Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7)
© inepub.com
Capítulo 1
Londres en septiembre olía a carbón, a río y a cosas que era mejor no identificar.
Jake Nerby lo sabía porque llevaba doce años moviéndose por sus calles a horas en que la nobleza dormía y los malhechores trabajaban.
Había aprendido que la ciudad tenía estratos igual que la geología: en la superficie, salones iluminados por arañas de cristal, carruajes lacados de negro y oro, caballeros enfundados en levitas de paño fino y damas cuyos collares de diamantes brillaban como estrellas.
Debajo estaban todos los demás: los que trabajaban de sol a sol y morían sin que a los que estaban arriba les importara.
Esa jornada había sido intensa. Había estado en los muelles de Wapping, pues un comerciante había denunciado el robo de un cargamento de sedas orientales.
El ladrón resultó ser su propio socio, un caballero con casa en Mayfair y deudas de juego que triplicaban sus ingresos.
Jake había firmado la orden de arresto con la certeza de saber que los títulos no compraban la decencia.
Era algo que había visto tantas veces que ya no le sorprendía.
Había salido tarde de Bow Street, y estaba demasiado inquieto para subir al chaise que lo esperaba junto a la acera.
El vehículo, oscuro y cerrado, prometía resguardarlo del viento y una vuelta rápida a su hogar en Montagu Square.
Sin embargo, Jake necesitaba caminar y despejar la cabeza antes de regresar a casa.
El frío se le clavaba en las mejillas; aun así, siguió avanzando hacia el río, atraído por una corazonada que sus años de investigador le habían enseñado a no ignorar.
La luna llena iluminaba el camino, y escudriñó el paisaje.
No entendía qué le pasaba, ya que notaba en el ambiente una pesadez que oprimía sus pulmones, y se encontró buscando algo que no sabía ni qué era.
Pensó en la chimenea ardiendo en la biblioteca, en la cena que Mrs. Nell Barrow, su ama de llaves, le tendría preparada, y en la cama a la que después regresaría.
Una cama que, con el paso del tiempo, se había vuelto cada vez más fría.
Siempre había considerado el matrimonio una bendición, la unión sagrada de dos almas que se reconocían al encontrarse.
Él había creído encontrar la suya tres años atrás.
Sin embargo, ella llevaba años enamorada de otro, que cuando regresó a Londres y sus corazones se reencontraron, comprendió que nunca había habido lugar para él.
Desde entonces, algo se apagó en su interior, y cada día que pasaba se sentía más a oscuras.
Estaba a punto de darse la vuelta para regresar al vehículo cuando, de pronto, algo lo alertó.
Primero fue un movimiento: una figura encaramada al pretil de espaldas y de cara al río, con el pelo oscuro y suelto azotado por el viento.
Luego, el vestido era demasiado claro y demasiado fino para la temperatura de la noche.
Y después, la postura: una inclinación hacia el vacío que Jake había aprendido a reconocer en doce años de trabajo.
Era el instante antes de que todo se volviera irreversible.
No pensó y echó a correr.
Llegó cuando ella ya se tiraba. El agua del Támesis en septiembre era negra y fría; nunca perdonaba.
Jake se lanzó sin quitarse el abrigo; no había tiempo para ello, y el impacto fue como golpear contra una enorme piedra.
La encontró bajo la superficie, el vestido se le había enredado en las piernas y se dejaba arrastrar hacia el fondo para no salir al exterior nunca más.
Jake la agarró por la cintura y empujó hacia arriba con todas sus fuerzas.
Cuando sacó la cabeza del agua, ella también sacó la suya, tosió y respiró con agitación, pero no dijo nada.
Jake la arrastró hasta los escalones de piedra del pretil, que bajaban al río, y la sacó como pudo.
Ambos estaban empapados, jadeaban, tenían el sabor del Támesis en la boca, que era tan desagradable como su olor.
La mujer no dijo nada, se sentó en el escalón más alto y se abrazó las rodillas a fin de que su cuerpo dejara de temblar.
—¿Está herida? —preguntó Jake, agachado a su lado, buscando algún signo visible de daño a la luz de la luna llena.
Ella negó con la cabeza, los dientes le castañeaban.
—¿Su nombre?
El silencio fue su respuesta.
—Soy magistrado jefe —explicó Jake—. No voy a hacerle daño. Necesito saber cómo se llama.
La mujer lo miró por primera vez. Tenía los ojos del color del coñac y una expresión que no era lo que Jake esperaba en alguien que acababa de intentar ahogarse.
No se trataba de desesperación, ni alivio ni vergüenza.
En realidad, lo estaba evaluando, igual que él lo hacía con ella, decidiendo cuánto podía fiarse.
—No importa cómo me llamo. —Su voz era baja y clara, sin el acento de los barrios bajos.
Jake entrecerró los ojos. La muchacha tenía modales refinados. El vestido, aunque empapado, estaba confeccionado con un tejido de calidad. Y sus manos, ahora que las veía de cerca, no pertenecían a una mujer acostumbrada al trabajo duro.
—Creo que sí que importa —matizó él—, porque si no me dice su nombre, tendré que conducirla a mi despacho en Bow Street y hacer allí las preguntas. Y le aseguro que será mucho menos cómodo para los dos.
Ella lo miró un momento y supo que hablaba en serio, lo advertía en la dureza de su mirada turquesa y en la tensión de su rostro. De inmediato apartó la vista hacia el río.
—Lléveme a cualquier sitio que no sea ese —pidió—, y le prometo que no intentaré nada más esta noche.
No era la respuesta que Jake buscaba. Pero era algo. Cada vez ella temblaba con más fuerza; estaba muerta de frío y temió que enfermara. Solo se le ocurrió una solución.
—Mi carruaje está aquí cerca —repuso—, con un par de mantas para el camino. Poco más de media hora y tendrá chimenea encendida y la cena que mi ama de llaves seguramente me habrá dejado. Es lo máximo que puedo ofrecerle.
Ella asintió. No aceptó la mano que él le ofreció y se puso de pie sola. El vestido empapado se pegó a su silueta y reveló algo que cambió el semblante de Jake: estaba embarazada, poco, apenas visible, pero lo estaba.
Caminaron hacia el chaise unos cinco minutos en silencio y fueron los más largos que Jake recordaba.
Los pasos de la muchacha eran algo torpes y tenía ciertas dificultades para acomodar la respiración debido a los temblores.
Llegaron al vehículo, él se detuvo primero y abrió la portezuela; de inmediato la ayudó a subir sin decir nada.
Ella obedeció con una docilidad inerte, sin voluntad propia, parecía una muñeca de trapo mojada.
Jake la instaló en el asiento con más cuidado del que la situación quizá merecía, pero cómo no hacerlo cuando la veía tan vulnerable, tan perdida, tan triste. Tomó las mantas de lana y la envolvió con ellas sin preguntarle. Comenzó por los hombros y fue bajando hasta cubrirle los pies.
Ella no protestó, de hecho no hizo nada. Se dejó hacer como un niño cuando está demasiado cansado para resistirse. Jake se sentó a su lado, golpeó el techo del carruaje dos veces y el chaise se puso en marcha con un crujido y el golpe seco de los cascos sobre el empedrado.
La luna lo iluminaba todo con una claridad fría y sin sombras.
Ella miraba por la ventanilla, o fingía observar, pero Jake no estaba seguro de que viera nada, en realidad.
Tenía las manos juntas sobre el regazo, dentro de las mantas, y no se había movido desde que arrancaron.
Él no podía dejar de contemplarla de reojo, en el fondo temía que huyera, porque si había sido capaz de tirarse a las aguas oscuras del Támesis, era capaz de cualquier cosa.
Lo que la había empujado a cometer esa barbaridad seguía en la línea recta de su espalda y en el silencio con que ocupaba el espacio.
El viento sacudía el carruaje de vez en cuando. Ninguno de los dos hablaba. Londres pasaba afuera, oscura y ajena, y Jake pensó que había muy pocas cosas más solitarias que compartir un silencio con alguien que deseaba no estar vivo.
Ya casi habían llegado. Antes de ser magistrado jefe, Jake había trabajado como investigador para particulares y había hecho fortuna aceptando encargos discretos.
Tres años atrás compró una enorme casa de piedra con ventanas blancas a cuadraditos con la intención de formar una familia con la mujer que amaba.
Pero cuando lo rechazó la vendió y se compró otra vivienda en Montagu Square.
No tenía la arrogancia de una residencia de Mayfair, pero sí la solidez de una fortuna ganada a pulso.
Era la clase de hogar que hablaba de respetabilidad, aunque no dijera nada del trabajo duro con el que había lidiado para ser dueño de ella.
La casa emergió entre la niebla: ladrillo oscuro, ventanas altas que apenas dejaban escapar una luz dorada y una puerta negra impecable, alzada sobre escalones de piedra húmeda. La verja de hierro del semisótano brillaba bajo la luna como una línea de tinta.
El chaise se detuvo, no con brusquedad, sino con esa delicadeza que separaba a los cocheros expertos de los mercenarios de alquiler.
Jake fue el primero en deslizarse fuera del habitáculo.
El viento frío, junto a sus ropas mojadas, fue una intensa bofetada.
El caballo negro resopló por el esfuerzo y dejó escapar un vaho espeso que se arremolinó en el aire helado de la noche.
Él extendió la mano para ayudarla a bajar, la muchacha tenía el rostro demacrado, sus labios amoratados y los ojos enrojecidos por un llanto que se negaba a abandonar sus ojos.
Ella miró esos dedos, tuvo la extraña sensación de que en ese instante estaba decidiendo su destino inmediato y un futuro posible.
Sin embargo, el miedo por ese futuro le impedía salir; en ese pequeño espacio se sentía segura, aislada de un mundo del cual no quería formar parte.
Alzó el rostro, y en el cruce de miradas la resistencia de ella se rompió.