Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 39
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La Kombi salió de Intxaurrondo en dirección norte, hacia la carretera que serpenteaba por la ladera del Jaizkibel.

El cielo se había despejado lo suficiente para que la luz oblicua de la tarde dorase los tejados de las casas dispersas que se asomaban entre los pinos.

Pero el ánimo dentro del coche no acompañaba al paisaje.

Nora iba con la vista perdida en el cristal, una mano apoyada sobre el vientre y la otra acariciando distraídamente el morro de Luna, que había metido la cabeza entre los dos asientos delanteros.

—Un treinta y ocho —murmuró—. Pequeño, plateado, sin número de serie.

—Cabe en cualquier bolso —añadió Lobo—. En un cajón. En cualquier sitio.

—Lo que no sabemos es quién lo disparó aquella noche.

—Lo que no sabemos —corrigió Lobo— es muchas cosas. Si lo disparó Gael, si se lo había dado ya a Rebeca o a otra persona.

Nora se giró hacia él.

—¿Tú crees que Gael pudo dispararla?

—Tuvo el arma. Conocía la casa de Rebeca, porque te lo dijo él mismo en la Zurriola. Tenía relación sentimental con ella, una relación rota y con resentimiento por su parte. Y tenía contactos para hacer desaparecer un arma después.

—Pero entonces, ¿por qué seguía vivo dos años después? ¿Por qué murió ahora, justo cuando empezamos a remover todo?

Lobo no respondió de inmediato. Tomó la curva con suavidad, las manos firmes sobre el volante.

—Porque si Gael disparó, alguien más lo sabía. Y ese alguien lo ha mantenido callado durante dos años. Cuando empezamos a hablar con él, ese alguien decidió que era más seguro tenerlo muerto que asustado.

—Eso encaja con el asesinato.

—Encaja. Pero también encaja con otra versión.

—¿Cuál?

Lobo redujo la velocidad al entrar en un tramo recto.

—Que Gael no lo hiciera. Que solo consiguiera el arma. Que Rebeca la tuviera guardada en casa por defensa propia. Y que aquella noche, alguien la usara contra ella. Alguien que estaba dentro de la casa. Alguien que sabía dónde estaba el arma o que la encontró por accidente.

—¿El hombre que Celia vio aquella noche?

Nora se quedó pensando un momento, mientras se mordía el labio inferior.

—Estoy diciendo que aquella noche se usó contra Rebeca. La pregunta es quién apretó el gatillo.

—Tenemos que volver a Celia, Félix. Ella vio al hombre. Lo confirmó. Si conseguimos que nos diga algo más, aunque sea con gestos, aunque sea con música, podemos saber quién entró aquella noche.

—Hacia allá vamos.

La Kombi llegó a Mar de Bruma media hora después.

El paisaje familiar de pinos y bruma baja los recibió como siempre, pero Lobo notó algo distinto antes incluso de llegar al portón.

Había dos coches aparcados junto a la entrada que no había visto en visitas anteriores.

Uno era una berlina oscura con cristales tintados.

El otro, un utilitario discreto que podría haber pasado desapercibido si no fuera por el conductor, que seguía dentro con la radio apagada y la mirada vigilante.

—Hay vigilancia —dijo Lobo.

—¿Vigilancia de qué ?

—De entrada.

Aparcó frente a la puerta principal. Salieron del coche y Luna se quedó dentro, jadeando con la ventanilla bajada. El aire olía a humedad y a pinaza húmeda. Las nubes habían vuelto a apoderarse del cielo.

Caminaron hacia la puerta. Antes de que pudieran llamar, esta se abrió. Apareció la recepcionista habitual, la misma mujer pulcra y de gesto neutro que los había recibido en visitas anteriores. Pero esta vez no había sonrisa profesional. Había contención.

—Buenas tardes —dijo Nora—. Venimos a ver a Celia Loza.

La mujer no se movió del umbral. No los invitó a pasar.

—Lo siento. No es posible.

Nora parpadeó.

—¿Cómo que no es posible?

—Las visitas a la señorita Loza han sido suspendidas. Por orden de su representante legal.

—¿Santisteban?

La mujer no respondió. Su silencio fue una respuesta.

Lobo dio un paso adelante, no agresivo pero sí firme. La gabardina abierta, el bastón apoyado en el suelo, la cicatriz visible en la luz tenue del atardecer.

—Queremos hablar con el doctor Morcillo.

—El doctor está en sesión.

—Pues le esperamos.

—Lo siento. No puedo permitir su entrada.

Detrás de la mujer, en el pasillo del fondo, apareció una figura. Morcillo. Llevaba la bata blanca abrochada hasta el último botón y el pelo peinado con esa precisión casi enfermiza que ya conocían. Se acercó sin prisa, las manos cruzadas a la espalda .

—Inspectores —dijo, con esa voz contenida que sonaba siempre a aviso—. Me han informado de su llegada. Lamento que hayan hecho el viaje en vano.

—¿Qué está pasando, doctor? —preguntó Nora.

—Lo que está pasando es que el señor Santisteban, en su calidad de representante legal de Celia Loza, ha decidido suspender todas las visitas externas. Considera que la paciente ha sufrido demasiado estímulo emocional en las últimas semanas y que su estabilidad clínica está comprometida.

—Y usted está de acuerdo.

Morcillo dudó una fracción de segundo. Lo justo para que Lobo lo notara.

—Como médico responsable, comparto la preocupación.

Celia ha mostrado avances, sí, pero también signos de regresión tras vuestras visitas.

La nueva apertura, los sonidos, el contacto físico...

son cosas que pueden parecer positivas desde fuera, pero que internamente generan una sobrecarga que la paciente no está preparada para sostener.

Nora cruzó los brazos sobre el pecho, justo encima del vientre.

—Eso no se lo cree usted ni borracho, Morcillo.

El doctor no se inmutó. Pero algo en sus ojos se cerró un milímetro más.

—Lamento que vea así una decisión médica fundamentada.

—Lo que veo —continuó Nora— es que la única persona en dos años que ha conseguido que Celia haga un gesto voluntario, que toque a alguien, que emita un sonido, ahora tiene prohibido volver a verla. Justo cuando empezaba a abrirse. Justo cuando podía contarnos lo que pasó aquella noche.

—Señorita Delgado, le ruego que no haga interpretaciones que no le corresponden. Yo solo cumplo con las directrices del representante legal .

Lobo dio otro paso adelante. La distancia entre él y Morcillo se acortó hasta menos de un metro.

—Quiero hablar con Santisteban.

—Eso es asunto suyo. Yo no soy su intermediario.

—Doctor, hace dos semanas usted nos confesó algo importante en su despacho. Algo que afecta a su credibilidad profesional. Si quiere que esa información se quede entre nosotros, le recomiendo que coopere.

Morcillo apretó los labios. No respondió. Pero su silencio dejó claro que el golpe había llegado.

—No estoy autorizado a saltarme la decisión legal del señor Santisteban —dijo al fin, con voz más baja—. Lo que hablamos en mi despacho no cambia eso. Si quieren ver a Celia, tendrán que conseguir una autorización judicial o convencer al señor Santisteban de levantar la prohibición. Lo siento.

La recepcionista, detrás de él, seguía inmóvil como un centinela. Detrás de ella, el pasillo del anexo se extendía vacío y silencioso.

Nora miró a Lobo. Él captó el mensaje. No había nada más que hacer allí. No de momento.

—Esto no va a quedar así, doctor —dijo Nora.

—No esperaba que quedara así.

Salieron de la clínica sin despedirse. La puerta se cerró tras ellos con un clic seco que tenía algo de definitivo. Caminaron hacia la Kombi en silencio. Luna les saludó desde la ventanilla con un par de ladridos cortos.

Subieron al coche. Lobo no arrancó. Se quedó mirando el portón, la fachada de la villa señorial, las ventanas del anexo blanco que se asomaba a un lado como una sombra hostil.

Lobo arrancó la Kombi y dio la vuelta en el camino de grava. Mientras bajaban la carretera hacia San Sebastián, Nora sacó el móvil del bolso y empezó a buscar en la agenda. Se detuvo en un nombre. Marta Larrauri.

—Félix.

—Sí.

—Marta es nuestra única vía. Trabaja allí. Conoce las rutinas, los horarios, las puertas que se cierran y las que no. Y nos debe una. Le ofrecimos protección cuando habló de Morcillo, y ella ha seguido callada respecto a lo que dijo. Es hora de cobrar el favor.

—¿La llamamos?

—La llamo yo. Mujer a mujer. Si nos quiere ayudar, lo hará por mí, no por ti.

Lobo asintió sin apartar la vista de la carretera.

Nora pulsó el número. El tono de llamada sonó tres veces. Cuando Marta descolgó, su voz al otro lado fue cautelosa, baja, como si estuviera en un sitio donde no quería ser escuchada.

—¿Sí?

—Marta, soy Nora Delgado. Necesito hablar contigo. Es urgente.

Hubo un silencio.

—¿De qué se trata?

—De Celia. Y de algo más que necesito contarte en persona, no por teléfono. ¿Puedes vernos esta noche?

Otro silencio. Más largo esta vez. Nora oyó al fondo el ruido amortiguado de una puerta cerrándose, pasos lejanos, el zumbido de un aparato eléctrico.

—Esta noche no. Tengo turno hasta las once. Mañana por la mañana, en mi consulta de Hernani. A las ocho, antes de que abra. Que no os vea nadie entrar.

—Allí estaremos.

Nora colgó. Se quedó mirando la pantalla del móvil un momento .

—Mañana a las ocho —dijo—. En su consulta.

—Bien.

La Kombi siguió bajando hacia la ciudad. El sol terminaba de hundirse detrás del monte Igueldo y las primeras luces se encendían en los pisos del barrio de Gros. La bahía empezaba a teñirse de un azul oscuro que no admitía promesas.

Nora apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos un momento.

—Félix.

—¿Qué?

—Tenemos que actuar con rapidez y determinación, aunque nos saltemos la reglas. .

—Lo sé.

Lobo asintió.

La Kombi avanzó hacia La Concha mientras la noche se cerraba sobre el norte.