Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 44
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Los truenos hacen ruido. Mucho ruido. El ruido es malo. El ruido rompe las cosas que están en su sitio. Pero si se mece, si cuenta, si mantiene el ritmo, el ruido no puede entrar. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro.

La puerta se abre.

No debería abrirse. A esta hora la puerta no se abre. La puerta se abre a las siete y media, cuando viene la enfermera con las pastillas y el vaso de agua. No ahora. Ahora no.

Luz del pasillo. Dos sombras. Una alta, delgada, con bata blanca. Esa la conoce. Esa no duele.

La otra.

La otra es más baja. Más ancha. Tiene las manos a los lados del cuerpo, quietas, como las tiene siempre. Los zapatos que suenan duros contra el suelo. Los zapatos calculados.

No.

La cuerda se tensa. Todo el cuerpo se tensa. El balanceo se detiene de golpe, como si alguien hubiera tirado de un freno. El aire deja de entrar. El pecho se cierra. Los dedos buscan algo que agarrar pero solo encuentran la tela del pijama, que se arruga entre las uñas.

Esos zapatos.

Esa forma de estar de pie sin moverse.

Ese olor que llega desde la puerta, colonia cara que se mezcla con algo más frío, más metálico.

El rectángulo de sol en la mesa de la cocina. La voz de Rebeca diciendo "por favor" con esa voz tan pequeña. Los zapatos alejándose. La puerta cerrándose.

Pero ahora no se alejan .

Ahora se acercan.

Santisteban dio un paso dentro de la habitación. Solo uno. Pero fue suficiente.

Celia abrió la boca. No salió ninguna palabra. Lo que salió fue un sonido que venía de algún lugar más profundo que la garganta, más antiguo que el lenguaje. Un alarido que no era grito ni llanto ni palabra. Era puro terror convertido en vibración.

Se levantó del suelo con un movimiento brusco, descoordinado, como un animal que de pronto descubre que está atrapado. Sus ojos, muy abiertos, no miraban a Morcillo. Miraban a Santisteban. Solo a él. Con una intensidad que hizo que el abogado retrocediera medio paso.

—Celia, tranquila —dijo Morcillo, adelantándose con las manos extendidas—. No pasa nada. Estás a salvo.

Pero ella no lo oía. No podía oírlo. Todo su cuerpo estaba volcado en una sola dirección, alejarse de la figura que había entrado por la puerta.

Retrocedió hasta chocar con la pared. Las manos golpearon la superficie blanca buscando una salida que no existía.

El alarido se transformó en una sucesión de jadeos entrecortados, rápidos, hiperventilados.

Santisteban se había quedado inmóvil junto a la puerta. Su rostro no mostraba sorpresa. Mostraba algo peor. Mostraba cálculo.

—Javier… —dijo, con una voz baja que no se correspondía con el caos de la habitación—. Creo que deberíamos parar esto.

No terminó la frase.

Celia había cogido la lámpara de la mesilla y la lanzó contra la puerta con una fuerza que nadie habría esperado de su cuerpo frágil. El cristal estalló contra la pared a centímetros de la cabeza de Santisteban, que retrocedió al pasillo con un movimiento rápido .

Morcillo se acercó a Celia con años de entrenamiento guiándole los movimientos. Voz baja, cuerpo de lado para no parecer amenazante, manos visibles.

—Celia, mírame. Mírame a mí. Estás aquí. Estás en tu habitación. Nadie va a hacerte daño.

Pero Celia no estaba allí. Estaba en otro sitio.

Un sitio donde los zapatos duros se acercan por un pasillo y la voz de su hermana se rompe como el cristal de la lámpara que acababa de lanzar.

Se había deslizado por la pared hasta quedar en el suelo, hecha un ovillo, las manos sobre los oídos, el cuerpo sacudiéndose con espasmos que no controlaba.

Morcillo sacó del bolsillo de la bata un estuche que llevaba siempre encima para estas situaciones.

La jeringa precargada apareció entre sus dedos con la familiaridad de un gesto repetido cientos de veces.

Se acercó despacio, hablándole sin parar en un tono monocorde diseñado para no alterar más el sistema nervioso.

—Ya está, Celia. Ya está. Voy a ayudarte a dormir. Solo eso. Dormir.

La aguja entró en el muslo con precisión. Celia se tensó un instante y luego, muy despacio, su cuerpo empezó a ceder. Los espasmos se espaciaron. Las manos bajaron de los oídos. Los ojos se cerraron, no de golpe sino con esa lentitud pesada de quien se hunde en un lugar donde nada puede alcanzarla.

Morcillo la sostuvo hasta que estuvo completamente relajada. La movió con cuidado hasta la cama, le colocó una manta por encima y comprobó el pulso. Normal. Respiración estable. Crisis contenida.

Se giró hacia la puerta.

Santisteban estaba en el pasillo, a dos metros de la entrada, con un fragmento de cristal sobre el hombro de la chaqueta que no se había molestado en quitar.

Tenía las manos en los bolsillos y la expresión serena de alguien que acaba de presenciar un espectáculo desagradable, pero que ya ha decidido qué conclusiones extraer de él.

—Esto es exactamente lo que me temía —dijo, ajustándose las gafas con el doble toque habitual—. Celia está fuera de control. Las visitas de esos investigadores la han desestabilizado por completo. Lo que acabo de ver confirma que mi decisión de cortar el acceso fue la correcta.

Morcillo lo miró desde el interior de la habitación. Había algo en sus ojos que no estaba antes. Una incomodidad que no encajaba con ningún diagnóstico que conociera.

—Acaba de sufrir una crisis aguda —respondió—. No saques conclusiones precipitadas.

—¿Precipitadas? —Santisteban señaló la habitación con un leve movimiento de la barbilla—. Ha entrado en pánico al verme. Ha lanzado una lámpara contra la puerta. Ha perdido por completo el control. ¿De verdad quieres que lo llame avance terapéutico?

—No he dicho eso.

—No. Pero estabas muy cerca de hacerlo.

Morcillo apretó la mandíbula.

—Álvaro, ahora no es el momento.

—Precisamente ahora es el momento, Javier.

Porque esto demuestra lo que llevo intentando explicarte desde que esos investigadores pusieron un pie aquí.

Celia no está preparada. La han removido.

La han empujado demasiado lejos. Y lo que acabamos de ver confirma que cortarles el acceso era la única decisión responsable.

Morcillo guardó silencio.

En la cama, Celia respiraba con dificultad bajo el efecto de la sedación. Tenía la boca entreabierta, las manos cerradas en puños sobre la manta y el cuerpo todavía rígido, como si una parte de ella siguiera atrapada en la crisis .

—Voy a reforzar las restricciones de visitas —dijo Morcillo al fin—. Solo personal autorizado. Nadie más.

Santisteban lo observó durante unos segundos.

—¿Y la medicación?

—No voy a aumentarla.

La respuesta salió seca. Más de lo que Morcillo pretendía.

Santisteban entornó los ojos.

—¿Después de lo que acabas de ver?

—Precisamente por lo que acabo de ver.

—No te entiendo.

Morcillo salió despacio de la habitación y cerró la puerta con cuidado, sin hacer ruido. Luego se quedó frente a Santisteban, en mitad del pasillo blanco, con la tormenta golpeando los cristales al fondo.

—Celia ha sufrido una reacción de pánico ante un estímulo concreto. Eso no se resuelve subiendo la dosis de ansiolíticos como quien baja una persiana. Ya está sedada para contener la crisis. Aumentar la medicación de base ahora sería una decisión precipitada y clínicamente discutible.

—Clínicamente discutible —repitió Santisteban, con una suavidad peligrosa.

—Sí. Discutible. Podría empeorar su embotamiento, reducir aún más su capacidad de respuesta, interferir con cualquier avance comunicativo y convertirla en una paciente más dócil, pero no más estable.

La sedación no es tratamiento, Álvaro. Es contención.

Y solo debe usarse cuando no queda otra alternativa.

Santisteban no respondió.

Morcillo continuó, ahora con más firmeza.

—Lleva dos años atrapada en un bloqueo severo. Si por fin está mostrando algún tipo de conexión con el exterior, no voy a apagarla químicamente porque haya tenido una crisis. Mi obligación no es hacer que Celia moleste menos. Es intentar que mejore.

La frase quedó suspendida en el pasillo.

Santisteban se sacudió entonces el fragmento de cristal del hombro con un gesto preciso, casi elegante.

—Admiro tu integridad, Javier.

Morcillo no dijo nada.

—De verdad —añadió el abogado—. Siempre la he admirado. Supongo que por eso Ainhoa insistió tanto en que Celia ingresara aquí y no en otro centro.

El nombre de Ainhoa cayó entre los dos con más peso que cualquiera de los truenos.

Morcillo apartó la mirada un instante.

Santisteban lo vio.

Y aprovechó la grieta.

—La Fundación Etxeberria ha sido muy generosa con Mar de Bruma estos últimos años.

—Eso no tiene nada que ver con Celia.

—Tiene mucho que ver con Celia. Gracias a esa aportación, Celia está aquí, en una habitación privada, con atención especializada, sin listas de espera, sin derivaciones, sin convertirse en un expediente más dentro de un sistema saturado.

—No mezcles las cosas.

—No las mezclo. Solo te recuerdo la realidad.

Morcillo tragó saliva.

Santisteban dio un paso hacia él. Su voz seguía siendo baja, pero ya no había preocupación en ella. Solo una calma afilada.

—También sabes que la clínica no atraviesa su mejor momento.

Los costes han subido. El mantenimiento de este edificio es absurdo.

El anexo nuevo sigue sin amortizarse. Tenéis plazas vacías desde hace meses y varios proveedores esperando cobrar.

No hace falta ser auditor para entender que Mar de Bruma no es precisamente un negocio boyante.

Morcillo endureció la expresión.

—La situación está controlada.

—No, Javier. La situación está sostenida. Que no es lo mismo.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Al otro lado de la puerta, Celia dormía bajo el efecto de la medicación. Fuera, la tormenta seguía zarandeando Jaizkibel como si quisiera arrancarlo de raíz.

Santisteban se inclinó apenas hacia él.

—Sin el dinero de la Fundación, esta clínica no es viable. Lo sabes tú. Lo sé yo. Y lo sabe Ainhoa.

Morcillo bajó los ojos.

—¿Me estás amenazando?

—Te estoy pidiendo responsabilidad.

—No. Me estás amenazando.

Santisteban sostuvo su mirada sin pestañear.

—Estoy protegiendo a Celia. Igual que tú deberías hacer.

Morcillo respiró hondo. Durante unos segundos pareció dispuesto a responder, a expulsarlo de la clínica, a elegir la ética por encima del miedo y de las facturas pendientes.

Pero la determinación se le fue deshaciendo poco a poco en el rostro.

No de golpe. No con cobardía evidente. Más bien como se agrieta una pared vieja cuando la humedad lleva años trabajando por dentro.

—Un ajuste temporal —dijo al fin, casi en un murmullo—. Nada más.

Santisteban no se movió.

—¿Qué tipo de ajuste?

—Aumentaré la pauta nocturna durante unos días. La mínima dosis efectiva. Con supervisión continua y revisión diaria. Si observo deterioro cognitivo, exceso de sedación o cualquier efecto adverso, la retiraré de inmediato.

—Me parece razonable.

—No lo hago por ti.

—Por supuesto que no.

Morcillo lo miró con una mezcla de rabia y derrota.

—Y reforzaré las restricciones de visitas. Solo personal autorizado.

Santisteban asintió despacio.

—Bien.

La palabra sonó limpia, razonable, impecable. Demasiado impecable.

Morcillo no contestó.

Santisteban se dio la vuelta y echó a andar por el pasillo hacia la salida, con ese paso calculado que parecía sonar igual en todas las superficies. Morcillo lo observó alejarse, recortado contra la luz blanca del corredor, hasta que dobló la esquina y desapareció.

Luego volvió a mirar la puerta cerrada de la habitación de Celia.

Al otro lado, dormía.

Pero incluso sedada, incluso hundida en el sueño químico, su cuerpo conservaba una tensión residual. La de quien no se siente a salvo ni siquiera inconsciente.

Morcillo apoyó la mano en el pomo, sin abrir.

Por primera vez en mucho tiempo, el Instituto Mar de Bruma le pareció menos una clínica que una casa construida sobre una deuda.

Fuera, la tormenta rugía contra el acantilado.