Capítulo 10 #2
Caroline lo miró. El fuego crepitó en la chimenea, y fuera, un carruaje pasó despacio por la calle. En algún lugar de la casa, Bess dejó caer algo y Mrs. Barrow pronunció una exclamación ahogada que no llegó a romper del todo el silencio de la biblioteca.
Pero allí, entre ellos, todo pareció detenerse. Jake alzó una mano, pero se detuvo y la dejó caer a su costado. Caroline era consciente de que quería besarla, así que cerró los dedos alrededor de su muñeca y llevó su mano hasta su mejilla.
La palma de Jake era cálida, áspera, real, y le encantó. Él respiró hondo.
—Caroline...
Su nombre sonó como una promesa lanzada en una noche de luna llena; ella no se apartó.
—Sí.
No sabía si respondía a una pregunta, a un ruego o a algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Sin embargo, Jake lo entendió. Entonces, se inclinó despacio, dándole tiempo a retroceder.
Pero ella no lo hizo, al contrario, levantó un poco el rostro hacia él.
El primer roce de sus labios fue delicado, tan suave que casi pareció un suspiro.
Jake se retiró apenas, como si quisiera asegurarse de que ella seguía allí por voluntad propia.
Caroline soltó su muñeca y apoyó la mano sobre el borde de su chaleco.
Y la besó de nuevo, con la intensidad apasionada de un hombre y una mujer que se deseaban a pesar de todo y de todos. Caroline cerró los ojos y sintió que algo dentro de ella, algo que llevaba meses encogido por el miedo y la vergüenza, se abría con una lentitud dolorosa.
Jake la rodeó con un brazo, sin apretarla, la mano firme en su espalda.
La otra permaneció en su mejilla, sosteniéndola con una delicadeza que casi la deshizo.
Caroline no sabía besar con la seguridad de una mujer experimentada.
Rupert le había enseñado deseo mezclado con engaño, promesas dichas a media voz y urgencias que después se convertían en abandono.
Esto era distinto. Jake no le robaba nada.
Escuchaba su boca. Le daba tiempo para descubrir si quería acercarse más.
Y ella quiso: sus dedos se cerraron en la tela del chaleco mientras lo instaba a intensificar el beso.
El beso cambió y se volvió hambriento, lo suficiente para que Jake dejara escapar un sonido bajo, casi contenido en la garganta, y para que Caroline sintiera una corriente cálida recorrerle el cuerpo, que la sorprendió y la dejó sin aliento.
Jake fue quien se apartó primero, no mucho, apenas lo necesario para apoyar la frente contra la suya.
—Tenemos que irnos —murmuró.
Caroline tardó un segundo en recordar adónde. El baile. Retliden House. Sus padres. Los rumores. Y Rupert en algún lugar de Londres. Pero ese beso había sido como una ráfaga de viento, que había arrasado su interior, y aunque todo volvió, ya no ocupaba el mismo espacio en su corazón.
—Sí —susurró.
Jake no se movió.
—Si no me pongo esa casaca ahora, no iremos a ninguna parte.
Caroline sintió que el rubor le subía al rostro, pero también sonrió.
—Entonces deberías ponértela.
Él se apartó con evidente esfuerzo, tomó la prenda y salió de la biblioteca para cambiarse.
Caroline se quedó sola junto al fuego, con una mano apoyada sobre el vientre y los labios aún calientes. El bebé se movió una vez, leve y oportuno. Ella miró hacia abajo.
—Tú también estás feliz —susurró.
Cuando Jake regresó unos minutos después, Caroline olvidó cualquier pensamiento.
La casaca azul medianoche le sentaba de manera impecable.
El color no suavizaba su presencia; la hacía más profunda.
El paño oscuro resaltaba el tono rojizo de su cabello y el azul turquesa de sus ojos.
El corte, menos severo que sus prendas habituales, no le robaba autoridad, solo revelaba algo que quizá siempre había estado allí: que Jake Nerby no necesitaba parecer aristócrata para resultar imponente.
Él se detuvo al verla mirarlo.
—¿Tan mal me queda?
Caroline negó con la cabeza.
—No.
Se acercó y alisó una arruga inexistente en la solapa. Fue una excusa, los dos lo supieron.
—Te queda muy bien.
Jake bajó los ojos hacia sus dedos sobre la tela.
—Entonces supongo que el sastre vivirá.
Caroline soltó una risa suave.
—Eso me alegra.
Jake tomó sus guantes de la mesa y se los puso. Después le ofreció el brazo.
Caroline lo aceptó. En el hall , Nell esperaba junto a la puerta con la capa de Caroline preparada. Bess, detrás de ella, abrió mucho los ojos al ver a Jake con la nueva casaca, pero tuvo el buen juicio de no decir nada hasta que Mrs. Barrow miró hacia otro lado.
—Está muy elegante, señor —susurró.
Nell carraspeó, Bess cerró la boca de golpe y Jake miró a la muchacha.
—Gracias, Bess.
La criada pareció a punto de desmayarse de orgullo; Caroline, por su parte, tuvo que morderse la sonrisa. Bess le colocó la capa sobre los hombros con manos firmes. Después, miró a la pareja y, sin alterar la expresión, dijo:
—El carruaje está listo.
No añadió nada más, de hecho no hacía falta; aun así, los contempló embelesada y Nell la reprendió con la mirada.
Jake condujo a Caroline hacia la puerta.
Al llegar al umbral, ella sintió que los nervios del baile volvían a rozarle el estómago.
La casa de sus padres los aguardaba. También las miradas, las fechas falsas, las sonrisas estudiadas y todas las preguntas que nadie se atrevería a hacer en voz alta.
Jake debió notarlo, porque cubrió un segundo su mano con la suya sobre el brazo.
—Mírame.
Caroline obedeció.
—Esta noche no estás sola —dijo él.
Ella pensó en la casaca azul, en su mano en la mejilla, en el beso que aún le latía en los labios y en su corazón acelerado.
—Lo sé.
Porque ella creía en él de verdad. Jake le demostraba cada día que podía confiar.
Y sin más dilación, subieron al carruaje. El trayecto fue breve, aunque a Caroline le pareció más largo de lo que era.