Capítulo 11
L a noche era fría, y una ligera niebla cubría las calles, desdibujaba las fachadas y mitigaba el brillo de los faroles.
Cuando llegaron a Retliden House, los invitados ya se encontraban en el salón de baile.
Su entrada produjo un silencio inmediato.
Las conversaciones se apagaron una tras otra, como velas sorprendidas por una corriente de aire, y todas las miradas se volvieron hacia ellos.
Caroline sintió el peso de esa atención en la piel: curiosidad, cálculo, compasión mal disimulada y una dosis nada pequeña de escándalo. Los observaban como si fueran una anomalía que nadie sabía aún cómo clasificar.
La primera en reaccionar fue Cecily. Avanzó hacia su hija con una sonrisa luminosa y la abrazó con una efusividad que jamás le mostraba en privado.
Caroline reconoció el gesto de inmediato.
Su madre no la recibía; fingía ante todos ser una madre abnegada, emocionada por ver a su hija feliz y convenientemente casada.
Caroline tensó la espalda de inmediato. No toleraba la falsedad, un rasgo que su madre había perfeccionado con el tiempo y que ella detestaba cada día más.
No obstante, Jake le apretó la mano que aún sostenía entre la suya.
Fue un gesto pequeño, casi invisible para los demás, pero suficiente para recordarle que no estaba sola.
Caroline se mentalizó de que esa noche no era más que una obra de teatro, y ella y su esposo eran los protagonistas. Muy bien. Si eso esperaban de ella, representaría su papel con tanta perfección que nadie advertiría cuánto le fastidiaba estar allí.
Lo que de verdad deseaba no era ese salón lleno de ojos atentos, sonrisas calculadas y preguntas sin formular. Lo que deseaba con toda su alma era estar en la biblioteca de su hogar, junto a Jake, sentados frente a la chimenea, compartiendo una taza de té y unas galletas de mantequilla.
Reginald también se acercó y empezó a presentar a su yerno a los nobles.
A muchos de ellos Jake ya los conocía debido a su trabajo, de modo que se limitó a saludarlos con educación.
Mientras tanto, la duquesa de Retliden tomó el brazo de su hija y la condujo a la zona donde había varias damas reunidas.
Jake quedó entre un grupo de nobles, miró a su alrededor.
Había estado en salones como ese cientos de veces.
Siempre por trabajo, nunca por placer, y siempre con la misma sensación de encontrarse en un teatro.
La música envolvía la sala. Las velas de las arañas de cristal multiplicaban la luz hasta convertirla en algo casi agresivo.
Los vestidos eran de esa clase que costaba lo que un trabajador ganaba en un año.
Y la conversación tenía ese matiz específico de los ambientes donde todo lo que se dice posee tres significados y ninguno es el literal.
A su lado estaban lord Ashworth, que tenía setenta años y un problema con el oporto evidente desde el primer cuarto de hora, y sir Phillip Marwood, que llevaba treinta años en el Parlamento, miraba a Jake con la expresión de no saber qué tipo de animal tenía delante, aunque sospechaba que era de los que mordían.
—¿Desde cuándo es magistrado jefe? —preguntó sir Phillip.
—Desde hace cuatro años —contestó Jake.
—Y antes era detective, según tengo entendido —añadió, lanzando una rápida mirada a Reginald.
—Me dediqué a investigaciones privadas. Después fui agente de Bow Street.
—Fascinante.
La palabra sonó a todo lo contrario.
—¿Y encuentra que ese tipo de... experiencia, digamos, le proporciona la perspectiva adecuada para moverse en ciertos círculos?
Jake sostuvo la mirada de sir Phillip con la comodidad de alguien que había tratado con hombres mucho más peligrosos en ambientes mucho menos perfumados.
—Encuentro que tantos años viendo de lo que es capaz la gente en privado proporciona una perspectiva bastante completa de cualquier círculo.
Sir Phillip no respondió de inmediato, mientras lord Ashworth dio un sorbo a su oporto. En ese instante llegó Caroline y se situó al lado de su esposo. Su madre había quedado atrás, conversando con otras damas.
Fue entonces cuando sir Phillip, con la precisión exacta de alguien que lanzaba una piedra y fingía no haber apuntado, dijo:
—Claro que la función de un magistrado, por muy capaz que sea, tiene sus límites naturales. Hay ciertos asuntos que requieren una comprensión que solo da el haber nacido en determinados ambientes. El instinto de clase, podríamos llamarlo.
Reginald y los demás no dijeron nada. Se produjo un silencio parcial, un leve descenso del volumen general que indicaba que varios oídos estaban prestando atención sin querer que se notara. Jake abrió la boca; sin embargo, Caroline se le adelantó.
—Qué observación tan interesante, sir Phillip —mencionó con una voz agradable y mortal al mismo tiempo—.
Aunque me pregunto si el instinto de clase no fue precisamente lo que llevó a lord Pemberton a arruinar a tres familias el año pasado con aquella especulación de la Compañía de las Indias Orientales.
A pesar de la música, entre los presentes cayó un silencio helado.
Reginald contempló a su hija como si acabara de descubrir en ella a una desconocida.
Sir Phillip, en cambio, miró a Caroline con rigidez.
Pero ella le sostuvo la mirada con una sonrisa que recordaba a las de Cecily, aunque en Caroline resultaba distinta, pues le llegaba también a los ojos y tenía un filo mucho más peligroso.
—Naturalmente —repuso sir Phillip, después de un momento— hay excepciones.
—Siempre las hay —replicó Caroline con dulzura.
Jake giró la cabeza y observó a su esposa. Estaba tranquila, a pesar de haber desmontado en público los argumentos de uno de los hombres más influyentes del Parlamento con la misma facilidad con que se sirve la sopa.
En ese instante apareció la duquesa.
—Señor Nerby, ¿tendrá la bondad de concederme el próximo baile? Después de todo, no puedo permitir que mi yerno pase desapercibido en mi propio salón.
La sonrisa de Cecily era perfecta. Jake la miró durante un segundo y se preguntó cuántas horas se había pasado frente al espejo para ensayar tan perfecta sonrisa.
Luego observó a Caroline, ella seguía a su lado, erguida, con una serenidad que se obligaba a mantener y que solo él advertía.
Después de haber dejado a sir Phillip Marwood sin réplica, mantenía una sonrisa leve en los labios, pero los dedos de su mano enguantada se habían cerrado un poco más sobre el abanico.
Jake prefería quedarse allí. De hecho, habría preferido cualquier cosa antes que bailar con la duquesa de Retliden bajo la mirada atenta de media aristocracia londinense. Pero no quería darles algo de lo que hablar, pues había demasiados ojos pendientes de su esposa y de él.
—Será un honor, excelencia —respondió.
Con semblante satisfecho, Cecily inclinó apenas la cabeza y aceptó su brazo. Por fortuna, no fue un vals y la orquesta inició un baile de conjunto, lo bastante correcto para que nadie pudiera leer otra cosa que no fuera cortesía.
Jake ocupó su lugar con la precisión de un hombre que había aprendido a moverse en sitios incómodos sin parecer incómodo. No bailaba con elegancia natural, pero tampoco con torpeza. Cumplía los pasos, recordaba las figuras y mantenía la expresión correcta en cada ejercicio.
Cecily lo observó durante los primeros compases con curiosidad.
—Baila mejor de lo que esperaba.
—Lamento decepcionarla.
La sonrisa de la duquesa no vaciló.
—No he dicho que me haya decepcionado.
—Pero no dudo de que lo ha pensado.
Cecily dejó escapar una risa baja, educada, apenas audible bajo la música.
—Tiene usted una tendencia peligrosa a confundir franqueza con insolencia, señor Nerby.
—Y usted, una habilidad admirable para confundir órdenes con ayuda. Ya me informaron de su visita a nuestro hogar.
La duquesa lo miró al girar en la figura. A otro hombre quizá le habría intimidado su mirada. Sin embargo, a Jake solo le confirmó que Cecily Retliden era mucho más orgullosa cuando sonreía.
—Mi hija parece haber adquirido algunas de sus costumbres —mencionó ella.
—¿Cuáles?
—La de responder, antes escuchaba y obedecía mis indicaciones.
Jake siguió el paso, la soltó en el momento que marcaba la figura y volvió a tomar su mano cuando correspondía.
—¿No cree que sea una buena costumbre?
—Depende de dónde se practique.
—No se confunda. Es una costumbre sana no dejar que otros tomen decisiones que no les corresponden, y encuentro que mi esposa está aprendiendo deprisa.
Cecily alzó las cejas con una delicadeza casi artística.
—Es usted muy protector con mi hija.
—Sí.
No añadió disculpa alguna, porque no había necesidad. Una mujer como Cecily, que actuaba como si la vida fuera una gran obra de teatro, jamás comprendería lo que estaban construyendo su esposa y él.
La música continuó. Los bailarines se cruzaban, se separaban y regresaban a sus parejas entre el brillo de las velas y murmullos satisfechos. Jake aprovechó uno de los cambios para buscar a Caroline con la mirada.
La encontró junto a una columna, a pocos pasos de la zona donde se reunían algunas damas casadas.
Sostenía una copa de limonada que apenas había probado.
Su vestido marfil destacaba entre los tonos más oscuros de las matronas y los colores delicados de las debutantes.
Parecía tranquila, toda ella era una visión hermosa; y durante un instante, Jake permitió que la tensión de la noche se aflojara.