37
Salieron del bar del puerto con Luna al trote entre los dos.
El cielo había empezado a aclararse, esa luz cambiante del Cantábrico que un minuto promete tormenta y al siguiente regala un rayo de sol que rebota en las fachadas de la ciudad.
Avanzaron hacia el centro mientras Nora consultaba el reloj.
—Hora y media —dijo—. Da para comer algo decente antes de subir a Intxaurrondo.
—¿Decente o sano?
—Esa pregunta tiene trampa, mi niño.
Lobo no insistió. Conocía el tono. Sabía que cualquier intento de imponer la dieta del médico iba a chocar contra esa mezcla de cansancio y orgullo gaditano que en Nora funcionaba como armadura.
Caminaron en silencio hasta una sidrería pequeña que Nora había localizado en el mapa del móvil, escondida en una calle lateral del barrio de Gros.
Fachada de madera oscura, un cartel con una manzana pintada a mano y un olor que les llegó antes de cruzar la puerta.
Chuletón a la brasa, pimientos asados, sidra recién escanciada.
Lobo dudó un segundo en el umbral.
—Te lo veo en la cara —dijo Nora, empujándolo hacia adentro—. No vamos a pedir chuletón, tranquilo. Pero déjame ver la carta, que llevo dos semanas comiendo verdura hervida y mi alma necesita una caricia.
El local era estrecho, con largas mesas corridas de madera donde compartían sitio desconocidos sin ninguna ceremonia.
A la izquierda, una barra con barriles de sidra que dos camareros escanciaban a chorro fino.
Levantaban la botella por encima de la cabeza con esa elegancia de quien ha repetido el gesto diez mil veces.
Olía a roble viejo, a manzana fermentada y a humo de carbón.
Se sentaron en una esquina libre. Luna se acomodó debajo de la mesa, encantada con el frescor del suelo. La camarera, una mujer mayor con delantal manchado y mirada amable, les acercó la carta sin necesidad de preguntar.
Nora la abrió y suspiró.
—Bacalao a la brasa con pimientos del piquillo. Tortilla de bacalao. Tabla de quesos de Idiazabal. Croquetas de jamón ibérico. Madre mía, Félix, esto es un atentado contra mi dieta.
—Pide algo razonable.
—Una tortilla de bacalao. Pequeña. Sin abusos.
—Y sin pan.
Nora levantó la vista.
—Félix, una tortilla de bacalao sin pan es una provocación.
Lobo la miró con esa media sonrisa apenas dibujada que reservaba para las pequeñas rendiciones.
—Una tortilla. Y agua.
—Y unos pimientos. Y un trozo de pan —sonrió—. Para que sea un almuerzo equilibrado en proteínas, hidratos y fibra.
La comisura de los labios de Lobo se curvó.
Pidieron. Mientras esperaban, Nora apoyó los codos sobre la mesa y observó a los hombres de la mesa de al lado, que escanciaban una botella de sidra entre risas.
Los analizó. Uno de ellos debía de ser un pescador, lo notaba en las manos.
El otro, alguien de oficina con la corbata aflojada.
Compartían mesa y comida como si se conocieran desde la cuna, aunque probablemente no se hubieran visto antes.
Esa era la magia de las sidrerías. Y Nora la apreciaba como solo puede apreciarla quien viene de un sitio donde el bar también era el comedor del barrio .
—¿Cómo lo abordamos? —preguntó Lobo, devolviéndola al presente.
—¿A Txiki?
—A Txiki.
Nora se quedó pensando un momento, jugando con la servilleta de tela a cuadros.
—Yo me acerco primero. Sola. Tú te quedas a unos metros, donde te vea, pero sin que parezca que vas conmigo. Le hablo con calma. Le menciono a Gael. Le digo que sé que ha hablado con Amara y que respeto el límite que puso. Pero le digo que ahora la cosa ha cambiado.
Lobo dejó el vaso de agua sobre la mesa con más firmeza de la necesaria.
—No.
—¿Cómo qué no?
—Que no, Nora. No te vas a acercar tú sola a un camello al que no conocemos, en un parque de un barrio donde no nos espera nadie, embarazada de cinco meses. Eso no va a pasar.
Nora apoyó la espalda en la silla. Conocía ese tono.
—Félix, no será la primera vez que me acerco a tipos como Txiki. Sé hacerlo. Sé cuándo retroceder y cuándo apretar. No me va a pasar nada.
—No es por ti. O no solo por ti. —Lobo bajó la voz, pero el peso de las palabras se mantuvo intacto—. Hace unos meses te habrías acercado sola y yo me habría quedado en la sombra cubriéndote, sin discutir. Pero ahora hay alguien más. Y ese alguien no ha elegido este oficio. Lo ha heredado.
Nora se quedó callada. Bajó la vista hacia la barriga, que asomaba bajo el jersey, y luego volvió a mirar a Lobo. No había rabia en sus ojos. Solo esa serenidad firme que ponía cuando algo le importaba de verdad .
—Vale —dijo al fin—. ¿Qué propones?
—Que nos acerquemos juntos. Yo delante. Tú detrás, a un paso, con Luna. Si la cosa va bien, hablas tú, que conectas mejor con la gente. Si la cosa se tuerce, me adelanto y lo manejo yo.
—¿Y si echa a correr?
—No correrá si me ve a mí primero.
Nora soltó una media sonrisa.
—Mira que eres modesto, mi niño.
—Soy realista. Aunque delgado, mido uno noventa, llevo un bastón con cabeza de águila y puedo poner cara de pocos amigos. La gente como Txiki no corre delante de gente como yo. Calcula. Y mientras calcula, escucha.
Nora se quedó mirándolo un momento. Era una de esas veces en que Lobo le recordaba que detrás de la limpieza obsesiva y las frases cortas había un hombre que había estado en sitios donde la mayoría no aguantaría una hora.
—Está bien. Lo hacemos a tu manera. Pero si veo que te calientas, te freno.
—Eso lo doy por hecho.
Cogió el último trozo de tortilla del plato y se lo llevó a la boca como si sellara el acuerdo.
—Una cosa más, Félix.
—¿Qué?
—Gracias por preocuparte. Aunque me joda reconocerlo.
Lobo no respondió. Pero la comisura de su boca se curvó de nuevo un milímetro hacia arriba, y para Nora eso fue suficiente.