Capítulo 10
E l baile de los Retliden se celebraría esa noche.
Desde media tarde, la casa de Montagu Square parecía respirar de una manera distinta.
Hetty había subido agua caliente, Bess había entrado y salido del dormitorio de Caroline con entusiasmo, y Mrs. Barrow había vigilado desde el umbral, con la expresión serena, cada movimiento, consciente de que alguien debería mantener la tranquilidad para que todo funcionara con la precisión de un reloj.
Caroline llevaba casi una hora lista. Hetty la había ayudado a ponerse un vestido de seda color marfil, de talle alto y falda suave, cortado de forma que la curva de su vientre no desapareciera, pero tampoco quedara expuesta a las miradas punzantes de los demás.
Sobre los hombros llevaba un chal ligero de un azul pálido, apenas más oscuro que la cinta entrelazada en el cabello.
El peinado era sencillo, su madre lo consideraría apropiado en un baile: rizos suaves junto a las sienes, el resto recogido en la nuca con pequeñas perlas que Hetty había colocado con dedos pacientes.
Sin duda no parecía una debutante, pero tampoco parecía una mujer avergonzada por la mala decisión que tomó en el pasado.
Al mirarse en el espejo, Caroline había tenido la extraña impresión de estar viendo a alguien que todavía no conocía del todo: una esposa, una futura madre, una dama obligada a regresar al mundo que casi la había devorado y, aun así, capaz de mantenerse en pie.
Pero lo que la tenía nerviosa no era el baile.
Sobre el respaldo de una silla aguardaba una casaca nueva para Jake, cubierta aún por un paño oscuro. Desde luego que la idea había sido suya, pero cuanto más se acercaba la hora de mostrársela, más temía haber cometido un error.
Jake ya tenía ropa adecuada: sobria, impecable, útil.
Sus casacas negras, confeccionadas con telas de calidad y de corte severo, encajaban con el hombre que era en Bow Street: magistrado, investigador, alguien que prefería la autoridad silenciosa al adorno.
Pero esa noche no iría a Bow Street, sino al salón de sus padres.
Si bien estaba bien considerado entre la aristocracia, habría personas que lo mirarían con curiosidad, con condescendencia o con una cortesía peor que el desprecio.
Caroline no aspiraba a cambiarlo, eso se repetía una y otra vez.
No quería pulirlo, corregirlo ni convertirlo en una versión más aceptable para Retliden House, como había intentado hacer su madre cuando apareció en su hogar sin avisar.
Solo había pensado que, tal vez, él merecía llevar algo que no pareciera una armadura de trabajo.
Algo que tuviera un poco de color que había elegido para él, no contra él.
Por eso, días atrás, había tomado una de sus casacas —con la ayuda cautelosa de Mrs. Barrow, que había fingido desaprobar la maniobra sin impedirla— y la había enviado al sastre para que sirviera de medida.
Ahora la prenda estaba allí, y Caroline tenía las manos frías dentro de los guantes.
—Milady —dijo Hetty desde la puerta—, el señor Nerby ya ha bajado.
Caroline respiró hondo.
—Gracias. Iré enseguida.
Hetty contempló durante unos segundos la casaca cubierta por el paño.
—Las cortinas nuevas le gustaron —mencionó en un intento de tranquilizarla—. No creo que esta vez sea diferente.
Caroline la miró, no comentó nada, pero la expresión suave de su doncella fue suficiente para darle ánimo, así que tomó la prenda con cuidado y bajó las escaleras.
Jake estaba en la biblioteca. Se había vestido ya para el baile, o al menos para la versión del baile que él habría elegido si nadie lo hubiera detenido.
Llevaba una casaca negra, chaleco claro, cravat blanco y pantalones oscuros.
Parecía correcto, respetable, imponente.
Y demasiado parecido a un hombre que acudía a un juicio.
Estaba junto a la chimenea, ajustándose los guantes, cuando ella entró.
Al verla, se quedó inmóvil. Caroline sintió el impacto de su mirada antes de que él pronunciara una palabra.
El desamor había convertido a Jake en un hombre frío, y no se deshacía en halagos frente a una dama bonita.
Tampoco sabía envolver la admiración en frases elegantes ni convertir la cortesía en un don, como hacían los caballeros de salón.
Pero sus ojos turquesa se detuvieron en ella con una intensidad tan franca que Caroline notó calor en las mejillas.
—Estás... —empezó él.
Se detuvo y carraspeó. Caroline esperó y su esposo la miró como si ninguna palabra le pareciera lo bastante exacta.
—Muy hermosa.
La sencillez del elogio la alcanzó más que cualquier discurso.
—Gracias.
Él apartó la vista un instante, casi con brusquedad, había dicho más de lo que pretendía. Entonces reparó en la prenda que ella sostenía.
—¿Qué es eso?
Caroline bajó la mirada.
—Algo que quizá no debería haber hecho.
Jake dejó los guantes sobre la mesa.
—¿Debo preocuparme?
La forma en que pronunció las palabras, con seriedad pero sin dureza, la obligó a levantar la vista.
—No es nada malo —se apresuró a decir—. O eso espero. Solo... —Apretó los dedos sobre el paño—. Quería darte algo para esta noche.
Jake no se movió mientras Caroline retiraba el cobertor.
La casaca era de paño azul medianoche, tan oscuro que casi parecía negra hasta que la luz del fuego revelaba un matiz profundo, sobrio, elegante.
El corte era impecable, sin bordados excesivos ni adornos inútiles.
Solo una prenda distinta, menos severa que las que Jake solía usar, con botones discretos y un forro interior gris perla.
Él la miró en silencio y Caroline sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
—Sé que no necesitabas ropa —explicó—. Mi madre estuvo hace unos días aquí, intentaba imponerte un sastre, clubes, clases de baile y Dios sabe cuántas cosas más.
—Lo sé, Nell me lo comentó.
—No quiero hacer lo mismo. No quiero que pienses que intento... arreglarte.
Jake levantó la vista de la casaca.
—¿Arreglarme?
—Ya sabes a qué me refiero.
—No estoy seguro.
Caroline tragó saliva.
—No me avergüenzo de ti, y me dolería que lo pensaras.
La expresión de Jake cambió muy poco, pero lo suficiente para que ella comprendiera que había tocado algo importante.
—Caroline...
—Porque no es así —continuó, antes de perder valor—.
No me avergüenzo de ti. Ni de tus manos, ni de tu trabajo, ni de tu manera de vestir ni de que no pertenezcas al mundo de mis padres.
De hecho, creo que esa es una de las cosas que más...
—Se detuvo a tiempo, confundida por su propia sinceridad—.
Solo pensé que esta noche todos intentarán medirte con sus reglas.
Y quería que llevaras algo elegido por alguien que no intenta convertirte en otra persona.
Jake no dijo nada y el silencio se hizo tan largo que Caroline empezó a arrepentirse de cada palabra.
—Utilicé una de tus casacas para que el sastre tomara las medidas —confesó—. Sin pedirte permiso. Eso estuvo mal.
—¿Cuál?
La pregunta la desconcertó.
—¿Perdón?
—¿Cuál de mis casacas?
—La negra, la que tenías en el armario, la de paño más grueso.
—La odio.
Caroline parpadeó.
—¿Qué?
—Esa casaca me tira del hombro izquierdo.
Ella abrió la boca, la cerró de inmediato. Luego, pese a los nervios, se le escapó una risa breve. Jake la miró, y algo en la dureza de su rostro cedió.
—Podrías haberme preguntado —mencionó él.
La risa de Caroline se apagó.
—Lo sé.
—Pero entonces no habría sido una sorpresa.
—No.
Jake tomó la casaca entre las manos. La examinó con esa atención suya, práctica y silenciosa, casi parecía querer interrogarla. Caroline aguardó, sentía que cada segundo pesaba demasiado.
—No es como lo de tu madre —pronunció.
Ella soltó el aire sin darse cuenta.
—¿No? ¿De verdad?
Jake dejó la casaca sobre el respaldo del sillón y se acercó un paso.
—Tu madre quería corregirme y tú has querido cuidarme.
La diferencia, dicha con tanta calma, la golpeó en un lugar vulnerable.
—Nadie te humillará esta noche. No lo consentiré.
Jake la observó durante varios segundos.
—No te preocupes. He visto peores cosas que la opinión de una sala llena de aristócratas.
—No significa que debas soportarlo solo.
La frase pareció dejarlo sin respuesta. Caroline miró la prenda un instante, inquieta.
—Aun así, no sé si he hecho bien.
Jake tomó la casaca de nuevo.
—Me la pondré.
Ella alzó la cabeza.
—¿De verdad?
—De verdad.
—No tienes que hacerlo solo porque yo...
—Caroline...
Se detuvo, Jake la miraba con una seriedad que le calentó y le partió algo en el pecho al mismo tiempo.
—Una buena mujer engrandece a un hombre.
Ella sintió que las palabras se detenían dentro de ella. No porque fueran grandilocuentes, Jake no las había dicho así. Las había pronunciado como se decían las verdades sencillas, sin adorno, sin buscar efecto. Y quizá por eso le habían impactado tanto.
Una buena mujer... Durante demasiado tiempo ella se había sentido imprudente, culpable, avergonzada, causa de problemas. Una hija que había fallado. Una dama que había caído. Una mujer embarazada antes de su boda, obligada a medir cada gesto para no alimentar más rumores.
Pero Jake la estaba mirando como si no viera una falta, al contrario, la contemplaba como a un tesoro difícil de alcanzar y no sabía si merecía tanto. La lágrima cayó antes de que pudiera impedirlo y Jake se tensó de inmediato.
—¿Te he ofendido?
Caroline negó con la cabeza, se llevó una mano a la mejilla.
—No, desde luego que no.
—Entonces ¿por qué lloras?
—Porque tú crees eso de mí, que soy una buena mujer, y... y... me miras como si fuera especial.
La expresión de Jake se volvió más suave.
—Para mí lo eres. —Hizo una pausa—. Siempre lo serás.
Otra lágrima amenazó con caer. Caroline intentó sonreír, pero no le salió bien.
—No estoy segura de merecerlo.
Jake dejó la casaca a un lado y se acercó. No la tocó de inmediato, él siempre le dejaba espacio para que ella decidiera.
—Yo sí —afirmó rotundo él.