Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 8
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El parque era exactamente lo que Amara había descrito.

Un rectángulo de hierba pelada entre bloques de pisos altos, con dos pistas de fútbol de cemento agrietado, unos columpios oxidados y media docena de bancos repartidos sin orden aparente.

A esa hora, los niños ya se habían ido. Quedaban un par de ancianos sentados al fondo, junto a la pista, comentando algo que no llegaba hasta donde estaban Lobo y Nora.

Y en el banco del extremo, junto a unos arbustos descuidados, un hombre solo.

Txiki encajaba con la descripción de Amara.

Delgado, vaqueros oscuros, sudadera con capucha echada hacia atrás.

Tenía un cigarrillo entre los dedos y miraba el móvil con esa atención dispersa de quien no espera ninguna llamada importante pero tampoco quiere parecer ocioso.

Junto al banco, una bolsa pequeña de tela.

Lobo aparcó la Kombi a media manzana, lo bastante lejos para que el ruido del motor no llamara la atención. Bajaron sin prisa. Luna se ajustó al ritmo de Nora, atenta, las orejas en alerta como si percibiera lo que aún no había ocurrido.

Lobo abrió la marcha. Llevaba la gabardina abierta, el bastón en la mano, el paso firme a pesar de la cojera. Nora le seguía un par de metros detrás, con Luna a su lado y la mano izquierda apoyada con discreción sobre el vientre.

Txiki los vio cuando todavía estaban lejos. Levantó la vista del móvil, evaluó la escena en menos de dos segundos y volvió a fingir que miraba la pantalla. Pero ya no la miraba. Lobo lo notó por la forma en que el pulgar se había detenido sobre el cristal.

Cuando estuvieron a tres metros del banco, Lobo se detuvo. No invadió el espacio. No habló todavía. Esperó .

Txiki levantó la vista despacio. Tenía los ojos pequeños, oscuros, hundidos en unas ojeras que delataban demasiadas noches sin descansar bien.

—¿Sí?

—¿Txiki?

El hombre no respondió. Calibró. Miró a Lobo de arriba abajo y luego a Nora, que se había quedado un paso por detrás con la perra.

— ¿Y vosotros quién sois, a ver?

—Lobo. Investigador privado. Ella es Nora Delgado. Nos manda Amara Kinte.

El nombre cayó como una piedra en agua quieta. Txiki cerró los ojos un momento, apretó los labios y dejó escapar un suspiro lento que olía a tabaco y a hartazgo.

— Aibalaostia, la senegalesa otra vez. Le dije que ya estaba. Que no había más.

—Y ella lo respetó —dijo Nora, dando un paso adelante para situarse al lado de Lobo—. Por eso estamos nosotros aquí. Porque ella no cruzó la línea.

Txiki dio una calada larga al cigarrillo. Soltó el humo despacio, mirando a un punto fijo entre los dos.

—Habláis con quien no debéis. Yo no sé nada.

—Sabes lo que le pasó a Gael —dijo Lobo.

—Sé lo que me han dicho. Sobredosis. Un yonqui más. ¿Qué queréis que os diga?

—Que no era un yonqui más —respondió Nora—. Llevaba dos años limpio. Tú mismo se lo dijiste a Amara. Y la heroína que lo mató tenía una pureza que no se encuentra en la calle.

Txiki tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la zapatilla.

—Yo no le vendí esa mierda. Eso ya lo dije. Y no pienso repetirlo veinte veces .

—Te creemos —dijo Lobo—. No es eso lo que venimos a preguntarte.

El silencio se estiró un momento. Txiki los miró con desconfianza renovada.

—¿Entonces qué?

Nora se sentó en el extremo opuesto del banco, dejando un metro de distancia entre los dos. Luna se echó a sus pies, atenta pero tranquila. Lobo permaneció de pie, ligeramente delante, ocupando el ángulo de visión de Txiki.

—Venimos por lo otro —dijo Nora, con esa voz que sabía bajar de tono cuando hacía falta—. Por lo que le dijiste a Amara que no era de la droga. Por lo que le conseguiste a Gael cuando él te dijo que una chica estaba en peligro.

Txiki se incorporó del banco con un movimiento brusco.

—De eso no hablo. Ya se lo dije a la negrita y os lo digo a vosotros. No hablo.

—Siéntate —dijo Lobo.

— ¿Pero tú quién te crees? Que te jodan —soltó una risa corta, sin gracia—. Anda ya.

Txiki echó a andar hacia los arbustos. Lobo se movió antes de que diera el segundo paso.

El bastón se interpuso a la altura del pecho del hombre, con la suavidad firme de quien sabe exactamente cuánta presión aplicar y dónde.

No fue un golpe. Fue una barrera. Pero la cabeza de águila metálica del bastón quedó apoyada contra el esternón de Txiki con una autoridad que no admitía discusión.

—Siéntate —repitió Lobo, sin levantar la voz.

Txiki miró el bastón. Miró a Lobo. Miró a Nora, que seguía sentada con esa calma de espectadora que sabe lo que viene. Calculó. Tardó dos segundos. Luego retrocedió un paso, se sentó otra vez en el banco y cruzó los brazos sobre el pecho como si necesitara contener algo dentro de él .

—Esto no podéis hacerlo, tío—dijo, con la voz más baja, casi un susurro—. Yo no he hecho nada.

—Nadie te está haciendo nada —respondió Nora—. Solo te estamos pidiendo que hables. Y no por nosotros. Por una mujer que apareció muerta en su casa hace dos años con un disparo en el pecho. Y por su hermana, que lleva dos años sin hablar desde aquella noche.

Txiki la miró por primera vez de frente. Sus ojos pequeños se movieron entre Nora y la barriga que se asomaba bajo el abrigo.

—No es asunto mío.

—Lo es —dijo Lobo, sentándose por fin al otro lado del banco, dejando a Txiki en medio—.

Porque tú estuviste en el principio. Tú le conseguiste a Gael lo que necesitaba para esa mujer.

Y ahora Gael está muerto y la mujer también, y nosotros tenemos que averiguar qué pasó entre el principio y el final.

Txiki sacó el paquete de tabaco del bolsillo. Las manos le temblaban un poco. Encendió otro cigarrillo y dio dos caladas seguidas antes de hablar.

—Si os digo algo, ¿qué garantía tengo de que no acabo yo en una sala de interrogatorios?

—Ninguna —dijo Lobo—. Solo te digo que nosotros no somos policías. No tenemos ningún interés en denunciarte. Lo que nos cuentes se queda en este banco si no afecta directamente al caso. Si afecta, lo usaremos. Pero no te vamos a citar como fuente. Eso te lo puedo prometer.

Txiki soltó el humo con un resoplido.

—Vuestras promesas valen una mierda.

—Es lo único que tenemos.

El hombre se quedó en silencio. Daba caladas cortas, nerviosas.

Sus ojos se movían entre Lobo, Nora y un punto indefinido en la hierba.

Nora reconoció esa lucha interna. La había visto en docenas de personas a lo largo de su carrera.

El momento en que alguien decide si vale la pena romper su propio código por algo que no es suyo.

—Gael me llamó una tarde, hará unos dos años —empezó Txiki, mirando al suelo—.

Estaba muy raro. Habíamos quedado para que le pasara material, lo de siempre.

Pero cuando llegó, no estaba a lo que estaba.

Tenía la cabeza en otro sitio. Le pregunté qué le pasaba y al principio no quiso soltarlo.

Pero al final me dijo que una chica con la que estaba liado tenía problemas.

Problemas serios. Que le habían amenazado, que le debía dinero a gente muy mala y que no sabía cómo ayudarla.

—¿Te dijo el nombre de la chica? —preguntó Nora.

—No. Yo tampoco le pregunté. En mi negocio, cuanto menos sepas, mejor duermes.

—¿Y qué te pidió?

Txiki dudó. Dio otra calada larga.

—Me preguntó si podía conseguirle algo para defensa. Algo pequeño, fácil de esconder. Que ella pudiera llevar encima sin que nadie se diera cuenta.

—Un arma —dijo Lobo.

—Sí. Un arma.

El silencio se hizo denso. En el fondo del parque, los ancianos seguían hablando ajenos a todo. Una paloma se posó cerca del banco y picoteó algo invisible entre las baldosas.

—¿Y qué le conseguiste? —preguntó Nora.

Txiki cerró los ojos un momento.

—Un calibre treinta ocho. Un revólver, pequeño, plateado, cabe en una mano. Sin número de serie. Le había quitado el número alguien que sabía lo que hacía. No era robada de ningún caso conocido, eso me lo aseguraron. Solo era una pieza limpia, sin rastro.

—¿Quién te la consiguió a ti ?

—Eso ya no, joder. Eso ya no. Esa parte me la guardo. Si suelto ese nombre, mañana no estoy en este banco.

Lobo no insistió. No hacía falta. Lo importante ya estaba dicho.

—¿Cuándo se la diste a Gael? —preguntó Nora.

—Una semana antes de que aquella mujer apareciera muerta. Lo leí en el periódico. Era la chica del conservatorio, la directora joven.

—¿Por qué no fuiste a la policía? —preguntó Nora, aunque sabía la respuesta antes de formular la pregunta.

Txiki la miró con una mezcla de incredulidad y cansancio.

— ¿Pero tú te oyes? ¿Tú te imaginas a mí entrando en una comisaría a decir que le vendí un arma ilegal a un yonqui que ahora estaba relacionado con un asesinato? Me caen quince años. Y a mi ama le arruinan la vida.

—Así que te callaste.

—Me callé. Y Gael también. Nunca volvió a llamarme. Ni para droga, ni para nada. Dejó de existir para mí desde aquel día. Y yo, para él. —Tiró la colilla y la aplastó—. Llevo dos años intentando olvidarlo. Y vosotros venís y me lo metéis otra vez en la cabeza.

Lobo se levantó. El bastón volvió a su posición habitual, apoyado en el suelo.

—Una última cosa, Txiki. ¿Gael te dijo algo más sobre la chica? ¿Sobre quién la amenazaba? ¿Sobre lo que ella había hecho?

—No me dio nombres. Y yo no pregunté. Solo le di la pistola y le dije que tuviera cuidado. Que las armas no resuelven problemas, solo los cambian de forma. —Txiki soltó una risa amarga—. Mira si tenía razón.

Nora se levantó también, con esfuerzo. Luna se incorporó a su lado.

—Gracias —dijo .

—No me deis las gracias. Y no volváis. Cumplo lo que cumplo y aquí se acaba.

Lobo asintió con la cabeza una sola vez. Echaron a andar hacia la Kombi sin mirar atrás. Detrás de ellos, Txiki encendió otro cigarrillo con manos que temblaban más que antes.

Subieron al coche en silencio. Nora se ajustó el cinturón con cuidado y se quedó mirando hacia adelante un momento largo, procesando.

—Calibre treinta y ocho —dijo al fin.

—Calibre treinta y ocho —confirmó Lobo.

—El mismo calibre que aparece en el informe forense de Rebeca.

—El mismo.