Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Jake apoyó ambas manos sobre la mesa: grandes, ásperas, demasiado marcadas para el puesto que ocupaba.

Eran la prueba de que en el pasado había corrido sin desfallecer por callejones, forzado puertas, sujetado criminales contra adoquines húmedos y desenterrado verdades que otros habían intentado mantener ocultas hasta podrirse.

—No saque conclusiones apresuradas —comentó Jake.

—Entonces dígame lo que puedo saber.

Jake sostuvo su mirada un momento. Thomas no era curioso por crueldad ni por entretenimiento. Si preguntaba era porque ya estaba pensando en cómo ayudar, pero Jake no quería contar más de lo necesario.

—Lady Caroline Retliden necesita protección. Su familia ha aceptado el matrimonio.

—Y el hombre responsable de que la dama necesite protección ¿qué piensa hacer al respecto?

La pregunta espesó el ambiente.

Jake no apartó la vista. Lo cierto era que quería saber quién había engañado a Caroline con una violencia fría, precisa, clara. De hecho lo tenía marcado en sus facciones, que apenas se tensaron, pero lo suficiente para que Thomas lo viera.

—No hará nada —aseguró.

La dureza se reflejó en cada sílaba.

—Dígame su nombre —pidió Thomas entre dientes.

Jake supo entonces que no era el único que deseaba encontrar al hombre que la había arrastrado hasta el río y hacerle lamentar cada paso.

—No se lo voy a dar.

Thomas asintió despacio, aceptando el límite. No era sumisión, sino respeto.

Jake tomó otra carpeta, la abrió sin leerla y volvió a cerrarla de inmediato. Alzó la cabeza y miró al agente.

—Lo cierto es que no sé su nombre. Y no pienso obligarla a confesarme quién la engañó.

—Puedo ayudarle a averiguarlo —sugirió Thomas, enderezando la espalda.

Jake no respondió enseguida. En el fondo, reconocía que no era mala idea. Su deber era proteger a su futura esposa, y no podía permitir que el hombre que la había lastimado volviera a acercarse a ella.

—Durante los próximos días habrá comentarios —repuso—. Quiero saber quién habla, quién pregunta y quién muestra más interés del razonable.

—Eso puedo hacerlo.

—Pero sin acercarse a lady Caroline Retliden.

Thomas alzó las cejas, tan rubias como su cabello.

—No pensaba asustar a la muchacha, señor.

—Ella no se asusta con facilidad. Ha decidido luchar.

Jake se dio cuenta demasiado tarde de que había respondido con excesiva rapidez. Thomas también lo notó, por supuesto. Su cara honrada no cambió, pero sus ojos oscuros sí; apenas lo suficiente para dejar claro que había registrado el dato.

—Está bien —comentó el agente—. No me acercaré a ella.

Jake se levantó y apartó la mirada hacia la ventana. Bow Street seguía su curso habitual: ruedas sobre adoquines, voces, pasos; una ciudad llena de vida y miseria a la vez.

—No quiero que esto se convierta en un espectáculo —manifestó.

—Se casa con la hija de un duque, señor.

—Soy consciente.

—Entonces ya es espectáculo. La cuestión es cuántos asientos se venden antes de que baje el telón.

Jake volvió la cabeza despacio. Thomas levantó una mano, no en disculpa, sino para contener una verdad que ambos conocían.

—Solo digo que no podrá controlarlo todo.

—Puedo controlar lo suficiente.

—Eso dice siempre.

La frase no sonó desafiante, sonó cansada, casi triste. Jake se quedó inmóvil. Thomas recogió el sombrero de la silla, pero no se lo puso.

—Usted siempre ayuda a quien lo necesita —declaró—. Y más todavía si cree que lo merece. Es una buena costumbre, mejor que la mayoría de las que tienen los hombres. Pero a veces... —Soltó el aire por la nariz—. A veces no se puede salvar a todo el mundo.

La chimenea crujió en el silencio.

Jake miró el mapa de Londres extendido sobre la mesa: calles, puentes, plazas, callejones. Había aprendido hacía mucho que una ciudad podía tragarse a una persona en menos tiempo del que se tardaba en encender un farol.

—No estoy intentando salvar a todo el mundo —manifestó.

Thomas lo observó con una paciencia que a Jake le resultó irritante.

—No. Solo a ella.

Jake dejó la carpeta, con más fuerza de la necesaria, sobre las otras apiladas en la esquina.

—Eso será todo, Briggs.

Thomas aceptó la despedida con una inclinación breve. Ya tenía la mano en el picaporte cuando se detuvo.

—Señor...

Jake levantó la vista.

—Si la dama necesita protección, la tendrá. De mí no saldrá una palabra. Y si alguien pregunta más de la cuenta, lo sabrá usted antes de que ese alguien termine la frase.

Jake sostuvo su mirada.

—Gracias.

Thomas pareció incómodo con la palabra, sentía que le quedaba demasiado fina para un agente como él.

—Sí, bueno. Procure no casarse con hijas de duques todos los meses. Complica la agenda.

Esta vez Jake casi sonrió. Casi.

—Haré lo posible.

Thomas abrió la puerta. El ruido de Bow Street entró en la oficina junto a una bocanada fría de aire.

Antes de salir, miró una última vez a Jake.

—Y, señor...

—¿Qué más?

—Espero que también deje que alguien lo salve a usted.

Jake no respondió, tampoco Thomas esperaba que lo hiciera.

Cuando la puerta se cerró, el magistrado permaneció de pie tras el escritorio, con las manos apoyadas sobre la madera y la mirada fija en el mapa.

Retliden House quedaba al oeste, con un lujo impecable y distante.

Su propia casa al norte, sobria y silenciosa.

Entre ambas, Londres se extendía como un tablero lleno de trampas.

Pero él solo podía pensar en una cosa: lady Caroline Retliden había decidido luchar por su hijo y él había decidido que no lo haría sola.