Capítulo 7
J ake no dormía. Llevaba más de una hora tendido boca arriba, con un brazo bajo la nuca y la mirada fija en la oscuridad del dosel.
La casa permanecía en silencio, envuelta en esa quietud profunda que traía consigo la noche.
De vez en cuando llegaba desde la calle el rumor lejano de unas ruedas sobre los adoquines y el silbido del viento entre las rendijas de las ventanas.
Sin embargo, en el interior todo estaba inmóvil, todo salvo él, porque no podía dejar de pensar que al otro lado de la pared dormía Caroline.
Jake giró la cabeza hacia la puerta interior que comunicaba ambas alcobas.
Permanecía cerrada, tal como él mismo había decidido que estaría.
Caroline había pedido habitaciones separadas, y él no era la clase de hombre que confundía un matrimonio de conveniencia con un derecho a reclamar lo que no se le ofrecía.
Aun así, esa puerta lo irritaba, no porque quisiera abrirla, era mucho más que eso.
Saber que le bastaban unos pasos para llegar hasta ella era una tortura.
Con toda seguridad estaría dormida, quizá de lado, con el cabello oscuro suelto sobre la almohada y una mano descansando cerca del rostro.
Y a él le encantaría contemplarla dormir.
Nunca nadie antes lo había esperado en la biblioteca con té caliente y galletas de mantequilla.
Y eso lo hacía sentirse especial, y no sabía hasta qué punto merecía tal consideración.
Ella empezaba a importarle de una manera demasiado profunda, y era un error.
Jake cerró los ojos. La imagen de Caroline apareció con más claridad en su mente: sentada frente al fuego, con un libro en el regazo, la luz de las llamas prendida en sus ojos coñac y una serenidad que le provocaba anhelo.
Ya no era solo la mujer desesperada que había arrancado del río ni una dama a la que había decidido proteger de un escándalo, de su familia y de un hombre cobarde que la había abandonado con un hijo en el vientre.
Era Caroline, su esposa, una mujer que merecía todo.
Jake abrió los ojos de golpe y soltó el aire por la nariz. Ya había cometido una vez el error de querer a una mujer. La había amado con una fe estúpida, limpia, casi arrogante, convencido de que si se lo daba todo y tenía paciencia, la lealtad acabaría pesando más que cualquier otra cosa.
No obstante, ella amaba a otro. Se lo había dicho con lágrimas en los ojos, con delicadeza a fin de no lastimarlo.
Jake recordaba la sensación amarga con una precisión dolorosa, al comprender que había llegado tarde a un lugar donde nunca lo habían esperado.
La rabia no acudió al principio, pero después de que un vacío frío se instalara en su ser, solo le quedó la furia reprimida.
La había guardado todos esos años como un escudo para no volver a cometer el mismo error.
Sabía que no podía pedirle amor a Caroline.
Ni deseo. Ni siquiera esa confianza suave con la que ella empezaba a mirarlo a veces, porque una parte de él, la más insensata, empezaba a quererla demasiado.
Debía tener en cuenta que el corazón de su esposa había sido destrozado por un hombre que había amado.
Con toda seguridad ella jamás podría confiar en nadie hasta el punto de amarlo.
Sin embargo, se conformaba con darle protección, apellido, casa, dinero y seguridad. También se aseguraría de que nadie volviera a decidir por ella y velaría por el niño cuando naciera. Y eso debería ser suficiente para los dos, sobre todo para él.
Jake maldijo entre dientes y se incorporó.
El suelo estaba frío bajo sus pies. Se puso los pantalones y una camisa limpia sin encender la vela.
Después tomó la bata de lana del respaldo de una silla y se la anudó a la cintura con movimientos bruscos.
Necesitaba salir de allí. Necesitaba aire, aunque fuera el encerrado de otra habitación.
Pero sobre todo necesitaba poner distancia entre su cama y esa pared que era una frontera inexpugnable.
Bajó las escaleras sin hacer ruido. La biblioteca lo recibió en penumbra.
Las brasas de la chimenea aún conservaban un resplandor rojizo, apenas suficiente para dibujar los contornos del escritorio, los lomos oscuros de los libros y el sillón donde Caroline solía sentarse por las tardes.
Jake se detuvo al verlo. Ahora, sin ella, esa estancia la sentía vacía.
La idea le disgustó tanto que cruzó el cuarto con paso decidido, avivó el fuego con el atizador y encendió una vela.
Pensó en su trabajo. La ley tenía reglas.
Los casos tenían hechos. Los culpables siempre dejaban rastros.
Los testigos mentían de formas que solo hombres como él, con años de experiencia a sus espaldas, eran capaces de detectar.
Todo, incluso la miseria humana, solía presentar algún tipo de patrón, de estructura, de método que uno advertía si le prestaba la atención suficiente.
Pero lo que Caroline le provocaba no tenía orden alguno.
Le provocaba un caos interno que no sabía cómo sobrellevar, y se sentía incapaz de analizarlo para buscar la solución.
No quiso darle más vueltas, necesitaba ocupar la mente, por lo que se sentó y tomó un informe del escritorio.
Sin embargo, no pasó de la primera línea y Jake lo dejó de inmediato sobre la mesa; desesperado, se frotó el rostro con ambas manos.
Fue entonces cuando oyó un crujido en el pasillo y se quedó inmóvil.
Otro sonido, este más leve, como el roce de una falda, y después el chirrido de la puerta al abrirse.
Jake alzó la vista. Caroline estaba en el umbral, envuelta en una bata clara sobre el camisón, con el cabello oscuro trenzado de manera sencilla y una mano apoyada en el marco. La luz de la vela le iluminaba apenas el rostro. Parecía pálida, quizá estaba cansada.
—Perdona —dijo ella en voz baja—. Vi luz bajo la puerta.
Jake se puso en pie de inmediato, preocupado por su estado de salud.
—¿Te encuentras mal?
Caroline negó con la cabeza.
—No, el bebé se mueve mucho, eso es todo. Y me ha despertado.
Jake bajó la mirada hacia su vientre antes de poder evitarlo. La bata caía suelta, pero la curva era ya visible, imposible de ignorar. Algo se le apretó en el pecho.
—¿Te duele?
—No, solo es... insistente.
Él no supo qué responder a eso. Caroline dio un par de pasos dentro de la biblioteca y miró el informe abierto sobre el escritorio.
—¿Trabajas?
—Intento trabajar.
—¿A estas horas?
—No podía dormir.
Ella lo observó con una atención que a Jake le resultó imposible sostenerle la mirada, bajó los ojos a los informes.
—Me lo imaginaba —mencionó ella.
Él alzó la cabeza, la estudió mientras arqueaba una ceja.
—¿Te lo imaginabas?
Caroline apartó la mirada un instante, se arrepentía de haberlo dicho.
—Te oigo todas las noches... perdona, no quiero entrometerme.
Jake apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—No te entrometes.
Ella pareció no creerlo del todo. El silencio que siguió fue íntimo. Caroline giró la cabeza hacia la chimenea, donde el fuego empezaba a crecer otra vez. Entonces, se acordó de la recomendación de Hetty.
—Voy a prepararte un té.
—No hace falta.
—Ya lo sé, pero me gusta cuidarte.
Él se quedó quieto sin saber muy bien qué decir. Caroline lo miró con intensidad, entonces pareció reunir valor antes de continuar.
—Porque tú lo haces por mí. No el té, pero sí otras cosas: cuentas, vestidos, dinero para el bebé, espacio, silencio cuando lo necesito, una casa donde nadie entra en mi alcoba sin permiso.
—Sus dedos se cerraron apenas sobre el borde de la bata—.
No sé hacer demasiado por ti, Jake, pero puedo preparar té.
Esa certeza lo golpeó con una violencia absurda. Porque no era una declaración, tampoco lo estaba seduciendo. Ni siquiera formaba parte de la intimidad entre un marido y una esposa que aún no sabían cómo serlo. Pero Jake no estaba preparado para que Caroline lo cuidara. O eso creía él.
—Deberías estar en la cama —se limitó a decir.
Ella bajó un poco la barbilla.
—Probablemente.
—Hace frío.
—Por eso el té parece una buena idea.
Jake la miró durante varios segundos. Había una parte de él que debía enviarla de vuelta a su alcoba, por prudencia y por decencia. Pero sobre todo por esa distancia que ambos habían pactado y que él empezaba a descubrir que era demasiado frágil.
En lugar de hacerlo, apartó la silla del escritorio.
—No voy a dejar que bajes a la cocina a estas horas.
Caroline abrió un poco los ojos.
—No pensaba bajar sola.
—Claro que no.
Ella casi sonrió. Jake tomó la palmatoria y salió al pasillo.
Caroline lo siguió con pasos suaves, guardando una distancia prudente que a él le resultó insoportable y necesaria a la vez.
Bajaron a la cocina en silencio. La casa estaba oscura, y cada crujido de la madera parecía más alto de lo habitual.
En el semisótano, el calor de las brasas conservadas bajo la ceniza hacía la estancia menos fría que el resto de la casa. Jake encendió una lámpara pequeña mientras Caroline se detenía junto a la mesa de madera, miró alrededor con una curiosidad tranquila.
—No deberías estar aquí —dijo él.
—Eso mismo me dijo Mrs. Barrow la primera vez que quise desayunar aquí después de casarnos.
—Y tenía razón.
—Tal vez, pero terminó sirviéndome té aquí mismo.
Jake soltó un sonido bajo que quizá habría sido una risa en otro hombre.
—Nell se está ablandando.
—No se lo digas, podría sentirse ofendida.
Él llenó la tetera con agua y la colocó sobre los aros de hierro de la cocina. Caroline lo observó en silencio.
—¿Sabes preparar té? —preguntó ella.
—Sí. He sobrevivido muchos años sin una esposa que me lo preparara.
La frase fue pronunciada con rabia y cayó entre ambos antes de que Jake pudiera retirarla. Caroline bajó la vista hacia sus manos.
—Lo sé...
Jake se volvió hacia ella.
—No quería decirlo así.
—No te preocupes, no me ha ofendido.