Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Y lo peor no era que él la hubiera engañado.

Lo peor era que ella misma se había encargado de justificarlo cada vez que algo en su interior le advertía que no estaba bien.

«Está ocupado. No es su intención. El amor verdadero no exige», se había repetido esas mentiras hasta creérselas, hasta que una mañana despertó con una verdad tan pesada que apenas le cabía en el pecho: él nunca la había amado.

Aun así, a ratos, todavía extrañaba la trampa.

No a Rupert, sino la ilusión de creer que era especial para que un hombre, a quien había creído excepcional, la hubiera elegido y estuviera dispuesto a amarla.

Bajó una mano y la apoyó sobre su vientre, ese gesto que había empezado a hacer sin pensarlo en un intento de protegerlo del futuro. Pero no lo había, jamás lo habría. A menos que encontrara una forma de cambiar lo que venía, claro. Algo imposible, solo un milagro los salvaría a ella y a su hijo.

Miró al magistrado, que seguía leyendo. Tragó saliva, él no sabía quién era, por lo que no la llevaría a Retliden House, donde le esperaba algo peor que la cárcel. Desde luego que no le diría que era lady Caroline Retliden. Y mientras no lo supiera estaría a salvo.

La joven se terminó el té y dejó la taza en la mesita auxiliar.

Su cuerpo había recuperado el calor, y apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca.

Estaba tan cansada que los párpados descendieron solos.

Cerró los ojos, se prometió que solo serían unos segundos.

Sin embargo, se quedó dormida de inmediato.

Jake se dio cuenta y se acercó a ella procurando no hacer ruido.

Su respiración era lenta y honda, como un oleaje suave que subía y bajaba sin prisa.

El pecho se le elevaba con un ritmo casi musical, y en cada pausa —entre inhalación y exhalación— parecía flotar en un silencio absoluto. No había esfuerzo, solo abandono.

Él quiso despertarla y alargó la mano, pero se detuvo a medio camino.

Se fijó en sus pómulos delicados, en la nariz fina, en los labios bien definidos.

La melena oscura, casi negra, ya se le había secado.

Las llamas iluminaban las hebras y devolvían pequeños destellos de luz.

Era bella y parecía tan inocente que se le encogió el corazón.

Sus pequeñas manos descansaban sobre el vientre, protegían la vida que crecía en su interior.

Ese gesto lo confundió aún más: no entendía cómo había intentado ahogarse en el río con un bebé en su seno, un bebé que habría perecido con ella.

No dudó más. La levantó con sumo cuidado: pasó un brazo por debajo de sus hombros y el otro, por sus rodillas.

Ella pesaba menos de lo que él esperaba, o quizá era la fragilidad de ese cuerpo lo que le hacía sentir que sostenía algo que podía quebrarse en cualquier momento.

La cabeza cayó contra su pecho, y él contuvo el aliento, pues temía que el movimiento la despertara.

Pero solo exhaló un suspiro leve y se hundió un poco más en el sueño.

Subió la escalera con pasos lentos, midiendo cada crujido de la madera.

La casa estaba en silencio, roto apenas por el crepitar ocasional del fuego en la planta baja y el viento que silbaba contra los ventanales.

En el primer rellano, la luz de una vela moribunda temblaba sobre una mesa de caoba.

Desvió la mirada, no quería ver su rostro iluminado otra vez, le provocaba un sentimiento de ternura, y no quería sentir nada.

La habitación de invitados estaba al fondo del corredor.

La puerta cedió con un leve gemido. La cama, enorme y vestida con sábanas de lino blanco, parecía haberla estado esperando.

Se acercó con infinito cuidado y fue depositando su cuerpo sobre el colchón: primero los hombros, luego la espalda, por último los pies, que asomaban bajo la sábana enrollada en su cintura.

Le quitó las zapatillas de satén, arruinadas por el barro y el agua.

Ella no se movió, era tan delgada que el colchón ni tan solo había crujido bajo su peso.

Sus manos seguían sobre el vientre, incluso en el sueño más profundo recordaba lo que llevaba dentro.

Él retrocedió un paso, después otro. Permaneció unos segundos mirándola. La respiración era lenta, profunda, apenas un rumor que se perdía entre las sábanas. Parecía una miniatura en medio de ese lecho inmenso, una figura de porcelana que alguien había olvidado allí.

Apartó la vista de inmediato. No entendía por qué le dolía contemplarla así.

Había visto demasiada miseria en doce años de trabajo como para conmoverse con facilidad, y aun así había algo en esa joven —en su silencio, en la forma en que parecía abrazar la vida de su vientre— que le resultaba insoportable.

Tal vez fuera compasión. O quizá una necesidad absurda de protegerla antes incluso de saber quién era.

Cabeceó y se sacó tales pensamientos mientras se dirigía a la ventana para cerrar las cortinas de damasco carmesí, pero se detuvo. La luna de Londres apenas se colaba entre las nubes bajas, y en la calle, allá abajo, un coche de caballos pasó con un ruido sordo de cascos sobre el adoquín.

Cerró las cortinas, después fue a buscar el fino vestido que ella había dejado en el respaldo de una silla. Estaba seco, y se lo dejó en la butaca que había frente del lecho. Salió de la habitación sin hacer ruido y dejó la puerta entornada.

Desde el corredor, todavía pudo oírla respirar.