Capítulo 8
B ow Street estaba más ruidosa de lo habitual esa mañana.
Al otro lado de la puerta del despacho se oían voces, botas sobre el suelo, el arrastre de una silla y el golpe seco de algún legajo al cerrarse.
Londres había despertado con demasiadas denuncias, demasiadas excusas y demasiados hombres convencidos de que su versión de los hechos merecía prioridad sobre la de todos los demás.
Jake, sin embargo, apenas escuchaba nada.
Estaba de pie junto a la ventana, con las manos enlazadas a la espalda y la mirada fija en la calle húmeda.
Había dormido poco, aunque más de lo que esperaba después de lo que había sucedido durante la noche.
La imagen de Caroline volvía a él con insistencia: sus ojos llenos de lágrimas, su mano guiando la de él hasta el vientre, el movimiento breve y vivo bajo la palma.
«Nuestro hijo».
Las palabras se le habían escapado sin permiso. Y lo peor era que no se arrepentía.
Una llamada en la puerta lo obligó a volver al presente.
—Adelante.
Thomas Briggs entró y, como siempre, con el sombrero en la mano. Cerró tras de sí, no habló de inmediato y eso bastó para que Jake apartara la vista de la ventana.
El agente era un hombre de gestos medidos. No dramatizaba, no adornaba las malas noticias ni perdía tiempo anunciando que las traía. Pero esa mañana había algo distinto en su cara: una tensión en la boca, una gravedad contenida en los ojos; además, apretaba el sombrero entre sus manos.
Jake lo vio antes de que Thomas hubiera dado tres pasos hacia él.
—¿Qué ocurre?
El agente dejó el sombrero sobre la silla más cercana.
—Hice lo que me pidió.
Jake no se movió.
—Especifique.
—Ayer, cuando su esposa y la doncella salieron de compras, las seguí a distancia.
Jake había dado esa orden por prudencia, no había ningún otro motivo.
Caroline iba a ir a la modista, a encargar prendas nuevas, quizá a comprar telas para el bebé.
Era una salida sencilla, doméstica, sin importancia aparente.
Sin embargo, desde que los comentarios habían empezado a moverse por los salones sobre el embarazo tan rápido, Jake temía que Rupert molestara a su esposa.
—¿Hubo algún incidente?
Thomas tardó medio segundo en responder, demasiado para un hombre como él, pensó Jake.
—No exactamente, de hecho estuvieron toda la mañana de compras y se las veía felices.
Las manos de Jake se cerraron a sus costados.
—Briggs, vaya al grano.
—Un caballero las siguió también.
El despacho pareció quedarse sin aire. Jake no dijo nada. No porque no tuviera preguntas, sino porque había demasiadas y todas querían salir al mismo tiempo.
Thomas continuó:
—Mantuvo la distancia suficiente para no parecer evidente ante cualquiera que no estuviera pendiente, pero no tanta como para perderlas de vista.
Las siguió desde la modista, después también cuando entraron en una tienda de telas.
No se acercó en ningún momento a ellas y tampoco intentó hacerse notar, procedía con cautela para que no lo vieran.
—¿Aun así lo vieron?
—No creo. Su esposa iba demasiado ocupada con los encargos y hablando con Hetty. La doncella sí miró una vez hacia atrás, pero no pareció advertir nada.
Jake sintió una presión fría detrás de las costillas, era su corazón que latía demasiado deprisa. Caroline, su esposa embarazada, había salido de su casa con Hetty a su lado, confiando de que podían moverse sin miedo. No obstante, un hombre las había seguido.
—¿Quién era?
Thomas sostuvo su mirada.
—Lo averigüé después, cuando dejó de seguirlas y se fue al Ferrell’s.
La calma de Thomas irritó a Jake.
—No he preguntado si lo averiguó. —Su tono se había espesado—. He preguntado quién era, diga el nombre.
—Rupert Clayne —respondió Thomas—. El conde de Clayne.
El nombre cayó entre ellos con una violencia silenciosa.
Rupert... El nombre que Caroline había pronunciado la noche anterior en la biblioteca, casi sin querer, con la taza entre las manos y el rostro demasiado pálido.
El nombre que no había querido completar con un apellido porque temía lo que él pudiera hacer con esa información.
Ahora ya lo sabía: Rupert Clayne, conde de Clayne, el hombre que la había engañado y que, de un modo u otro, la había empujado hasta el río.
Jake había visto a Rupert Clayne antes. Era apuesto, de cabello castaño claro que lo llevaba siempre bien peinado; ojos azules de expresión serena; boca bien dibujada, siempre a medio camino entre la sonrisa y la promesa.
Vestía con una elegancia impecable, sin una arruga fuera de sitio, sin un gesto que pareciera espontáneo.
Incluso su manera de inclinar la cabeza parecía ensayada.
Estaba soltero y era considerado un buen partido.
Se lo veía en salones, palcos de teatro y cenas donde las madres de las debutantes disputaban entre ellas para que sus hijas recibieran su atención.
Jake apretó los labios y esa fue la primera señal de peligro. Thomas lo sabía, lo observó con cautela.
—Señor...
Jake escuchó la palabra desde muy lejos.
Durante un segundo no vio el despacho. No vio los legajos, ni la mesa ni la ventana empañada por la humedad de la niebla del exterior.
Su mente estaba en el Támesis oscuro, en el pretil, en Caroline con el vestido demasiado fino para esa noche, con el cabello suelto azotado por el viento y la mirada vacía de alguien que había decidido que el agua era menos cruel que seguir respirando.
Después se vio a sí mismo y a Rupert Clayne, sin guantes, sin sonrisa, sin título.
Él le estaba atando las manos y lastrando los pies mientras temblaba de frío.
Sus ojos azules brillaron de miedo en cuanto comprendió que sería tragado por la oscuridad del río.
Era el destino que hubiera sufrido Caroline por su culpa, merecía ese final, se lo había ganado a pulso.
La imagen fue tan nítida que Jake sintió la mandíbula dolerle.
—¡No! —clamó Thomas.
Jake levantó la mirada.
—¿Perdón?
—Sea lo que sea lo que está imaginando, no es buena idea.
El silencio se volvió afilado.
—Tenga cuidado, Briggs.
—Lo tengo, por eso se lo digo.
Jake dio un paso hacia el escritorio, su voz salió baja.
—Ese hombre deshonró a Caroline, hubo consecuencias y la dejó sola, desesperada, hasta el punto de creer que el río era una solución. Si no hubiera estado allí, ella... ella...
No pudo continuar, miró en su escritorio el informe abierto, buscando una salida a sus emociones revueltas.
Por una parte estaba la necesidad de protegerla a ella y a su hijo de la maldad del mundo.
Por otra, las ganas de venganza contra Rupert luchaban en su interior con una ferocidad que le helaba la sangre.
Thomas se quedó de piedra, no conocía esa parte de la historia, algo en su rostro se endureció. Odió a ese conde tanto como Jake; aun así, no se dejó arrastrar e intentó que su jefe recapacitara.
—Si ahora actúa como un marido furioso y no como el hombre que ha sido durante todos estos años, Clayne habrá conseguido más de lo que merece.
Jake soltó una risa sin humor.
—¿Está aconsejándome paciencia?
—Estoy recordándole que usted no llegó donde está por pegar más fuerte que otros hombres. Llegó porque piensa antes que ellos. Porque ve la trampa antes de pisarla. Porque sabe cuándo un hombre quiere provocar una reacción.
Jake apoyó ambas manos sobre el escritorio y se inclinó hacia delante.
—Si ha seguido a mi esposa es porque quiere algo. ¿Y qué cree que quiere Clayne?
—Él no parece un hombre enamorado ni arrepentido. Tal vez ¿dinero? ¿Silencio? ¿Comprobar si puede negarlo todo con la misma facilidad con la que la abandonó?
—Podría ser cualquiera de esas cosas.
Jake se apartó del escritorio y caminó hasta la chimenea. El fuego ardía con poca fuerza. Tomó el atizador y removió las brasas con más violencia de la necesaria. Varias chispas saltaron y murieron sobre la piedra. Dejó el hierro en su sitio con un golpe seco.
—Averigüe qué quiere —ordenó el magistrado.
—Eso pensaba hacer.
—Y averígüelo todo de él.
Thomas no respondió de inmediato. Jake alzó la vista.
—Todo, Briggs. Quiero saber dónde vive, con quién se reúne, qué deudas tiene, qué clubes frecuenta, qué criados hablan demasiado y qué enemigos están esperando verlo caer. Quiero saber si ha preguntado por Caroline y por qué decidió seguirla ayer.
Thomas asintió despacio.
—Ya he empezado.
—Bien. Y quiero vigilancia.
—¿Sobre Clayne?
—Sobre él, sobre su casa, sobre sus movimientos y sobre cualquiera que envíe a acercarse a Montagu Square.
Thomas inclinó la cabeza.
—Lo organizaré.
—No debe saber que lo hemos visto.
—No lo sabrá.
—Si se siente acorralado, puede volverse imprudente.
—Lo sé.
Jake respiró con profundidad.
—No se acercará a mi esposa y a mi hijo nunca más. Si lo hace me encontrará de frente, y no habrá clemencia.
La frase salió antes de que Jake pudiera medirla. Pero el silencio que siguió fue distinto. Thomas no sonrió, no mostró sorpresa. Solo lo miró con una seriedad que, por una vez, no traía advertencia, sino comprensión.
—No se acercará a ninguno de los dos —sentenció.
—Y si Caroline se entera antes de que sepamos qué quiere...
Se detuvo y no terminó la frase. Imaginó la cara de Caroline al saber que Rupert Clayne había estado observándola mientras ella encargaba vestidos nuevos y telas para el bebé. No quería que el futuro que estaba reconstruyendo junto a él se convirtiera en miedo.
Thomas pareció comprenderlo.
—Por ahora no hay motivo para alarmarla.
Jake volvió hacia él la cabeza.
—No me mienta para tranquilizarme.
—No lo hago. Digo que no hay motivo para alarmarla todavía. Nosotros vigilaremos e investigaremos para anticiparnos.
Jake respiró despacio.
—Quiero un hombre en Montagu Square cuando yo no esté.
—Ya pensaba sugerirlo.
—Que sea discreto.
—Por supuesto.
—Nell no debe ponerse nerviosa, esa mujer lo ve todo.
Thomas arqueó apenas una ceja.
—De todos modos, Mrs. Barrow no parece una mujer propensa a ponerse nerviosa, señor.
Jake esbozó una tímida sonrisa, fue hasta la ventana y miró la calle. El vidrio estaba frío y moteado de humedad. Un carruaje pasó despacio junto a la acera, levantando agua sucia de los adoquines.
Rupert Clayne, conde de Clayne. El nombre encajaba demasiado bien con todo lo que Caroline había contado y con todo lo que había callado.
Un hombre de título, modales pulidos, acceso a salones y suficiente cobardía para negar a una mujer cuando las consecuencias de su propia seducción se volvían incómodas.
Jake imaginó unas manos cuidadas, un alfiler de corbata, una sonrisa fácil y una voz capaz de convertir una mentira en promesa. Luego imaginó esas manos sobre Caroline. Cerró los ojos un instante. No. Ese camino no.
Apretó los dedos contra el alféizar hasta que la rabia encontró una forma más fría, después se volvió.
—Usted me preguntó si cumpliría la ley cuando encontráramos al hombre que la engañó.
—Sí, se lo pregunté.
—Esta es mi respuesta: la cumpliré mientras la ley se interponga entre él y Caroline. En el momento en que la ley no baste...
Thomas dio un paso hacia él.
—La ley tendrá que bastar. Porque lady Caroline Nerby no necesita un verdugo. Necesita un hombre que pueda volver a casa sin llevar sangre en las manos.
La frase golpeó donde debía y Jake no respondió.
Pensó en Caroline la noche anterior, con lágrimas en los ojos y la mano de él sobre su vientre.
Pensó en su voz al decir «nuestro bebé».
Pensó en la manera en que lo había abrazado, no por miedo, sino porque algo se había abierto entre ellos y ninguno de los dos había sabido cerrarlo.
No. Caroline no necesitaba que él destruyera a Rupert en un callejón oscuro.
Necesitaba que volviera a casa entero de cuerpo y alma, que fuera capaz de sentarse con ella frente al fuego sin que el odio manchara el ambiente.
Jake pasó una mano por su cabello rojizo. De inmediato, volvió al escritorio, tomó una hoja en blanco, la colocó frente a él y mojó la pluma en el tintero. Necesitaba escribir, ordenar, convertir la rabia en instrucciones, nombres, fechas, vigilancias. Cualquier cosa que pudiera servir.
—Si Clayne vuelve a acercarse a mi esposa o a mi hijo antes de que yo sepa qué pretende, tráigamelo.
—¿A Bow Street?
Jake levantó la vista, sus ojos estaban fríos.
—Por supuesto.
Thomas sostuvo su mirada un instante. Luego inclinó la cabeza.
—Por supuesto, señor.
No dijo nada más, Jake tampoco. Era una de las cosas que valoraba de Thomas: sabía cuándo una conversación había llegado a donde tenía que llegar.
Entonces, la puerta se cerró tras él y Jake se quedó solo. Durante varios minutos no escribió nada. La pluma permaneció inmóvil entre sus dedos mientras el nombre de Rupert Clayne ardía en su cabeza con una claridad insoportable.
Al fin escribió la primera línea. No era una orden de arresto tal como le hubiera gustado, pero sí el comienzo de una cacería.
Y Jake Nerby jamás había sido un hombre que dejara una caza a medias.