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La casa estaba al final de una carretera estrecha que subía por la ladera del Monte Igueldo, entre muros de piedra cubiertos de hiedra y árboles que el viento del Cantábrico había obligado a crecer torcidos.
No era una mansión, pero tenía esa presencia sólida de las casas vascas construidas para durar más que sus habitantes.
Fachada de piedra clara, tejado a dos aguas, contraventanas de madera verde y un jardín que alguna vez había sido espléndido y que ahora sobrevivía a base de inercia y lluvia.
Lobo detuvo la Kombi frente a la verja. La pintura negra se descascarillaba en los barrotes y el buzón llevaba tiempo sin abrirse: un puñado de propaganda amarillenta asomaba por la ranura. Luna olfateó el aire desde el asiento trasero con una inquietud que no había mostrado en otros lugares.
—Es aquí —dijo Nora, mirando la casa a través del parabrisas—. Donde pasó todo.
No hizo falta añadir nada más. Los dos sabían lo que significaba cruzar esa verja. Aquel jardín, aquellas paredes, aquellas ventanas habían sido testigos de algo que llevaba dos años en el silencio.
Ainhoa los esperaba en la puerta. Llevaba un jersey oscuro de cuello alto y el pelo recogido que le daba un aspecto más frágil que de costumbre.
Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera llorado antes de que llegaran o como si el simple hecho de estar en aquella casa le arrancara las lágrimas sin permiso.
—Cada vez que vengo me prometo que será la última —dijo, a modo de saludo—. Y cada vez vuelvo.
Nora le puso una mano en el brazo .
—Gracias por recibirnos aquí, Ainhoa. Sabemos que no es fácil.
—Nada de esto es fácil. Pero pasad. No tiene sentido quedarse en la puerta.
El interior de la casa olía a cerrado, a muebles que llevan demasiado tiempo sin que nadie se siente en ellos, a cortinas que filtran una luz que ya no alumbra a nadie.
El recibidor era amplio, con suelo de baldosas antiguas y una escalera de madera oscura que subía hacia el primer piso.
A la derecha, el salón donde habían encontrado el cuerpo de Rebeca. La puerta estaba cerrada.
Ainhoa los condujo a la cocina, al fondo de la planta baja, donde un ventanal daba al jardín trasero y al mar, que se adivinaba entre los árboles como una lámina gris e inquieta. Había preparado café en una cafetera italiana que parecía llevar años esperando una excusa para ser usada.
Se sentaron alrededor de una mesa de roble macizo que debía de haber presenciado cientos de comidas familiares antes de que todo se rompiera. Ainhoa sirvió el café con manos que no estaban del todo firmes.
—¿Qué necesitan saber? —preguntó, sentándose frente a ellos.
Nora dio un sorbo al café antes de hablar. Estaba fuerte, amargo, preparado con la mano de alguien que no tiene paciencia para medir cucharadas.
—Ainhoa, hemos intentado volver a ver a Celia. En Mar de Bruma. Nos han denegado el acceso.
—¿Qué? —La sorpresa en su rostro parecía auténtica—. ¿Quién ha dado esa orden?
—Nos dijeron que su representante legal. Santisteban.
Ainhoa abrió la boca y la cerró sin decir nada. Luego negó con la cabeza, despacio.
—Yo no he pedido eso. Álvaro no me ha consultado .
—Pues lo ha hecho.
Ainhoa se quedó mirando su taza de café como si buscara algo en el fondo. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa, un ritmo nervioso que delataba una incomodidad que iba más allá de la sorpresa.
—Álvaro tiene potestad para tomar ciertas decisiones sin consultarme.
En lo referente a la administración del patrimonio y a las cuestiones legales de Celia, él tiene margen de maniobra.
Yo me ocupo de lo personal, él de lo jurídico.
Así lo establecimos cuando internaron a Celia, porque yo no tenía fuerzas ni conocimientos para gestionarlo todo sola.
—¿Y eso incluye decidir quién puede visitar a Celia y quién no? —preguntó Lobo.
—Técnicamente sí, si lo justifica como una medida de protección legal. Y con el respaldo médico de Morcillo, cualquier juez lo aceptaría sin pestañear. —Ainhoa levantó la vista hacia ellos—. Pero no entiendo por qué lo ha hecho sin decirme nada. Eso no es habitual en Álvaro. Siempre me informa.
—Quizá esta vez tenía motivos para no hacerlo —dijo Nora.
Ainhoa frunció el ceño.
—¿Qué queréis decir?
Nora intercambió una mirada rápida con Lobo. Él asintió casi imperceptiblemente.
—Ainhoa, hay algo que tenemos que preguntarte y necesito que seas completamente honesta con nosotros. Sé que la última vez que hablamos te pedimos lo mismo y creemos que no lo fuiste del todo.
El rostro de Ainhoa se endureció un instante, pero no con rabia. Con miedo.
—Pregunte .
—El patrimonio de las hermanas. ¿Cómo está estructurado exactamente?
Ainhoa dejó la taza sobre la mesa con un movimiento cuidadoso, como si necesitara tiempo para ordenar lo que iba a decir.
—Cuando los padres murieron, dejaron una herencia considerable.
Inmuebles, cuentas, inversiones. Todo se traspasó a las niñas como herederas universales.
Pero como eran menores, no podían administrar nada directamente.
Así que, por recomendación de Álvaro, se constituyó una sociedad patrimonial.
Loza Patrimonio S.L. Todo el patrimonio familiar se volcó allí: esta casa, las cuentas, los fondos de inversión, todo.
—¿Y quién administra esa sociedad? —preguntó Lobo.
—Álvaro. Desde el principio. Es el administrador único y apoderado con firma autorizada.
Las niñas eran las titulares, pero él gestionaba.
Cuando cumplieron la mayoría de edad, la estructura no cambió.
Rebeca no tenía interés en llevar las cuentas y Celia...
bueno, Celia nunca se ocupó de esas cosas.
—¿Rebeca podía sacar dinero de la sociedad?
—No directamente. Recibía una asignación mensual. Cinco mil euros. Para sus gastos personales, el conservatorio, la vida diaria. Si necesitaba algo extraordinario, tenía que pedírselo a Álvaro y él lo autorizaba.
—¿Y si Álvaro decidía mover una cantidad grande sin consultar a nadie?
Ainhoa abrió los ojos un poco más.
—Podía hacerlo. Tiene firma única. Para operaciones por debajo de cierto umbral no necesita autorización de nadie. Y el umbral es alto, porque cuando se estableció la sociedad, la idea era darle flexibilidad para gestionar inversiones, compras, mantenimiento de propiedades...
—¿Cuál es ese umbral ?
—Cien mil euros.
Nora dejó la taza sobre la mesa.
—Ainhoa, hemos descubierto que tres días antes de la muerte de Rebeca, alguien retiró doscientos mil euros en efectivo de una cuenta vinculada a Loza Patrimonio.
El color desapareció del rostro de Ainhoa como si alguien hubiera abierto un desagüe. Apoyó las manos sobre la mesa, planas, como si necesitara sentir algo sólido debajo de ellas.
—Eso no es posible.
—Lo es. Y la única persona con firma autorizada para mover esa cantidad era Santisteban.
—No. Álvaro no haría algo así sin decírmelo. Nunca lo ha hecho. En todos estos años, siempre me ha informado de cada movimiento importante. Siempre.
—Excepto esta vez —dijo Lobo.
Ainhoa se levantó de la silla. Caminó hacia el ventanal y se quedó mirando el jardín, los árboles torcidos por el viento, el mar que se asomaba entre las ramas. Sus hombros temblaban.
— Doscientos mil euros —repitió, como si las palabras no encajaran en su cabeza—. ¿Para qué?
—Eso es lo que estamos intentando averiguar.
Ainhoa se giró hacia ellos. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. Era la cara de alguien que empieza a darse cuenta de que el suelo que creía firme bajo sus pies lleva años agrietándose sin que lo supiera.
—Yo sabía que Rebeca tenía problemas —dijo, con voz ronca—.
Lo sabía y no hice lo suficiente. Sabía que jugaba, que gastaba más de lo que debía, que se metía en líos que no me contaba.
Le presté dinero pequeño, como os dije la otra vez.
Pero nunca imaginé que la cosa llegara tan lejos.
Nunca imaginé que debiera cantidades así.
Y desde luego nunca imaginé que Álvaro pudiera estar moviendo dinero del patrimonio familiar sin mi conocimiento.
—¿Es posible que Rebeca se lo pidiera directamente a él? —preguntó Nora—. Sin pasar por ti. Que fuera un arreglo entre los dos.
—Es posible. Rebeca tenía buena relación con Álvaro.
Él la conocía desde niña, era casi como un tío para ella.
Si necesitaba algo y no quería preocuparme, podría habérselo pedido a él.
—Hizo una pausa—. Pero doscientos mil euros no es un favor.
Es una decisión que debería haber pasado por mí.
Como tutora de Celia, como familia, como la persona que más se preocupa por estas niñas.
—¿Y si Santisteban no se lo dio a Rebeca? —dijo Lobo—. ¿Y si ese dinero fue a otro sitio?
Ainhoa lo miró fijamente.
—¿Qué otro sitio?
—Eso es lo que tenemos que averiguar. Pero para hacerlo, necesitamos que nos des tiempo. Que no hables con Santisteban de esto todavía. Que no le cuentes lo que te hemos dicho hoy.
—Me estáis pidiendo que desconfíe del hombre que ha gestionado mi familia durante veinte años.
—Te estamos pidiendo que confíes en nosotros el tiempo suficiente para averiguar la verdad.
Ainhoa volvió a sentarse. Las manos le temblaban al coger la taza, que ya estaba fría. Dio un sorbo largo, como si el café amargo pudiera calmarle algo que el café no podía calmar.
—¿Cuánto tiempo?
—Unos días. Una semana como mucho.
—¿Y si descubrís que Álvaro no ha hecho nada malo? ¿Que hay una explicación para todo esto?
—Entonces seguiremos buscando en otra dirección —dijo Nora—. Pero necesitamos descartarlo. O confirmarlo. Y no podemos hacerlo si él sabe que estamos mirando .
Ainhoa cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, la tristeza seguía allí, pero había algo más. Una determinación frágil, como un cristal que aguanta porque no le queda otro remedio.
—Una semana —dijo—. Os doy una semana. Pero si descubrís algo, quiero saberlo antes que nadie. Se lo debo a Rebeca. Se lo debo a Celia.
—Tienes nuestra palabra —dijo Lobo.
Se levantaron de la mesa. Ainhoa los acompañó hasta la puerta sin hablar. Al cruzar el recibidor, Nora miró hacia la puerta cerrada del salón. El lugar donde Rebeca había muerto. Sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la casa.
En el umbral, Ainhoa los detuvo.
—Una cosa más —dijo, con voz casi inaudible—. Si Álvaro ha hecho lo que decís, si ha movido dinero del patrimonio sin mi consentimiento... no es solo una traición profesional. Es una traición personal. De las que no se perdonan.
Nora asintió.
—Lo sabemos.
La puerta se cerró tras ellos. El jardín los recibió con una ráfaga de viento húmedo que traía olor a eucalipto y a mar. Luna esperaba en la Kombi, con el hocico pegado al cristal.
Bajaron la cuesta del Monte Igueldo sin hablar. La ciudad se extendía a sus pies, con la bahía de La Concha repleta de luces titilantes bajo un cielo que no terminaba de decidirse entre la lluvia y la luz.