Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Nadie tuvo que explicarle que el ama de llaves se había molestado en averiguar sus gustos.

Quizá lo había deducido de algún comentario o lo había preguntado a la servidumbre de Retliden House.

De lo que estaba segura era de que Mrs. Barrow tenía esa rara habilidad de cuidar a las personas sin permitir que pareciera ternura.

Comprendió que esa era la bienvenida más amable que había recibido en mucho tiempo.

Miró el desayuno dispuesto con esmero, la mesa demasiado correcta, demasiado silenciosa para una sola persona.

—Mrs. Barrow...

—¿Milady?

—No quisiera cambiar las costumbres de la casa más de lo necesario.

El ama de llaves la miró con cautela.

—Ya le dije que las costumbres de una casa cambian cuando entra una esposa.

—Tal vez —admitió Caroline—. Pero no todas tienen que cambiar de inmediato. Si Jake desayuna en la cocina, me gustaría hacerlo allí también. Al menos cuando no haya invitados.

Caroline no advirtió ningún signo en el rostro que significara desaprobación; aun así, tenía el ceño arrugado.

—Milady, la cocina no es un lugar pensado para una dama.

—Entonces quizá sea hora de que esta dama se adapte a su nueva vida como esposa de Jake.

Nell la observó durante un largo segundo.

—El señor Nerby desayuna allí porque se levanta antes de que el comedor esté dispuesto.

—Y porque le resulta cómodo —mencionó Caroline con suavidad—. No quiero que prepare dos casas dentro de una sola, Mrs. Barrow. Una para él y otra para mí.

El ama de llaves, con gestos decididos, tomó la tetera y la bandeja con una decisión seca.

—Entonces terminaremos el desayuno abajo, milady. Pero si se enfría el té, no aceptaré quejas.

Caroline se levantó con una sonrisa pequeña. No podía decirse que fuera una victoria. Sin embargo, con Mrs. Barrow sospechaba que las victorias serían siempre muy discretas. Pero por algo se comenzaba.

***

La oficina de Bow Street estaba fría esa mañana.

El fuego de la chimenea ardía con desgana, era incapaz de eliminar del todo la humedad que prendía en los cristales.

Sobre el escritorio de Jake se amontonaban varios legajos y cartas sin responder.

A pesar de que la puerta permanecía cerrada, llegaban voces y pasos apresurados; y también, de tanto en tanto, se escuchaba el rodar de algún vehículo sobre los adoquines.

Dentro, solo se oía el rasgueo de su pluma.

Jake llevaba varios minutos mirando el mismo informe sin leerlo, y no era propio de él.

Había salido de casa antes de que el reloj del hall marcara las siete.

Mrs. Barrow ya estaba despierta, por supuesto; esa mujer parecía dormir por obligación y se levantaba temprano por una cuestión de principios.

Nell le había servido café, no té, porque él no tenía paciencia para las delicadezas antes de Bow Street.

Lo tomó de pie, junto a la mesa de la cocina, oscuro, amargo y demasiado caliente.

Entre sorbo y sorbo le había preguntado si su esposa seguía durmiendo.

Descansaba, le había dicho ella. Él debería haberse conformado con la respuesta.

Pero en lugar de hacerlo, había subido las escaleras antes de marcharse.

La puerta de la alcoba de Caroline estaba entornada.

No lo bastante para invitar a nadie a entrar, pero sí para que la luz gris de la mañana se filtrara desde el pasillo.

Jake había permanecido un momento inmóvil, con la mano sobre el picaporte, diciéndose que no tenía ningún motivo para mirar.

Sin embargo, no se había podido resistir y abrió un poco más la batiente.

Caroline dormía de lado, hundida en el gran lecho.

El sueño parecía haberla alcanzado de verdad, profundo y tranquilo, después de demasiados días en guardia.

El cabello oscuro se le había soltado en parte sobre la almohada, y una mano descansaba cerca del rostro, con los dedos ligeramente curvados.

Sin la compostura impecable, sin la sonrisa educada ni la rigidez que empleaba para sostenerse delante del mundo, parecía más joven, más inocente, más hermosa, de una forma que lo instaba a protegerla.

Jake entró sin hacer ruido. Las llamas de la chimenea se habían extinguido del todo. Se acercó a ella, y tuvo la necesidad de tocar su cabello y la línea de la mejilla vuelta hacia la almohada. Negó con la cabeza, y se limitó a tomar la manta y subirla con cuidado hasta cubrirle los hombros.

Caroline no se despertó, pero suspiró. Fue un sonido pequeño y reconfortarte, y se arrulló en la manta. Hasta distinguió una ligera sonrisa en su boca, que le cerró algo dentro del pecho.

Él se dio la vuelta despacio. Abandonar esa habitación le requirió más disciplina que enfrentarse a un hombre armado. Entornó la puerta con la misma suavidad con que la había abierto y bajó a la calle sin mirar atrás.

Ahora estaba en Bow Street, con un informe delante y un papel en blanco para escribir una carta, pero la imagen de Caroline dormida ocupaba su mente.

Ella era su esposa y tal pensamiento lo golpeó con una fuerza incómoda, no porque se arrepintiera, de veras que no lo hacía, sino porque, por primera vez desde que había tomado esa decisión, comprendió que el matrimonio no iba a ser solo una solución práctica para salvar a una mujer desesperada.

Caroline vivía en su casa, bajo su protección, y dormía al otro lado de la pared. Tan cerca, demasiado cerca...

La respiración de Jake se atascó, no sabía qué hacer con esa certeza que le aceleraba el pulso.

Entonces, la puerta se abrió.

—Señor.

Jake no levantó la vista de inmediato.

—Hola, Briggs.

Thomas Briggs entró con el sombrero en la mano y cerró tras de sí. Dio dos pasos antes de detenerse. Jake seguía sentado, la pluma inmóvil entre los dedos, la mirada fija en un punto del papel blanco.

El agente lo observó en silencio.

—Traigo lo que pidió sobre los comentarios en los salones —mencionó.