Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 43
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La luz entra por la ventana de la habitación. Es por la mañana. Celia lo sabe porque a esa hora el sol toca el borde de la mesa y dibuja un rectángulo perfecto sobre la madera. Siempre el mismo rectángulo. Siempre a la misma hora.

Está en el pasillo de arriba. Ha bajado tres escalones, los que no crujen, y se ha sentado con la espalda contra la pared. Desde ahí puede oír sin que la vean. Es algo que hace a veces. No por curiosidad. Por necesidad. Porque los sonidos de abajo le dicen si el mundo está en orden o no.

Hoy no está en orden.

Hay dos voces en la cocina. La de Rebeca, que suena distinta. Más aguda. Más rápida. Como cuando el violín está desafinado y las notas se empujan unas a otras sin dejar espacio entre ellas. Y otra voz. Un hombre. Grave, contenida, con esa precisión de quien elige cada palabra antes de soltarla.

—No puedo darte más. Ya no es posible.

—Solo necesito un poco más de tiempo. Unas semanas. Voy a arreglarlo, te lo prometo.

—Eso dijiste la última vez. Y la anterior. Siempre es lo mismo contigo, Rebeca. Siempre una semana más, un poco más de tiempo, una última oportunidad.

—Por favor.

Celia nunca ha oído a Rebeca decir "por favor" así. Así no. Con esa voz pequeña que no parece suya. Rebeca no suplica. Rebeca ordena, ríe, grita, discute. Pero no suplica.

Algo se ha roto en la forma en que el mundo suena.

—Escúchame bien. —La voz del hombre ha bajado un tono.

No grita. Es peor que si gritara. Las palabras salen lentas, medidas, como gotas que caen sobre una superficie de cristal—.

Estoy arriesgando mucho por ti. Mucho más de lo que imaginas.

Y lo hago porque confío en que vas a cumplir tu parte.

Pero si no cumples, si esto se descontrola, las consecuencias no serán solo para ti. ¿Me entiendes? No serán solo para ti.

Rebeca no responde. Celia cuenta los segundos de silencio. Uno. Dos. Tres. Cuatro.

—¿Me entiendes? —repite el hombre.

—Sí.

Una sola palabra. Seca. Rota.

Una silla se arrastra contra las baldosas. Pasos. El hombre camina hacia la puerta. Sus zapatos suenan diferentes a los de las demás personas que vienen a la casa. Suenan más duros, más exactos, como si cada paso estuviera calculado.

La puerta se abre. Se cierra. Un motor arranca fuera.

Y luego, el silencio.

Pero no es un silencio bueno. Es un silencio que pesa. Que ocupa el espacio donde antes estaban las voces y lo llena de algo que Celia no sabe nombrar pero que le hace apretar los puños.

Baja los escalones que faltan. Despacio. Sin ruido. Entra en la cocina.

Rebeca está de pie junto a la ventana, de espaldas. No se ha movido desde que el hombre se fue. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y los hombros tiemblan, aunque no hace frío. El rectángulo de sol sigue en la mesa, perfecto, intacto. Pero Rebeca no está intacta.

Celia se acerca. No dice nada. No toca. Solo se coloca a su lado, muy cerca, lo suficiente para que Rebeca sepa que está ahí.

Su hermana se gira. Tiene los ojos rojos, pero no llora. Se ha limpiado las lágrimas antes de darse la vuelta, como siempre. Como si llorar delante de Celia fuera algo que no se puede permitir .

—Eh, bichito. —La sonrisa que intenta es la de siempre, pero sale torcida, como una nota que no encuentra su sitio en la partitura—. ¿Llevas mucho rato ahí?

Celia no responde. Solo la mira. Y Rebeca entiende, porque Rebeca siempre entiende lo que Celia dice sin decirlo.

—No pasa nada, ¿vale? Ha sido una discusión tonta.

Cosas de trabajo. De dinero. De esas cosas aburridas que a ti no te interesan.

—La abraza. Fuerte. Demasiado fuerte. Igual que aquella tarde cuando vinieron a decirles lo de sus padres.

El mismo abrazo—. Todo está bajo control.

Te lo prometo. Yo me ocupo de todo. Siempre me ocupo de todo, ¿no?

Celia asiente contra su pecho. Pero no la cree.

Porque las personas que tienen todo bajo control no tiemblan así.

Y las personas que se ocupan de todo no dicen "por favor" con esa voz.

El rectángulo de sol se ha movido un centímetro sobre la mesa.

El mundo sigue girando, pero algo en la casa ha cambiado de sitio.

Algo que Celia no puede ver pero que siente en el aire, como cuando una cuerda del violín está a punto de romperse y la tensión se nota en los dedos antes de que el sonido lo confirme.

Algo se va a romper.

Pronto.

La tormenta llegó al Jaizkibel con una violencia que parecía personal.

Los rayos caían sobre el Cantábrico e iluminaban el acantilado en destellos blancos que duraban una fracción de segundo.

Lo justo para dejar grabada en la retina la imagen del mar embravecido, las olas de varios metros que se lanzaban contra la roca con un estruendo que hacía temblar los cimientos del Instituto Mar de Bruma.

Después, la oscuridad volvía, más densa que antes, y los truenos rodaban por la ladera como piedras enormes desprendiéndose de algún lugar invisible.

Dentro de la clínica, las luces parpadearon dos veces antes de estabilizarse.

El generador de emergencia zumbaba en algún punto del sótano, preparado para tomar el relevo si la red eléctrica cedía.

Los pacientes estaban recogidos en sus habitaciones, algunos dormidos gracias a la medicación nocturna, otros despiertos pero contenidos por la rutina y el cansancio.

Los pasillos del anexo blanco estaban vacíos salvo por un auxiliar que hacía la ronda con una linterna en la mano, más por obligación que por necesidad.

El coche de Álvaro Santisteban apareció en el camino de grava a las diez de la noche.

Un BMW oscuro cuyos faros cortaron la cortina de lluvia como dos cuchillos.

Aparcó junto a la entrada principal, apagó el motor y se quedó un momento dentro.

Permaneció con las dos manos sobre el volante, mientras observaba la fachada iluminada de la villa.

El limpiaparabrisas se detuvo y el agua cubrió el cristal de inmediato, borrando el mundo exterior.

Santisteban salió del coche con un paraguas negro que el viento intentó arrancarle de las manos. Cruzó los pocos metros que lo separaban de la puerta a paso rápido, las caderas anchas moviéndose como una peonza. La puerta se abrió antes de que llegara. Alguien lo esperaba.

Morcillo estaba en el vestíbulo, con la bata blanca abrochada hasta el último botón y una expresión que mezclaba la cortesía profesional con algo más difícil de nombrar. Incomodidad, quizá. O resignación.

—Álvaro. No esperaba que vinieras con este tiempo.

Santisteban cerró el paraguas y lo sacudió dos veces antes de dejarlo en el paragüero de la entrada. Se ajustó las gafas con ese doble toque del índice sobre el puente que era su tic más reconocible, y miró a Morcillo con esos ojos grises que nunca parpadeaban lo suficiente.

—Necesitaba hablar contigo en persona, Javier. Hay cosas que no se pueden tratar por teléfono. No cuando afectan a Celia.

Morcillo asintió con gravedad.

—Claro. Ven a mi despacho.

Caminaron por el pasillo de la villa señorial, bajo la luz ámbar de las lámparas que temblaba cada vez que un trueno sacudía la estructura.

El eco de sus pasos se mezclaba con el rumor constante de la lluvia contra los ventanales y con algo más lejano, más grave.

El mar que se estrellaba contra los acantilados con una furia que parecía querer tragarse la tierra.

El despacho de Morcillo los recibió con su orden impecable de siempre.

La cristalera que daba al acantilado mostraba un espectáculo brutal: relámpagos que rasgaban el cielo sobre el agua negra, olas que explotaban contra las rocas levantando columnas de espuma que el viento despedazaba antes de que cayeran.

La mesa de cristal reflejaba los destellos como un espejo intermitente.

Santisteban se sentó sin esperar invitación. Cruzó las piernas con cuidado, se ajustó la caída del pantalón para que no marcara la cadera, y apoyó las manos sobre los reposabrazos.

—Cuéntame. ¿Cómo está Celia?

Morcillo rodeó su escritorio y se sentó al otro lado. Juntó las manos sobre la superficie de cristal, los dedos entrelazados, y eligió las palabras con la precisión de quien sabe que cada frase será evaluada.

—Ha habido cambios, Álvaro. Cambios significativos.

Y creo que debo ser honesto contigo. En los últimos días, desde que esos investigadores empezaron a visitarla, Celia ha mostrado reacciones que no habíamos visto en dos años de tratamiento.

Ha respondido a estímulos externos, ha iniciado contacto físico con otra persona, ha emitido sonidos que, aunque no constituyen lenguaje verbal propiamente dicho, representan un avance cualitativo en su capacidad comunicativa.

Santisteban no se movió. Sus ojos grises se mantuvieron fijos en Morcillo con una atención que no tenía nada de médica.

—¿Qué tipo de contacto físico?

—Tocó el vientre de la investigadora. Está embarazada. Celia se acercó voluntariamente y puso la mano sobre su barriga. Es la primera vez en dos años que inicia un gesto así con otro ser humano.

Santisteban bajó la mirada un instante. Pareció contener una respiración demasiado honda.

—¿Y eso no te preocupa?

Morcillo ladeó apenas la cabeza.

—Al contrario. Desde un punto de vista clínico, es relevante.

—Desde un punto de vista clínico, quizá. Pero Celia no es un expediente, Javier. No es una reacción interesante en una hoja de seguimiento. Es una mujer destrozada. Lleva dos años encerrada dentro de sí misma. Si ahora empieza a responder, hay que preguntarse por qué. Y también a qué precio.

—¿Y los sonidos?

—Un tarareo. Una especie de nana. Y en la última visita, según me informó la inspectora, respondió a preguntas sencillas con movimientos de cabeza. Sí y no. Comunicación binaria pero voluntaria.

Un relámpago iluminó el despacho con un destello violento. El trueno que siguió fue tan profundo que las partituras de la estantería vibraron en sus baldas. Santisteban no se inmutó. Sus dedos tamborilearon una vez sobre el reposabrazos y luego se detuvieron.

—¿Y qué preguntas le hicieron exactamente?

—No estuve presente durante toda la sesión. La investigadora estuvo a solas con ella, como habíamos acordado. Pero según me contó después, le preguntó si había alguien más en la casa la noche que murió Rebeca. Y Celia asintió.

Santisteban se ajustó las gafas. Doble toque. Índice al puente.

—¿Asintió?

—Con la cabeza. También confirmó que era un hombre. Y que lo conocía.

El silencio que siguió fue de una naturaleza diferente al que producían los truenos.

—Javier, entiendo que desde un punto de vista clínico estos avances puedan parecer positivos. Incluso esperanzadores. Pero mi responsabilidad como representante legal de Celia es protegerla. Y lo que me estás describiendo no me tranquiliza en absoluto.

—Con todos los respetos, Álvaro, la mujer no la interrogó. Se limitó a crear un espacio seguro donde Celia pudiera expresarse libremente. La reacción fue espontánea, no forzada.

—Celia lleva dos años sin hablar —dijo Santisteban, con una tensión contenida en la voz—. Dos años encerrada dentro de sí misma. No puedes abrir esa puerta a golpes solo porque alguien tenga prisa por resolver un caso.

Morcillo apretó los labios, pero no respondió de inmediato. Fuera, el mar rugía con una fuerza que hacía vibrar los cristales sellados del despacho.

—Nadie ha abierto nada a golpes.

—¿Estás seguro? —Santisteban se ajustó las gafas con un doble toque del índice—. Porque a mí me parece que han llevado a una paciente vulnerable al peor momento de su vida. La han empujado otra vez a aquella noche. Y eso no es terapia, Javier. Eso puede romperla de nuevo.

—La reacción fue voluntaria.

—Voluntaria no siempre significa segura. No con alguien como Celia .

Morcillo sostuvo su mirada durante unos segundos y al final bajó los ojos hacia la mesa.

—He bloqueado las visitas, como me pediste —dijo—. Los investigadores ya no tienen acceso.

—Lo sé. Y te lo agradezco. Pero necesito asegurarme de que la situación está controlada.

Santisteban se incorporó en la silla. Por primera vez, su preocupación parecía imponerse a la frialdad habitual de sus gestos.

—Quiero verla.

Morcillo levantó una ceja.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Son las diez de la noche, Álvaro. Celia debería estar dormida. Los pacientes siguen una rutina estricta y cualquier alteración…

—Javier —lo cortó Santisteban, con una voz baja pero firme—, estoy preocupado por ella. No he venido hasta aquí, con esta tormenta, para discutir protocolos en tu despacho. Necesito verla con mis propios ojos.

Morcillo sostuvo la mirada del abogado durante un par de segundos.

—Sabes que una visita a estas horas puede alterarla.

—Lo sé. Por eso no voy a entrar como un elefante en una cristalería. Solo quiero comprobar cómo está. Nada más.

—Álvaro…

—Soy su representante legal —añadió Santisteban, y esta vez la preocupación dejó paso a una dureza más reconocible—. Pero antes de eso, soy la persona que lleva dos años intentando que Celia no se hunda del todo. Si esas visitas la han removido, necesito saberlo .

Morcillo apretó la mandíbula. Luego asintió con un movimiento breve de cabeza y se levantó.

—Ven conmigo.

Salieron del despacho y recorrieron el pasillo que conectaba la villa con el anexo.

La tormenta arreciaba fuera. Los truenos se sucedían con intervalos cada vez más cortos.

Cada relámpago proyectaba sombras fugaces sobre las paredes blancas, figuras que aparecían y desaparecían como recuerdos mal enterrados.

Llegaron a la puerta de la habitación de Celia. Morcillo se detuvo frente a ella y miró a Santisteban.

—Te pido que no le hables directamente. Si está despierta, cualquier estímulo inesperado puede desencadenar una crisis. Limítate a observar.

Santisteban se ajustó las gafas. Doble toque. Índice al puente.

—Abre la puerta, Javier.

Morcillo giró el pomo.

La habitación estaba en penumbra. Una lamparilla de noche proyectaba un círculo de luz cálida sobre la mesilla, apenas suficiente para iluminar el perfil de la cama.

Las cortinas estaban descorridas, y a través del ventanal se veía el espectáculo de la tormenta.

Los relámpagos iluminando el acantilado, las olas blancas estallando contra la roca, la lluvia golpeando el cristal con una insistencia furiosa.

Celia estaba despierta.

No en la cama. Estaba sentada en el suelo, junto a la pared más alejada de la puerta, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos alrededor.

Se mecía ligeramente, un balanceo rítmico, constante, que seguía un compás que solo ella podía escuchar.

Tenía los ojos abiertos, fijos en la ventana donde los relámpagos dibujaban formas que nacían y morían en fracciones de segundo.