Capítulo 9 #2
Los carruajes llegaban y se marchaban con regularidad. Lacayos aguardaban junto a los pescantes. Nobles envueltos en abrigos entraban con el sombrero bajo el brazo y la seguridad propia de una estirpe que rara vez encontraba puertas cerradas.
Jake permanecía al otro lado de la calle, en la sombra de un portal.
No estaba allí como magistrado. No llevaba una orden.
No tenía intención de entrar, interrogar ni proceder contra Rupert Clayne esa noche.
Al menos eso se había repetido durante todo el trayecto desde Bow Street.
Solo quería ver al hombre que había hecho tanto daño a su esposa y la seguía por Londres como si aún tuviera algún derecho sobre ella.
Lo observaría un rato, nada más, y después se iría.
Jake cabeceó, sabía reconocer una mentira incluso cuando era la suya. Lo más prudente sería marcharse y dejar que la investigación siguiera su curso, pero había una parte de él que no podía dejarlo estar.
Pasaron diez minutos. Luego veinte. El frío empezó a instalarse en sus manos, pero no se movió. Mantuvo la mirada fija en la puerta de Ferrell’s, observaba cada rostro que entraba y salía. Pero ninguno era el del hombre.
Hasta que la puerta se abrió de nuevo y Rupert Clayne apareció en el umbral. Entonces la rabia encontró el sitio exacto donde clavarse como un puñal.
Jake lo reconoció al instante, era incluso más irritante de lo que recordaba.
Alto, esbelto, con el cabello castaño claro peinado con una pulcritud impecable y el rostro sereno de un hombre que jamás había necesitado correr para alcanzar nada.
Llevaba un abrigo gris de excelente corte, guantes claros y un alfiler discreto en el cravat .
La luz del farol le rozó la cara cuando se detuvo un instante en los escalones para despedirse de otro caballero.
Sonrió y Jake sintió cómo todo en su cuerpo se endurecía.
Esa sonrisa era medida, cómoda, fabricada para sugerir complicidad sin comprometerse a nada.
La clase de sonrisa que podía hacer creer a una joven que el resto del salón había desaparecido y que las madres de las debutantes disculparan cualquier falta de claridad en sus rentas, sus orígenes o su historia.
Porque era un conde soltero, un partido excelente.
Pero a Jake no lo engañaba, él veía una mentira vestida con paño caro.
Había visto demasiados farsantes en su vida para detectarlos de inmediato, como en esa ocasión.
Rupert inclinó la cabeza ante su acompañante; dijo algo que provocó una risa breve y descendió un escalón, el otro se marchó calle arriba. Fue entonces que Jake dio un paso fuera de la sombra. No lo pensó, la rabia lo dominaba y caminó hacia él antes de que su buen juicio lo rescatara.
El agua salpicaba hacia los laterales cuando sus botas cruzaban los charcos. La distancia entre ambos no era grande. Una calle, unos cuantos carruajes, el espacio justo para cruzar, subir los escalones y estrellar contra la pared esa elegancia falsa hasta arrancarle la verdad de la garganta.
Pero cuando estaba a solo unos pocos metros de distancia, una imagen en la cabeza lo detuvo. Caroline cogiendo su mano para posarla sobre su vientre. La palma hormigueó en cuanto recordó a su hijo moverse. Se obligó a dar otro paso, pero no pudo, era como si tuviera los pies pegados con cemento.
Mientras, Rupert se colocó el sombrero y miró hacia la calle.
Por un instante, sus ojos parecieron pasar cerca de Jake sin verlo.
Este apretó los puños a los costados al advertir que no había miedo ni culpa en su cara.
Solo la calma insolente de los hombres que creen que el mundo seguirá ofreciéndoles una puerta abierta porque siempre lo ha hecho.
Reconocía que ahora que lo tenía tan cerca ansiaba derribarlo. Y podía hacerlo antes de que el lacayo, que le sostenía la portezuela abierta del carruaje, entendiera siquiera lo que sucedía. Clayne merecía eso y mucho más. La parte más oscura y primitiva de Jake también lo sabía.
Pero Caroline no. Ella no merecía recibir, al día siguiente, la noticia de que su esposo había perdido el control en la entrada de un club.
El escándalo mancharía el futuro que estaban construyendo.
Le concedería a Rupert Clayne, incluso sin tocarla, el poder de arrastrarlo lejos de ella ahora que empezaba a mirarlo con confianza.
Y estaba su hijo... Jake tragó saliva. El niño se había movido bajo su mano, tan pequeño y tan vivo, ajeno a la maldad, y lo único que necesitaba era que él regresara a casa todos los días.
Cerró con más fuerza los puños. Necesitaba sentir dolor, era lo único que lo mantenía anclado. Sabía que tenía que marcharse, lo supo con una claridad humillante. Thomas tenía razón. Y Jake odiaba que la tuviera.
Rupert bajó el último escalón. Del interior del carruaje emergió una mujer vestida con una audacia que no pretendía disimularse.
Apenas puso un pie en la acera, se lanzó a sus brazos.
Él la recibió con una risa baja, inclinó la cabeza y la besó sin recato, con una familiaridad demasiado íntima para la luz dorada de los faroles.
Jake sintió cómo la repugnancia se le asentaba en el estómago.
La mujer tiró de Rupert hacia el interior del carruaje.
Él la siguió con prisa, con una mano ya en su cintura y la otra perdiéndose entre los pliegues de su capa.
El lacayo cerró la portezuela sin alterar el gesto y ocupó su lugar en la parte trasera.
El cochero azuzó a los caballos, y el vehículo desapareció entre la niebla y la noche.
Jake sintió que la rabia le subía por el pecho con una fuerza casi física.
Ese era el hombre por el que Caroline casi pierde la vida.
Entonces pensó en la biblioteca, el té, las galletas y su esposa aguardándolo junto al fuego.
Algo en su interior cambió, no borró la rabia, pero la desplazó un poco, lo suficiente para que él recordara que había algo importante esperándolo al otro lado de su furia.
Entonces giró sobre sus talones y empezó a caminar hacia Montagu Square.
Hacía frío y la humedad calaba hasta los huesos. Londres seguiría siendo oscura, peligrosa y llena de hombres como Rupert Clayne. Pero él era magistrado jefe, y lo atraparía y lo destruiría si la ley le daba el margen suficiente.
Y si la ley no hacía justicia, encontraría la manera sin mancharse las manos de sangre.
Pero no esa noche. Esa noche quería volver a su hogar, porque su sitio estaba al lado de Caroline y su hijo.
Su corazón latió deprisa y calentó su cuerpo.
Quiso sonreír, pero Jake Nerby no era un hombre dado a sonreír solo, como un idiota, en medio de la calle.
Sin embargo, su humor cambió, no del todo, pues la furia seguía en algún sitio, afilada y paciente.
Por un momento tuvo la certeza de que la felicidad existía.
Quizá no llegaba siempre con grandes promesas pronunciadas bajo la luz de la luna.
A veces, era elegir no cruzar una calle, mantener las manos limpias y regresar a una casa donde lo esperaban en la biblioteca.
Jake aceleró el paso.