Réquiem de silencio (Lobo y Delgado 5) 36
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Lo cogió esperando que fuera Lykaina con más datos. Pero la voz al otro lado era de Amara Kinte, y su tono no era el habitual.

—Nora, soy Amara. Tenéis que saber algo.

—¿Qué ha pasado?

—Gael Sáenz. El repertorista. Lo han encontrado muerto esta mañana en su apartamento.

Nora se quedó inmóvil. Lobo, que estaba lo suficientemente cerca para oír, levantó la cabeza.

—¿Cómo? —preguntó Nora.

—Sobredosis. Eso dice la policía. Lo encontró la vecina de abajo, que llevaba toda la noche oyendo ladrar a Linda sin parar. Al no responder al timbre, llamó a emergencias. Forzaron la puerta y allí estaba, tendido en el sofá del salón con una jeringuilla en el antebrazo.

—¿Cómo te has enterado tú?

—Porque tengo contactos en todas partes, Nora. Un sanitario de la ambulancia me avisó. Sabe que llevo años siguiendo el caso Loza y que Gael estaba vinculado.

—¿Sobredosis de qué?

—De heroína. Aunque según mi contacto, la pureza era altísima. Mucho más de lo que se encuentra en la calle.

Nora miró a Lobo. Él ya estaba de pie, con el bastón en la mano. El aire del apartamento pareció enfriarse varios grados. Luna levantó la cabeza, atenta al cambio de tono en las voces.

—Amara —dijo Nora—, ¿crees que fue un accidente?

Al otro lado de la línea, hubo un silencio largo. Cuando Amara respondió, su voz sonó más baja .

—Creo que Gael sabía demasiado. Y creo que alguien decidió que ya había hablado bastante. Nos vemos esta tarde.

Nora colgó y miró a Lobo.

—Gael está muerto. Sobredosis.

Lobo se quedó inmóvil un momento. Luego caminó hacia la ventana del salón y miró la bahía, donde las olas rompían con esa regularidad mecánica que no se detenía por nada ni por nadie.

—Doscientos mil euros en efectivo sacados de una cuenta de Ainhoa —enumeró, sin girarse—. Morcillo que admite una relación secreta con Rebeca. Y ahora Gael muerto con una sobredosis que huele mal.

—Alguien está limpiando —dijo Nora.

—O alguien tiene miedo de lo que vamos a encontrar.

Nora se levantó del sofá con esfuerzo, apoyándose en el reposabrazos. Se llevó la mano al vientre con ese gesto protector que ya era parte de ella.

—Félix, esto se ha puesto muy feo.

Lobo se giró hacia ella. En sus ojos había algo que Nora no veía a menudo. No era miedo exactamente. Era la determinación feroz de quien sabe que las reglas del juego acaban de cambiar.

—Sí —dijo—. Y eso significa que estamos cerca.

Luna se puso de pie, como si hubiera entendido cada palabra.

Fuera, las nubes se cerraron sobre la bahía y las primeras gotas empezaron a golpear el cristal del ventanal.

La tormenta había llegado.

Y no era solo la del cielo.

El puerto de San Sebastián tenía otra cara por las tardes de entre semana.

Sin los turistas que abarrotaban los muelles los fines de semana, sin las familias con helados y cámaras de fotos, el lugar recuperaba ese aire portuario que lo definía antes de que la ciudad se convirtiera en destino gastronómico.

Barcas de pesca amarradas a los noráis, redes extendidas al sol sobre el hormigón, el olor denso a salitre y a gasóleo que se pegaba a la ropa.

Amara los esperaba en un bar pequeño junto al muelle, uno de esos locales que sobreviven a base de cafés cortados y raciones de tortilla para los pescadores que vuelven de faenar.

La fachada era estrecha, con un toldo verde desteñido por el sol y una pizarra donde alguien había escrito con tiza "Pintxo del día: tortilla de bacalao 2,50€".

Dentro, una barra de zinc gastada, media docena de taburetes y un televisor que emitía las noticias con el volumen tan bajo que parecía un acuario con imágenes.

Cuando Lobo y Nora entraron, Amara ya tenía un café entre las manos. Las trenzas doradas recogidas en un moño alto, la chaqueta de cuero sobre los hombros y los aros grandes que se balancearon mientras giraba la cabeza hacia ellos. No sonrió.

Luna se quedó atada en la puerta, echada sobre las baldosas frescas, con la vista fija en los barcos que se mecían en el agua.

Se sentaron en una mesa del fondo, lejos de la barra donde un par de hombres con jerséis de lana miraban el televisor sin verlo. Lobo pidió un café solo. Nora, una manzanilla.

—Cuéntanos —dijo Lobo.

Amara dejó la taza sobre el platillo y se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—¿Os acordáis del chico senegalés que me ayudó a encontrar a Koldo?

Ibrahima. Trabaja en un taller mecánico de Pasaia.

Pues resulta que Ibrahima tiene un primo que estuvo metido en problemas con la heroína hace unos años.

Le ayudé a entrar en un programa de desintoxicación, le busqué plaza en un centro, le acompañé a las citas médicas durante meses.

Ahora lleva dos años limpio y trabaja en una pescadería de Rentería.

Buen chaval. Agradecido. Y lo más importante para nosotros, conoce al camello que le pasaba droga a Gael.

—¿Cómo se llama? —preguntó Nora.

—El primo se llama Moussa. El camello, Txiki.

No sé si es su nombre real o un apodo, pero es como lo conoce todo el mundo.

Moussa le compró material durante años, antes de dejarlo.

Cuando le pregunté si podía ponerme en contacto con Txiki, Moussa dudó mucho.

Le costó. Pero al final aceptó porque confía en mí y porque sabe que no voy a meterle en líos.

Lobo asintió despacio, sin interrumpir. El camarero trajo los cafés y la manzanilla y se retiró sin preguntar nada.

—Hablé con Txiki ayer por la tarde —continuó Amara—.

Quedamos en un aparcamiento cerca de Herrera, en Donostia.

Un sitio discreto, sin cámaras, sin gente.

Llegó en un coche viejo, ventanillas bajadas, música a todo volumen.

Tiene unos treinta y cinco años, delgado, nervioso, de esos que miran por encima del hombro cada diez segundos como si esperaran que alguien les cayera encima.

—¿Y qué te contó? —preguntó Nora.

—Al principio, lo esperable. Se hizo el duro, dijo que no conocía a ningún Gael, que él ya no se dedicaba a eso, que estaba limpio.

Lo típico. Pero cuando le dije que Gael había muerto por sobredosis y que yo solo quería entender qué había pasado, cambió.

No mucho, pero lo suficiente. Reconoció que le había vendido material en el pasado.

Heroína, sobre todo. A veces coca. Pero me dijo algo que me llamó la atención, que Gael llevaba mucho tiempo sin comprarle nada.

Más de dos años. Desde la muerte de Rebeca, para ser exactos.

Lobo frunció el ceño.

—¿Dos años limpio ?

—Eso dice Txiki. Y le creo, porque un camello sabe perfectamente cuándo pierde un cliente. Gael dejó de llamarle de un día para otro. Sin explicación. Simplemente desapareció. Txiki asumió que se había enganchado a otro proveedor o que se había desintoxicado por su cuenta.

—¿Y la heroína que lo mató? —preguntó Nora—. ¿Se la pasó Txiki?

—No. Txiki jura que no le ha vendido nada en dos años. Y la pureza de lo que mató a Gael era altísima, mucho más de lo que Txiki maneja habitualmente. Dice que ese material no es de la calle. Es de alguien que mueve cantidades grandes, que tiene acceso a producto sin cortar. Alguien nuevo.

Nora y Lobo intercambiaron una mirada. El dato era importante. Si Gael llevaba dos años sin consumir y de pronto aparecía muerto por una sobredosis de heroína de una pureza inusual, alguien que no era su camello habitual le había proporcionado la droga.

—Pero eso no es lo más interesante —añadió Amara, y su voz bajó otro tono—.

Txiki me contó algo sobre las semanas previas a la muerte de Rebeca.

Me dijo que durante ese período, Gael estaba muy raro.

Nervioso, alterado, como si no pudiera dormir.

Le compraba más material de lo habitual, pero no para él.

Txiki notaba que la droga se iba demasiado rápido para el consumo de una sola persona.

—Se la pasaba a Rebeca —dijo Lobo.

—Eso parece. Pero había algo más. Un día, Gael se presentó en el punto de encuentro habitual y, además de la droga, le preguntó a Txiki si podía conseguirle otra cosa. Algo que no tenía nada que ver con estupefacientes.

Nora se inclinó hacia adelante.

—¿Qué le pidió?

Amara los miró a los dos antes de responder .

—Le dijo que una chica estaba en peligro. Que la amenazaban. Que necesitaba protección. Y que no se refería a un guardaespaldas.

—¿Un arma? —preguntó Lobo.

—Eso es lo que yo le pregunté. Y ahí Txiki se cerró en banda.

Me miró como si le hubiera clavado un cuchillo y dijo: "De eso no hablo contigo.

Ni contigo ni con nadie. Lo de la droga es una cosa.

Lo otro es otra." No hubo forma de sacarle una palabra más.

Le insistí, le prometí anonimato, le juré que no le iba a meter en problemas. Nada. Se subió al coche y se largó.

El silencio que siguió fue largo. El televisor del bar emitía imágenes de un partido de fútbol que nadie miraba. Un pescador entró, pidió un café con leche y salió sin sentarse.

Nora fue la primera en hablar.

—Gael le pidió a su camello que le consiguiera un arma para Rebeca.

—Eso es lo que creo, sí —confirmó Amara—.

No puedo probarlo porque Txiki no lo admitió explícitamente.

Pero la forma en que se cerró, la forma en que separó "lo de la droga" de "lo otro", como si fueran categorías completamente distintas...

para mí está claro. Le pidió un arma. Y Txiki se la consiguió o le dio el contacto de alguien que pudiera hacerlo.

Lobo se quedó mirando su café, que se había enfriado sin que lo tocara. Su cabeza estaba trabajando a toda velocidad, conectando piezas que empezaban a encajar de una forma que no le gustaba.

—Necesitamos que Txiki hable. No solo de la droga. De lo otro.

—Conmigo no va a hablar —dijo Amara—. Eso ya lo he intentado. Se cerró y no creo que vuelva a abrirse ante una youtuber , por mucha confianza que le transmita Moussa.

Nora miró a Lobo .

—Pero quizá ante un investigador privado de metro noventa con una cicatriz en la cara y un bastón con cabeza de águila, la cosa cambie.

Lobo no sonrió, pero algo en sus ojos se afiló.

—¿Tienes su contacto? —le preguntó a Amara.

—Tengo el número que me dio Moussa. Y sé dónde suele moverse por las tardes. Hay un parque en Intxaurrondo, cerca de las pistas de fútbol, donde va a fumar y a esperar llamadas. Siempre el mismo banco, siempre la misma hora.

—¿Qué hora?

—Sobre las seis. Cuando los críos se van del parque y la cosa se queda tranquila.

Lobo miró su reloj. Las cuatro y media.

—Tiempo de sobra.

Amara sacó un papel del bolsillo de la chaqueta y lo deslizó sobre la mesa. Había un número de teléfono escrito a mano y, debajo, una dirección.

—Tened cuidado. Txiki no es peligroso, pero es desconfiado. Si siente que le están tendiendo una trampa, desaparece y no lo volvéis a encontrar.

—No es la primera vez que hablamos con alguien que no quiere hablar —dijo Nora.

—Ya lo sé. Por eso confío en vosotros. —Amara se levantó, dejó un billete de cinco euros sobre la mesa y se colgó la chaqueta del hombro. La tela se ajustó a su cuerpo al moverse y Nora percibió de reojo cómo Lobo apartaba la mirada con esa rigidez que ya le resultaba familiar.

Amara se despidió de Nora con un abrazo cálido, largo, de los que se dan entre mujeres que han aprendido a confiar la una en la otra. Luego se giró hacia Lobo y le plantó un beso en cada mejilla.

—Mucho cuidado, ¿vale? Los dos .

Lobo asintió con la mandíbula tensa y un rubor tenue que Nora catalogó mentalmente para uso futuro.

Amara salió del bar y desapareció por el muelle, las trenzas doradas brillando bajo la luz gris de la tarde.

Nora cogió el papel con el número de Txiki y se lo guardó en el bolsillo.

—Venga, vamos. Tenemos hora y media para llegar a Intxaurrondo y encontrar ese banco.

Lobo dejó unas monedas junto al café que no había probado y se levantó apoyándose en el bastón.