Capítulo Cinco
Dani
He aprendido cosas sobre Mark Rennick en los últimos días: que no sabe cocinar ni para salvar su vida, que friega los platos sin que nadie se lo pida, y que me besa hasta dejarme sin sentido, siempre, como si estuviera reclamando algo que piensa conservar.
Ha sido así desde el incendio. Pasó un día dejando todo en orden con el equipo y luego retomó el permiso que debería haber estado disfrutando.
Ha ayudado con los gatos, subió a la cabaña a pescar y quedó con un viejo amigo del colegio una tarde, pero cada noche acaba aquí, en esta burbuja perfecta.
Comemos y hablamos hasta tarde, y tenemos sexo.
Mucho sexo. Soy adicta a cómo me hace sentir.
Estos últimos días con él son lo mejor que me ha pasado en la vida.
Pero ninguno de los dos menciona lo evidente: su permiso está a punto de terminar. Vino a casa a descansar y recuperarse, se encontró con un incendio que combatir, y conmigo. El tiempo se agota, pero ambos lo ignoramos, como si el final nunca fuera a llegar o fuera a desaparecer por arte de magia.
Esta noche Bobbie está de turno mientras él me lleva a un restaurante elegante en la carretera del lago, con servilletas de tela y una buena carta de vinos.
Me he tomado mi tiempo para arreglarme. No es frecuente que salga a ningún sitio especial.
Mi bombero forestal lleva una camisa elegante y está injustamente guapo con ella.
También huele de maravilla. Podría bañarme en su colonia.
Nos sentamos a la mesa con una comida deliciosa y una copa de vino caro cada uno. Lo miro y me derrito entera.
Sería completamente feliz si no fuera por una pequeña cosa que me reconcome.
Me prometí que no iba a hurgar en la vieja herida y estropear nuestro tiempo juntos. Pero él no deja de mirarme a la luz de las velas, con mi mano entre las suyas, como si yo fuera lo único que quiere ver y tocar.
Quizá el vino me ha soltado la lengua, pero no puedo evitarlo y le hago la pregunta que me quema por dentro.
—¿Por qué fuiste tan horrible conmigo antes de irte?
—ya no hay vuelta atrás—. Venías a ver a Pete, yo entraba en la habitación y te volvías frío como el hielo.
Me llamabas «cría» todo el tiempo. Me mirabas como si fuera transparente durante años, Mark, y necesito saber por qué, porque pasé muchísimo tiempo pensando que solo era un estorbo.
Deja el tenedor. Durante un momento no dice nada, acariciando el pie de la copa con el pulgar.
—Pete me hizo prometerlo —dice—. Fue el verano en que cumpliste quince.
Me pilló mirándote de cierta manera y me llevó aparte: «Es mi hermana pequeña, ni se te ocurra, júramelo».
Y joder... se lo juré. Porque era mi mejor amigo y tenía razón, tenías quince años y yo veinte.
No tenía ningún derecho a sentir lo que sentía, ¿verdad?
El corazón me late como loco. Pero no me atrevo a hablar, a moverme, ni siquiera a respirar mientras él continúa.
—No podía mirarte. No sin que tú lo notaras, o Pete lo notara, o sin hacer algo al respecto, y eras demasiado joven, joder.
Así que lo reprimí, y me salió borde —aprieta los labios—.
Pero ni siquiera eso funcionó, porque te estaba haciendo daño.
Veía que te estaba haciendo daño. No podía explicarlo ni detenerlo —suelta un suspiro lento—.
Sabía que aquello no podía seguir así. En aquel entonces no tenía vínculos, ni familia, ya sabes que crecí en acogida.
Estaba solo aquí, salvo por Pete y por ti.
Se volvió demasiado difícil. Así que me fui.
Me alisté. La distancia era la única forma que conocía de cumplir una promesa que nunca quise hacer sin causar más daño.
Fui un cabrón contigo y luego desaparecí.
Pero era lo único que me permitía ser fiel a mi palabra.
Lo siento. Llevo mucho tiempo sintiéndolo.
Las lágrimas me resbalan por la cara.
—Podrías haber dicho algo —susurro—. Después. Cuando ya era adulta. Cuando Pete se fue. Podrías haber vuelto entonces...
—Lo sé —la palabra le sale como un gemido—. Lo sé. Me convencí de que te habías olvidado de mi existencia. Me convencí de muchas cosas. Hasta que llegué a tu casa y allí estabas, y todo lo que me había dicho resultó ser mentira.
Me seco los ojos con la servilleta de tela.
—Venga, estás disgustada... vámonos —dice.
Paga la cuenta y nos vamos.
Llegamos a la camioneta y me detengo. Él va un paso por delante de mí, llaves en mano, y cuando se gira simplemente lo miro.
Lo miro de verdad. Diez años se reordenan en un segundo.
Cada vez que me llamó «cría». Cada vez que decidí que era demasiado aburrida, demasiado blandita, o simplemente un incordio, y nunca fue nada de eso.
Nunca fui yo. Él se aferraba a una promesa con todas sus fuerzas y lo estaba destrozando, y yo nunca lo supe.
Acorto la distancia y me aprieto contra él. Su boca se estrella contra la mía.
Son besos frenéticos, locos, sus manos recorriéndome entera.
—Te quiero, Dani —murmura contra mi boca.
—Y yo a ti.
Me mete en la camioneta y me lanzo sobre él, trepando a su regazo en la oscuridad del aparcamiento.
Él suelta un gruñido bajo y ronco contra mi boca y me atrae hacia sí como si no pudiera tenerme lo bastante cerca.
No hay nada de cuidado en esto: mis manos aferradas a su camisa, su boca ardiente en mi cuello, los dos respirando como si hubiéramos corrido un kilómetro.
—Joder —arrastra la boca hasta mi oído, las manos ya bajo mi vestido, abarcando mi espalda, mis caderas, mi culo. Estoy tan mojada que noto cómo empapa las bragas—. Dime que pare y paro. Di la palabra.
—¡No! Ni se te ocurra parar —le desabrocho el cinturón y la cremallera como puedo.
Es como si algo se soltara en él. Me levanta, aparta mis bragas a un lado, y sus dedos se hunden en el calor húmedo de mi coño.
Los dos gemimos a la vez. Me trabaja rápido, el pulgar trazando círculos en mi clítoris mientras un dedo se hunde dentro de mí.
Me balanceo contra su mano en la oscuridad, las ventanas empañándose, su nombre escapándoseme de los labios como si hubiera perdido toda vergüenza. No con él. Nunca con él.
—Eso es —su voz es ronca contra mi garganta—. Córrete para mí. Déjame sentirte.
Me corro en sus dedos vergonzosamente rápido, mordiéndole el hombro para ahogar el gemido, y él me acaricia mientras me deshago, susurrándome guarradas y ternuras hasta que no soy más que un amasijo tembloroso y jadeante.
Deslizo la mano entre los dos y agarro su gruesa polla, caliente, dura, tan lista, y el sonido gutural que escapa de su garganta casi me hace correrme otra vez.
—Te necesito dentro... no puedo esperar... ¡fóllame, por favor!
Me levanta, se coloca y me deja caer sobre él en una embestida rápida e implacable hasta clavarme en él por completo.
Oleadas de calor me recorren y ambos nos quedamos quietos, temblando, su respiración entrecortada y áspera contra mi boca.
—Joder. Dani. Mierda, nunca tendré suficiente de esto. De ti. ¡Eres jodidamente mía!
Se mueve y lo cabalgo en el asiento delantero de su camioneta, en un aparcamiento público, como una mujer poseída.
Sus manos se clavan en mis caderas, su boca succiona mi pecho a través del vestido, y a ninguno de los dos nos importa nada más que esto: el roce, la plenitud profunda y la forma en que observa mi rostro como si lo estuviera grabando en su memoria.
Es rápido, duro y sucio, y cuando me corro por segunda vez, él se corre conmigo, con el gemido enterrado en mi pelo y los brazos cerrados a mi alrededor como si nunca fuera a soltarme.
Durante un rato solo respiramos. Su corazón late con fuerza bajo mi mano mientras sus dedos recorren mi espalda de arriba abajo, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Pero no lo tiene. Ese es el problema. Y en el silencio que sigue, todavía envuelta en él, todavía unida a él, ese es el pensamiento que aflora y se niega a desaparecer.
—Mark —murmuro contra su garganta—. ¿Qué estamos haciendo?
Su mano se detiene en mi espalda.
Me aparto y me obligo a mirarlo, porque necesito ver su cara para esto.
—Dijiste que me amas. Y me creo todo lo que me dijiste en el restaurante, cada palabra.
La voz empieza a quebrárseme y no puedo evitarlo.
—Lo que me asusta es que te irás en unos días.
Me amarás y aun así te irás, porque el fuego siempre está en otro lugar y te alejará de mí.
¿Cómo vamos a hacer esto, mantener una relación a tres husos horarios de distancia la mitad del año?
Viviré aterrorizada pensando que cada incendio forestal será el que te lleve para siempre.
Y te echaré de menos como una loca cada vez que estemos separados.
Niego con la cabeza.
—No creo que pueda hacerlo, Mark. No creo ser tan fuerte.
—No es solo mi trabajo, Dani. Es lo que soy. Llevo mucho tiempo siendo ese hombre... en la línea de fuego, en todos los sentidos. No sé cómo prometerte que dejaré de serlo. No voy a mentirte. No ahora. No con esto.
No es una solución. Es peor que eso. Es un sí a todo: el amor y las despedidas, y lo que él es, tan entrelazados que no puedo tener uno sin lo otro.
Siento cómo el corazón se me hunde en silencio, atravesando el suelo de esa camioneta con los cristales empañados.
—Vale —susurro—. De acuerdo.
—Dani...
—Llévame a casa.
Me bajo de su regazo, cojo unos pañuelos e intento recomponerme con las manos temblorosas.
—Por favor. Solo... llévame a casa.