Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Jake sintió el temblor apenas perceptible del brazo de la joven cuando apoyó la mano en la de él.

Después advirtió otro tipo de temblor que nada tenía que ver con el frío: era la resignación de una persona que no tiene qué perder.

La muchacha descendió, las mantas se arrastraban por el adoquinado húmedo.

Se sostuvo en un brazo de Jake, porque caminar en línea recta requería de toda su voluntad.

Al llegar al pie de la escalinata de la entrada, ella se detuvo.

Jake la observó de perfil, la curva de los pómulos estaba ensombrecida por la noche; aun así, advirtió en los ojos avellana cómo descendían las primeras lágrimas.

Su barbilla empezaba a vibrar con la fragilidad de un cristal a punto de rajarse.

La dignidad en la que se había refugiado empezaba a hacerse añicos.

Él contuvo el impulso de decir algo, frases hechas sobre la esperanza, la valentía o la fe, pero sabía que solo empeoraría la situación.

No pidió permiso, bastó un gesto breve, apenas un roce de la mano en su antebrazo, y luego la conducción decidida pero cuidadosa hacia la puerta principal de la casa. La aldaba, un león de bronce ya sin brillo, parecía mirarlos con la misma compasión muda que Jake sentía por la joven a su lado.

Él abrió la puerta con suavidad y, sin decir palabra, la condujo al interior. Cerró tras ellos con cuidado, sin apenas hacer ruido. En ese instante deseó que el mundo que quedaba al otro lado —ese mundo que tanto parecía haberla herido— no pudiera alcanzarla bajo su techo.

La casa de Jake estaba en silencio a esa hora, como correspondía.

El hall no era muy grande, tenía el suelo ajedrezado, paredes claras decoradas con grabados de Londres enmarcados, un mapa antiguo de la ciudad y una escalera que ascendía hacia los pisos superiores.

Sobre la consola de caoba aguardaba una nota doblada con pulcritud, colocada junto a la bandeja de plata destinada a las tarjetas de visita.

Él la cogió y la desplegó, sin duda la letra apretada era de Mrs. Barrow: «El fuego de la biblioteca está encendido.

La cena y el té están en la cocina. No llegue tarde mañana».

Jake acompañó a la joven a la biblioteca, y le fue a buscar mantas secas.

No tenía ropa femenina, así que le ofreció una de sus camisas y una sábana para que se la enrollara en la cintura a modo de falda.

Después, él desapareció para quitarse sus prendas mojadas y ella aprovechó para cambiarse con rapidez.

Dejó su ropa en el respaldo de una silla, que colocó cerca del fuego para que se secara.

Se sentó en una de las dos butacas que había frente a la chimenea.

Agradeció el calor que desprendía, entonces su cuerpo dejó de temblar.

Se permitió, por primera vez en semanas, el lujo de no pensar en lo que iba a pasar después.

Empezó a mirar a su alrededor, la casa del magistrado era lo que ella esperaba de un hombre así: funcional, austera, sin ninguna pretensión decorativa más allá de la utilidad.

Libros por todas partes y expedientes apilados con una lógica que dedujo que solo él entendía.

Jake tardó apenas diez minutos en ponerse ropas secas, pero antes de regresar a la biblioteca, fue a la cocina.

Estaba en el semisótano, al fondo de la casa, donde el calor del hogar vencía incluso al frío más intenso de Londres.

La estancia tenía las losas gastadas bajo los pies; y había, ordenados por tamaños, cazos de cobre relucientes en los estantes de la pared.

En un aparador, se hallaban los platos, tazas y vasos.

La cocina de hierro estaba encajada en la chimenea, donde una tetera esperaba en la superficie, y soltaba un hilo pálido de vapor.

No había lujo, pero sí orden, limpieza y ese toque que solo una buena ama de llaves sabía imponer.

Mrs. Nell Barrow llevaba cuatro años anticipándose a sus necesidades con eficiencia silenciosa.

Era una cualidad que él valoraba, y más cuando su vida no había sido un camino de rosas.

Su capacidad de salir del pozo en el cual cayó era digna de admirar.

En la mesa larga del centro de la estancia, tapado con un paño de lino, había unos bollos del día, y al lado, una bandeja con un plato de sopa de buey y otro con queso Stilton con nueces.

Jake colocó dos tazas y la tetera en una bandeja y fue a la biblioteca.

Ella lo observó mientras le servía la taza de té.

Tenía el cabello rojizo, corto y sin ningún intento de seguir la moda, y un rostro de líneas firmes, que acentuaba la dureza de unas facciones que estaban siempre vigilantes.

Sus ojos turquesa, claros y directos, parecían verlo todo sin necesidad de prestar atención.

Se había despojado del abrigo empapado y llevaba una camisa limpia —abierta apenas en el cuello— y pantalones oscuros.

El conjunto no tenía nada de descuidado; incluso en la intimidad de su casa, el magistrado conservaba esa sobriedad casi severa que parecía formar parte de él y de su hogar.

Él se sentó en el sillón de enfrente con su propio té, mirándola con una expresión que era difícil de descifrar.

No era la amabilidad fingida que la joven detectaba en los hombres de la nobleza.

Advertía honestidad en el brillo turquesa de su mirada, y de alguna forma la incomodaba.

Agradeció que no le preguntara por su nombre otra vez, eso la había sorprendido. En cambio, le dijo:

—Hay una habitación libre en el piso de arriba. Puede quedarse esta noche.

La joven lo miró, era demasiado tarde y estaba cansada; aun así, trató de discernir la verdad en su petición, pero no halló nada.

—¿Sin condiciones?

—Sin condiciones —prometió él—. Mañana ya veremos.

Ella no esperaba tal respuesta. Estaba acostumbrada a que los hombres de su mundo no ofrecieran nada sin requisitos, aunque estos tardaran en aparecer.

En cambio, Jake le estaba procurando una noche de tregua sin pedir nada a cambio, y ella llevaba meses aprendiendo a no fiarse de la generosidad.

¿Dónde estaba la trampa? Quizá no había trampa y ese hombre era distinto.

—Gracias —susurró.

Él asintió.

—Si tiene hambre puedo servirle la cena que mi ama de llaves ha dejado preparada.

Lo cierto era que ella tenía el estómago encogido. Tantas emociones, tantas decepciones, le estaban pasando factura.

—No, gracias, tengo suficiente con el té.

Él no dijo nada, se levantó, fue al escritorio, abrió un libro y empezó a leer como si ella no estuviera. Era la forma correcta de darle espacio sin abandonarla.

Mientras, Caroline miró el fuego y dio un sorbo a su té.

La calidez entró en su cuerpo como una ola reconfortadora y suspiró de agrado.

Pensó en el río. En el frío. En el momento exacto en que había decidido que cualquier cosa era mejor que volver a Retliden House.

No tenía fuerzas para enfrentarse a la expresión de su padre ni para soportar la mirada de su madre calculando el daño y cómo contenerlo.

Se había equivocado, porque Rupert Clayne le había dicho que la amaba y ella había sido estúpida al creerle.

No entendía cómo había podido caer en su trampa de seducción.

No era ingenua, o al menos no lo había sido antes de él.

Pero Rupert tenía un don: sabía qué decir en cada momento, cuándo rozarle la mano, cómo sonreírle.

Había despertado en ella una sed que no sabía que existía, y cuando consiguió lo que deseaba la apartó de su lado como si ella no valiera nada; ni tan solo le dio una explicación.

Ahora lo veía todo tan claro: las promesas que nunca llegaban, los silencios que ella interpretaba como profundidad, los planes de futuro que él dibujaba con palabras hermosas. Nada fue verdad.