Capítulo 4 #2
Luego, Caroline subió a su alcoba para recoger la bolsa con lo imprescindible.
Al día siguiente, un par de lacayos llevaría a Montagu Square un baúl con el resto de sus pertenencias: vestidos, libros, algunas cartas y todos esos objetos que, vistos de pronto como equipaje, parecían pertenecer a una vida ajena.
Encontró a Hetty junto al lecho con dosel, cerrando la bolsa con manos apresuradas.
Su doncella era una joven menuda, de cabello castaño recogido sin demasiada ceremonia y ojos pardos que siempre habían visto más de lo conveniente.
Ella ya le advirtió sobre Rupert, pero no le hizo caso.
Tenía veintidós años, como Caroline, y había crecido en las cocinas de Retliden House, donde su madre trabajaba como cocinera.
Entre ellas había existido siempre una confianza difícil de nombrar, hecha de gestos pequeños, silencios compartidos y una lealtad que ninguna de las dos habría sabido explicar sin recordar primero que pertenecían a mundos distintos.
Hetty se volvió al oírla entrar.
—¿Está bien, milady?
Lo preguntó en voz baja, no con la prudencia de una criada, sino con la preocupación de alguien que ya sabía que la respuesta no podía ser del todo cierta.
Caroline le brindó una sonrisa.
—Estoy bien.
Se acercó y le tomó las manos. Fue entonces cuando vio las lágrimas que Hetty se esforzaba por no derramar.
—No te preocupes —añadió con suavidad—. Estoy segura de que todo saldrá bien.
Hetty apretó los labios.
—¿Es buen hombre?
Caroline pensó en Jake sacándola del río.
En la manera en que había procurado no tocarla más de lo necesario, incluso cuando la sostenía para que no cayera.
Pensó en su propuesta, en su entereza frente a sus padres, en esa forma seca y definitiva de defender lo que ya había decidido proteger.
Y, sobre todo, pensó en la frase que había pronunciado sin vacilar: «El bebé llevará mi apellido —sentenció— y punto. No hay condiciones sobre eso».
Algo cálido, frágil y nuevo le acarició el pecho.
—Es un hombre distinto —confesó—. Bueno y comprensivo, aunque quizá él no sepa que lo es.
Hetty bajó la mirada, y su voz salió un poco rota.
—Solo espero que sea feliz en su nueva vida, milady. Ha sido un placer servirla todos estos años.
—Oh, Hetty, esto no es una despedida.
Caroline le soltó una mano para apartarle con delicadeza un pliegue torcido del delantal, un gesto absurdo y tierno que hizo temblar más la boca de la doncella.
—De hecho, Jake me ha dado libertad para contratar a mi propio personal. No puedo asegurarte nada todavía, porque primero quiero hablar con su ama de llaves, pero...
Los ojos de Hetty se iluminaron antes de que Caroline terminara la frase.
—Esperaré sus noticias, milady.
Un lacayo llamó a la puerta y entró para recoger la bolsa, Caroline dejó que se la llevara.
Durante un instante, permaneció inmóvil en medio de la alcoba.
Miró el lecho con dosel, las cortinas claras, el tocador, el espejo ante el que tantas veces se había dejado vestir para complacer a otros.
En esa alcoba había transcurrido su infancia, su obediencia y todas las versiones de sí misma que le habían enseñado a representar.
Sin embargo, mientras recorría los pasillos y bajaba la escalinata de Retliden House, comprendió algo con una serenidad que la sorprendió: no iba a echar de menos ese hogar. Quizá porque hacía mucho tiempo había dejado de sentirse suyo.
Jake ya estaba dentro del carruaje. Miraba por la ventana con esa expresión suya cerrada y atenta, la de un hombre que parecía haber aprendido a sobrevivir viendo demasiado y hablando solo lo necesario. Cuando la vio, algo en su rostro se suavizó apenas.
Se movió de inmediato y le tendió la mano para ayudarla a subir. Caroline posó sus dedos en los de él y, al sentarse a su lado, su esposo no dijo nada durante el primer tramo del trayecto. Ella empezaba a comprender que esa era su forma de dejarle espacio.
—Ha sido más llevadero de lo que esperaba —dijo él al cabo de un rato.
—¿El almuerzo?
—La mañana entera.
Caroline lo miró.
—¿Qué esperabas, en realidad?
—Algo peor —confesó Jake—. Tu madre tiene un talento considerable para hacer que las cosas parezcan lo que no son.
—Lo lleva practicando desde que yo tengo memoria.
Jake asintió y miró de nuevo por la ventana.
Las calles de Londres estaban concurridas de vehículos y transeúntes.
La vida seguía con su ruido habitual, indiferente a que dos personas dentro de un carruaje acabaran de cambiar sus destinos de una forma que ninguno de los dos había planeado.
La jornada, que había empezado soleada, comenzaba a estropearse bajo unas nubes densas, cargadas de lluvia.
—Hay jamón y queso en casa —mencionó Jake—. Y no hay que hablar con nadie.
Caroline sintió algo que tardó un momento en identificar como alivio .
—Eso —dijo— suena perfecto.
Jake no sonrió. Pero algo en su cara se aflojó con suavidad, como una tensión que hubiera estado sosteniendo sin saberlo y que acababa de soltar.
El carruaje siguió. Londres siguió.
Y Caroline, que esa mañana se había convertido en Caroline Nerby, miró sus propias manos en el regazo y pensó que, tal vez, algunos comienzos no necesitaban promesas hermosas para ser buenos.
A veces bastaba con una verdad sencilla, una casa en silencio y un hombre que no fingía ser distinto de lo que era.