Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 9
50%

Capítulo 9

L a primera vez que Cecily apareció en la casa de Montagu Square fue un martes, dos meses después de la boda, sin avisar y a las diez de la mañana.

El embarazo de Caroline ya resultaba imposible de disimular.

Su vientre, demasiado abultado para el poco tiempo que llevaba casada, había empezado a alimentar murmullos en los salones.

Los duques de Retliden no estaban acostumbrados a ocupar el centro de los cuchicheos aristocráticos, y por eso se les había ocurrido organizar un baile en honor de su hija, con el supuesto propósito de acallar las habladurías.

La idea, desde luego, consistía en imponer una versión conveniente de las fechas.

Al principio, Caroline y Jake se negaron.

A ninguno de los dos le importaba demasiado lo que se dijera a sus espaldas.

Sin embargo, Reginald escribió una carta muy personal a su hija, y cuando ambos la leyeron decidieron cambiar de opinión.

Jake lo hizo a regañadientes, pero también era consciente de algo que no podía ignorar: su hijo no merecía nacer señalado por los mismos rumores que ellos podían fingir despreciar.

Esa mañana, Caroline estaba en la biblioteca con Bess. Había comprado telas para confeccionar cortinas nuevas para la estancia, y la criada sostenía una pieza de damasco verde apagado frente a una de las ventanas para que pudiera imaginar el efecto con la luz.

—Milady, son preciosas... si permite que le dé mi opinión —comentó Bess, con la cara enrojecida en cuanto advirtió su propia osadía.

Caroline le sonrió con afecto. Le gustaba esa espontaneidad.

Bess hablaba demasiado cuando estaba nerviosa, se callaba de golpe cuando Nell carraspeaba y parecía vivir con el propósito de no decepcionar a nadie.

También estaba pendiente de ella a todas horas, con una devoción torpe y sincera que a veces le apretaba el corazón.

Teniendo en cuenta que su propia madre apenas le había dedicado tiempo, Caroline empezaba a valorar mucho esa clase de cuidados. De hecho, ya no imaginaba la casa sin Mrs. Barrow, sin Hetty y sin Bess.

Fue entonces cuando oyó un carruaje detenerse en la calle. No necesitó mirar por la ventana para saber de quién era.

Bess bajó la tela de inmediato.

—¿Milady?

Caroline respiró hondo.

—Es mi madre.

Salió de la biblioteca antes de que Nell llegara al hall .

No abrió la puerta ella misma, pero sí alcanzó a plantarse al pie de la escalera justo cuando el ama de llaves hacía pasar a Cecily, duquesa de Retliden.

Su madre no iba sola. La acompañaban un sastre de expresión discreta, un maestro de baile de postura demasiado erguida y una doncella que llevaba, sobre una bandeja, una lista escrita en papel de carta.

Caroline no necesitó leerla para saber que contenía instrucciones.

Cecily entró en el recibidor con una sonrisa impecable.

—Caroline, querida. No pongas esa cara, vengo a ayudarte.

Caroline miró al sastre. Luego al maestro de baile. Después, a la lista.

—Eso me temía.

La sonrisa de la duquesa no vaciló.

—Tu padre y yo hemos decidido que el baile debe hacerse como corresponde. Y, ya que el señor Nerby forma ahora parte de la familia, también habrá que atender ciertos detalles de su posición.

—¿Detalles?

Cecily tomó la lista de la bandeja con dos dedos enguantados.

—Clubes, modales, vestimenta, clases de baile. Nada imposible, desde luego, solo son unos pequeños ajustes.

Desde la puerta de la biblioteca, Bess abrió mucho los ojos.

Nell estaba detrás de Cecily, miró a la señora de la casa con una expresión seca que no decía nada y lo decía todo.

Caroline sintió una calma extraña instalarse en su interior.

Antes, habría obedecido por reflejo. Habría bajado la mirada, aceptado las instrucciones y permitido que su madre reorganizara su vida con la naturalidad de alguien que cambiaba flores marchitas de un jarrón.

Pero ahora ella era lady Caroline Nerby.

—Madre —dijo con suavidad—, esta es mi casa.

Cecily miró a Caroline con esa expresión suya de paciencia estratégica.

—Por supuesto, querida.

Caroline sostuvo su mirada.

—Entonces convendrá que recuerdes que aquí las decisiones las tomamos Jake y yo. Y Jake no necesita un sastre, ni un maestro de baile ni una lista de clubes.

Su madre alzó una ceja.

—Caroline, su posición ahora requiere...

—Su posición —cortó Caroline, con una voz que le salió más firme de lo que esperaba— es la que él ha construido por sí mismo durante años. No necesita que vosotros la rediseñéis.

El silencio cayó en el recibidor.

El sastre, la doncella y el maestro de baile miraron al suelo con la concentración de personas que deseaban volverse invisibles. A Bess se le escapó una risita mínima, ahogada. Nell no carraspeó para corregirla. Y, viniendo de ella, eso fue casi una alabanza.

La duquesa miró a Caroline con el semblante contraído.

No estaba acostumbrada a que su hija le pusiera límites, y menos aún delante de otros.

Durante un instante, bajo la compostura impecable, apareció algo parecido a la sorpresa.

No duró mucho, Cecily era demasiado experta en cubrir cualquier grieta con hielo.

Sin embargo, Caroline no dio muestras de arrepentimiento. Se mantuvo erguida, con una mano apoyada sobre el vientre y la otra cerrada en los pliegues de la falda.

Antes, habría obedecido. Antes, habría permitido que su madre decidiera por ella con esa suavidad implacable que convertía cada orden en un consejo y cada imposición en un gesto de ayuda.

Pero ya no era aquella muchacha. Ya no confundía obediencia con deber. Y se preguntó cuántas cosas habrían sido distintas si hubiera aprendido antes a decir «no». Quizá Rupert no lo habría tenido tan fácil.

—Ya veo —dijo Cecily con una voz glacial—. Hablaremos de esto más adelante.

—No hay nada que hablar, madre. Pero gracias por venir.

La sonrisa de Cecily regresó despacio, fina y perfecta.

—Qué casa tan... interesante estás construyendo, Caroline.

—Sí —respondió ella—. Lo es.

La duquesa sostuvo su mirada un segundo más. Después se volvió hacia la puerta con una inclinación apenas perceptible de la cabeza. El sastre, el maestro de baile y la doncella la siguieron con alivio evidente, llevándose consigo la lista, las instrucciones y la ofensiva entera de Retliden House.

Cuando la puerta se cerró, Caroline permaneció en el recibidor con el corazón acelerado. No se sentía tranquila.

Se sentía viva.

Y tardó unos segundos en identificar esa sensación nueva como satisfacción.

Bess se acercó con cautela.

—Voy a prepararle un té, milady. Creo que lo necesita.

Y salió casi corriendo hacia la cocina. Nell se quedó allí, mirando a Caroline con una complacencia tan discreta que cualquier otra persona la habría pasado por alto.

—El señor Nerby tiene mucha suerte —dijo al fin.

No añadió nada más. Pero, para una mujer como Mrs. Barrow, era decir mucho. Y para Caroline fue suficiente.

***

Jake terminó el último informe cuando la tarde ya había empezado a caer sobre Bow Street.

La lluvia, que había empezado a caer dos horas antes, había cesado hacía apenas media hora. Sin embargo, Londres conservaba ese brillo que dejaban los días húmedos: adoquines oscuros, ruedas levantando agua sucia de los charcos y una niebla fina que desdibujaba Londres.

En la calle la gente tenía prisa por llegar a sus hogares, o a cualquier lugar donde el fuego estuviera encendido. Él también debería haber regresado a casa.

La imagen apareció antes de que pudiera evitarlo: Caroline sentada junto al fuego, con un libro abierto sobre el regazo, una taza de té esperándolo y un plato de galletas de mantequilla sobre la mesa baja.

Durante semanas, ese momento se había convertido en una costumbre que ansiaba cada día más.

Él llegaba con el abrigo húmedo y el humor endurecido por Bow Street; ella levantaba la vista, le ofrecía té, y la tensión del día entero parecía aflojar.

Jake dejó la pluma en la escribanía y cerró el expediente dispuesto a finalizar otra jornada de trabajo. Pero entonces llamaron a la puerta.

—Adelante.

Thomas Briggs asomó la cabeza.

—Señor.

Jake lo miró.

—¿Qué ocurre?

Thomas entró solo lo suficiente para cerrar la puerta tras de sí. Tenía el sombrero en la mano y barro en el borde de las botas.

—Uno de los hombres ha enviado recado. Clayne está en Ferrell’s.

El nombre cayó sobre el despacho como una chispa en pólvora seca, Jake no se movió.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace una hora, quizá algo más.

—¿Solo?

—Entró solo. Dentro no lo sabemos.

Jake tomó el abrigo del respaldo de la silla, Thomas apretó los labios al deducir sus intenciones.

—Señor.

—No diga nada...

Jake se puso el abrigo con movimientos precisos.

—¿Va a detenerlo? —Se aventuró a preguntar Thomas.

—No puedo detenerlo sin pruebas, y usted lo sabe —increpó ceñudo.

—Sin embargo, a usted eso no parece importarle.

Jake lo miró con frialdad.

—Briggs, no se extralimite.

Thomas no retrocedió.

—Ya sabe lo que voy a decirle.

—Precisamente por eso no necesito oírlo.

—Recuerde que tiene esposa y un hijo en camino.

Sus palabras lo detuvieron solo un segundo.

—No voy a hacer nada.

Thomas no pareció tranquilizado.

—Entonces no le costará regresar directamente a Montagu Square.

Jake abrió la puerta.

—Buenas noches, Briggs.

—Señor, por favor...

Las palabras lo siguieron hasta el pasillo. Jake no giró la cabeza y tampoco dijo nada.

Ferrell’s se alzaba cerca de Fleet Street, una zona muy concurrida que había hecho del lugar un club de caballeros exitoso. Buena culpa la tenía el chef francés que el propietario, Barney Ferrell, tenía contratado y que trabajaba en la enorme cocina del sótano.

Desde fuera, el club ofrecía una fachada sobria: piedra clara ennegrecida por la humedad, ventanas altas con cortinas pesadas y una puerta de madera oscura donde el latón brillaba incluso bajo la niebla. Un farol junto a la entrada proyectaba una luz dorada sobre los escalones mojados.