Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 5
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Capítulo 5

L a lluvia empezó poco después de la cena con una persistencia tranquila, e inundaba de sombras húmedas las calles de Londres.

Cuando Caroline subió a la alcoba que le habían preparado, el agua resbalaba por los cristales en hilos temblorosos, y el sonido contra el alféizar llenaba el silencio con una calma extraña.

La alcoba de Jake estaba junto a la suya, separada apenas por una pared y una puerta interior que permanecía cerrada.

Caroline se quedó mirando la batiente durante unos segundos.

Una de sus condiciones había sido dormir en habitaciones separadas; aun así, sabía que el matrimonio le concedía a él ciertos derechos que ella todavía no estaba preparada para afrontar.

De momento, Jake no había mencionado nada.

Tampoco había insinuado, tanteado ni reclamado sus derechos.

Se había limitado a darle espacio para que se acostumbrara a su presencia, a su casa, a la nueva realidad de llevar su apellido.

Y, sin embargo, no se sentía amenazada. Esa cercanía que en otro hombre quizá la habría llenado de temor con él le proporcionaba una calma extraña.

Jake estaba al otro lado de la pared, lo bastante cerca para acudir si lo necesitaba y lo bastante lejos para no invadirla.

No estaba sola en una casa desconocida, menos aún atrapada.

Por primera vez en mucho tiempo, la diferencia le pareció importante.

La habitación no era tan amplia como su dormitorio en Retliden House, desde luego. Estaba segura de que su madre, que siempre había insistido en la elegancia de los espacios, no la habría aprobado. No obstante, la sentía acogedora; para ella era suficiente, y eso le arrancó una suave sonrisa.

El lecho, grande y sólido, ocupaba el centro de la pared principal.

Tenía cortinas de un tono crema oscuro y ofrecía, pese a su tamaño imponente, un refugio cálido.

Frente a la chimenea encendida había una butaca tapizada en verde apagado y, junto a ella, un sillón más ancho de líneas sobrias, colocado con naturalidad frente al fuego.

Caroline los miró un instante y pensó con sorpresa que, quizá, ese rincón acabaría siendo su favorito.

Se imaginó sentada allí leyendo un libro, con una taza de té humeante sobre la mesita redonda dispuesta entre ambos asientos y la tranquilidad de saber que su madre no irrumpiría para recordarle ninguna obligación.

Había dos ventanas altas, veladas por cortinas pesadas, un escritorio de madera oscura situado cerca de una de ellas, con una escribanía, un pequeño tintero y papel bien ordenado.

No era un escritorio ornamental, sino uno hecho para usarse: con cajones estrechos, tiradores de latón y una superficie marcada aquí y allá por años de plumas, cartas y decisiones domésticas.

Junto a la pared descansaba un armario de caoba, lo bastante grande para contener sus vestidos de uso diario, y una cómoda con espejo inclinado donde Mrs. Barrow había dispuesto una jofaina, una jarra de agua limpia, un peine y varias toallas dobladas con precisión.

No había un vestidor dedicado a guardar sedas, sombreros y caprichos.

Jake no vivía en una mansión, y esa casa no fingía ser lo que no era.

Y Caroline descubrió que eso le gustaba.

Mrs. Barrow entró y avanzó hacia la chimenea para remover las brasas. Lo hizo con la misma eficacia con la que parecía hacer todo: sin ruido innecesario, sin vacilación y sin ninguna intención de estar más tiempo del indispensable.

—He dejado una bata junto a la cama, milady —mencionó—. Y agua caliente suficiente para lavarse antes de dormir.

—Gracias, Mrs. Barrow.

El ama de llaves asintió apenas y se acercó para ayudarla con los botones del vestido.

Sus manos eran firmes, enrojecidas por el trabajo, muy distintas a las de Hetty.

No tenían la suavidad de las de su doncella, a la que se había acostumbrado, pero sí una seguridad que Caroline encontró, de algún modo, reconfortante.

Durante unos minutos solo se oyó la lluvia, el crepitar del fuego y el roce de la tela al deslizarse por sus hombros.

—Mrs. Barrow... —empezó a decir Caroline con cautela.

Los dedos del ama de llaves no se detuvieron.

—Sí, milady.

—Jake me ha dicho que puedo contratar a un par de criados más, si lo considero necesario.

Esta vez, los dedos de Nell se quedaron inmóviles apenas un instante, fue un gesto mínimo. Cualquier otra persona lo habría pasado por alto, pero Caroline estaba aprendiendo que Mrs. Barrow decía mucho en esos silencios pequeños.

—El señor Nerby solo piensa en su bienestar, como debe ser —respondió el ama de llaves.

Caroline miró su reflejo en el espejo inclinado de la cómoda. El vestido de novia ya estaba desabrochado en la espalda.

—No deseo alterar la casa sin hablarlo antes con usted —declaró—. Sé que todo aquí funciona porque usted lo sostiene.

Nell levantó la vista hacia ella en el espejo. La boca se le apretó, aunque esta vez no pareció desaprobación. Más bien el esfuerzo de no mostrar que esas palabras le habían importado.

—Una casa cambia cuando entra una esposa —repuso—. Más aún si esa esposa es una dama acostumbrada a doncella propia.

—No necesito lujos —se apresuró a decir—. Pero sí necesitaré ayuda. Y no quiero cargarla a usted con tareas que no le corresponden.

Nell guardó silencio unos segundos. Luego tomó el cepillo del tocador y lo dejó exactamente paralelo al borde de la cómoda.

—Entonces necesitará una doncella —sentenció—. Una muchacha discreta, limpia y que sepa cerrar la boca.

Caroline pensó en Hetty. En sus ojos llenos de lágrimas sin derramar. En la forma en que le había preguntado si Jake era buen hombre.

—Conozco a alguien así.

Nell volvió a mirarla en el espejo.

—¿De Retliden House?

—Sí, se llama Hetty, ha sido mi doncella durante años.

El ama de llaves no sonrió. Nell Barrow no parecía una mujer dada a sonreír cuando podía limitarse a decidir.

—La entrevistaré antes de que entre en esta casa —puntualizó—. Si sirve, se queda; y si no sirve, se lo diré.

Caroline inclinó la cabeza, aceptando no solo la condición, sino la autoridad que había detrás.

—Me parece justo.

Solo ahí la mirada de Nell se suavizó apenas.

—Entonces quizá nos entendamos, milady.

Caroline sintió que algo dentro de ella cedió. No era una bienvenida calurosa, ni una promesa de afecto ni una de esas cortesías pulidas que en Retliden House solían ocultar una advertencia. Era mejor que eso: era el principio de una buena relación.

—Hetty vendrá para atenderme a mí, si usted la considera adecuada —confirmó Caroline—. Pero la casa necesitará otra persona. Alguien que la ayude a usted, no que la estorbe. Preferiría que la escogiera usted, Mrs. Barrow, pues conoce este lugar mejor que nadie.

La boca del ama de llaves se apretó de nuevo. Caroline empezaba a conocerla a través de esos gestos, podía significar desaprobación, sorpresa o algo parecido a la emoción, como en ese instante.

—No escogeré a nadie inútil, milady.

—Eso esperaba.

Nell la miró en el espejo, y en esta ocasión sus ojos castaños parecieron medirla de otra manera.

El gesto era mínimo, apenas un cambio en la dureza de la mirada, pero Caroline lo entendió.

Mrs. Barrow acababa de concederle algo que sus propios padres le habían negado con demasiada facilidad: un poco de confianza.

La lluvia siguió golpeando los cristales, fina y constante.

La chimenea arrojó una luz dorada sobre la butaca verde, el escritorio oscuro y el enorme lecho.

Caroline pensó, mientras Mrs. Barrow le alcanzaba la bata, que las casas no se volvían hogar de golpe.

Quizá empezaban así: con una habitación cálida, una mujer severa que no mentía y una certeza nueva de que, al otro lado de la puerta, había un hombre que tampoco fingía.

Pero de algo sí estaba segura: empezaba a gustarle su nueva vida, y solo eso la hacía más feliz de lo que había sido en mucho tiempo.

***

Al día siguiente, cuando Caroline bajó, encontró el desayuno servido en el comedor, no en la cocina.

Se sorprendió al entrar. La estancia no era pequeña, pero tampoco pretendía competir con los salones en los que ella había crecido.

La mesa de caoba conservaba marcas muy leves en la superficie, casi invisibles bajo el brillo de la cera, y las sillas estaban colocadas con una precisión tranquila.

Había plata, buena porcelana y cristal, pero nada parecía elegido para exhibirse.

Dos ventanas altas, vestidas con cortinas de un verde profundo, daban a la parte posterior de la casa.

Caroline miró a través de los cristales.

La lluvia de la noche anterior había oscurecido las piedras del patio, y una niebla baja se enredaba entre los muros y suavizaba los contornos de las hojas amarillas caídas junto a la verja.

No llovía, pero la mañana conservaba una humedad fría, otoñal, que hacía más acogedor el comedor iluminado por el fuego.

Caroline se percató de que solo había un servicio dispuesto en la mesa.

—¿Y mi esposo? ¿No desayuna?

—El señor Nerby se ha levantado temprano y ha desayunado en la cocina antes de irse a Bow Street.

Caroline no pudo ocultar del todo su decepción. Le habría gustado desayunar con él, aunque no entendía por qué le importaba tanto. Tal vez porque era su primera mañana como esposa. Después de todo lo ocurrido, la ausencia de Jake abría demasiado espacio a la duda. ¿Acaso se habría arrepentido ya?

Mrs. Barrow pareció advertirlo.

—Milady, el señor siempre tiene mucho trabajo y suele marcharse temprano, cuando Londres aún duerme. Demasiado temprano, si quiere mi opinión.

Caroline le agradeció la explicación con una sonrisa.

Después se sentó, y Nell le sirvió el desayuno sin necesidad de que nadie se lo pidiera: tostadas, mantequilla, té, huevos revueltos, salchichas, fruta fresca y mermelada de naranja.

Caroline se quedó mirando la mesa un instante: era su desayuno preferido.