Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 47
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Nora sintió que algo se le encogía en el pecho.

—¿Le pegó a Rebeca?

Asentimiento.

—¿Con la mano?

Otro asentimiento. Y luego, con un esfuerzo evidente, Celia añadió una palabra más en el papel.

FUERTE.

Nora cerró los ojos un segundo. Luego volvió a abrirlos y mantuvo la voz baja, contenida.

—¿Y tú lo oíste desde arriba?

Asentimiento.

—Y bajaste a ver qué pasaba.

Negación. Celia volvió a coger el bolígrafo. Esta vez la letra salió más firme, como si por fin estuviera contando algo que había repasado mil veces dentro de su cabeza.

FUI A POR ALGO.

Celia asintió sin descubrirse la cara.

Y las piernas se mueven solas. Bajan las escaleras sin que Celia decida bajarlas.

No tiene cabeza para decidir nada. Solo tiene un sonido en los oídos, el sonido de la bofetada, y la imagen mental de Rebeca cayendo.

Y una palabra que su hermana le dijo hace meses, cuando le enseñó el libro.

La encuadernación verde, la balda más alta de la biblioteca, detrás de las obras completas de Bach.

"Bichito, si alguna vez pasa algo, aquí lo tienes. Está cargado. Solo tienes que apretar el gatillo."

Solo eso. Apretar el gatillo.

Nora se acercó un poco más. Le puso la mano en el hombro a Celia, con suavidad .

—¿Fuiste a por algo? ¿A por qué fuiste?

Celia bajó las manos. Tenía la cara empapada de lágrimas silenciosas. Cogió el bolígrafo otra vez. Escribió, con letra temblorosa, casi ilegible.

BIBLIOTECA. LIbrO VERDE. BACH.

Nora frunció el ceño. No entendía.

—¿Un libro? ¿Fuiste a buscar un libro?

Negación. Celia cerró los ojos con fuerza, como si las palabras que necesitaba estuvieran atrapadas detrás de una puerta que costaba demasiado abrir. Volvió a coger el bolígrafo. Lo apretó tanto que los nudillos se le pusieron blancos.

DETRÁS DEL LIbrO.

—Había algo escondido detrás del libro.

Asentimiento.

—¿Qué había, Celia?

Los dedos temblaron sobre el papel. La punta del bolígrafo arañó la superficie sin trazar nada durante unos segundos. Luna empujó el hocico contra la pierna de Celia, como recordándole que no estaba sola. Entonces escribió. Despacio. Letra por letra.

PISTOLA.

Nora sintió que el aire se le quedaba atrapado en la garganta. Se obligó a mantener la voz calmada.

—¿Rebeca te había dicho que estaba ahí?

Asentimiento.

—¿Cuándo te lo dijo?

Celia no escribió nada. Solo levantó la mano y la movió vagamente hacia atrás, hacia el pasado, un gesto impreciso que podía significar semanas o meses.

—¿Te dijo por qué la tenía ?

Celia cogió el bolígrafo una vez más. La letra era cada vez más irregular, más frágil, como si el esfuerzo de recordar le costara también en los músculos.

BICHITO. SI PASA ALGO.

Nora tragó saliva.

—Te dijo que si alguna vez pasaba algo malo, supieras dónde estaba.

Asentimiento.

—Y aquella noche, cuando oíste que le pegaba, fuiste a buscarla.

Asentimiento.

—Y lo cogiste.

Asentimiento. Y entonces Celia soltó el bolígrafo, que rodó por el suelo hasta chocar contra la pata del atril, y se abrazó las rodillas con fuerza, hundiendo la cara entre ellas.

La pistola pesa. Pesa más de lo que Celia imaginaba que pesaría algo tan pequeño.

Las manos le tiemblan tanto que apenas puede sostenerla con las dos.

Sale de la biblioteca despacio, con el arma escondida entre los pliegues del jersey, porque tiene miedo de que alguien la vea, miedo de tropezar, miedo de que el ruido de sus propios pasos llegue antes que ella.

Pero el ruido de la discusión es más fuerte que cualquier cosa que ella pudiera hacer.

La voz de él, contenida, fría, cortante.

La voz de Rebeca, ahora más débil, jadeante, como si le costara coger aire.

Lo ve. Lo ve a él, de pie, con la mano alzada otra vez como si fuera a pegarle de nuevo a Rebeca, que está apoyada en la encimera con la mano en la cara, el pelo cayéndole sobre los ojos, sangre en los dedos .

Y Celia levanta el arma. Las dos manos. Como ha visto en las películas. Se acerca. Apunta. Aprieta los ojos. Aprieta el gatillo.

El estruendo.

El retroceso que la tira hacia atrás un paso entero.

Y luego el silencio. Un silencio que dura toda la vida.

Cuando abre los ojos, él está de pie. Quieto. Mirando algo que está en el suelo.

Rebeca.

Rebeca en el suelo.

No se mueve.

Hay sangre en su cara. Mucha sangre. Donde antes había mejilla ahora hay un agujero. Donde antes había sonrisa torcida ahora no hay nada.

El arma cae de las manos de Celia y golpea el suelo con un ruido metálico. Pero Celia no lo oye. Celia ya no oye nada. Algo en su cabeza se ha apagado de golpe, como cuando salta el plomo de la casa en una tormenta y todo se queda a oscuras sin previo aviso.

Y entonces él se mueve.

No corre. No grita. No se arrodilla junto a Rebeca para comprobar si respira.

No hace ninguna de las cosas que la gente normal haría en un momento así.

Lo que hace es girarse despacio, con esa precisión calculada que tiene para todo, y mirar a Celia.

La mira sin decir nada durante varios segundos.

Los ojos detrás de las gafas la evalúan, la miden, la catalogan como si fuera un caso más sobre su mesa.

Luego se acerca. Despacio. Con esos zapatos que suenan distintos a los de las demás personas que vienen a la casa. Se detiene a un par de pasos de ella.

—Celia.

La voz suave. La voz que pone cuando habla con sus clientes en el despacho. La voz que ha usado tantas veces en esa misma casa para decirles a las dos hermanas que todo está bajo control, que él se ocupa, que no tienen que preocuparse de nada.

—Celia, mírame.

Pero Celia no puede mirar. Celia no puede hacer nada. Algo dentro de ella se ha desconectado y los músculos no responden, las palabras no se forman, los ojos miran sin ver.

—¿Me oyes? Celia, ¿me oyes?

Él se agacha. Pone una mano sobre el hombro de Celia.

—Esto es muy importante, Celia. Necesito que me digas si has visto algo. Si has oído algo. ¿Sabes dónde estás?

Nada. Ni un parpadeo. La mirada de Celia atraviesa la cocina y se pierde en algún punto detrás de él, en la ventana donde el sol de la tarde dibuja un rectángulo perfecto sobre el suelo.

Él la observa unos segundos más. Calcula.

Camina hasta el arma. La recoge del suelo con un pañuelo que saca del bolsillo, sin tocarla con la piel. La envuelve cuidadosamente. La mete en el bolsillo interior de la chaqueta. Comprueba que no se nota el bulto. Se ajusta la solapa.

Vuelve a mirar a Rebeca. Esta vez sí se acerca a ella, pero no para ayudarla. Se acerca para comprobar. Le pone dos dedos en el cuello. Espera. Retira los dedos. Limpia la zona con un pañuelo. Asiente otra vez.

Luego saca el móvil. Pero no llama a emergencias. Mira la pantalla, busca algo, lee, escribe. Devuelve el móvil al bolsillo.

Y entonces vuelve a Celia.

—Celia, escúchame bien. Tú no has visto nada. ¿Me entiendes? Tú no has bajado. Tú has estado arriba todo el rato. Cuando vengan, no has visto nada. No has oído nada. Si te preguntan, no sabes qué ha pasado. ¿Me oyes?

Celia no responde. Celia sigue sin estar allí.

Él la observa un momento más. Y entonces sonríe .

Una sonrisa pequeña. Apenas un movimiento de los labios. La sonrisa de alguien que acaba de comprobar que un problema se ha resuelto solo.

—Mejor así.

Le pone una mano en la cabeza. Un gesto casi paternal. Como si fuera un tío cariñoso que se despide de una sobrina.

—Mejor así, bichito.

Y se va. Sus zapatos calculados se alejan por el pasillo. La puerta de la calle se abre. Se cierra.

Y Celia se queda allí. De pie. En la cocina. Junto al cuerpo de su hermana. Lo último que registra antes de que la oscuridad la cubra del todo es esa palabra. Bichito. La palabra que solo Rebeca usaba para llamarla. La palabra que, en la boca de él, suena como un cuchillo.

Y entiende, sin necesidad de pensarlo, que su vida acaba de terminar también. Que algo dentro de ella se ha roto para siempre. Y que aquel hombre, aquel hombre con gafas y traje, lo sabe. Y lo va a usar.

Celia se derrumbó hacia adelante, sobre Luna, con un sollozo seco que finalmente encontró el camino. Lloró sin sonido durante un minuto largo. Nora la rodeó con los brazos. Luna se quedó debajo y las sostuvo a las dos como un cojín cálido y respirando.

—Yo le disparé —susurró Celia. Las primeras palabras completas que pronunciaba delante de otra persona en dos años—. Yo. Yo la maté.

—No la mataste tú, Celia.

—Fallé. Iba a darle a él y le di a ella.

—Lo sé. Lo sé, cariño.

Las dos se quedaron así, abrazadas en el suelo, mientras Luna gemía suavemente entre ellas. Fuera, el sol de la mañana había roto las nubes y la luz entraba por el ventanal en una franja dorada que caía justo sobre el violín abandonado a un lado.

Marta apareció en el umbral. No dijo nada. Pero tenía los ojos húmedos y una mano apoyada en el marco de la puerta como si necesitara sostenerse.

—Tenemos que irnos —murmuró al fin—. Pronto.

Nora asintió sin soltar a Celia.

—Cinco minutos más.

—Cinco minutos.

Marta cerró la puerta y se quedó montando guardia en el pasillo.

Y dentro de la sala, una mujer embarazada, una perra y una joven que llevaba dos años en silencio compartieron uno de esos momentos que no tienen nombre, donde la verdad por fin sale a la luz.