Capítulo 11 #2
Y entonces, en ese preciso momento, vio a Rupert Clayne apenas a unos metros de su esposa.
La sangre se le heló con tanta rapidez que durante un segundo dejó de oír la música.
Sabía que Thomas estaría cerca, pues había dado la orden de seguirlo tanto de día como de noche; aun así, no estaba tranquilo.
Y menos lo estuvo cuando el conde avanzó hacia ella con esa seguridad fácil de un hombre acostumbrado a entrar en cualquier círculo sin ser detenido.
Vestía de negro y verde, impecable, con un alfiler discreto en la corbata y esa sonrisa medida que Jake ya detestaba más que cualquier gesto vulgar.
Se inclinó ante Caroline con una cortesía perfecta, ella se quedó inmóvil. No retrocedió ni hizo ninguna escena, pero Jake vio cómo su mano se tensaba alrededor de la copa.
Cecily notó la tensión de él, miró en la misma dirección que su yerno un instante.
—Señor Nerby —murmuró—, el paso.
Jake volvió al movimiento justo a tiempo. Giró, tomó la mano de la duquesa y siguió la figura con una calma que ya no sentía.
—¿Quién ha invitado a Clayne? —preguntó con un tono tan duro que la duquesa pestañeó.
Tardó un instante en responder.
—Es recibido en muchos salones. Mi marido se ocupó de la lista de caballeros.
Jake la miró con una rabia que le costó disimular, ni el duque ni la duquesa sabían lo que ese hombre le había hecho a su hija. Cecily, al ver el rostro descompuesto de su yerno, añadió:
—Caroline conoce al conde de Clayne, por supuesto. Toda la sociedad lo conoce, además es considerado uno de los mejores partidos de Londres.
La furia viajaba deprisa por las venas de Jake.
Nadie conocía de verdad a Rupert Clayne.
Solo veían el título, los guantes, la sonrisa, la elegancia aprendida; al conde aceptado en salones, al caballero de modales impecables, al hombre al que las madres de las debutantes miraban como una oportunidad.
Jake, en cambio, sabía lo que era: un desalmado.
Un hombre que había estado a punto de destruir a Caroline y que, aun así, seguía moviéndose entre esa gente como si tuviera derecho a respirar el mismo aire que ella.
Cecily vio cómo lo ojos turquesa de su yerno se cubrían de una ira demasiado fría para confundirse con simple antipatía.
Era una ira dirigida con precisión absoluta hacia el conde de Clayne.
Pero la duquesa era una mujer lista. Y mientras la música continuaba y los bailarines seguían girando a su alrededor, algo en su expresión cambió.
La sonrisa se le quedó inmóvil, los dedos se cerraron apenas sobre el brazo de Jake.
Durante un segundo, Cecily Retliden dejó de parecer la anfitriona perfecta y se convirtió solo en una madre que acababa de comprender demasiado tarde la verdad.
Rupert Clayne, al que habían invitado tantas veces a su hogar con el deseo secreto de que escogiera a Caroline como esposa, era el hombre que había puesto a su hija al borde del abismo.
Jake volvió a buscar a Caroline. El conde hablaba con ella, la inclinación de su cuerpo parecía respetuosa desde lejos, pero él conocía demasiado bien la diferencia entre cortesía y presión. Ella miraba hacia un lado, buscaba una salida sin provocar una escena.
La música seguía y un cambio de figura lo obligó a apartar la vista.
Cuando pudo volver a mirar, Rupert ya no sonreía.
Caroline le dijo algo mientras dejaba la copa de limonada en la mesa que tenía al lado, Clayne se acercó un poco más a su esposa.
Jake sintió que sus dedos se cerraban con demasiada fuerza sobre la mano de Cecily.
La duquesa inhaló apenas.
—Señor Nerby.
—Disculpe...
Pero no estaba disculpándose, ni siquiera la estaba mirando.
Entonces Rupert tomó a Caroline del brazo, no fue un movimiento brutal, fue peor: una presión precisa, cubierta por la apariencia de un gesto cortés.
Jake vio cómo los dedos de Clayne se hundían en el guante de Caroline y ella se tensaba mientras la conducía hacia la abertura que daba al pasillo lateral.
La música, las velas, los murmullos, todo desapareció.
Jake dio un paso fuera de la figura, Cecily lo apreció antes que nadie.
Y, en ese instante, la duquesa de Retliden demostró por qué había sobrevivido tantos años en salones donde una vacilación o un comentario podían convertirse en escándalo.
Trastabilló no de forma aparatosa, apenas fue un giro mal calculado, lo suficiente para no caer.
Se sostuvo en el brazo de Jake, mientras una exclamación contenida escapaba de sus labios y una palidez simulada cubría su rostro.
—Mi tobillo... —murmuró.
El baile se alteró en torno a ellos con una ceremonia alarmada. Dos damas se inclinaron hacia ella. Lord Ashworth dejó su copa a medio camino de los labios. Reginald avanzó desde el borde de la pista.
Cecily apretó los dedos sobre el brazo de Jake.
—Vaya con mi hija —susurró con disimulo.
Jake la miró entonces. Por primera vez desde que la conocía, no vio solo a la duquesa que manipulaba, sino a una madre que tal vez no comprendía todo, pero sí lo suficiente para saber que algo amenazaba a su hija.
—Gracias —dijo él, en voz muy baja.
—No provoque un escándalo en mi salón —respondió ella con la misma suavidad.
—No, si puedo evitarlo.
Jake la dejó al cuidado de Reginald; antes de que nadie pudiera objetar nada salió de la pista con paso medido. No corría, de hecho no necesitaba hacerlo, pues la gente se apartaba de él casi por instinto; quizá porque había algo en su rostro que ningún título podía suavizar.
Atravesó el borde del salón y entró en el pasillo lateral. La música quedó atrás, amortiguada por las paredes, convertida en un murmuro lejano. Al principio no los vio, de inmediato escuchó la voz de Rupert Clayne.
—No seas ridícula, Caroline. No te estoy pidiendo nada imposible.
Jake se detuvo junto a la sombra de una puerta entornada. Ella respondió con una frialdad que le atravesó el pecho.
—No vuelvas a llamarme así.
—¿Ahora prefiere formalidades? Qué conmovedor, entonces la llamaré lady Caroline Nerby. Aunque ambos sabemos que el apellido es demasiado reciente para su abultado vientre.
Jake sintió que la rabia le subía por la garganta y avanzó un paso más. Los vio al fondo del pasillo, cerca de una consola con flores y un espejo dorado. Rupert aún tenía una mano cerrada sobre el brazo de Caroline. Ella mantenía la espalda recta, pero estaba pálida. No era miedo, era repugnancia.
—Suéltame —exigió ella.
—Diez mil libras —replicó Rupert—. En un giro bancario antes del viernes.
Caroline soltó una risa breve y seca.
—¿Eso vale tu honor?
—Es lo que vale mi silencio.
—Ya, porque honor no tienes.
—Pero tengo lengua. Y eso, en Londres, suele ser más útil que el honor.
Jake salió de la sombra.
—Quite la mano de encima de mi esposa.
Rupert se volvió.
Durante un segundo, el rostro se le vació de color. Pero solo un segundo, luego la sonrisa regresó, más fina, más calculada. Sin embargo, soltó a Caroline.
Jake vio la marca de sus dedos en el guante claro. Algo dentro de él se volvió peligroso.
—Señor Nerby —dijo Rupert—, me alegra verlo.
—Yo no.
Caroline dio un paso hacia Jake, pero no se colocó detrás de él. Se quedó a su lado y eso lo ayudó más que cualquier palabra.
Rupert miró de uno a otro con un brillo desagradable en los ojos.
—Veo que la devoción conyugal prospera. Qué enternecedor.
Jake avanzó un paso y Caroline le sujetó el brazo. No con fuerza, ya que ella no hubiera podido retenerlo si así él decidía saltar sobre Rupert. No obstante, la calidez de los pequeños dedos de su esposa, que sintió a través de la casaca que ella le había regalado, bastó para contenerlo.
—No vale la pena —musitó ella en voz baja.
Jake no apartó la mirada de Rupert.
—Me temo que discrepamos.
—Jake...
Su nombre, dicho así, tan suave y tan firme, lo alcanzó. Caroline siguió hablando, sin soltarle el brazo.
—Él ya me quitó demasiado. No le des también esto.
La frase entró donde la rabia no había dejado espacio a nada más. Sin embargo, una risa baja y venenosa estalló en los labios de Rupert.
—Qué escena tan admirable —se burló—. La esposa suplicando moderación al marido salvador. Casi dan ganas de aplaudir.
Jake sintió los músculos del brazo tensarse bajo la mano de Caroline. Rupert lo notó y sonrió más.
—Diez mil libras —repitió—. No parece una cantidad excesiva por rescatar a una dama en apuros... que se dejó engatusar con demasiada facilidad.
Rupert merecía un golpe, Jake lo sabía. Lo imaginó con una claridad brutal: su puño contra esa boca, el crujido de los dientes, la cabeza de Rupert golpeando contra el espejo dorado. Solo necesitaba un segundo, quizá menos, suficiente para borrar su sonrisa triunfante.
Caroline reparó en el esfuerzo que hacía su esposo por controlarse, de modo que apretó los dedos, que seguían en el brazo de él. Jake los notó, respiró una vez, y otra, y otra más...
—Si vuelve a hablarle así —la voz se le afiló como un colmillo— recogerá sus dientes de la alfombra.
Rupert ladeó la cabeza.
—¿Eso es una amenaza, magistrado?
—Las amenazas suelen ser menos explícitas.
Caroline se movió apenas. Jake suavizó la voz, aunque no el filo.
—Ha pedido dinero a mi esposa. Explique por qué.
—Creo que los tres conocemos la respuesta.
—Quiero oírla.
Rupert miró a Caroline.
—Su hijo nacerá antes de lo que conviene a su respetabilidad.
Todos harán cuentas cuando llegue el momento.
Las mujeres siempre hacen cuentas, y los hombres —encogió los hombros— fingen no hacerlas, lo que es peor.
Bastará con unas pocas palabras en los lugares adecuados para que la historia se ordene sola.
—¿Qué historia? —preguntó Jake.
Rupert sonrió, no un gesto que evidenciara felicidad, sino malicia.