Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Jake parpadeó, como si regresara de algún lugar muy lejano.

—Déjelo ahí.

Thomas depositó la hoja sobre el escritorio, pero no se marchó.

Jake alzó los ojos.

—¿Algo más?

—No, señor.

La respuesta llegó demasiado rápido para ser cierta.

Jake apoyó la pluma en la escribanía.

—Entonces ¿por qué sigue ahí?

Briggs bajó la mirada un instante hacia el papel intacto en el que Jake llevaba toda la mañana intentando escribir. Luego volvió a mirarlo.

—Pensaba que quizá quisiera saber que no se habla demasiado de ella.

—¿Y quién ha comentado algo de mi esposa?

—Los de siempre. Gente con demasiado tiempo, demasiada curiosidad y muy poca vergüenza. Pero nada peligroso todavía.

—Todavía —repitió Jake—. Siga escuchando y mantenga los ojos bien abiertos.

—Eso hago.

Jake aceptó eso con un leve movimiento de cabeza. Thomas podía ser muchas cosas, pero rara vez dejaba algo a medias.

Sin embargo, el agente se quedó allí de pie y el magistrado jefe entrecerró los ojos.

—Briggs.

—¿Sí, señor?

—Diga lo que tenga que decir.

Thomas se atusó el cabello rubio con una incomodidad que en otro hombre habría parecido torpeza. En él solo era prudencia.

—No es asunto mío.

—Entonces no lo diga.

—Sí, señor.

Hubo una pausa. Jake tomó un informe, leyó dos líneas y supo que Thomas seguía sin moverse.

—Por amor de Dios, Briggs.

El agente soltó el aire por la nariz.

—Solo iba a decir que parece cansado.

Jake lo miró sin expresión.

—Todos estamos cansados.

—No de esa manera.

Jake dejó el informe sobre la mesa con demasiada calma.

—Tenga cuidado.

El agente no retrocedió, tampoco sonrió.

—Siempre lo tengo.

—No lo suficiente, por lo visto.

—Tal vez no.

Jake sostuvo su mirada. Thomas tenía esa irritante honradez de los hombres que no buscaban herir, pero tampoco sabían fingir ignorancia cuando habían visto algo claro.

—La dama está bajo mi protección —dijo Jake—. Por eso me casé con ella.

—Lo sé.

—No saque otras conclusiones.

Thomas inclinó apenas la cabeza.

—No he dicho lo contrario.

Jake volvió a tomar la pluma.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No exactamente.

La pluma se detuvo otra vez. Thomas se aclaró la garganta, no temía hablar, de hecho era algo que nunca le había dado miedo. Sin embargo, en esa ocasión parecía que estaba escogiendo palabras con más cuidado del habitual.

—Usted protege a mucha gente, señor, lo ha hecho siempre. A veces porque la ley lo exige y a veces porque nadie más se molesta en hacerlo. Pero no suele quedarse mirando un papel en blanco media mañana por ninguno de ellos.

—Usted parece no querer entender.

Y se puso a leer el informe.

—De camino a Bow Street, me he cruzado con Mrs. Barrow cerca de Oxford Market —explicó Thomas—. Iba con una cesta en el brazo y cara de preocupación. No he podido evitar preguntarle y me ha dicho que usted está cambiando y no sabe si es para su bien o no.

Esta vez Jake levantó la mirada de golpe. Thomas tuvo la inteligencia de no parecer satisfecho por haber acertado.

—Nell habla demasiado —increpó Jake.

—Mrs. Barrow nunca habla de más, y cuando una mujer que no habla dice una frase completa, uno debe escucharla.

Jake se reclinó en la silla.

—¿Le ha dicho algo más?

—Que tuviera cuidado con interrumpirlo esta mañana, porque usted venía con cara de haber dejado algo importante en casa.

Jake apretó la mandíbula. Thomas miró hacia la ventana, dándole una salida que Jake no pidió y quizá no merecía.

—No se preocupe, no voy a preguntarle nada sobre su esposa. Al menos hoy no.

—Sabia decisión.

—Pero sí le diré una cosa.

Jake entrecerró los ojos un instante.

—Me temo que va a hacerlo, aunque le ordene lo contrario.

—Cierto.

—Adelante, entonces. Acabemos con esto.

Thomas volvió a mirarlo.

—Tarde o temprano encontraremos al malnacido que engañó a su esposa. Usted siempre ha cumplido la ley, señor. La pregunta es si la cumplirá también entonces... o si decidirá cobrársela por su cuenta.

Jake no se movió.

—No lo sé.

Thomas guardó silencio. Jake odiaba ese mutismo, pero odiaba, sobre todo, que no necesitara palabras para dar una respuesta.

Al final, Thomas dijo:

—Entonces empiece a pensarlo.

Jake no replicó. Caroline era su esposa, llevaba su apellido y estaba embarazada. Protegerla no era sentimental, era lógico, práctico y necesario. Porque había un hombre en alguna parte de Londres que podía causarle daño. Y cuando diera con él se aseguraría de que no la lastimara nunca más.

Entonces recordó a Caroline esa mañana. El suspiro leve, y su sonrisa al sentir la calidez de la manta sobre sus hombros. Esa confianza absoluta de una mujer dormida en una casa que apenas conocía.

Thomas recogió el sombrero, llegó hasta la puerta, pero se detuvo antes de abrirla.

—Señor.

—Qué.

—Si la dama le importa, no hay crimen en ello.

Jake clavó sus ojos en los de Thomas, este sostuvo su mirada con esa calma suya, sencilla y obstinada.

—Solo complica las cosas —añadió el agente.

Jake bajó los ojos hacia el informe.

—Vuelva al trabajo, Briggs.

—Sí, señor.

La puerta se cerró. Jake permaneció inmóvil unos segundos, aún su mente estaba en la alcoba de su esposa. Después se obligó a trabajar.