencia de Thomas, apostado con discreción, en el exterior en la puerta balconera.

Alzó apenas la mirada hacia Jake, este le sostuvo los ojos un segundo y asintió con discreción.

Era una orden silenciosa que el oficial comprendió.

Rupert Clayne no volvería a moverse sin ser visto, porque ya no sería solo Thomas quien lo vigilaría, sino que una dotación de agentes camuflados entre los nobles lo vigilaría incluso cuando dormía.

Caroline apretó con suavidad la mano de Jake, su esposo la miró.

—¿Té y galletas cuando volvamos a casa? —preguntó ella, con una voz apenas audible.

La propuesta era absurda allí, en medio del salón de baile, rodeados de música, seda, murmullos y enemigos. Jake inclinó la cabeza hacia su esposa.

—Té, galletas y nosotros dos.

Caroline asintió con la mirada brillante de esperanza, sonrió con afecto, una sonrisa que alcanzó el alma de él.