Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 4
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Capítulo 4

L a boda se celebró nueve días después, un martes soleado por la mañana, en la iglesia de St. George en Hanover Square, porque era la iglesia de la familia y porque Cecily insistió en que, al menos, eso fuera como correspondía.

Fue una ceremonia pequeña: veinte personas, los testigos imprescindibles y ninguno de los despliegues habituales en los acontecimientos de los Retliden.

Reginald la describió como una boda íntima, celebrada por expreso deseo de los novios.

Londres aceptó la explicación con mucha facilidad y los duques se sintieron satisfechos.

Al fin y al cabo, la sociedad prefería los escándalos con sangre fresca, lágrimas públicas y amantes sorprendidos tras una puerta mal cerrada.

Una boda discreta entre la hija de un duque y un magistrado resultaba inusual, sí, pero no lo bastante indecorosa mientras todos fingieran creer la misma versión.

Además, la buena fama de Jake hacía más creíble el enlace.

Y mientras nadie pronunciara en voz alta las preguntas correctas, el escándalo podía seguir disfrazado de prudencia.

Caroline agradeció esa mentira más de lo que habría querido admitir.

La novia llevaba un vestido de seda color marfil que Cecily había elegido y que era el tipo de traje que una madre de la nobleza preferiría: perfecto e impecable, diferente con respecto a lo que Caroline hubiera escogido.

Pero dadas las circunstancias prefirió guardar silencio y lo llevó sin comentar nada.

Había decidido reservar su energía para las batallas que importaban.

En cambio, Jake vestía con sobriedad, cada prenda cumplía su función.

Llevaba una casaca negra de excelente paño, chaleco claro y una corbata de lino blanco anudada con una precisión casi austera.

Caroline lo vio al salir del carruaje, no parecía un novio aristocrático; parecía un hombre que había acudido a cumplir una promesa.

Era él, sin adornos y sin disfraces, con la firmeza tranquila de una persona que no pedía permiso para ocupar el lugar que había decidido ocupar.

Y ella, que había sido engañada por todo un caballero demasiado hábil en parecer lo que no era, sintió una extraña satisfacción al verlo así.

Por alguna razón le pareció el hombre más elegante que había visto nunca.

Porque Jake no fingía refinamiento, ni dulzura ni una elegancia prestada.

No se traicionaba para complacer a nadie, y esa verdad sencilla le pareció más valiosa que cualquier juramento.

Estaba segura de que jamás la traicionaría.

La ceremonia fue rápida. El vicario, que ya había oficializado numerosos matrimonios, recitó las palabras con agilidad. Jake respondió con voz clara y sin vacilación. Caroline también, aunque su voz le salió más baja de lo que pretendía.

Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, Jake la miró. Fue una mirada breve, directa, sin ninguna de las afectaciones que Caroline habría esperado en ese momento. Sus ojos turquesa claro no eran los de un hombre enamorado, pero tampoco eran los de un hombre realizando una transacción.

Jake, por su parte, intentó mantener una serenidad razonable.

No era alguien que se sorprendiera con facilidad.

Había visto demasiadas cosas en demasiados lugares como para dejarse desarmar por una cara bonita.

Y, aun así, tuvo que admitir que Caroline lo había desbaratado un poco.

Llevaba el cabello oscuro recogido con una elegancia minuciosa, sujeto bajo una tiara discreta, mientras algunos tirabuzones escapaban junto a las sienes y suavizaban la línea delicada de sus pómulos.

Era hermosa, desde luego; de una belleza educada para no llamar la atención más de lo debido y que, por eso, resultaba imposible de ignorar.

Sin embargo, no fue eso lo que más lo alcanzó.

Fue el brillo nuevo en sus ojos avellana.

Una esperanza cautelosa, todavía frágil pero viva.

Jake advirtió en ella cierta complacencia al mirarlo, una satisfacción silenciosa por casarse con él.

No quiso profundizar en ese pensamiento.

No todavía. Porque Caroline no lo había elegido por deseo, ni por amor ni por ninguna de esas razones que convertían una boda en una promesa feliz.

Se casaba con él porque era la única puerta que seguía abierta.

Y, aun así, descubrirla mirarlo de ese modo le produjo una inquietud que prefirió no analizar.

Después hubo un almuerzo en Retliden House con los veinte invitados. Cecily dirigía la conversación con su eficiencia habitual, y Reginald fue cortés con Jake, no podía hacer otra cosa. Desde luego que no lo hubiese elegido como yerno, pero había resuelto un problema delicado.

El magistrado respondía con monosílabos cuando podía y con frases cortas cuando no le quedaba más remedio.

Caroline, desde el otro extremo de la mesa, lo observaba moverse en su mundo con una incomodidad que apenas intentaba disimular.

Sabía que lo detestaba: lo veía en la rigidez de sus hombros, en la economía de sus gestos, en la forma en que toleraba cada conversación.

Y, sin embargo, estaba allí y soportaba una obligación desagradable por ella. Eso lo decía todo.

Cuando los asistentes se levantaron de la mesa, encontraron un instante de relativa intimidad junto a una de las ventanas, lejos de las voces, de las sonrisas medidas y de las miradas que aún intentaban decidir qué clase de historia debían contar sobre ellos.

Se miraron unos segundos.

—Gracias... —susurró Caroline.

Jake frunció apenas el ceño.

—¿Por qué?

—Por todo esto.

—Nadie me ha obligado a dar este paso —respondió él—. Estoy aquí porque he querido.

Ella entrelazó las manos delante de sí, necesitaba poner en orden una pregunta antes de dejarla salir.

—Jake..., ¿te importa que te llame por tu nombre? Yo preferiría que tú me llamaras por el mío. Al fin y al cabo, estamos casados.

Durante un segundo, él pareció considerar su petición con la misma gravedad con la que habría valorado una declaración ante un tribunal.

—De acuerdo —aceptó—. Me parece bien.

Caroline le sonrió y algo se movió en las entrañas de Jake. Era una sensación breve y honda, demasiado agradable para no prestarle atención. Aun así, se obligó a recuperar la compostura.

—Solo espero que no termines arrepintiéndote —manifestó ella en voz baja—. Aunque si en algún momento quieres romper el acuerdo, yo...

—No —la cortó él.

La mirada de Jake descendió un instante hacia su vientre y luego volvió a su rostro.

—No lo haré si tú no lo haces.

Caroline parpadeó.

—¿Por qué tendría que arrepentirme?

Él miró alrededor. Los salones de Retliden House conservaban su perfección habitual: las molduras impecables, los retratos familiares, el brillo discreto de la plata, las voces educadas de quienes jamás decían nada sin calcular antes el daño o la ventaja.

—Quizá eches de menos esta vida.

Caroline siguió la dirección de su mirada. Vio a sus padres conversando con otro matrimonio, serenos, irreprochables, sin importarles que apenas hacía unas horas habían entregado a su hija a un desconocido para salvar el apellido.

No supo qué la empujó a hacerlo. Tal vez rabia. Tal vez cansancio. Tal vez una necesidad absurda de demostrarse a sí misma que hablaba en serio. Tomó la mano de Jake y entrelazó los dedos con los suyos.

Él se quedó inmóvil. La calidez de Caroline penetró en él con una intensidad inesperada.

Era solo una mano, solo un gesto breve en medio de un salón lleno de gente, pero Jake recibió esa confianza pequeña como una bocanada de aire fresco, que alivió la tensión de sus músculos por estar en un lugar que le apretaba los pulmones.

—No echaré esta vida de menos —mencionó ella—. Te dije que lucharía por mi hijo, y lo mantengo. Regresar aquí sería reconocer que he fracasado como madre, como esposa, como mujer.

Solo entonces Caroline pareció darse cuenta de que le había tomado la mano a su esposo.

La apartó con rapidez, y el color le subió apenas a las mejillas.

No entendía por qué había hecho tal cosa.

Y, sin embargo, por extraño que resultara, tenía la sensación de conocer mejor a su esposo que a sus propios padres.

Quizá porque Jake no fingía, en él no había sonrisas destinadas a ocultar una sentencia ni palabras dulces preparadas para negar una crueldad.

Sus padres llevaban toda la vida interpretando un papel tan perfecto que Caroline ya no sabía dónde terminaba la cortesía y dónde empezaban ellos.

Jake cerró el puño al sentirse privado de su mano. Le había gustado el gesto. Demasiado. Sin embargo, lo atribuyó a los nervios de la recién casada, porque cualquier otra explicación exigía mirar demasiado de cerca algo que todavía no tenía derecho a reclamar.

—Caroline —dijo al cabo de un momento—, hay algo de lo que no hemos hablado. Puedes contratar a un par de criados para que te ayuden en tu nueva vida.

Ella levantó la vista.

—Mrs. Barrow debe de estar acostumbrada a hacer las cosas a su manera. No pretendo cambiar la dinámica de la casa nada más llegar.

Jake negó con la cabeza.

—Ahora eres mi esposa, la señora de la casa. Los asuntos domésticos serán de tu incumbencia.

Caroline no logró impedir que la satisfacción le suavizara los rasgos. No era solo permiso, sino la confianza que estaba depositando en ella sin apenas conocerla. Le concedía un espacio propio y una autoridad que no llegaba envuelta en reproche ni vigilada por la sonrisa perfecta de su madre.

—Está bien —mencionó—. Pero antes de tomar una decisión hablaré con tu ama de llaves.

La boca de Jake se curvó apenas.

—Buena elección.

—¿Temes a Mrs. Barrow?

—Mrs. Barrow es difícil de impresionar.

Caroline bajó la mirada para ocultar una sonrisa. Y por primera vez desde que habían salido de la iglesia, la palabra «esposo» dejó de sonarle a solución desesperada.