Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 46
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La puerta lateral del jardín se abrió a las ocho en punto, tal como Marta había prometido.

Nora cruzó el umbral con Luna pegada a la pierna; el corazón le latía contra las costillas con esa fuerza que la había acompañado toda la noche.

Lobo se quedó fuera, en el coche, con instrucciones de avisar al móvil si veía aparecer a alguien en el camino de grava.

Marta esperaba en el pasillo del personal, vestida con el uniforme habitual, pero con una extraña rigidez en los hombros. No saludó. Solo señaló con la cabeza hacia el corredor del anexo y echó a andar sin mirar atrás.

—Está despierta. Le he dicho a la auxiliar que no la moleste durante una hora.

—¿Y Morcillo?

—Camino de San Sebastián. No volverá hasta las dos.

—¿La medicación?

—La misma de siempre.

Llegaron a la puerta de la sala de música. Marta puso la mano sobre el pomo, pero antes de girarlo se volvió hacia Nora.

—Una hora. Ni un minuto más. Si pasa cualquier cosa, llamo y os sacamos por donde habéis entrado.

—Entendido.

La puerta se abrió.

Celia estaba sentada en el suelo, junto al ventanal, con el violín apoyado en el regazo y los dedos rozando las cuerdas sin pulsarlas.

Tenía el pelo recogido en una coleta desordenada y llevaba un jersey gris que le quedaba grande, dejando ver las clavículas y las venas azuladas del cuello.

Cuando oyó la puerta, levantó la vista. Y por un momento, antes de que el cerebro procesara quién entraba, Nora vio en sus ojos algo que no esperaba: alivio.

—Hola, Celia.

Luna entró primero. Se acercó al ventanal sin prisa, se sentó frente a ella y dejó que la chica le tocara las orejas con dedos temblorosos. Nora se sentó en el suelo, a un par de metros, y dejó la mochila a su lado.

—Te he echado de menos.

Celia no respondió, pero sus dedos acariciaban a Luna con un ritmo lento, constante.

—Han intentado que no volviera. Pero he vuelto. Y voy a volver siempre que tú quieras. ¿Vale?

Un asentimiento mínimo de la cabeza.

Nora respiró hondo. Se llevó una mano al vientre, donde el bebé llevaba toda la mañana moviéndose, como si supiera que esa hora era diferente a todas las anteriores.

—¿Sabes qué? La criatura no ha parado de dar patadas desde que me levanté. Como si me dijera que tenía que venir a verte. ¿Quieres sentirlo?

Tendió la mano hacia Celia. Despacio. Sin exigir.

Celia dejó el violín a un lado. Se acercó arrastrándose por el suelo unos centímetros y posó la mano sobre el vientre de Nora como si tocara algo sagrado. El bebé respondió de inmediato, con un golpe suave que Celia notó bajo la palma.

Sus ojos se humedecieron. No lloró. Pero las lágrimas permanecían allí, temblorosas.

—Celia, necesito hablar contigo. De cosas difíciles. Pero estoy aquí, y Luna está aquí, y la criatura está aquí. Y no vamos a dejarte sola. ¿Vale?

Otro asentimiento. Más lento esta vez.

Nora sacó el móvil de la mochila. Abrió la galería de fotos .

—Voy a enseñarte unas fotos. Quiero que las mires y me digas si reconoces a alguien. Solo con la cabeza. Sí o no. Como siempre.

La primera foto fue de Gael Sáenz. Una imagen del Musikene que habían sacado de la web del conservatorio.

Celia miró. Asintió. Pero no hubo reacción más allá del reconocimiento.

—¿Era él el hombre de aquella noche?

Negación clara. No.

Nora pasó a la siguiente. Una foto de Morcillo en la web de Mar de Bruma.

—¿Y él?

Asentimiento. Lo conocía. Pero otra vez sin reacción emocional.

—¿Era él?

Negación.

Nora respiró hondo. Pasó a la tercera foto. La que habían sacado en el concierto del Kursaal, donde se veía a Santisteban hablando con otros invitados, gafas, traje impecable, esa postura calculada que era su sello.

—¿Y este hombre?

La fotografía. Pequeña en la pantalla. Pero es él. Es él. Esos ojos detrás de las gafas. La forma de tener las manos quietas a los lados del cuerpo. El olor a colonia cara que le llega ahora aunque no esté en la habitación, porque el olor vive en su cabeza desde aquella noche y nunca se ha ido.

Celia se apartó del móvil como si la pantalla quemara. Las manos le empezaron a temblar y un sonido salió de su garganta, un quejido bajo que fue creciendo hasta convertirse en un gemido entrecortado. Luna se pegó a ella, empujándola con el hocico, anclándola al presente.

—Tranquila. Estoy aquí. Estoy aquí. Era él, ¿verdad ?

Celia asintió. Y siguió asintiendo. Una vez, dos, tres, como si necesitara confirmarlo varias veces para creérselo ella misma.

Está abajo. Está en la cocina con Rebeca. La voz de Rebeca suena rara, suena enfadada, suena rota.

—¿Estaba en la casa esa noche, Celia?

Asentimiento.

—¿Estás segura?

Asentimiento más fuerte. Las manos de Celia se cerraron en puños sobre el regazo. Empezó a mecerse muy ligeramente, hacia adelante y hacia atrás.

—¿Qué le decía Rebeca?

Celia abrió la boca. No salió palabra. Solo un sonido sin forma, como si las cuerdas vocales no recordaran cómo encajar un sonido con un significado. Cerró los ojos. Apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas.

La voz de Rebeca que sube por la escalera.

Las palabras como cuchillos. "No eres un hombre.

Eres un cobarde. Un picha floja. Te crees que con tu traje y tus gafas vas a impresionar a alguien.

" La risa. Esa risa amarga que Rebeca tiene cuando quiere hacer daño y sabe que lo va a conseguir.

"Morcillo sí sabe. Morcillo sí es un hombre. Tú eres una caricatura."

—No puedes hablar. No pasa nada. Toma. —Nora sacó una libreta pequeña y un bolígrafo de la mochila y los puso en el suelo, entre las dos—. Si quieres, escribe. Solo lo que puedas. Cuando puedas.

Celia miró la libreta. Miró el bolígrafo. Las manos seguían temblando, pero alargó una hacia el papel. Cogió el boli con torpeza, como si no recordara cómo se sostenía. Lo apoyó sobre el papel.

Escribió una palabra. Una sola.

FLOJO.

Nora leyó. Asintió despacio .

—Eso le decía Rebeca a él.

Asentimiento.

—¿Le insultaba?

Asentimiento. Celia volvió a coger el bolígrafo. Escribió otra palabra debajo.

PICHACORTA.

—¿Y qué más?

"Morcillo sí sabe cómo follar a una mujer. Tú eres una broma, Álvaro. Una broma con traje caro."

Celia escribió otra palabra. La última de aquella línea.

MORCILLO MEJOR.

—¿Le decía que Morcillo era mejor que él?

Asentimiento. Y aquí algo se rompió. Celia dejó caer el bolígrafo y se llevó las manos a la cara. Los hombros le temblaban, pero seguía sin emitir sonido. Solo ese balanceo cada vez más rápido, cada vez más desesperado.

Y entonces el ruido. La bofetada. Seca. Fuerte. Y el grito ahogado de Rebeca, ese grito que Celia nunca había oído antes, el grito de alguien a quien le han hecho daño físicamente. El cuerpo cayendo contra algo. Una mesa, una silla, no lo sabe. Solo el ruido.

Nora le puso la mano en la rodilla, con suavidad. No la presionó. Solo esperó.

—Celia, ¿qué pasó después de que él escuchara esos insultos? ¿Qué hizo?

Celia bajó las manos despacio. Tenía la cara húmeda, los ojos enrojecidos. Cogió el bolígrafo con dedos que apenas obedecían y escribió, debajo de las otras palabras, con letra temblorosa:

LE PEGÓ.