Capítulo 7 #2
Pero algo en su voz había cambiado, un matiz pesaroso que fue suficiente para que él lo percibiera. Apretó la mandíbula.
—Caroline...
Ella levantó la mirada.
Durante un momento, la cocina pareció demasiado pequeña.
La luz de la lámpara le suavizaba el rostro y volvía más oscura la trenza sobre sus hombros.
Estaba descalza bajo el borde del camisón, o quizá llevaba unas zapatillas tan finas que apenas hacían ruido sobre las losas.
Parecía fuera de lugar allí abajo, en la cocina tibia, entre cazos de cobre, olor a carbón y una tetera que empezaba a calentarse.
Y, sin embargo, también parecía pertenecer a esa casa más de lo que Jake quería admitir.
—No estoy arrepentido —soltó él.
Caroline parpadeó.
—¿De qué?
—De haberte ofrecido matrimonio, de que estés aquí y del niño. No me arrepiento de nada y no quiero que pienses lo contrario.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Entonces por qué duermes mal? —preguntó en voz baja, sin exigirle, sin reprocharle.
Jake miró la tetera porque necesitaba apartar la vista de ella.
Sintió el impulso de mentir, explicarle que era el exceso de trabajo y su enorme responsabilidad en Bow Street.
Cualquier cosa era mejor que la verdad. Pero Caroline estaba allí, en mitad de la noche, ya que había oído sus pasos y quería cuidarlo preparándole un té. Merecía más que una evasiva.
—Porque no sé qué hacer contigo —reconoció, atento a cada cambio de su rostro.
Ella respiró hondo, apenas. Arrugó el entrecejo y su semblante tomó un aire de asombro contenido.
—¿Conmigo?
Jake apoyó ambas manos en el borde de la mesa.
—Sé cómo protegerte. Sé cómo responder a los rumores.
Sé cómo enfrentarme a tu padre, a tu madre o al hombre que te abandonó, cuando descubra quién es.
Sé lo que puedo hacer con un enemigo, Caroline.
Lo que no sé es qué hacer con una esposa que me espera cada tarde con té y galletas, se sienta en mi biblioteca y convierte el silencio en algo que no quiero evitar.
Los ojos color avellana de ella se abrieron un poco más. Jake continuó antes de perder el valor o la razón.
—Y por las noches estás al otro lado de la pared y yo no puedo dormir porque me duele tenerte lejos. No sé qué hacer con este sentimiento que empieza a brotar en mí, empiezas a parecerme... necesaria.
La última palabra salió más ronca que las demás. Caroline no habló. El agua empezó a murmurar sobre el fuego y Jake se enderezó. Estaba arrepentido de haber hablado demasiado.
—Olvida todo lo que te he dicho —mencionó en un tono derrotado.
—No quiero olvidarlo.
Él volteó el rostro y la observó. Caroline sostenía el borde de la bata con una mano. La otra descansaba sobre su vientre en un gesto inconsciente de protección.
—Jake...
—No me debes nada —interrumpió él con brusquedad—. Necesito que eso quede claro.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. O quizá sí, pero necesito decirlo de todos modos. Este matrimonio no te obliga a darme nada que no quieras dar. Ni afecto, ni compañía, ni... —Se detuvo a tiempo—. Nada.
Un rubor suave subió al rostro de Caroline, pero no apartó la vista.
—Lo sé —repitió—. Precisamente por eso me importa.
Jake cerró los ojos un instante. Eso era peor que cualquier respuesta que hubiera imaginado. Cuando volvió a abrirlos, Caroline estaba apenas a un paso.
—Yo tampoco sé qué hacer contigo —confesó ella.
Jake se quedó quieto, no sabía muy bien cómo reaccionar, pues sus palabras lo habían cogido desprevenido.
—Durante semanas he intentado decirme que eras mi salvación, mi refugio. El hombre que me dio un apellido cuando nadie más me ofrecía algo que no fuera vergüenza. Pero ya no eres solo eso.
La cocina pareció quedarse sin aire. Caroline bajó la mirada, necesitaba expresar lo que sentía sin vergüenza, así que continuó:
—Cuando oigo tus pasos por la noche, pienso que quizá estás cansado. O preocupado. O que mi presencia te ha traído más problemas de los que calculaste. Y entonces quisiera poder hacer algo que no te hiciera sentir que también yo soy una carga.
—No eres una carga.
—A veces me cuesta creerlo.
—Entonces tendrás que acostumbrarte a oírlo —murmuró con suavidad—. Porque pienso repetirlo muchas veces.
Ella alzó la vista y la tetera empezó a silbar, discreta al principio y luego con más insistencia. Jake se volvió para retirarla del fuego. Necesitaba hacer algo con las manos antes de cometer la estupidez de tocarla.
Preparó el té en silencio. Caroline sacó dos tazas del estante donde Nell las guardaba. Lo hizo con cierta cautela, ya que se sentía nerviosa y temía romper alguna.
Regresaron a la biblioteca, él llevaba la tetera del asa y ella las tazas agarradas cada una en una mano. Jake la dejó sobre la mesa baja y Caroline sirvió el té. Después se sentó en su butaca habitual, cerca del fuego. Él ocupó el sillón de enfrente.
Durante unos minutos bebieron sin hablar. La noche seguía al otro lado de los cristales, oscura, húmeda y fría, mientras dentro el fuego ardía con más vigorosidad. La luz dorada le rozaba a Caroline la línea del cuello, las manos alrededor de la taza, el vientre bajo la tela clara de la bata.
Jake apartó la mirada.
—Hubo una mujer —dijo él de pronto.
Caroline se quedó con la mirada fija en el líquido humeante de la taza.
Jake no sabía por qué había empezado. Tal vez por lealtad, pues ella había bajado las escaleras en mitad de la noche para no dejarlo solo con su insomnio. Ya por eso su esposa merecía toda la verdad, porque algunas verdades, cuando no se decían, acababan pudriéndose en algún lugar del cuerpo.
—Creí que me amaba o eso quise creer —añadió, Caroline no lo interrumpió—. Ella fue más honesta que yo y me confesó que amaba a otro hombre.
La taza de Caroline descendió despacio hasta su regazo.
—Lo siento.
Jake tenía los ojos fijos en el fuego.
—No fue una tragedia, de hecho nadie murió. Solo fui un idiota durante un tiempo.
—Que algo no destruya una vida no significa que no deje marca.
Él apretó la mandíbula al comprender que Caroline tenía razón.
—No quiero volver a ser ese hombre —expresó él—. El que espera algo de una mujer cuyo corazón está en otra parte.
Caroline palideció un poco.
—Mi corazón no está con Rupert.
El nombre cayó en la habitación como una pieza que por fin encontraba su sitio. Todo el cuerpo de Jake se tensó. Caroline pareció darse cuenta un segundo tarde de lo que había dicho. Sus dedos se tensaron alrededor de la taza.
—Rupert —repitió Jake mirándola.
Ella cerró los ojos un instante.
—Sí... —exhaló en un gran suspiro.
No añadió más. Ese nombre se le atascaba en la garganta. El dolor por la traición quiso salir por los ojos, pero logró contener las lágrimas.
Por su parte, Jake sintió que algo oscuro y frío se asentaba en su interior. Por fin tenía un nombre. «Rupert», repitió su mente. Había perseguido hombres durante años, pero nunca antes había sentido esa ansia feroz por dar caza a alguien.
Así que ese era el desalmado que había mentido, tomado lo que no merecía y abandonado a Caroline cuando más vulnerable estaba. Jake dejó la taza sobre la mesa con un cuidado extremo. Su musculatura seguía tensa, tanto que hasta dolía.
—¿Apellido?
Caroline lo miró, y él supo al instante que había cometido un error. No por preguntar, era algo que tarde o temprano sabría, pero lo había hecho con la dureza que empleaba como magistrado. Eso provocó que su esposa se encogiera en la butaca, y él se reprendió en silencio.
—Jake... —susurró con un nudo en la garganta.
Él obligó a sus manos a permanecer quietas.
—Tranquila, no voy a hacer nada esta noche.
—Esa no es una promesa muy tranquilizadora.
No, no lo era. Pero era lo máximo que él le podía ofrecer en ese instante. Y ambos lo sabían.
Jake inclinó la cabeza.
—No quiero asustarte —repuso él.
—No me asustas tú.
—Deberías cuando sale mi faceta como magistrado.
Caroline dejó la taza a un lado y se puso en pie. Por instinto, Jake se levantó también.
—Él no tiene mi corazón —aclaró ella con voz baja pero firme—. Lo tuvo una mentira. Era una versión de mí que quería creer que era amada.
Jake no se permitió acercarse.
—Caroline...
—No te pido que no lo odies.
La honestidad de la frase lo dejó en silencio. Ella tragó saliva antes de continuar.
—Creo que una parte de mí también lo odia. Por lo que me hizo creer y por lo cerca que estuve de dejar de luchar por mi hijo cuando le pedí ayuda, me... me insultó, humilló y amenazó. Pero no quiero que él te convierta en alguien de quien después tengas que arrepentirte.
Jake sostuvo su mirada, apretó los puños a su costado. Deseaba que entre esos dedos cerrados estuviera el cuello de Rupert.
—No sabes lo que me estás pidiendo.
—Sí, lo sé.
—No. —Su voz salió más dura—. No lo sabes.
Porque cuando encuentre a ese hombre, no voy a pensar en códigos, ni en procedimientos ni en la satisfacción de verlo responder ante un tribunal.
Voy a pensar en ti sobre aquel pretil, en tu cara cuando dijiste que el río había parecido una solución.
—Las aletas de su nariz se dilataron—. Pero sobre todo voy a pensar en todo lo que tuvo que romperte para llevarte hasta allí.
Los ojos de Caroline brillaron. Entonces Jake se obligó a callar, consciente de que había dicho demasiado otra vez. Sin embargo, Caroline no retrocedió, se acercó un paso, solo uno, y levantó la mano. Jake vio venir el gesto y aun así no pudo apartarse.
Los dedos de ella rozaron su manga. Apenas una presión leve sobre la tela.
—Entonces piensa también en esto —susurró—. Estoy aquí.
Jake bajó la mirada hacia aquella mano.
—Caroline...
—Estoy aquí —repitió—. No en el río, no en la casa de mis padres, no con él. Y no quiero que lo que él hizo sea más fuerte que lo que estamos intentando construir.
La palabra quedó entre ambos. «Construir»... Jake no sabía si tenía derecho, pero lo deseó con una intensidad que le cerró la garganta. Cubrió la mano de Caroline con la suya antes de poder pensarlo. Era pequeña bajo sus dedos, cálida, real.
Ella no se apartó y Jake soltó la mano de su esposa despacio.
—Deberías descansar.