Capítulo 6
J ake regresó a casa cuando la tarde ya había empezado a oscurecerse.
Había una niebla fría pegada a los adoquines, de esa que no caía del cielo ni terminaba de levantarse del suelo.
El cuello del abrigo le rozaba la mandíbula, y los guantes apenas habían logrado impedir que el frío se le instalara en los dedos.
Había pasado demasiadas horas en Bow Street, demasiadas escuchando declaraciones, revisando informes y obligándose a no pensar en una casa de Montagu Square donde, por primera vez en años, alguien lo aguardaba. No esperaba, sin embargo, encontrarla en la biblioteca.
La estancia estaba iluminada por el fuego de la chimenea y varias velas encendidas sobre la mesa auxiliar.
Caroline se hallaba sentada junto al hogar, con un vestido sencillo de tarde, el cabello oscuro recogido sin demasiada ceremonia y una manta ligera sobre el regazo.
Frente a ella, sobre una bandeja de plata, descansaban una tetera, dos tazas y un plato con galletas de mantequilla.
Jake se detuvo en el umbral y Caroline levantó la vista del libro que sostenía abierto entre las manos.
—Has llegado —dijo.
No era una pregunta, tampoco una bienvenida especialmente elaborada. Aun así, algo en el pecho de Jake reaccionó con una incomodidad que prefirió atribuir al frío.
—Eso parece.
Ella dobló la esquina de la página para no perder el lugar y cerró el libro.
—Mrs. Barrow me ha comentado que sueles volver helado cuando pasas muchas horas fuera. Pensé que quizá necesitarías entrar en calor.
Jake miró la bandeja: té caliente y galletas. Y otra butaca vacía frente al fuego. Durante un instante no supo qué hacer. En su vida había habido comida preparada, café servido antes del amanecer, informes ordenados por urgencia y un hogar mantenido con impecable eficacia por Mrs. Barrow.
Pero eso era distinto. No era una obligación doméstica ni una costumbre heredada de la casa. Era Caroline, pensando en él durante la tarde, que había decidido que un hombre que regresaba del frío podía necesitar algo tan sencillo como una taza de té.
—Ha sido considerado por tu parte —manifestó él.
Caroline pareció satisfecha con la respuesta, aunque no sonrió del todo.
—Siéntate antes de que se enfríe.
Jake obedeció, más por sorpresa que por costumbre.
Se quitó los guantes y los dejó junto a la bandeja.
Después se sentó frente a ella, en el sillón que hasta entonces había sido suyo en una habitación que también había sido solo suya.
Caroline le sirvió el té con movimientos tranquilos, sin la precisión afectada de los salones de Retliden House, pero con una gracia natural que evidenciaba su origen noble.
—No sé cómo lo tomas —admitió ella—. Así que no he añadido nada.
—Solo.
—Por supuesto.
Él arqueó apenas una ceja.
—¿Por supuesto?
Caroline empujó la taza hacia él.
—No te imaginaba tomando mucho azúcar.
Jake cogió la taza. Estaba caliente entre sus manos, lo bastante para devolverle sensibilidad a los dedos.
—¿Y eso qué significa?
—Que tienes aspecto de considerar el azúcar una debilidad.
Por primera vez en todo el día, Jake sintió una risa subirle al pecho. Pero no llegó a salir, apenas le rozó la boca.
—No tengo opiniones tan firmes sobre el azúcar.
—Me alegra saber que no todos tus juicios son severos.
—Solo los importantes.
Caroline bajó la mirada a su propia taza; sin embargo, él alcanzó a ver la sombra de una sonrisa.
Durante unos minutos bebieron en silencio.
No fue un momento incómodo, todo lo contrario, y eso lo inquietó.
Los silencios con otros solían llenarse de expectativa, de demandas no pronunciadas, de la necesidad de que dijera algo adecuado.
Con Caroline, en cambio, el silencio parecía encontrar un sitio entre ambos y resultaba reconfortante.
El fuego crepitó en la chimenea. La niebla empañaba los cristales por fuera y volvía borrosas las luces de la calle. Sin embargo, la biblioteca olía a té, mantequilla caliente, papel viejo y humo, el aroma de un hogar.
Jake dejó la taza sobre el plato.
—He pasado por Bond Street esta mañana. —Caroline alzó la vista—. Antes de ir a Bow Street he abierto una cuenta a tu nombre en la modista.
Ella se quedó muy quieta.
—¿En mi modista?
—No sabía cuál era, así que lo pregunté.
Caroline sostuvo la taza entre las manos, pero no bebió.
—¿A quién?
—A alguien que lo sabía.
No añadió que había enviado a Thomas Briggs a averiguarlo con la misma discreción con la que habría averiguado el paradero de un sospechoso. Caroline pareció comprender que no obtendría más detalles y, para sorpresa de Jake, no insistió.
—Es una de las modistas a las que acuden muchas damas de mi círculo —dijo ella despacio—. No esperaba...
Se interrumpió y Jake la observó por encima del borde de su taza.
—¿Qué no esperabas?
Caroline miró el fuego. La luz dorada le rozaba la mejilla y prendía reflejos cálidos en sus ojos coñac.
—Que te tomaras la molestia de saber cuál era.
—Necesitarás vestidos.
—Sí, pero podrías haberme enviado a cualquier sitio.
—Podría haberlo hecho, desde luego.
Él no dijo más, a decir verdad no hacía falta. Caroline bajó la mirada a la bandeja y a Jake le pareció ver que tragaba saliva antes de hablar.
—Gracias.
—No es un regalo.
—Lo sé.
—Es más práctico.
Esta vez ella sí sonrió, apenas.
—Empiezo a comprender que, contigo, eso puede significar muchas cosas.
Jake no supo si eso era un reproche o una ternura; sin embargo, decidió no averiguarlo.
—También he abierto una cuenta en el banco —añadió—. Tendrás acceso a ella mañana. Puedes disponer del dinero para lo que necesites: vestidos, cosas para la casa, el ajuar del bebé o cualquier otra cosa.
Caroline lo miró entonces, no había sorpresa en su mirada color avellana, había algo más silencioso, más profundo. Jake se obligó a mantener una expresión neutral.
—No tendrás que pedirme dinero cada vez que necesites algo.
La frase pareció alcanzar algún lugar delicado de ella. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor de la taza.
—Esto es nuevo para mí. Mis padres controlaban todo.
Jake no dijo nada. Tuvieron que pasar unos segundos para que ella se atreviera a continuar.
—Incluso después de... —Se detuvo, como si no supiera qué nombre darle a todo lo ocurrido—. Incluso después de saber que estaba embarazada, mi madre habló de vestidos que disimularan, de médicos, de viajes al campo. Siempre eran ellos los que decidían, nunca hablaban de lo que yo podría necesitar.
La dureza se instaló en la mandíbula de Jake.
—Esta no es la casa de tus padres.
—No —repuso ella en voz baja—. Empiezo a darme cuenta. Y me gusta.
Hubo otro silencio. Jake encontró en la mirada de Caroline una gratitud que no quería recibir como si hubiese hecho algo extraordinario.
Y no lo era, una esposa debía tener dinero, debía sentirse libre.
Una persona que había decidido arrojarse al río porque todos le habían quitado el control de su vida merecía, al menos, poder comprar una manta para su bebé sin pedir permiso.
—Caroline... —Ella lo miró, en sus ojos se acumulaban las lágrimas—. No tienes que agradecerme que te trate como a una mujer capaz de decidir.
La expresión de Caroline cambió muy poco, pero fue suficiente.
—Quizá no debería tener que agradecerlo —dijo—. Pero eso no significa que no lo valore.
Jake apartó la vista hacia el fuego. Era más fácil mirar las llamas que mirarla a ella, le provocaba un sentimiento al que le daba miedo ponerle nombre. Bebió otro sorbo de té, se había entibiado, pero le supo mejor de lo que esperaba. Cuando terminó, dejó la taza en la bandeja y se puso en pie.
—Tengo que trabajar un poco antes de la cena.
Caroline asintió de inmediato.
—Por supuesto. No quería entretenerte.
—No lo has hecho.
La respuesta salió demasiado rápida, Jake lo notó y Caroline también. Ella bajó la mirada al libro con una suavidad que evidenciaba su complacencia.
—Entonces te dejo.
Él dio un paso hacia el escritorio, después se detuvo. Caroline no se había levantado; seguía en la butaca, junto al fuego, con el libro abierto otra vez sobre el regazo.
—¿Vas a quedarte?
Ella alzó la vista.
—¿Te molesta?
La respuesta correcta habría sido sencilla.
Esa era su biblioteca, su lugar de trabajo y su refugio silencioso desde hacía años.
Nadie permanecía allí mientras él revisaba informes, y menos aún una esposa recién llegada que podía alterar cada costumbre solo con respirar cerca del fuego.
Pero por algún motivo no quería que se fuera.
—No —dijo.
Caroline acarició el borde de una página con el pulgar.
—No hablaré. Solo leeré un rato. La alcoba es agradable, pero aún me resulta... nueva.
Jake entendió lo que no dijo: demasiado nueva, demasiado silenciosa, demasiado solitaria.
—Puedes quedarte.
—Gracias.
Jake fue hasta el escritorio y encendió una vela más. Tomó un expediente, lo abrió y se obligó a leer la primera línea.
Durante un rato solo se oyó el crepitar de la chimenea, el roce ocasional de una página y el rasgueo de su pluma sobre el papel.
Al principio, Jake fue consciente de cada movimiento de Caroline.
Del leve susurro de su falda cuando cambiaba de postura, del tintineo de la taza al apoyarla de nuevo en el plato, de la forma en que el fuego le iluminaba el perfil cuando inclinaba la cabeza para leer.
Después, poco a poco, dejó de sentirse como una interrupción. Su presencia no llenaba de ruido la biblioteca y no invadía el espacio que durante años había pertenecido solo a sus papeles, a sus pensamientos y a los silencios que le resultaban más fáciles que cualquier conversación.
Jake firmó un documento, lo apartó y tomó otro. La pluma se deslizó sobre el papel con más firmeza. Caroline pasó otra página y él alzó la vista sin querer. Ella estaba absorta en la lectura, con la taza medio vacía junto al codo y una galleta olvidada en el plato. Parecía tranquila y relajada.