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Nora marcó el número de Marta desde la Kombi, con el motor encendido y el limpiaparabrisas batiendo el agua que la tormenta había dejado sobre el cristal. Marta respondió al cuarto tono, con una voz cautelosa que ya se había convertido en su registro habitual.
—Necesitamos verte. Esta noche —dijo Nora.
—Esta noche no puedo. Estoy en la clínica hasta las once.
—Pues a las once y media. Donde tú digas.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Luego, un suspiro.
—En mi consulta de Hernani. A las once y media. Que no os vea nadie en el portal.
Colgó sin despedirse.
Lobo miró el reloj del salpicadero. Las ocho y cuarto. Tres horas por delante.
—¿Cenamos algo? —preguntó Nora.
—¿Tienes hambre?
—Félix, yo siempre tengo hambre. Eso ya deberías saberlo.
Fueron al centro de San Sebastián y encontraron un bar pequeño, uno de esos locales que no necesitan letrero porque llevan cincuenta años en la misma esquina y todo el barrio sabe que existen.
Pidieron una ensalada para Lobo y un plato de huevos rotos con jamón para Nora, que se negó a discutir sobre la dieta con el argumento de que necesitaba proteínas y que el jamón ibérico era un alimento casi medicinal.
Comieron sin hablar del caso. A veces necesitaban eso. Un paréntesis. Un rato en el que ser solo dos personas cenando en un bar, sin cadáveres, sin sospechosos, sin preguntas que no tenían respuesta. Luna dormitaba bajo la mesa, ajena a las tensiones humanas .
A las once aparcaron en Hernani. Las calles estaban vacías, con esa quietud de pueblo dormido que contrasta con la vida nocturna de la capital. La fachada de ladrillo rojo del edificio de Marta se recortaba contra el cielo oscuro, con solo una ventana iluminada en el segundo piso.
Subieron por la escalera sin encender la luz del rellano. Lobo llamó a la puerta con dos golpes secos. Se abrió casi al instante.
Marta llevaba la misma ropa que debía de haberse puesto para trabajar esa mañana en la clínica, pantalón oscuro, blusa gris, zapatos planos.
Pero el moño se había deshecho durante el día y el pelo le caía suelto sobre los hombros, dándole un aspecto más vulnerable del que probablemente hubiera querido mostrar.
Tenía los ojos cansados y una taza de algo caliente entre las manos.
—Pasad —dijo, haciéndose a un lado—. Rápido.
La consulta estaba a media luz. Solo la lámpara del escritorio y una pequeña de pie junto a la butaca.
Las estanterías con libros de psicología proyectaban sombras alargadas sobre las paredes.
Olía a la infusión que Marta llevaba en las manos y a algo más, a nervios, a insomnio, a alguien que lleva demasiadas noches sin dormir bien.
Marta se sentó en su silla detrás del escritorio, como si la posición le diera cierta autoridad. Lobo y Nora ocuparon las butacas de enfrente. Luna se quedó junto a la puerta, echada, vigilante.
—Antes de que digáis nada —empezó Marta—, quiero dejar claro que os he recibido porque me lo habéis pedido y porque os debo esa conversación que tuvimos aquí hace unos días. Pero no pienso hacer nada que ponga en riesgo mi puesto en la clínica ni mi relación con Unai.
—Tu relación con Unai ya está en riesgo —dijo Lobo—. Y no por nuestra culpa.
Marta apretó la taza entre las manos.
—¿A qué te refieres ?
—A que Santisteban ha prohibido nuestras visitas a Celia. Sin consultar a Ainhoa. Y Morcillo ha aceptado esa orden sin rechistar, a pesar de que sabe perfectamente que los avances con Celia en las últimas semanas han sido los más significativos en dos años.
—Eso es una decisión legal. No me corresponde a mí cuestionarla.
—¿Y cuándo te va a corresponder, Marta? —intervino Nora, inclinándose hacia adelante—. ¿Cuándo van a empezar a importarte las cosas que pasan delante de tus narices?
Marta la miró con dureza.
—No me hables así. No sabes lo que es vivir en esa clínica, trabajar allí cada día sabiendo lo que sé, fingiendo que todo está bien cuando nada lo está.
—Entonces ayúdanos a cambiarlo.
—¿Cómo? ¿Metiéndome en un lío que me puede costar el trabajo, la carrera y la relación con el único hombre que me importa?
—Marta —dijo Lobo, y su voz bajó a ese registro grave que no admitía evasiones—, vamos a ser claros.
Sabemos que trataste a Rebeca como paciente antes de que muriera.
Sabemos que Morcillo tuvo una relación con ella.
Y sabemos que los dos habéis ocultado esa información desde el primer día.
Si eso sale a la luz, y te aseguro que saldrá, las consecuencias para el Instituto Mar de Bruma serán devastadoras.
Una psicóloga que trató a la víctima y ahora trabaja en la clínica donde está internada la hermana de esa misma víctima.
Un psiquiatra que fue amante de la víctima y ahora controla el acceso a la única testigo.
¿Te imaginas lo que harán los medios con eso?
¿Lo que hará el Colegio de Psicólogos? ¿Lo que hará un juez cuando empiece a tirar de ese hilo?
Marta había palidecido con cada frase. La taza temblaba entre sus dedos.
—No podéis hacer eso .
—No queremos hacerlo —respondió Nora, suavizando el tono—. De verdad que no. Pero necesitamos ver a Celia. Es la única persona que puede decirnos qué pasó aquella noche. Y cada día que pasa con ella encerrada y callada es un día más en el que quien la mató sigue libre.
—Yo no maté a nadie.
—Lo sabemos. Pero proteges a personas que quizá sí lo hicieron. O que saben quién lo hizo. Y eso, Marta, tiene un nombre en el Código Penal.
Los ojos de Marta se llenaron de agua. No lloró, pero el esfuerzo de contener las lágrimas le marcaba las venas del cuello.
—¿Qué queréis exactamente?
—Entrar en Mar de Bruma —dijo Lobo—. Sin que Morcillo lo sepa. Sin que Santisteban se entere. Ver a Celia el tiempo suficiente para que pueda comunicarse con Nora.
—Eso es imposible. Hay cámaras, registros, controles de acceso. No se puede entrar sin que quede constancia.
—Tú trabajas allí, Marta. Conoces las rutinas, los horarios, las puertas que se abren y las que no. Sabes cuándo hay menos personal, cuándo Morcillo no está, cuándo las cámaras cubren ciertas zonas y cuándo no.
Marta negó con la cabeza, pero era una negación mecánica, no convencida.
—Si me pillan, pierdo todo.
—Si no nos ayudas, lo perderás de todas formas —dijo Nora—.
Porque entonces todo eso saldrá, Marta. Con nosotros o sin nosotros.
La diferencia es que, si nos ayudas, podrás decir que estuviste del lado correcto cuando importaba.
Si no nos ayudas, serás una más de los que miraron hacia otro lado mientras una chica se pudría en silencio .
El reloj de la pared marcaba las doce menos cuarto. Fuera, Hernani dormía con esa paz de los que no saben lo que ocurre detrás de las puertas cerradas. Luna se había incorporado junto a la puerta, como si percibiera que algo importante estaba a punto de decidirse.
Marta dejó la taza sobre el escritorio. Se frotó los ojos con las palmas de las manos. Cuando volvió a mirarlos, su expresión había cambiado. Ya no había resistencia. Había rendición.
—Los martes —dijo, con voz ronca—. Morcillo tiene sesión clínica en San Sebastián los martes por la mañana.
Sale de la clínica a las ocho y no vuelve hasta las dos.
El personal de noche se va a las siete y el turno de mañana tarda en organizarse hasta las nueve.
Hay una ventana de una hora, entre las ocho y las nueve, en la que la supervisión es mínima.
—¿Y las cámaras?
—Hay una puerta lateral en el ala antigua de la villa. La que da al jardín trasero. Esa zona tiene un ángulo muerto que llevo meses pidiendo que arreglen y que nadie ha arreglado. Se puede entrar por ahí sin que quede registro visual.
—¿Y Celia?
—A esa hora está en la sala de música. Siempre. Es su rutina. Entra a las siete y media y no sale hasta las diez. Es el único horario que cumple sin variaciones.
Nora y Lobo intercambiaron una mirada.
—¿Puedes abrirnos esa puerta? —preguntó Nora.
Marta cerró los ojos un momento. Sus labios se movieron sin sonido, como si estuviera rezando o repitiendo algo que necesitaba escuchar antes de contestar.
—El martes —dijo al fin—. A las ocho en punto. La puerta estará abierta. Tendréis una hora como máximo. Si pasa algo, si alguien os ve, yo no os conozco. No sé quiénes sois. No os he ayudado .
—Entendido.
—Y una cosa más. —Marta abrió los ojos y los miró con una intensidad que ninguno de los dos le había visto antes—.
Si descubrís lo que pasó aquella noche, si averiguáis quién mató a Rebeca, quiero saberlo.
Antes que nadie. Antes que la policía, antes que los periódicos, antes que Ainhoa. Me lo debéis.
—Te lo debemos —confirmó Lobo.
Marta asintió una sola vez. Luego se levantó, caminó hacia la puerta y la abrió.
—Iros. Y que nadie os vea salir.
Bajaron las escaleras a oscuras. El portal olía a humedad y a lejía. Cuando salieron a la calle, el aire frío de la noche les golpeó la cara como una bofetada. Luna sacudió el cuerpo y echó a andar hacia la Kombi.
Nora esperó a que estuvieran dentro del coche, con las puertas cerradas y el motor en marcha, para hablar.
—El martes.
—El martes —confirmó Lobo.
—Una hora. Sin cámaras. Sin Morcillo.
—Y sin red.
Nora asintió despacio. Se llevó la mano al vientre, donde la criatura se movió como si también hubiera oído la conversación.
—Celia nos está esperando, Félix. Lo sé.
—Yo también lo sé.
La Kombi salió de Hernani en dirección a San Sebastián. Las luces del pueblo se apagaron a su espalda, una por una, como velas que alguien sopla al final de la noche.
El martes estaba cerca.
Y todo lo que habían construido en las últimas semanas dependía de lo que ocurriera en una hora, en una sala con vistas al mar, frente a una joven que llevaba dos años guardando un secreto que podía destruir a mucha gente.
Incluida ella misma.