Capítulo 3
P or la mañana había habido sol, una claridad fría pero limpia. En ese momento, en cambio, la tarde se cerraba sobre Londres con nubes bajas y un viento de septiembre que levantaba hojas secas alrededor de las ruedas del chaise .
Retliden House estaba en Grosvenor Square, era donde Jake habría esperado encontrarlo: en el corazón del Londres que él evitaba cuando podía y frecuentaba cuando no tenía más remedio.
Su fachada era imponente, de piedra gris con columnas y ventanas altas y esa expresión general de los edificios ricos de querer dejar claro, desde lejos, que dentro vivía gente importante.
Jake había visto tantas veces ese lujo desmedido en tantas casas que nunca le había impresionado. Tampoco esa vez.
El carruaje se detuvo. Él ayudó a Caroline a descender y ella sintió que el frío que la envolvió no venía solo del aire.
El mayordomo abrió la puerta tan deprisa que sorprendió a Jake.
Los hizo pasar a un salón de espera donde todo era dorado y azul marino.
Olía a cera de abejas y dinero viejo, y en menos de dos minutos apareció el duque de Retliden en persona, lo cual decía algo sobre el estado de nervios de la familia desde la desaparición de su hija.
Reginald, duque de Retliden, era un hombre de unos sesenta años, con el pelo blanco, los ojos grises y la postura de alguien que no necesitaba alzar la voz para recordar a los demás su lugar.
Su expresión pertenecía a una clase de hombres acostumbrados a que los problemas se resolvieran a su favor.
Miró a Jake con una evaluación rápida: reparó en el traje sin florituras, en la ausencia de condecoraciones, en las manos grandes y ásperas, y colocó cada detalle en una categoría que el magistrado habría preferido no escuchar en voz alta.
No era, sin embargo, ignorancia lo que había en esa mirada.
Reginald sabía muy bien quién era él. La aristocracia conocía a Jake Nerby: lo buscaba cuando necesitaba discreción, lo elogiaba cuando resolvía sus problemas y lo invitaba a salones a los que él jamás acudía.
Pero ser admirado y reconocido por la nobleza no lo convertía en uno de ellos. Eso lo tenía clarísimo.
Entonces el duque miró a Caroline y la máscara se le resquebrajó. Solo fue un instante, un parpadeo, una tensión nueva junto a la boca. Jake vio algo parecido al dolor antes de que el orgullo lo cubriera de nuevo.
—Caroline... —Su voz fue un susurro de emoción—. Gracias a Dios.
Ella permaneció inmóvil ante su padre y el duque de Retliden tampoco se movió.
—Padre —saludó la hija.
Jake reconoció el esfuerzo en el tono. Tuvo la tentación de tomarle la mano para tranquilizarla.
Sin embargo, no lo hizo. No delante de ese hombre.
No todavía. Caroline había entrado en Retliden House con la espalda recta, y él no le arrebataría el mérito de sostenerse por sí misma.
Porque lo que más necesitaba en ese momento era valor y entereza para no derrumbarse.
Apareció la duquesa Cecily Retliden por la puerta lateral con la velocidad típica de una madre que llevaba horas esperando ese momento.
Era una mujer delgada y elegante, de cabello oscuro mezclado con canas, ojos avellana, que irradiaba esa energía específica de las personas que organizaban el mundo a su alrededor con la misma naturalidad con que otros respiraban.
Abrazó a Caroline y miró a Jake por encima de su hombro con una expresión interrogativa más que evidente.
—Reginald —propuso la duquesa—, quizá deberíamos sentarnos.
Su esposo estuvo de acuerdo y se ubicaron.
Jake no se anduvo por las ramas, su talante directo le impedía hacerlo, así que expuso el caso con la misma brevedad con que había hablado esa mañana con Caroline.
Explicó que había encontrado a lady Caroline en circunstancias que requerían discreción y que su propuesta resolvía el problema de la manera más limpia posible para todas las partes.
No dio detalles sobre el río, no era necesario, pues no era útil y no quería que ella se sintiera incómoda.
Reginald lo escuchó con los dedos entrelazados sobre el regazo y una expresión que Jake no supo descifrar del todo.
—En la actualidad es magistrado jefe, ¿y antes? —preguntó cuando Jake terminó.
—Me dediqué a investigaciones privadas. Después fui agente de Bow Street.
El duque asintió despacio. Entornó los ojos grises mientras calculaba su próximo movimiento.
Era consciente de que Jake poseía información suficiente para causar un escándalo, si decidía utilizarla.
No tenía ninguna de las cualidades que él habría elegido para un yerno: plebeyo, sin título, sin fortuna heredada ni apellido antiguo que amortiguara el golpe.
Sin embargo, estaba siendo discreto, rápido y resolutivo.
La duquesa, detrás de una expresión inmóvil, había procesado la información con la misma velocidad.
—¿Cuándo propone que se celebre la ceremonia? —inquirió Cecily.
—Cuanto antes —contestó Jake—. Una semana. Diez días como mucho.
—¿Tan pronto? —murmuró Reginald.
—Cuanto más esperemos, más preguntas habrá —repuso Jake—. El bebé nacerá en unos seis meses.
Hubo una pausa. Cecily contemplaba a su marido; Reginald, a Jake. El magistrado le sostuvo la mirada sin esfuerzo visible, porque llevaba doce años observando a hombres más peligrosos que ese sin pestañear.
Caroline, que no había dicho nada desde que se sentaron, habló entonces:
—Padre, es la mejor solución para todos.
Reginald contempló a su única hija. Después giró la cabeza hacia Jake.
—Señor Nerby, mi hija está acostumbrada a un nivel de vida que no sé si usted será capaz de proporcionarle.
Jake hizo una mueca apenas perceptible. De refilón vio cómo Caroline estrujaba la tela del vestido y apretaba los labios. Estaba conteniendo las ganas de replicar a su padre.
—Excelencia, tengo recursos suficientes para que mi futura esposa disfrute de una casa cómoda, criados a su servicio y vestidos nuevos cada vez que los pida o los necesite.
Intentó controlar el tono, pero no pudo evitar que sus palabras sonaran duras.
Sintió la mirada de Caroline y giró el rostro hacia ella.
La encontró serena, con una sonrisa leve, casi satisfecha.
Acababa de descubrir que alguien estaba dispuesto a responder por ella sin aprovechar la ocasión para humillarla por su caída.
—Bien —sentenció el duque—. Hablaremos con el vicario mañana.
Jake se levantó. Estrechó la mano que Reginald le ofrecía con la frialdad exacta que requería el momento: sin un ápice de cordialidad, pero que tampoco se viera como una ofensa.
La duquesa lo acompañó hasta la puerta. Su sonrisa permanecía intacta, tan impecable y calculada como el resto de ella.
—Es usted un hombre muy práctico, señor Nerby —mencionó Cecily al llegar al umbral.
—Es lo que me ha dado de comer todos estos años, excelencia.
Por primera vez desde que había entrado en Retliden House, algo pareció moverse detrás de los ojos de Cecily, y no se trataba de simpatía. Jake habría apostado su fortuna a que esa dama no desperdiciaba simpatía con desconocidos.
—Bienvenido a la familia —manifestó ella.
Sus palabras parecían envueltas en terciopelo, pero él detectó el filo enmascarado entre tanta suavidad. Jake sonrió solo con la boca, después inclinó apenas la cabeza.
—Será un honor.
Salió a Grosvenor Square y respiró el aire de septiembre, que olía a carbón y a hojas húmedas y a todo lo que no era ese salón dorado y azul marino. Sintió algo que no fue del todo alivio, pero se le parecía. Sonrió al pensar que Thomas iba a tener mucho que decir sobre esto.
***
La oficina de Jake Nerby en Bow Street no estaba decorada para impresionar a nadie. Era una estancia rectangular, austera, con una mesa pesada de roble situada frente a la ventana, dos sillas incómodas para los visitantes y una pared ocupada, casi por completo, por estantes cargados de legajos.
Sobre el escritorio había una escribanía, un tintero, varias carpetas atadas con cinta y un mapa de Londres extendido bajo un pisapapeles de hierro. La chimenea estaba encendida, aunque apenas lograba apaciguar el frío que se colaba por los cristales. El ambiente olía a leña, papel viejo y tinta.
Thomas Briggs estaba de pie junto a la puerta, con el sombrero entre las manos y una expresión paciente; había aprendido a no hacer preguntas antes de tiempo.
Thomas era agente de Bow Street, aunque ese título decía poco de lo que hacía en realidad.
Para Jake era, sobre todo, sus ojos en las calles: un hombre capaz de escuchar sin parecer interesado y de desaparecer antes de que nadie recordara haberlo visto.
Jake terminó de firmar un documento, dejó la pluma en su sitio y cerró la carpeta.
—Voy a casarme —soltó de golpe.
Thomas parpadeó una vez, y otra.
—Buf, vaya. —Se atusó el cabello rubio en un gesto de sorpresa.
Jake alzó la vista.
—¿Eso es todo lo que tiene que decir?
—No, señor. Es todo lo que me ha dado tiempo a decir sin quedar como un idiota.
Jake no sonrió, pero algo de humor se movió en su mirada. El agente avanzó un paso y dejó el sombrero sobre una de las sillas.
—¿Con alguien que conozca?
—Se llama lady Caroline Retliden.
El silencio que siguió fue más largo. Esta vez Thomas no parpadeó, se quedó muy quieto, como si acabaran de colocar una pistola cargada sobre la mesa y estuviera evaluando en qué dirección apuntaba.
—La hija del duque de Retliden —repuso al fin.
—Sí.
—La misma de la que hablaba el Morning Post .
—Sí.
Thomas bajó su mirada oscura hacia los papeles del escritorio. No los leyó, en verdad no era muy hábil con las letras; sin embargo, leía a las personas mejor que nadie. Y a Jake lo conocía desde hacía demasiados años para confundir esa calma con tranquilidad.
—¿Y cuándo será la boda? —preguntó.
—Antes de diez días.
El agente alzó una ceja, bien sabía lo que significaba una boda a toda prisa.
—Entiendo —manifestó—. La muchacha está en problemas.