Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 45
94%

45

El teléfono de Lobo sonó a las siete de la mañana, cuando el sol apenas empezaba a asomar por encima del monte Urgull y la bahía de La Concha todavía conservaba ese color plomizo de las horas tempranas.

Nora dormía a su lado, con la respiración pausada y una mano sobre el vientre.

Luna levantó la cabeza desde su rincón, las orejas en alerta.

Lobo miró la pantalla. Número desconocido.

Formato local. Se levantó de la cama sin hacer ruido, cogió el bastón y salió al salón.

La luz del ventanal le dio de lleno en la cara mientras descolgaba.

—¿Sí?

—Soy el doctor Morcillo.

La voz era la misma de siempre, grave, modulada, profesional. Pero había algo debajo. Una capa que Lobo no le había escuchado antes. Algo que en otra persona habría llamado duda, pero que en Morcillo sonaba más bien a un hombre que ha pasado la noche entera decidiendo si debía hacer esa llamada.

—Doctor. No esperaba tener noticias suyas.

—Ni yo esperaba dárselas. Pero hay cosas que no puedo seguir guardando para mí sin que me coman por dentro, y he llegado a un punto en el que necesito hablar con alguien que no esté dentro de estas paredes.

Lobo se sentó en el sofá, apoyando el bastón contra el reposabrazos. Fuera, una gaviota cruzó el cielo gris dejando un graznido que se perdió sobre el agua.

—Le escucho.

Morcillo tardó unos segundos en empezar. Lobo imaginó al doctor en su despacho de Mar de Bruma, quizá de pie junto a la cristalera que daba al acantilado, mirando el mismo mar que él veía desde el otro lado de la bahía.

—Voy a contarle algo que debería haber mencionado antes, cuando hablamos en mi despacho.

Pero no lo hice porque en ese momento no le di la importancia que tiene, o quizá porque no quería dársela.

Anoche, Álvaro Santisteban vino a verme a la clínica.

Me avisó con un par de horas. Tiene esa costumbre de presentarse cuando le conviene y exigir acceso inmediato a todo lo que considere bajo su jurisdicción. Pero esta vez fue diferente.

—¿Diferente en qué sentido?

—Me pidió que le dejara ver a Celia. A las diez de la noche, con una tormenta cayendo sobre el acantilado, me pidió entrar en la habitación de una paciente que debería estar dormida.

Yo le dije que no era recomendable, que cualquier alteración de la rutina nocturna podía provocar una crisis.

Pero él insistió. Y como es el representante legal, yo no tengo base jurídica para negarme.

Lobo apretó el teléfono contra la oreja. Nora había aparecido en la puerta del salón, descalza, con el pelo revuelto, y lo miraba con esa expresión que significaba que había oído lo suficiente para saber que debía quedarse callada y escuchar.

—¿Qué pasó cuando entró?

—Pasó algo que en dos años de tratamiento no había presenciado nunca.

Celia estaba despierta, sentada en el suelo, meciéndose por la tormenta.

Cuando nos vio entrar, no reaccionó a mi presencia.

Me conoce, sabe quién soy, mi presencia no le genera alarma.

Pero en el momento en que vio a Santisteban detrás de mí, sufrió un episodio de pánico que solo puedo describir como extremo.

No fue ansiedad generalizada. No fue una crisis provocada por la sobrecarga sensorial de la tormenta.

Fue una reacción focalizada, dirigida, absolutamente específica hacia una persona concreta.

Lobo se inclinó hacia adelante .

—¿Qué hizo Celia exactamente?

—Gritó. No me miraba a mí. Lo miraba a él.

Solo a él. Con un terror en los ojos que yo he visto pocas veces en mi carrera, y siempre en pacientes que habían sufrido agresiones directas por parte de la persona que tenían delante.

Luego cogió la lámpara de la mesilla y la lanzó contra la puerta. Casi le da a Santisteban en la cabeza.

—¿Y qué hizo Santisteban?

—Retrocedió al pasillo. Se quedó allí de pie, observando, con esa expresión suya que parece calcularlo todo sin sentir nada.

Y mientras yo sedaba a Celia, porque no me quedó más remedio que administrarle una dosis de emergencia para evitar que se hiciera daño, él esperó a que terminara para decirme que aquello confirmaba lo que él ya sospechaba: que Celia estaba fuera de control y que había que aumentar la medicación ansiolítica para mantenerla más tranquila.

Nora había cruzado el salón en silencio y se había sentado en el otro extremo del sofá, con Luna a sus pies. Lobo puso el altavoz.

—¿Y usted qué le dijo?

—Al principio me negué. Le expliqué que aumentar los ansiolíticos en una paciente como Celia es contraproducente, que lo que necesita es menos medicación, no más, que los avances de las últimas semanas demuestran que su mente está preparada para empezar a abrirse y que sedarla más sería como ponerle una mordaza química.

Se lo argumenté con toda la literatura clínica que tengo a mi disposición, con los informes de evolución, con los datos objetivos de sus últimas evaluaciones.

—¿Y él?

La pausa que siguió fue larga. Lobo oyó al otro lado de la línea el sonido del mar golpeando contra las rocas, filtrado a través de los cristales sellados del despacho de Morcillo .

—Santisteban me recordó que la Fundación de Ainhoa Etxeberria destina una parte significativa de sus fondos al mantenimiento del Instituto Mar de Bruma.

No lo dijo como una amenaza directa. Lo dijo como quien menciona un dato objetivo en medio de una conversación sobre presupuestos.

Pero el mensaje era cristalino: si yo no cooperaba con sus instrucciones respecto a Celia, los fondos de la fundación podrían redirigirse hacia otros centros más... receptivos a sus indicaciones.

—Le chantajeó —dijo Nora desde el sofá.

—Lo que hizo fue darme a elegir entre mi criterio médico y la supervivencia económica de la clínica donde trabajo. Y yo, inspector, inspectora, no estoy orgulloso de lo que voy a decirles, pero cedí. Firmé la orden de aumento de medicación. Y llevo desde entonces sin poder dormir.

El silencio que siguió fue denso. Luna gimió suavemente, como si percibiera la gravedad de lo que flotaba en el aire.

—Doctor —dijo Lobo—, ¿por qué nos cuenta esto ahora?

—Porque llevo desde anoche haciéndome una pregunta que no consigo responder con ningún manual de psiquiatría. Una pregunta que me persigue desde que vi la cara de Celia cuando Santisteban entró en su habitación.

—¿Qué pregunta?

—¿Por qué una paciente que lleva dos años sin reaccionar ante nadie, que apenas ha empezado a comunicarse con una investigadora y con un perro, que no muestra signos de agresividad ni de violencia en ningún otro contexto, entra en un estado de pánico absoluto al ver a un hombre que, según todos los registros oficiales, no es más que su abogado?

Lobo y Nora se miraron.

—¿Tiene usted alguna hipótesis, doctor? —preguntó Lobo .

—Las hipótesis que tengo me dan miedo, inspector. Porque si lo que estoy pensando es cierto, entonces llevo dos años cuidando a una paciente cuyo mayor peligro no está fuera de la clínica. Está dentro del sistema que supuestamente la protege.

—¿Nos está pidiendo ayuda?

Morcillo tardó en responder.

—Les estoy pidiendo que hagan lo que tengan que hacer. Que vean a Celia. Que averigüen la verdad.

—¿Y la medicación?

—No he aumentado la dosis. Firmé la orden, pero no la he ejecutado. Celia sigue con la misma pauta de siempre. Si Santisteban pregunta, le diré que el cambio necesita unos días para implementarse. Eso les da una ventana.

—¿Cuántos días?

—Tres. Quizá cuatro. Después tendré que aplicar la orden o inventar una excusa clínica para no hacerlo. Y las excusas en este campo tienen las patas muy cortas.

Lobo se puso de pie. El bastón golpeó el suelo con un sonido seco que pareció sellar un acuerdo.

—Doctor Morcillo, vamos a entrar en la clínica. Mañana. A primera hora. Y vamos a ver a Celia.

—Lo sé. Marta me lo ha contado.

—¿Y no la ha detenido?

—No. Porque por primera vez en mucho tiempo, creo que lo que ustedes hacen es más importante que lo que yo he estado protegiendo. —Hizo una pausa—. Y porque si no hago algo ahora, voy a tener que vivir el resto de mi vida sabiendo que podría haberlo hecho y no lo hice.

—Mañana a las ocho —confirmó Lobo .

—La puerta del jardín estará abierta. Marta les esperará dentro. Yo estaré en San Sebastián, como todos los martes. Oficialmente, no sé nada de esto.

—Entendido.

—Inspector.

—¿Sí?

—Cuide de Celia. Por favor.

La línea se cortó.

Lobo dejó el teléfono sobre la mesa del salón y se quedó mirando la bahía, donde la luz de la mañana empezaba a dorar la arena de La Concha.

Nora se levantó del sofá y se colocó a su lado.

—Morcillo tiene miedo, Félix.

—Todos lo tienen. Es lo que pasa cuando la verdad empieza a empujar desde abajo.

—¿Le crees?

—Le creo que Celia entró en pánico al ver a Santisteban. Le creo que el abogado lo presionó con el dinero. Y le creo que no ha subido la medicación.

—¿Y lo demás?

—Lo demás lo descubriremos mañana.

Luna se acercó a ellos y apoyó la cabeza en la rodilla de Nora. Fuera, el sol terminó de romper las nubes y la bahía se encendió con esa luz limpia del norte que parece lavar el mundo cada mañana.

Mañana era martes.

Y todo lo que habían construido durante semanas convergía en una sola hora, en una sola sala, frente a una joven que llevaba dos años esperando que alguien la escuchara.