Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 2
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Capítulo 2

J ake bajó las escaleras antes de que el sol hubiera terminado de abrirse paso entre las cortinas.

El sueño le duró poco, y además había dormido mal.

La imagen de ella sumergiéndose en el río volvía cada vez que cerraba los ojos.

Se frotó la nuca y se dirigió a la cocina.

El cuerpo le pesaba, y los pies apenas se despegaban de la madera fría.

Allí estaba Mrs. Nell Barrow, como cada mañana desde hacía ocho años. Menuda y resistente, se movía entre el fogón y la despensa con una eficacia que solo la experiencia le había otorgado. Su delantal blanco relucía en la penumbra.

El agua ya burbujeaba en la tetera sobre los aros de hierro de la cocina, que temblaba apenas con el hervor. Sobre la mesa, una hogaza y mantequilla recién batida.

—Buenos días, señor —dijo ella sin volverse, adivinándolo por el paso.

—Buenos días, Nell.

—Acabo de encender la chimenea de la biblioteca, señor, y ya le he dejado The Times y el Morning Post sobre el escritorio, como cada mañana.

Jake se apoyó en el marco de la puerta un momento.

La observó revolver con tanta energía los huevos en un cuenco de barro que su cuerpo se sacudía.

Tenía las manos enrojecidas y ásperas; manos que una vez robaron un frasco de láudano del boticario para un marido moribundo.

Ahora le preparaban el té con una lealtad que nunca había necesitado nombrar.

Él había visto esa misma espalda encorvarse de dolor cuando su esposo murió a pesar de sus esfuerzos, y luego enderezarse poco a poco, hasta volverse la columna invisible de su hogar.

Las buenas personas merecían una segunda oportunidad, y ella la había aprovechado cuando se la ofreció.

—Nell —dijo al fin—. Necesito que prepares el desayuno para dos.

Ella se detuvo. Su mano quedó suspendida a medio camino, de la punta del tenedor goteaba huevo. Con lentitud, giró el rostro hacia él. Sus ojos castaños, siempre observadores, parpadearon una sola vez. Era la única muestra de sorpresa que se permitía.

—¿Para dos, señor?

—Para dos.

Jake ya conocía ese tono. No era una pregunta, sino una invitación a que él explicara algo que ella jamás pediría a las claras. Así funcionaba Nell: veía todo, archivaba todo y decidía qué comentar. Las arrugas de su cara honrada se tensaron apenas un segundo.

—Tengo una invitada —añadió él, antes de que Nell terminara de sacar conclusiones.

La boca del ama de llaves se apretó. En ella, ese gesto minúsculo, casi imperceptible, era su equivalente a un silbido de asombro.

Pero no dijo nada, se limitó a dejar el tenedor en el cuenco y a agarrar un paño para limpiar la superficie de la mesa —que ya estaba impecable— mientras lo asimilaba.

Por fin, con la voz más neutra que pudo reunir, preguntó:

—¿Y cómo se llama la invitada, señor?

Jake se quedó en silencio unos segundos. Luego suspiró.

—No lo sé.

El paño se detuvo. Nell levantó la vista, esta vez no pudo disimular del todo.

Sus cejas, grises y tupidas, se arquearon un milímetro.

La boca se le apretó de nuevo, pero más fuerte.

Era la expresión de alguien que, aun sin decir una palabra, ya había empezado a reorganizar el mundo a su manera.

Una mujer en la casa del señor. Una invitada a la que servía desayuno. Y el señor no sabía ni su nombre.

—Ya veo —musitó ella, sin saber muy bien qué decir.

Volvió a la mesa y tomó el cuchillo con un suspiro contenido.

Partió una rebanada de pan, luego una segunda.

Añadió otro plato, otros cubiertos, otra taza del aparador.

Lo hizo todo en silencio, con movimientos medidos, sin una palabra de más.

Pero cuando cruzó junto a Jake para alcanzar una sartén de un estante, rozó su brazo con el codo.

Un gesto pequeño, casi casual, que en ella equivalía a decir: «Esto lo hablaremos más tarde, aunque no ahora».

Jake se llevó la mano a la nuca otra vez.

—Está arriba durmiendo —informó, como si eso aclarara algo—. No la despiertes.

Nell asintió. Llevaba ocho años sin hacer preguntas innecesarias.

Pero mientras seguía batiendo los huevos en el cuenco de barro, sus ojos se posaron en la escalera de servicio que llevaba a la planta superior.

Se preguntó qué clase de mujer llegaba a una casa de madrugada, dormía en una cama que no era la suya y conseguía que el señor Nerby bajara con ojeras y un nombre que no sabía.

Se preguntó, también, si esa mujer era la razón por la que él no había cenado la noche anterior. Sin embargo, no dijo nada y se dispuso a preparar el mejor desayuno que sus manos enrojecidas pudieran ofrecer.

Jake la dejó con sus quehaceres y fue a la biblioteca.

Había pasado media noche despierto con detalles que no encajaban: el vestido caro, las manos finas, el acento educado, el embarazo en sus primeras semanas.

Una mujer de clase, sola, de noche en el río Támesis.

Las posibilidades se reducían solas; sin embargo, no quería sacar rápidas conclusiones.

Cogió los periódicos de los últimos tres días que tenía apilados sin leer sobre la mesa. Se sentó en la butaca de detrás del escritorio y empezó a ojear el Morning Post . Y allí, en la segunda página, estaba la respuesta a todas sus preguntas:

UN INCIDENTE DE LO MÁS SINGULAR

No ha pasado inadvertida entre quienes frecuentan los salones de la capital la ausencia de lady Caroline Retliden, hija de los duques de Retliden.

Aunque la familia ha procurado envolver el asunto en la reserva propia de su rango, ciertos detalles han bastado para despertar una curiosidad que difícilmente podrá contenerse por mucho tiempo...

Jake no quiso seguir leyendo. Estaba todo demasiado claro. Oyó pasos arriba: Caroline estaba despierta. Esperó a que bajara mientras su mente ordenaba lo que sabía, lo que no sabía y lo que tendría que hacer con ambas cosas.

Cuando ella apareció en el umbral de la biblioteca, llevaba el vestido de la noche anterior.

Estaba seco pero arrugado, y se había recogido el pelo con bastante precisión a pesar de no tener a su doncella esa mañana.

Era evidente que incluso en circunstancias extremas quería conservar algo de dignidad.

Jake señaló la butaca.

—Siéntese, lady Caroline Retliden.

Ella se detuvo. No había miedo en su semblante, sino la resignación al comprender que había sido descubierta.

—¿Cuándo lo supo? —preguntó.

—Esta mañana. Los periódicos hablan de usted, milady. Solo hizo falta juntar las piezas.

Jake le entregó el Morning Post y ella bajó la mirada hacia la página. Él supo que no estaba leyendo; era la forma que había encontrado de ganar tiempo.

—Sé cómo se llama y quién es su padre —manifestó, sentándose en la otra butaca—. El resto puede contármelo usted, o puedo deducirlo solo, pero preferiría escucharlo.

Caroline lo miró durante un largo momento. Luego, con la voz completamente plana, como si hablara de otra persona, dijo:

—Estoy embarazada de un hombre que mintió sobre quién era.

Mi familia lo descubrió hace casi un mes.

Han decidido enviarme lejos y encerrarme en algún sitio discreto hasta que nazca el bebé, me lo quitarán, y el resto de mi vida transcurrirá de la manera que ellos consideren más conveniente para el apellido.

Tienen la idea de encerrarme en un convento.

—Hizo una pausa—. Anoche busqué al padre de mi hijo para pedirle ayuda...

—la voz se le quebró apenas—, pero me dijo que negaría que el bebé fuera suyo. Decidí que el río era la solución.

Jake la escuchó sin interrumpir.

—¿Y esta mañana ha decidido que el río sigue siendo la solución? —preguntó cuando terminó.

Caroline lo miró con algo que él tardó un momento en reconocer como sorpresa.

—Esta mañana —repuso despacio estrujando el periódico— he decidido que lucharé por mi hijo. No permitiré que me lo quiten.

Jake asintió. Miró el vientre de Caroline, después alzó la vista y posó sus ojos en los de ella. Esa joven vivía en un mundo que él despreciaba y, sin embargo, estaba sentada en su biblioteca hablando con una honestidad brutal, nada típica en los de su clase social.

Lo que dijo a continuación lo sorprendió incluso a él.

—Tengo una propuesta —dijo—. Escúchela antes de responder.

Caroline dejó el periódico sobre la mesita.

—La escucho.

Ella tenía los ojos avellana muy abiertos.

Jake habló sin rodeos, con la misma economía de palabras con que parecía hacer todo: le propondría matrimonio esa misma tarde ante su familia.

No había amor, eso lo dejó claro; sin embargo, era la única solución que resolvía el problema: ella conseguía un escudo legal, un apellido que no sería el de su padre, pero que era respetable, y la certeza de que nadie podría arrebatarle al bebé.

La propuesta del magistrado duró dos minutos exactos.

Caroline lo sabía porque había un reloj sobre la repisa de la chimenea y lo había mirado al principio y al final.

No era impaciencia, sino la necesidad de aferrarse a algo que le demostrara que no estaba inventando lo que acababa de oír.

Giró la cabeza hacia él en cuanto terminó.

—¿Por qué? —inquirió.

Nerby la miró.

—Ya se lo he explicado.

—Me ha explicado la propuesta. No por qué lo hace. Creo que hay una diferencia.

Él consideró eso con una seriedad que no pretendía seducirla ni tranquilizarla. Quizá por eso a Caroline le resultó tan refrescante, porque los hombres de su mundo no razonaban sus preguntas, más bien las ignoraban.

—Porque —explicó despacio— llevo demasiados años viendo lo que les pasa a las mujeres sin recursos legales en esta ciudad.

Y usted tiene un problema que tiene solución si alguien actúa rápido.

—Hizo una pausa—. Y porque anoche alguien tomó una decisión cobarde y estuvo a punto de no estar aquí esta mañana, y eso me parece un desperdicio considerable.

No, no era una declaración de amor, ni siquiera le brindaba palabras cálidas.

Era algo más parecido a la honestidad directa de alguien que decía lo que pensaba sin ornamentos.

Y Caroline, que llevaba meses nadando en adornos y falsedades, lo recibió como agua fría en el rostro.

En verdad necesitaba ese golpe, por muy desagradable que fuera.

—Habría condiciones —sentenció ella.

—Por supuesto.

—Habitaciones separadas.

—Acordado.

—El bebé llevará su apellido, pero usted no tiene ninguna obligación sobre él. Si en algún momento decide que el acuerdo no le conviene, puede disolverse con discreción. Encontraré la manera.

Jake la miró durante un momento.

—El bebé llevará mi apellido —sentenció— y punto. No hay condiciones sobre eso.

Algo en la forma en que lo dijo, sin negociación posible, sin dureza, pero con una firmeza que no admitía réplica hizo que Caroline sintiera algo que tardó en identificar. Quizá era alivio, o gratitud; aun así, no quiso pensar en ello.

—¿Y mi familia? —preguntó.

—Los visitaré esta tarde. Usted puede venir o puede quedarse aquí. Yo lo prefiero sin público, pero es su familia y es su decisión.

Caroline pensó en su padre y en su madre. En la expresión que tendrían cuando Jake Nerby cruzara la puerta de Retliden House, en Grosvenor Square, con su traje sin florituras, sus modales directos y una propuesta de matrimonio que ningún salón de Londres habría sabido clasificar.

Decidió que no quería perdérselo. Era su futuro, después de todo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, tenía la sensación de haber tomado una decisión antes de que otros la tomaran por ella.

Quizá sus padres sentirían alivio al verse libres de una hija que, a sus ojos, ya los había deshonrado.

Pero lo envolverían en palabras más elegantes, desde luego, aunque el resultado sería el mismo.

—Iré —manifestó.

—Bien.

En ese momento fueron interrumpidos.

—Señor, el desayuno está listo —informó Nell desde el umbral.

El ama de llaves tenía la mirada fija en Caroline. No de forma insolente, nunca habría cometido una torpeza semejante, pero sí con la atención meticulosa de una persona que ya había empezado a sacar conclusiones.

Jake se levantó, y Caroline hizo lo mismo.

—Mrs. Nell Barrow —dijo él—, le presento a lady Caroline Retliden, hija de los duques de Retliden, la futura señora de esta casa.

Durante un segundo, Nell no se movió. Luego sus cejas grises se arquearon apenas, y la boca se le apretó en una línea tan severa que en cualquier otra mujer habría equivalido a una exclamación. Miró a Jake, después a Caroline. Y, por fin, hizo una inclinación impecable.

—Milady, es un placer conocerla.

Caroline inclinó un poco la cabeza.

—Mrs. Barrow.

La respuesta pareció satisfacer al ama de llaves, si bien no lo bastante como para borrar la sombra de alarma de sus ojos. Nell volvió a mirar a Jake con una pregunta que no se permitió formular.

—Desayunaremos en la cocina —informó.

Si Nell consideró impropio que la hija de unos duques tomara asiento en la cocina de su casa antes siquiera de convertirse en la esposa de Jake, tuvo la decencia de no mencionarlo.

Solo apretó los labios, giró sobre sus talones y echó a andar por el pasillo con rigidez.

Sin duda, ya estaba reorganizando mentalmente cada armario, cada habitación y cada regla doméstica que acababa de quedar obsoleta.

Caroline siguió a Nell hacia el pasillo.

Al pasar junto a Jake, mantuvo la espalda recta, erguida a pesar del vestido arrugado, del cansancio y de todo lo que acababa de confesar.

Él la observó en silencio. Había algo en esa forma de caminar —una dignidad maltrecha pero no vencida— que le cerró una mano invisible alrededor del pecho.

Al cruzar el umbral de la cocina, Caroline pensó en Retliden House, en sus salones impecables, en la sonrisa fría de su madre y en la voz de su padre decidiendo el resto de su vida sin consultarla.

La luz de la mañana se filtraba desde el patio inglés por las ventanas altas del semisótano y ofrecía una buena iluminación en la estancia.

Contempló el desayuno que aguardaba sobre la mesa larga: té, pan tostado, mantequilla, mermelada, huevos revueltos y una pequeña fuente de carne fría.

No era una mesa elegante, no en el sentido que ella había conocido toda su vida.

Sin embargo, había una clase de cuidado que no necesitaba porcelana fina para hacerse entender.

Jake apartó una silla para que se sentara, se miraron unos segundos antes de tomar asiento. Por primera vez desde que había salido de casa la noche anterior, Caroline tuvo la extraña sensación de que quizá había encontrado un lugar desde el que empezar a luchar.