Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Fue entonces cuando Jake comprendió, con una inquietud burbujeante en su interior, que le gustaba verla allí, le gustaba demasiado.

Y no por gratitud ni por deber, ni siquiera por la extraña satisfacción de saber que estaba bajo su techo y lejos de quienes la habían lastimado y habían querido decidir su vida por ella.

Pero sobre todo le gustaba verla allí porque la biblioteca, con Caroline leyendo frente al fuego, parecía menos una habitación ordenada y más un lugar al que merecía la pena regresar.

Jake bajó la mirada al expediente antes de que su esposa pudiera sorprenderlo mirándola.

Sin embargo, la certeza de que la casa había cambiado ya se había instalado. Y lo peor de todo era que no quería devolverla a como era antes.

***

Las semanas fueron pasando mientras el otoño despojaba de hojas a los árboles. Caroline, poco a poco, se fue acostumbrando a su nueva vida.

El momento del día que más le gustaba era cuando Jake regresaba por la tarde, casi de noche, y ella lo esperaba en la biblioteca con té caliente y galletas de mantequilla.

Había sido todo un descubrimiento comprender que a él también le agradaba compartir ese rato antes de la cena.

No se lo había dicho, por supuesto; Jake no era un hombre dado a esa clase de confesiones.

Pero Caroline lo había deducido por sus gestos: por la manera en que dejaba el abrigo en el respaldo de una silla en lugar de retirarse de inmediato a su escritorio, por el modo en que aceptaba la taza que ella le ofrecía y por esas miradas breves que le dedicaba cuando creía que no lo veía.

Esa mañana había amanecido lluviosa y más fría de lo habitual.

Aun así, Caroline había decidido ir a la modista para encargar vestidos nuevos.

Su vientre empezaba a crecer, y las prendas que había llevado hasta entonces ya no bastaban para disimular y tampoco resultaban cómodas.

También pensaba encargar una cuna y comprar telas para confeccionar sábanas, mantillas y ropa para el bebé.

Ya se había levantado, y Hetty —a quien Nell había aceptado después de dos días exhaustivos de entrevistas, pruebas y observaciones silenciosas— la ayudaba a vestirse y peinarse.

Su doncella no había contado los detalles de dichas pruebas, pero Caroline sospechaba que había salido de ellas con la impresión de haber sobrevivido a un tribunal más severo que cualquier salón aristocrático.

Hetty había escogido para ella un vestido de lana fina en un tono azul grisáceo, sencillo pero elegante, con el talle alto y la falda lo bastante suelta para no oprimirle el vientre.

Sobre la cama aguardaban una capa oscura forrada en paño, unos guantes de cabritilla y un sombrero sobrio, adornado apenas con una cinta del mismo azul apagado del vestido.

—No aprietes demasiado —pidió Caroline cuando Hetty ajustó los últimos alfileres.

—No, milady.

Hetty obedeció de inmediato, aunque la miró a través del espejo con esa atención discreta que en ella rara vez era simple curiosidad.

Caroline llevaba casi toda la mañana en silencio.

Había respondido a las preguntas necesarias, había aprobado el vestido, el peinado y la capa, pero con una ausencia que no se parecía a cansancio.

—¿Se encuentra bien, milady? —preguntó al fin la doncella.

Caroline levantó la vista hacia su reflejo. Tenía el cabello recogido en un moño bajo, más práctico que elaborado, con dos rizos suaves junto a las sienes. Sin embargo, sus ojos no tenían la tranquilidad que intentaba sostener.

—Sí.

Hetty dejó el peine sobre la cómoda.

—Milady...

Caroline exhaló despacio. Esa sola palabra, dicha con la suavidad justa, contenía incredulidad.

—Estoy bien —repitió—. Solo me siento algo preocupada.

—¿Por el niño?

Caroline apoyó una mano sobre el vientre. El bebé llevaba varios días moviéndose con una energía que a veces la sobresaltaba. Dentro de ella ya existía una voluntad pequeña e impaciente.

—No exactamente. Este bebé parece decidido a recordarme que está ahí a cualquier hora.

Hetty sonrió.

—Eso es bueno, ¿no?

—Yo espero que sí.

Caroline bajó la mirada hacia sus dedos, extendidos sobre la curva de su vientre.

—Me despierta por la noche —confesó—. Se mueve con tanta fuerza que a veces tardo en volver a dormirme.

Hizo una pausa. La lluvia golpeaba los cristales mientras el ambiente estaba envuelto en un velo gris.

—Y cuando estoy despierta, oigo pasos abajo.

Hetty se quedó inmóvil.

—¿Pasos?

—En la biblioteca. Las primeras noches pensé que sería Mrs. Barrow, pero no, es Jake.

La doncella no dijo nada, pero su mirada cambió. Caroline tomó los guantes de la cama y los sostuvo sin ponérselos.

—Anoche abrí la puerta, solo un poco. La luz venía desde abajo, por el hueco de la escalera. Y lo oí caminar, y después hubo silencio. Luego el ruido de una silla y más tarde, pasos otra vez.

—Quizá trabajaba.

—Eso intento decirme.

—El señor Nerby trabaja mucho, según Mrs. Barrow.

—Sí, pero no sé si es solo eso.

Caroline volvió a mirarse en el espejo. La mujer que le devolvió la mirada era la esposa de Jake Nerby.

Una dama vestida para ir a la modista, con una cuenta abierta a su nombre y una casa que empezaba a tratarla con una delicadeza que aún no sabía cómo aceptar.

Sin embargo, había duda en su interior y su mirada lo reflejaba.

—Tal vez no duerme bien por mi culpa.

Hetty frunció el ceño.

—Milady, no diga eso.