Capítulo 7 #3
Ella asintió, aunque no se movió de inmediato.
—Y tú también.
—Lo intentaré.
—¿Lo prometes?
—Sí, es lo máximo que puedo prometer esta noche.
Caroline lo observó con una tristeza suave, casi tierna. Parecía a punto de responder cuando, de pronto, dio un pequeño respingo y llevó una mano al vientre.
Jake se preocupó de inmediato.
—¿Qué ocurre?
—No —dijo ella, aunque la sorpresa le había abierto mucho los ojos—. No, es solo...
Volvió a quedarse quieta. Luego bajó la mirada hacia su vientre con una expresión tan distinta que Jake sintió cómo su pulso crecía debido a la preocupación.
—El bebé —susurró Caroline—. Ha dado una patada.
—¿Duele mucho?
—No...
Jake tensó la espalda. De hecho, no sabía qué hacer.
Había oído hablar de esas cosas, por supuesto.
Las mujeres hablaban de movimientos, de patadas, de esa vida que empezaba a hacerse notar antes de llegar al mundo.
Pero una cosa era saberlo y otra muy distinta ver la emoción contenida en el rostro de Caroline; la mano protectora sobre la curva de su vientre; la sorpresa limpia de una madre que acaba de recibir una señal desde dentro de sí misma.
—¿Estás bien? —preguntó él más bajo.
Caroline asintió.
—Creo que sí.
Entonces lo miró. Durante un instante, Jake pensó que iba a decir algo; en lugar de hacerlo, Caroline tomó su mano.
Él se quedó inmóvil. La mano de ella era cálida, suave; y la suya parecía demasiado grande, demasiado áspera, demasiado hecha para cosas que no tenían nada que ver con esa intimidad. Caroline no pareció pensarlo, solo guio sus dedos hasta su vientre y los dejó allí, sobre la tela clara de la bata.
Jake dejó de respirar. Al principio no sintió nada, solo percibía el calor de Caroline bajo la palma, la curva firme y viva de su cuerpo.
La cercanía indecente de una confianza que no sabía si merecía.
Luego, de pronto, hubo un movimiento, leve, rápido, inconfundible.
Jake levantó la mirada hacia ella, Caroline tenía los ojos llenos de lágrimas.
El bebé volvió a moverse bajo su mano y algo se quebró en silencio dentro de Jake.
Fue una emoción tan honda y tan inesperada que solo la fuerza de voluntad impidió que se le llenaran los ojos.
Durante un momento no vio a Rupert. No vio el escándalo, ni la mentira, ni el río ni la amenaza de un hombre al que había prometido encontrar para hacerle pagar el dolor que había provocado.
Solo vio a Caroline, al bebé pequeño y vivo bajo su mano.
—Nuestro hijo... —susurró.
Las palabras salieron de un corazón que estaba creciendo en su pecho en segundos.
Caroline cerró los ojos. Una lágrima le resbaló por la mejilla, pero cuando volvió a mirarlo, había en su expresión una emoción tan desnuda que Jake no supo cómo defenderse de ella. Su esposa asintió:
—Sí, nuestro hijo.
Jake bajó la mirada hacia su mano, todavía apoyada en el vientre de Caroline. Debió retirarla, decir algo práctico, algo sensato, cualquier cosa que pusiera distancia entre ellos, pero no pudo. Y Caroline tampoco se apartó.
La siguiente lágrima cayó en silencio, y Jake hizo lo único que no había planeado hacer esa noche.
La atrajo hacia él con cuidado, como si temiera romper algo demasiado valioso, y Caroline aceptó sus brazos sin resistencia.
No fue un abrazo de deseo, fue algo más íntimo.
Caroline apoyó la frente contra su pecho, y Jake la rodeó despacio, una mano en su espalda y la otra aún cerca de su vientre, como si no pudiera decidir a cuál de los dos necesitaba proteger primero.
Ella tembló una vez.
—Perdona —murmuró.
—No.
La palabra salió áspera. Jake bajó un poco la cabeza, sin besarla, solo quedándose allí, con la mejilla cerca de su cabello.
—No te disculpes por esto.
Caroline respiró hondo contra él. Durante varios segundos no hubo nada más: ni Rupert, ni Bow Street, ni salones ni promesas imposibles. Solo el fuego, la casa dormida y el cuerpo de él contra el suyo mientras el niño que llevaba dentro acababa de reclamar, sin saberlo, un lugar entre los dos.
Cuando por fin se separaron, lo hicieron despacio.
Jake dejó caer las manos a los costados, pero algo ya había cambiado.
Lo vio en los ojos de Caroline, lo sintió también en sí mismo, en esa calma extraña que lo invadió al comprender que no podía volver a pensar en ella ni en el bebé como una responsabilidad asumida por honor.
Eran mucho más que eso. Lo había sido desde el principio, aunque no se hubiera dado cuenta entonces.
Subieron juntos las escaleras, sin tocarse. En el descansillo, frente a las puertas de sus alcobas, la distancia volvió a colocarse entre ellos.
Caroline se detuvo con la mano en el picaporte.
—Jake. —Él la miró—. Buenas noches.
Esa despedida sencilla sonó distinta en la penumbra, como una promesa pequeña, como el principio de algo grande.
—Buenas noches, Caroline.
Ella entró en su habitación y cerró la puerta. Jake permaneció un momento en el pasillo, escuchando el silencio al otro lado. Luego entró en su propia alcoba.
No durmió enseguida. Pero cuando volvió a tumbarse, la pared ya no le pareció solo una condena. Se había convertido en una espera.
Y por primera vez en muchas noches, Jake cerró los ojos y no volvió a bajar de nuevo a la biblioteca.