Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 41
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La Kombi bajó por la carretera del Monte Igueldo como una serpiente. El Cantábrico se abría a su izquierda, oscuro, agitado, con olas que rompían contra las rocas levantando cortinas de espuma blanca que el viento arrastraba tierra adentro. No era un día para bañistas.

Lobo aparcó cerca de la playa de Ondarreta, donde el paseo marítimo empezaba a vaciarse con la caída de la tarde. Las pocas personas que quedaban caminaban deprisa, con las chaquetas cerradas hasta el cuello y los cuellos hundidos entre los hombros.

—Vamos a caminar —dijo Nora—. Necesito aire.

Bajaron del coche. Luna tiró de la correa hacia el paseo, olfateando la sal que saturaba el ambiente.

El viento les golpeó de frente en cuanto dejaron la protección del aparcamiento, un viento frío, cargado de humedad, que a Nora le recordó a los temporales de Cádiz, cuando el Atlántico se enfadaba y las olas saltaban por encima del malecón.

Caminaron sin hablar durante unos minutos. Bordearon la playa hacia el extremo oeste, donde las rocas empezaban a ganar terreno a la arena y el paisaje se volvía más salvaje, más crudo. El mar rugía con una fuerza que hacía vibrar el suelo bajo sus pies.

Y entonces aparecieron.

Las esculturas del Peine del Viento emergían de las rocas como garras de hierro oxidado que intentaran atrapar algo invisible.

Tres piezas enormes, retorcidas, ancladas en la piedra al borde mismo del abismo donde el Cantábrico se estrellaba sin descanso.

El agua entraba por las grietas de la roca y salía disparada hacia arriba en géiseres violentos que empapaban todo a su alrededor.

El ruido era ensordecedor, primitivo, como si la tierra y el mar mantuvieran una discusión que llevaba siglos sin resolverse.

Nora se detuvo en la explanada de hormigón que rodeaba las esculturas. Los agujeros en el suelo escupían chorros de aire y agua con cada ola que golpeaba debajo, creando un efecto que parecía respiración. Como si el suelo estuviera vivo.

—Chillida era un genio —murmuró Nora, mirando las formas de acero que se retorcían contra el cielo gris—. Solo a un vasco se le ocurre poner arte donde rompen las olas. En cualquier otro sitio habrían puesto un muro.

Lobo se apoyó en la barandilla, con la gabardina empapada de salitre y el pelo revuelto por el viento. Luna se había sentado a su lado, fascinada, con las orejas pegadas a la cabeza cada vez que una ola estallaba contra la roca.

—Repasemos —dijo Lobo, alzando la voz por encima del rugido del mar—. ¿Quién tenía motivos para matar a Rebeca?

Nora se colocó a su lado, agarrándose a la barandilla con ambas manos. El viento le pegaba el pelo a la cara.

—Gael. Amante despechado. Le pasaba droga. Le consiguió el arma. Estaba resentido porque ella lo dejó por otros. Pero está muerto. Y según lo que sabemos, no estaba en la casa aquella noche.

—Morcillo —continuó Lobo—. Amante secreto. Admite que estuvo en la casa el día antes. Dice que se fue antes de que pasara nada. Pero mintió durante dos años sobre conocer a Rebeca. Su carrera y su matrimonio dependían de que nadie lo supiera.

—Santisteban. —Nora pronunció el nombre con ese acento gaditano que hacía que las palabras sonaran más afiladas—.

El abogado de la familia. Apoderado de la sociedad patrimonial.

Sacó doscientos mil euros sin que Ainhoa lo supiera.

¿Para pagar la deuda de Rebeca? ¿Por qué?

¿Qué relación tenía realmente con ella ?

Una ola enorme golpeó las rocas y un chorro de espuma les saltó por encima de la barandilla. Luna retrocedió un paso. Nora se limpió la cara con la manga.

—Y luego está Ainhoa —dijo Lobo.

Nora lo miró.

—¿Ainhoa?

—Es la tía que tardó dos años en contratarnos. La que dice que no sabía nada de las deudas pero sí sabía de las adicciones. La que confía ciegamente en el abogado que mueve dinero a sus espaldas. Puede que sea víctima de todo esto. O puede que sepa más de lo que nos cuenta.

—No me la imagino matando a su sobrina, Félix.

—Yo tampoco. Pero no descarto que esté protegiendo a alguien que sí lo hizo.

Nora se quedó pensando, con la mirada perdida en las esculturas de Chillida que se recortaban contra el cielo plomizo.

—¿Y Marta? —dijo al fin.

—¿Qué pasa con Marta?

—Fue la psicóloga de Rebeca. Tiene una relación secreta con Morcillo.

Y si descubrió que Morcillo y Rebeca eran amantes antes de que ella apareciera en escena...

eso le da un motivo. Los celos. La traición.

La humillación de saber que el hombre con el que te acuestas se acostaba antes con tu paciente.

Lobo no respondió de inmediato. Una ráfaga de viento sacudió su gabardina y el bastón vibró ligeramente contra la barandilla.

—Demasiados sospechosos —dijo al fin.

—Y un solo cadáver.

—Dos, con Gael.

—Gael se mató solo.

—Pero alguien le consiguió esa heroína tan pura. Y alguien sabía que estaba vulnerable .

Otra ola golpeó. El géiser de agua salada subió tres metros por encima de sus cabezas y cayó como lluvia sobre la explanada. Luna ladró, asustada, y Nora se agachó para calmarla.

—La clave sigue siendo Celia —dijo Nora, incorporándose—. Ella vio al hombre que estaba en la casa aquella noche. Nos lo confirmó con la cabeza.

—Y si Celia cuenta lo que pasó...

—Alguien cae. Alguien que lleva dos años asegurándose de que esa chica no abra la boca.

El mar rugió otra vez. Las esculturas de hierro se recortaban contra el horizonte como preguntas sin respuesta, retorcidas, oxidadas, resistiendo el embate del agua con esa terquedad que solo tienen las cosas que se niegan a desaparecer.

Lobo se apartó de la barandilla y empezó a caminar de vuelta hacia la Kombi. Nora lo siguió, con Luna pegada a su pierna.

—Félix.

—¿Sí?

—Tenemos que entrar en Mar de Bruma. Con permiso o sin él. Celia está ahí dentro, sola, rodeada de gente que quiere mantenerla callada. Y nosotros somos los únicos que la están escuchando.

—Lo sé.

—¿Marta?

—Marta. Vamos a llamarla.

Caminaron por el paseo empapado mientras el cielo se oscurecía sobre el Cantábrico. A sus espaldas, el Peine del Viento seguía luchando contra el mar, como llevaba haciendo desde que Chillida lo plantó allí, décadas atrás.

Un combate eterno entre la fuerza y la forma.

Entre lo que el agua quiere llevarse y lo que el hierro se niega a soltar.